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Opinión a fondo

Uribe: el “hombre de a caballo”

24 Jul 2008
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ANTONIO CABALLERO

07-24.jpgAl cabo de seis agitados años de gobierno, el presidente colombiano Álvaro Uribe mantiene en las encuestas un índice de aprobación tan alto que se diría inventado: el 84%. Se impone una pregunta: ¿por qué?

Objetivamente hablando, los logros de Uribe en el período presidencial y medio que lleva en el poder (hizo modificar la Constitución para poder cumplir dos mandatos de cuatro años) son más bien negativos. Ha habido escándalos de toda índole: políticos, económicos, morales. 60 parlamentarios uribistas están en la cárcel por asociación con las bandas narcoparamilitares, otros dos por haber vendido sus votos para hacer posible la reelección de Uribe, y varios ministros y altos funcionarios son reclamados por los tribunales por diversos delitos. En la economía los resultados son menos que mediocres: crecimiento inferior al de todos los países del entorno, desempleo y subempleo en aumento, el agro hundido, salvo en los cultivos de drogas ilegales, que han aumentado pese a los costosos esfuerzos de erradicación. Y la violencia en el campo ha causado en el último decenio decenas de millares de muertes y el desplazamiento forzado de varios millones de personas.

Es verdad que al mismo tiempo la corrupción ha aumentado. Pero no es posible que de ella se beneficie el 84% de los colombianos. Entonces, ¿de dónde salen tantos contentos con Uribe?

Una razón está en su estilo. Por arriba, subsidios para los agroexportadores en crisis, exenciones de impuestos para los inversores extranjeros. Por abajo, un populismo crudo, populachero y mesiánico, patriotero y buscapleitos. Uribe gobierna sin intermediarios ni poderes interpuestos: haciendo pasar leyes de aplanadora en el Congreso, o presidiendo “consejos comunitarios” transmitidos en directo por la televisión todos los sábados desde los más remotos puntos de Colombia y en los que, ante las cámaras, imparte justicia, nombra funcionarios o los manda meter presos, da consejos sexuales a los adolescentes, rifa cheques de subsidios oficiales, besa reinas de belleza, bendice bebés, reza de rodillas tres avemarías y lanza amenazas contra los terroristas o contra los magistrados de la Corte Suprema. A veces remata la función con una exhibición de sus habilidades de caballista, domando un potro cerrero. Porque Álvaro Uribe reencarna, literalmente, ese personaje de la tradición decimonónica de América Latina que se llama “el hombre de a caballo”: el presidente que es a la vez padrino y compadre, temido y patriarcal, campechano y autoritario, amigo fiel de sus amigos, enemigo mortal de sus enemigos, y gobierna su país como si manejara su finca ganadera.

Pero al margen de su estilo, la verdadera causa de la popularidad asombrosa de Uribe consiste en que parece que está ganando la guerra contra la subversión. Una victoria que parece resumirse en el espectacular rescate de hace unos días en la selva colombiana: 15 secuestrados que llevaban años en manos de los guerrilleros de las FARC liberados sin disparar un tiro en una operación “de película” como la llamó el ministro de Defensa, filmada y transmitida por la televisión, en la cual los militares engañaron a la guerrilla logrando que entregara sus rehenes a cambio de nada. Tan impresionante, que dio la impresión de que la guerrilla está acabada.

Y en cierto modo es verdad: en los últimos dos años en esa guerra que dura desde hace medio siglo la ventaja la lleva finalmente el Estado colombiano, gracias a lo que Uribe llama “política de seguridad democrática”: olvidar toda veleidad de negociación o de reformas sociales y entrarle al tema con todos los fierros. El gasto militar alcanza hoy cerca del 5% del producto interior bruto del país, lo cual ha permitido casi doblar el pie de fuerza del ejército y de la policía, crear brigadas de soldados profesionales, adquirir helicópteros, contratar asesorías de inteligencia militar, financiar un ambicioso programa de recompensas para delatores y desertores. Como consecuencia, las guerrillas, que llevaban 15 años creciendo, están ahora en retirada; y por el lado de enfrente, el Gobierno de Uribe ha negociado la desmovilizacion de las organizaciones narcoparamilitares de ultraderecha.

Pero digo “parece” porque todo lo anterior es más una impresión emocional que un hecho real: un fenómeno mediático, como el del rescate “de película” de los 15secuestrados. Las guerrillas (no sólo las FARC, sino también el ELN) conservan todavía mucha fuerza, así como del otro lado las organizaciones narcoparamilitares de la derecha armada siguen actuando bajo el nombre eufemístico de “bandas emergentes”. Y es natural que sigan, unas y otras, puesto que su base financiera, que es el narcotráfico, permanece intacta. Y se mantiene igual, o crece, el desempleo rural, que a unas y otras alimenta en mano de obra. Y la justificación política de ambas (para la guerrilla, la inequidad social; para el paramilitarismo, la amenaza guerrillera) sigue de lado y lado siendo válida.

Mientras esas bases no cambien, nada habrá cambiado. La “seguridad democrática” del presidente Álvaro Uribe no se ocupa de ellas, puesto que, para empezar, niega que existan. Es una receta que trata solamente los síntomas de la enfermedad: la fiebre, digamos; pero que rehúsa a ver sus causas. Y es ese inmediatismo que logra éxitos “de cine” el que le da su popularidad, pero a la vez la obliga a perpetuarse indefinidamente. Para que no vuelva a subir la fiebre.

Y es por eso que los uribistas están recolectando firmas para convocar un referéndum popular que modifique nuevamente la Constitución para permitir una segunda reelección de Uribe. Por ahora, hasta el año 2014.

Antonio Caballero es escritor y periodista

Ilustración de Ayestaran 


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