Dominio público

Opinión a fondo

‘The Wire’ en Madrid

02 jul 2012
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Jorge Moruno
Sociólogo y autor del blog larevueltadelasneuronas.com

La delegada del Gobierno en Madrid Cristina Cifuentes dice ser una gran fan de la célebre serie de HBO, The Wire. Parece que ha entendido a la inversa su significado, y está realmente convencida de que el madrileño barrio de Lavapiés es como las casas baratas de Baltimore. Los últimos escándalos ocurridos en el barrio le han convencido de ello, por esa razón ha decidido implementar en el barrio lo que eufemísticamente llama “un plan de convivencia”. Según el diario madrid2noticias, frente a las denuncias por las redadas ilegales a inmigrantes, la delegada se apresura en poner en marcha este nuevo plan para que Lavapiés “no se convierta en un ghetto”. ¿Cómo va a combatirlo? Poniendo aún más policías patrullando, tanto de uniforme como de paisano. Casi que le regala a los humoristas una viñeta: frente a las redadas ilegales, más policía. Algo parecido a esa idea que dice defender el Estado de Bienestar mientras lo va destruyendo.

En julio de 2011 centenares de vecinos y vecinas del barrio increpaban y hacían retroceder a la policía cuando intentaban detener a inmigrantes cuyo delito es no tener papeles. En marzo del presente año, dos vecinos de “las brigadas vecinales de observación de los DDHH” eran detenidos en la castiza Plaza de la Corrala por denunciar detenciones arbitrarias del mismo tipo. Hace escasas semanas los medios reflejaron la negligencia policial, cuando para detener a un mantero pensaron que sacar la pistola, apuntar a personas y disparar al aire en la estrecha calle Amparo, era la mejor forma de proceder. Este es el peligro de convertirse en un gueto que denuncia Cifuentes y no la precariedad y el acoso policial. La definición de gueto es totalmente contraria a la realidad del céntrico barrio madrileño. Gueto como describe el sociólogo Loïc Waqcuant es básicamente un encierro de una uniformidad racial en un espacio en concreto, como sucedía en Varsovia con los judíos o en tantas ciudades de los EEUU con la población negra.

Eso no es lo que sucede en Lavapiés; aquí conviven múltiples procedencias en un espacio disperso, donde en todo caso se les quiere encerrar, demonizar y monitorizar con detalle, principalmente por ser pobres. Al igual que sucedía con los “pobres laboriosos” del siglo XVII cae sobre los inmigrantes sin papeles la política del terror. Los primero temían la cárcel, los segundos intentan evitar la expulsión, previo paso por los centros de internamiento de extranjeros, CIE. Bajo la categoría de “delincuentes habituales” y de querer “pacificar los espacios públicos”, al sin papeles, como desconocido que es, se le puede rellenar y describir con todo tipo de categorías al gusto de quien pretenda provocar temores en la población. Cuando se golpea con todo el peso de la ley y se asusta a los más pobres bajo la excusa de hacer valer un imperio de la ley, que no se aplica a los delincuentes de masas, asistimos al profundo divorcio entre el Derecho y la Sociología.

Lo que Cifuentes entiende por gueto, son las consecuencias de una precariedad que dificulta la intervención policial: cuando la propia existencia se convierte en peligro de orden público. Mantero puede ser uno de los nombres que toma el que sufre toda la dureza policial que no sienten los defraudadores que se acogerán a la amnistía fiscal del gobierno. Pero el rasgo distintivo no es ni el color ni la procedencia, eso sobre todo agrava aún más la situación. La verdadera razón, pasa por el estricto control de una población perjudicada por los actos que acarrean los beneficios de unos pocos; no vaya a ser que no se resignen, que desobedezcan

Cuanto más precaria es una persona, o cuánto más justicia reclame, más intransigente es la actuación policial. De la última huelga general hablamos de doscientas veinte personas detenidas, casi medio millar de identificaciones, una ingente cantidad de multas y seis personas que pasan por prisión preventiva. Si partimos desde el 15-M de 2011, la cifra se dispara más todavía. Al igual que para atajar el problema de las redadas ilegales se pone más policía, para tratar la desobediencia política que reclama democracia frente a la dictadura financiera, se hostiga a quien la practica.

Ahora, también por parte de Cifuentes, se pide investigar si existen denuncias falsas de tortura por parte de los detenidos del 15-M. Según la delegada, circula documentación que llama a denunciar torturas sistemáticas en cada detención. Afirma que “es una práctica habitual”, al mismo tiempo que “la Delegación no tiene constancia de que se hay interpuesto ninguna denuncia”. Frente a las numerosas imágenes de agentes cometiendo actos denunciables, como poner una zancadilla por gusto, abofetear a una chica por gritar, patear en el suelo en medio de la Puerta del Sol –2006–, y un largo etcétera, el foco hay que ponerlo en las habituales denuncias del 15-M que no constan en la Delegación. Lo que sí sabemos que consta, es la declaración de los policías de paisano que dispararon al aire en la detención del mantero. En un primer lugar, aseguraban haber sido atacados a pedradas por una asamblea del 15-M que estaba reunida en la plaza adyacente, la de Cabestreros, viéndose entonces obligados a sacar las armas. La mentira no puede ser más grande.

En esta dictadura selectiva el miedo se presenta cada vez más como la base de la obediencia y descansa cada vez menos, en la legitimidad de los súbditos hacia el soberano. Antonio Gramsci decía que el Estado gobierna como un puño de hierro envuelto en un guante de seda. La seda se está desquebrajando. The Wire nos enseña entre otras cosas, que si en una sociedad totalmente desgarrada como la que presentan en Baltimore, la solución policial no funciona, deberíamos interpretar que aquí funcionará todavía menos. Como tampoco ayudan a la convivencia sana, que se reduzcan los servicios a la comunidad como la recogida de basuras o la reducción en el horario de metro. Para desmantelar lo público sí que han tomado nota de los ejemplos de la serie. La presentación de cada una de sus temporadas es distinta, pero todas mantienen un hilo conductor. Todo conduce a una idea inamovible, donde todo gira pero nada cambia: en Madrid como en The Wire, la intensidad circula, pero el voltaje permanece.