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Opinión a fondo

Aniversario desolador para la prensa diaria

01 Feb 2013
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Juan Fermín Vílchez. Periodista y autor de la obra ‘Historia gráfica de la prensa diaria española (1758-1976)’.

El 1 de febrero de 1758 nació en Madrid Diario Noticioso, Curioso-erudito, y Comercial Público, y Económico, el primer periódico editado todos los días, con un retraso de un siglo respecto a las primeras publicaciones cotidianas del mundo, aunque con iguales características: formato pequeño, aspecto de libro, pocas páginas y producción artesanal. Comenzó así la historia de nuestra prensa diaria, que hoy cumple 255 años en el momento más desolador de su vida.

A lo largo del tiempo, y desde mediados del siglo XVII, la existencia de los diarios resultó esencial. Poco a poco se desarrolló el llamado cuarto poder, en referencia a la prensa como garante de las libertades, defensora de la democracia y siempre al servicio de los ciudadanos. La influencia de los periódicos fue decisiva en los países donde coexistían los tres poderes de una forma independiente: el ejecutivo, el legislativo y el judicial.

Sin embargo, la supervivencia del rotativo clásico está ahora cuestionada. La crisis de la prensa diaria impresa es una realidad desde que a finales del pasado siglo comenzaron a implantarse otros medios de información, opinión, instrucción y entretenimiento, los cuatro servicios básicos que el periodismo debe prestar. Muchos expertos auguran la pronta desaparición de la mayoría de los diarios tradicionales, y en un futuro inmediato solo sobrevivirán algunos títulos para minorías lectoras partidarias del papel.

Aunque esta afirmación fuese exagerada, es obvio que vivimos una etapa de transición en la que se va consolidando la hegemonía del mundo digital, y a la vez desapareciendo periódicos producidos en rotativas. La irrupción de las nuevas tecnologías en Internet empeora la situación de la prensa diaria clásica, que además sufre la recesión económica de la actualidad. Las significativas bajadas en las ventas y en la facturación publicitaria, dos requisitos imprescindibles para la financiación y el sustento de las publicaciones, son evidentes en los países más avanzados.

Cuando proliferan los diarios digitales, los blogs y las redes sociales, y la rapidez en dar las noticias provoca a menudo una falta de rigor en su tratamiento, la forma actual de gestionar la información y la opinión no ayuda a mejorar precisamente la función de los medios de comunicación social. Al contrario, causa en éstos una ausencia de credibilidad y un descrédito creciente.

Además, la emergencia de ciudadanos que actúan de reporteros nos hace olvidar con frecuencia algo fundamental: el periodismo serio, ya sea digital o de papel, nunca desaparecerá y estará ejercido por profesionales especialmente preparados para llevarlo a cabo. La idea extendida hoy de que cualquier persona es periodista no es válida, como tampoco lo es, por ejemplo, que el buscador Google sustituye a los médicos en los diagnósticos clínicos leves y en las prescripciones sanitarias.

A este panorama periodístico, en general, se debe añadir lo que ocurre en España en particular: muchas noticias no son contrastadas, como sucedió la pasada semana con la divulgación de una fotografía falsa de Hugo Chávez; las ruedas de prensa van desapareciendo, pues quienes las convocan no desean preguntas; los periódicos publican demasiados comunicados redactados por los gabinetes de organismos oficiales, partidos políticos y empresas; el sectarismo aumenta en las portadas; el formato coincide en bastantes cotidianos, diferenciados sólo por el nombre, y el despido de periodistas es alarmante.

Según la Federación de Asociaciones de Periodistas de España (FAPE), hasta el 4 de octubre de 2012 pasaron al paro cerca de 8.000 profesionales de la comunicación, aunque durante los últimos cuatro meses abundaron los expedientes de regulación de empleo en numerosos medios y ese dato ya fue superado ampliamente. Sin citar a los incontables jóvenes titulados en Ciencias de la Información que no encuentran trabajo y engrosan la escandalosa cifra del desempleo.

Nunca sucedió nada similar en la historia de la prensa diaria de España, que vivió etapas trágicas como la Guerra Civil y esplendorosas como la Transición Política de los años 70, cuando se lograron las cotas máximas de libertad de expresión. Ahora mismo, al cumplir los 255 años, nuestra prensa sufre un estado de shock muy preocupante para los ciudadanos, quienes a su vez soportan un estado de frustración e indignación, después de que la corrupción se haya arraigado en los tres primeros poderes.

Los rotativos españoles están controlados en su mayoría por entidades financieras, preocupadas tan sólo por el interés económico y la influencia que ejercen sobre la clase política, como ocurre con la publicación de los escándalos en partidos e instituciones. Numerosas cabeceras son dirigidas por periodistas al servicio de quienes les pagan, aunque parezca lo contrario y predomine la idea de servir a la sociedad, como debería ser. Vivimos y sufrimos las dictaduras del dinero y de la putrefacción.

Las empresas editoras han acabado con el reporterismo, el género periodístico por excelencia. Hoy lo que predomina en las redacciones es la opinión. Para los máximos responsables de los periódicos, es más barato que las páginas salgan a la calle saturadas de artículos ideológicos. Las informaciones propias cuestan demasiado dinero, según ellos. Eso sí, para conseguir beneficios se recurre a la venta de baterías de cocina, cuberterías, aparatos electrónicos y películas.

Los ciudadanos y las ciudadanas de este país no debemos permitir el panorama desolador que existe en este día de aniversario de la prensa diaria. La solución está en la capacidad de decisión de cada uno o una, por otro lado alarmantemente disminuida. Pero esto pertenece a un debate distinto.

 


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