Dominio público

Opinión a fondo

Manifiesto por el cambio

31 May 2013
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Boaventura de Sousa Santos
Doctor en Sociología del Derecho por la Universidad de Yale y catedrático de Sociología en la Universidad de Coimbra

Muchos se preguntan sobre lo que está pasando en la sociedad portuguesa para que personalidades, actores políticos y organizaciones sociales estén dejando de lado sus divergencias para unirse en acciones de lucha contra el actual Gobierno y sus políticas de austeridad. Las razones son varias y los niveles de convergencia son diversos, lo que significa que la fuerza de esta convergencia tal vez resida en crear condiciones para redefinir las divergencias democráticas en un nuevo ciclo político que se aproxima. He aquí algunas de las razones:

El nuevo antifascismo. La democracia portuguesa está suspendida porque las decisiones políticas que afectan más decisivamente a los ciudadanos no se derivan de sus propias elecciones ni respetan la Constitución. Ha estallado un conflicto fundamental entre los derechos de la ciudadanía y las exigencias de los “mercados” financieros, y ese conflicto se está  decantando a favor de los “mercados”. Las decisiones formalmente democráticas son substantivamente imposiciones del capital financiero internacional para garantizar la rentabilidad de sus inversiones, teniendo para eso a su servicio a las instituciones financieras multilaterales, al Banco Central Europeo, a la Comisión Europea, al euro y a los Gobiernos nacionales que se dejaron chantajear.

Al contrario que el fascismo histórico, el actual fascismo financiero, en vez de destruir la democracia, la despoja de cualquier fuerza para poder hacerle frente y la transforma en una monstruosidad política: un Gobierno de ciudadanos que gobierna contra los ciudadanos; el Gobierno legitimado por los derechos de los ciudadanos que ejerce violando y destruyendo esos derechos.

La defensa de la democracia real exige una unión del tipo de aquella que unió a las fuerzas antifascistas que tanto lucharon por la democracia que tuvimos hasta hace poco y que conquistamos hace menos de 40 años. Porque el fascismo es diferente, son también diferentes las formas de lucha. Pero lo que está en los objetivos es lo mismo: construir una democracia digna de su nombre.

De la alternancia a la alternativa. La crisis financiera de 2008 significó el fin de lo que en la posguerra vino a llamarse  “capitalismo democrático”, una convivencia siempre tensa entre los intereses de los interesados en maximizar sus lucros y los intereses de los trabajadores en tener salarios justos y trabajo con derechos. La convivencia fue el resultado de un pacto por el cual los trabajadores renunciaron a las reivindicaciones más radicales (el socialismo) a cambio de concesiones del capital (tributación y regulación) que hicieran posible el Estado social o de bienestar.

Este pacto comenzó a entrar en crisis después de los años 70, pero se colapsó definitivamente con la crisis de 2008, no sólo por el modo en que fue resuelta, sino también por el modo en el que fue “resolvida”: a favor del capital financiero que la creó, que, en vez de penado y regulado, fue rescatado y liberado para reponer rápidamente su rentabilidad y los bonos de sus agentes.  Los partidos políticos con vocación de gobierno se distinguieron en la posguerra por su forma de gestionar el pacto. En eso consistió la alternancia. Desde 2008 tal pacto dejó de existir y por eso la alternancia dejó de tener sentido.

En Portugal, la firma del memorando de la troika selló el fin del pacto y de la alternancia que hacía de él un pacto democrático. A partir de ahora, en vez de alternancia, es necesario buscar una alternativa. Las divergencias en el interior de la coalición del Gobierno nada tienen que ver con la alternativa y muestran que la alternancia a la alternancia (con los mismos partidos o con alguno de ellos y el PS) sería la reproducción, en forma de farsa, de la tragedia que vivimos.

La alternativa implica decidir entre la lógica del capitalismo financiero y la lógica de la política democrática. En este momento, las dos lógicas son inconciliables. Los demócratas portugueses convergen en la idea de que la democracia debe prevalecer y saben que para que eso ocurra son necesarios actos de desobediencia hacia las exigencias de los “mercados”,  lo que ciertamente va a conllevar alguna turbulencia social y política, cuyos costes deben ser minimizados. Por encima de todo habrá que enfrentarse a la intimidación y a la manipulación del miedo, a los drones con los que los “mercados” destruyen sin costes los derechos de los ciudadanos. La desobediencia puede asumir varias formas, pero todas conllevan asumir que la deuda, tal como existe, es impagable e injusta, porque no se puede liquidar a un país para liquidar una deuda.

Optar por la democracia es la alternativa, pero el modo de llevarla a la práctica no es unívoco, como nada es unívoco en democracia. O sea, la alternativa engloba, en sí, alternativas. Y aquí surgen las divergencias que van a definir el nuevo ciclo político.

La Europa real y la Europa ideal. Las divergencias inciden en tres temas: articular o no la desobediencia hacia el capital financiero con la permanencia en el euro; centrar los esfuerzos en renegociar la posición en la UE o en abrirse a nuevos espacios geopolíticos; y, dado que el fin de esta UE es una cuestión de tiempo, luchar o no por alguna otra inequívocamente sujeta a la lógica de la democracia. Como es propio de una transición de paradigma, todas las posiciones conllevan riesgos y no siempre será fácil calcularlos.

Pero incluso en las divergencias hay alguna convergencia: la actual UE está totalmente colonizada por la lógica de los “mercados”; la profundización de la integración en curso se está haciendo a costa de las democracias de la Europa del Sur; sería mejor que las posiciones de desobediencia fuesen tomadas por varios países organizadamente.

La lucha política extra-institucional. Los partidos políticos de izquierda son los más tímidos en este proceso de convergencia porque tienen demasiados intereses puestos en el actual ciclo político y temen por su futuro. Tienen dificultades para admitir que, si no asumen riesgos, están condenados a ser el barniz democrático de las uñas del fascismo financiero. El dilema al que se enfrentan es serio: si van de la mano de un movimiento social que apunta hacia un nuevo ciclo democrático, pueden estar suicidándose; si no lo hacen, serán vistos como parte del problema que enfrentamos y no como parte de la solución, corriendo el riesgo de, en el mejor de los casos, volverse irrelevantes, lo cual es otra forma de suicidio.

Ante este dilema -que todos debemos comprender-, los ciudadanos y las ciudadanas no tienen otro remedio sino salir a la calle para reclamar la caída del Gobierno y forzar a los partidos de izquierda y centro-izquierda a asumir riesgos, ayudando a minimizar los costes sociales y políticos de la turbulencia política que se aproxima sin tener en cuenta los cálculos partidistas. Estamos, tal vez, entrando en un momento fuerte de la democracia participativa, sirviendo de fuente revitalizante de la democracia representativa. De las instituciones que sobreviven a la suspensión de la democracia, a los demócratas portugueses apenas les queda alguna esperanza en el Tribunal Constitucional. Por el respeto que les merece la institución de Presidencia de la República, prefieren no decir nada sobre su actual inquilino.


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