Dominio público

Opinión a fondo

El Diktat alemán

03 may 2013
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Boaventura de Sousa Santos
Doctor en Sociología del Derecho por la Universidad de Yale y catedrático de Sociología en la Universidad de Coimbra

La reunión del 9 de abril entre el secretario del Tesoro norteamericano y el superministro alemán Wolfgang Schäuble demostró que el fundamentalismo neoliberal impera hoy más en Europa que en Estados Unidos. A la recomendación realizada por Jacob Lew en favor de que Europa atenúe el énfasis en la austeridad y promueva el crecimiento económico respondió secamente el ministro alemán que “en Europa nadie ve contradicción entre consolidación fiscal y crecimiento” y que “debemos abandonar este debate, según el cual hay que optar entre austeridad y crecimiento”.

Demostrar que existen alternativas al Diktat alemán del nacional-austeritarismo, y que éstas son políticamente viables, es el mayor desafío que hoy han de afrontar las sociedades europeas, la portuguesa incluída.

El desafío es común, aunque su concreción varíe de país a país. La historia europea muestra de manera muy trágica que no es un reto fácil. La razón alemana tiene un lastre de predestinación divina que el filósofo Fichte definió bien en 1807, cuando contrapuso lo alemán a lo extranjero de la siguiente manera: lo alemán es a lo extranjero lo mismo que el espíritu a la materia, como el bien es al mal.

De acuerdo con ello, cualquier transigencia es una señal de debilidad e inferioridad.

La propia ley tiene que ceder a la fuerza para que ésta no se debilite.

Cuando a comienzos de la primera Guerra Mundial, hace casi un siglo, Alemania invadió y destruyó Bélgica bajo el falso pretexto de defender a Francia, violó todos los tratados internacionales, dada la neutralidad de este pequeño país (las agresiones alemanas tienden históricamente a tomar como objetivo a los países más débiles). Sin ningún reparo, declaró el canciller alemán en el parlamento: “La ilegalidad que practicamos hemos de procurar repararla una vez conseguido el objetivo militar. Cuando se vive bajo amenaza y se lucha por un bien supremo, cada cual se gobierna como puede”.

Esta arrogancia no excluye una cierta magnanimidad, siempre que las víctimas se porten bien. La nota que la cancillería alemana envió a la belga el 2 de agosto de 1914 –un documento que pasará a la historia como un monumento a la mentira y a la felonia internacionales–contenia  las condiciones 3 y 4, que rezaban así: “3. Si Bélgica observa una actitud benevolente, Alemania se compromete, de acuerdo con las autoridades del gobierno belga, a comprar al contado todo lo que sea necesario para sus tropas y a indemnizar por cualquiera de los daños causados en Bélgica por las tropas alemanas. 4. Si Bélgica se comporta de manera hostil con las tropas alemanas y si, espcialmente, pone dificultades a su movimiento, Alemania quedará obligada, a pesar suyo, a considerar a Bélgica como enemigo”. Es decir, como diríamos hoy en día, si los belgas fueran buenos alumnos y se dejaran instrumentalizar por los intereses alemanes, su sacrificio, aunque injusto, recibiría una hipotética recompensa. En caso contrario, sufrirían sin piedad. Como sabemos, Bélgica, inspirada por el rey Alberto, decidió no ser buena alumna y pagó por ello un alto precio en destrucción y matanzas. Una agresión tan vil que fue conocida como la “violación de Bélgica”.

Ante esta superioridad über alles, humillar la arrogancia alemana siempre ha traido consigo mucha destrucción material y humana, tanto entre los pueblos víctimas de esa arrogancia como entre el pueblo alemán. Claro que la historia nunca se repite y Alemania es hoy un país sin poder militar y gobernado por una democracia vibrante. Pero tres hechos perturbadores obligan a los demás países europeos a tener en cuenta la historia. En primer lugar, es preocupante comprobar que el poder económico alemán se ha convertido en una fuente de ortodoxia europea que beneficia unilateralmente a Alemania, en contra de lo que quieren hacer creer. También en 1914, el gobierno imperial pretendía convencer a los belgas de que la invasión alemana de su país se hacía por su bien, “un deber imperioso de conservación”, y que “el gobierno alemán sentiría mucho que Bélgica considerara (la invasión) como un acto de hostilidad”, como está escrito en la infame declaración ya citada. En segundo lugar, resultan inquietantes las manifestaciones de prejuicio racial en relación a los paises latinos, entre la opinión pública alemana. Hay que recordar al antropólogo racista alemán Ludwig Woltmann (1871-1907) que disconforme con la genialidad de algunos latinos (Dante, Da Vinci, Galileo, etc.) procuró germanizarlos. Se dice, por ejemplo, que escribió a Benedetto Croce para preguntarle si el gran Gianbattista Vico era alto y de ojos azules. Ante la respuesta negativa, no se desconcertó y replicó: “Sea como fuere, Vico procede evidentemente del alemán Wieck”. Todo esto parece ridículo hoy en día, pero viene a la memoria teniendo en cuenta sobre todo el tercer factor perturbador. Una encuesta realizada hace poco más de un año entre los alumnos de las escuelas secundarias alemanas (entre 14 y 16 años de edad) reveló que un tercio no sabía quién era Hitler y que el 40 por cien estaba convencido de que los derechos humanos siempre han sido respetados por los gobiernos alemanes desde 1933.


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