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Tíbet

11 May 2008
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JAVIER SÁDABA

05-11.jpgEl martes, 29 de Abril, mi amigo Carlos París escribía en este mismo periódico un artículo titulado La hipocresía ante China. En él concluía que, más allá de intereses reales por unos derechos humanos que únicamente importan para ocultar intereses más espurios, de lo que se trataba en la campaña antichina, a propósito de los Juegos Olímpicos, era de una cuestión de rivalidad en el poder. China incomoda no porque sofoque las libertades o imponga duramente la pena de muerte. Incomoda porque es un país que, día a día, come terreno a las potencias occidentales. No puedo estar más de acuerdo. Sólo que a ese acuerdo me gustaría sumar una opinión que no suele ser fácil de mantener. Y es que, en cuanto sostienes que el Tíbet tiene derecho a ser un estado independiente como lo es China, Luxemburgo o Togo, rápidamente te invitan al silencio con argumentos bastante conocidos. Por ejemplo, que China ha logrado hacer pasar al Tíbet de un régimen de atraso feudal a una modernidad que no se puede por menos que alabar. O que un poder espiritual como el del Dalai Lama es un absurdo a la altura de nuestro tiempo. Se podría añadir, desde luego, que a la altura de cualquier tiempo.

Creo que estas afirmaciones son ciertas, pero me gustaría volver a la idea antes apuntada de por qué tiene derecho el Tíbet a ser independiente si los que lo pueblan, lo desean. Mi concepción del mundo, por hablar en términos un tanto rimbombantes, es la eliminación paulatina de todos los Estados, la creación de una autoridad internacional y el respeto a las distintas comunidades que configuran el lienzo de la existencia humana. De momento, sin embargo, existen Estados que imponen sus leyes con una autoridad que casi roza lo divino. Como ejemplo, que se mire al poder omnímodo de las fronteras. Y en cuanto uno los pone en cuestión pasa a engrosar las filas de los insensatos o de los destructivos. Tengo que confesar que me encuentro entre estos últimos y que, al menos como razonamiento ad hominem, sostendré, hasta que no llegue el ansiado momento en el que no haya ni españoles ni franceses ni chinos ni tantos más, que si X puede tener un Estado, también puede tenerlo Y. Y así hasta el infinito.

Volvamos otra vez al Tíbet. Su historia religiosa es complicada y, a los ojos de los que habitamos muy lejos de ese pueblo, todo parece reducirse a unos monjes dirigidos por un buda renacido. Las cosas no son tan sencillas. Quien se aproxime con cierto interés y sin prejuicios al hecho tibetano se encontrará con miles de manifestaciones diversas, muy diferenciadas influencias y una cultura viva que no se limita a lo que cuentan los estereotipos habituales. El Dalai Lama (pocos sabrán que su nombre real es Tenzin Gyatso), un individuo que nació (o si se quiere, renació) en 1935, se exilió en la India en 1959 después de la invasión, sin miramientos, de los chinos y ante una revuelta que ponía en peligro el dominio de la gran potencia. En su exilio, él y los suyos se llevaron los textos fundamentales de su tradición, hicieron florecer el budismo tibetano en la India y han logrado un conocimiento y reconocimiento internacionales nada despreciables. A finales de los ochenta, el Dalai Lama recibió el Premio Nobel. Se me dirá que se trata de pura propaganda. Puede ser. Propaganda la hay por todas partes y además no afecta al núcleo de lo que vengo diciendo. Y lo que digo es que el Tíbet tiene tantas razones como su dominador para ser un Estado libre. No porque le anteceda la religión Bon, se hayan mezclado con el tantrismo o desarrollen lo que se llama la Vía del Rayo. Ni porque su etnia se diferencie de la mayoritaria en China, y que está compuesta por los Han. Ni porque durante mucho tiempo haya sido realmente independiente. Sencillamente porque es lo que (habría que verlo) desean los tibetanos y que se plasma en lo que entendemos por autodeterminación política. Que el pez grande se coma al chico es un hecho. Que el chico pueda vivir como el grande, un derecho.

China, por lo demás y como casi todo el mundo sabe, es un país capitalista con un sistema autoritario y en el que el partido ordena y manda. China, sin duda, ha dado de comer a los muchos millones de chinos mucho mejor que lo habrían hecho otros regímenes más dispuestos a obedecer lo que dicten los que mandan desde nuestra propia orilla. Eso creo que es verdad. Aunque no es menos cierto que de ahí no se sigue doctrina expansionista alguna ni imposición a otros pueblos. El Dalai Lama, que dice profesar un pacifismo propio del budismo, es el jefe espiritual y terrenal de la mayor parte de los tibetanos. Obviamente no me hace la menor gracia un sistema teocrático y ojalá los tibetanos aprendan a vivir según un laicismo que a todos iguale. Pero de ahí lo único que se sigue es que no es de recibo la superstición, se dé donde se dé, ni la fuerza por la fuerza, se dé donde se dé.

No quito nada al artículo antes citado de mi amigo, Carlos París. Pero sí añado algo que, habitualmente, se minimiza por parte de muchos de los que, diciéndose defensores de los individuos y sus derechos, se olvidan de ellos en cuanto huelen algo distinto a lo suyo. O cuando denuncian, seguro que con razón, que las protestas contra China con motivo de los Juegos Olímpicos están manipuladas. Ahora bien, nobleza obliga y a cada cual lo suyo. Me quedo con las reformas introducidas por China, con la parte más atractiva del budismo y con el derecho de los tibetanos a decidir su futuro. Sea éste el que sea. La libertad tiene un precio. Y tiene riesgos. Nadie está obligado a correrlos. Pero nadie está llamado a impedirlos.

Javier Sádaba es catedrático de Ética de la Universidad Autónoma de Madrid

Ilustración de Gallardo 


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