La nación exhausta

Vladimir López Alcañiz

Vladimir López Alcañiz

Doctor en Historia

España parece una nación exhausta, enemiga en sus recuerdos e inconciliable en sus proyectos. No siempre ha sido así: Muñoz Molina recordó hace algunos años la España generosa de los liberales de Cádiz, la que entusiasmó a Pérez Galdós y a Pi i Margall, la que defendieron con rebeldía Azaña y Machado, la que atrajo a los internacionalistas a luchar por la causa republicana y tuvo en el mundo una aureola de “heroísmo y dolor”  frente al fascismo. Pero de aquella nación indomable imaginada en 1812 hoy apenas queda nada, o solo un reflejo. Ese que recorta en el espejo la sombra de la irrisoria marca España.

En esta tesitura, se entiende que haya quienes pretendan abandonar el barco, vestir otras ropas, probarse otros nombres. En septiembre, mucha gente salió a la calle en Cataluña compartiendo un noble sueño de libertad. Sin embargo, encauzado por sus portavoces, ese deseo insobornable es una ilusión sin porvenir, pues únicamente se traduce en la demanda de otro estado, de otra nación cumplida. No es esa la solución al malestar en que vivimos.

Mi conjetura es que la nación es hoy un obstáculo, y no una vía, para alcanzar mayores cotas de emancipación y libertad. Trataré de explicarme. La nación es un constructo cultural moderno cuya razón de ser es dar al pueblo la soberanía de un estado. Frente a la concepción monárquica del poder, la nación esgrime el valor de la democracia para regir la cosa pública. Por eso proclama la igualdad de derechos contra el mundo del privilegio. Este gesto primero, del que Tocqueville previó su irresistible fuerza, constituye una ruptura radical con el pasado resueltamente emancipadora.

La nación se erige así en una instancia de reconciliación entre vencedores y vencidos, y trata de apagar el fuego de las batallas pasadas en nombre del futuro y de la solidaridad nacional. Pero con la primavera de los pueblos llega el eclipse de la fraternidad y el desgarro de la nación, de la que se desprende el llamado “cuarto estado”, esto es, el proletariado. La clase disputa entonces a la nación el ser el principio rector de la sociedad. De ahí la enemistad inicial, y la peligrosa amistad, entre el socialismo y el nacionalismo.

Cuando la nación deja de ser una evidencia, salta a la vista el cariz de su designio: homogeneizar la sociedad, reducir la expresión de sus diferencias y proyectar hacia fuera las tensiones internas. El problema, que aparece pronto, es que demasiadas veces el otro se localiza entre nosotros. El Affaire Dreyfus, acaecido en Francia en torno a 1890, pone de manifiesto el conflicto entre la justicia y la patria. De aquel tiempo es la palabra “nacionalismo” y su doctrina, que se apodera casi por completo del imaginario de la nación y lo convierte en un instrumento de domesticación social.

Hasta aquí el rodeo histórico. Desde el fin del Antiguo Régimen, que en España no llega hasta 1975, asistimos a una incómoda cohabitación de nacionalismos. En cabeza, el más inicuo de todos por desconocerse como tal, el nacionalismo español, y a la zaga, los llamados nacionalismos periféricos, que suelen presentarse de forma cándida o taimada como los únicos realmente existentes. El diálogo entre ellos es de sordos, porque ninguno está dispuesto a dejarse persuadir por las razones del otro, condición necesaria de la deliberación racional. Por eso no impera el reconocimiento mutuo, sino el interesado mercadeo de competencias.

La ineptitud del nacionalismo se muestra, entre otras cosas, en su insensibilidad lingüística. El Gobierno de España promueve el castellano y desprecia las demás lenguas, a las que considera un estorbo, mientras la Generalitat protege el catalán y escamotea al castellano el espacio simbólico que merecería. En ambos casos, la operación consiste en confiscar lo que es común a todos, el lenguaje, y subordinarlo a la identidad nacional. Pero tal identidad es una mera entelequia, y, además, una de las más eficaces cárceles del intelecto del mundo moderno.

En suma, el nacionalismo es incapaz de entender la complejidad de la realidad en que vivimos, y la nación, que se inventó para dar voz al pueblo, hoy la secuestra. Que sigamos hablando de naciones y nacionalismos no es muestra de su vitalidad, sino de su vida póstuma. Porque como proyecto de emancipación la nación probablemente ha muerto, aunque muchos sigan hechizados por su fantasma. Parece sensato, pues, abandonar el vocabulario de las soberanías y emprender otro camino. Quizá, como sugiere Ramón Máiz, el de reemplazar la concepción vertical del poder por una distribución horizontal y reticular de la autoridad que funde la confianza política en el diálogo y en el acuerdo entre iguales.

El reto es ingente. No es fácil armonizar el conocimiento local y la mirada cosmopolita en una sociedad heterogénea. Entretanto, los nacionalismos seguirán peleando en pos de una incierta gloria. Su guerra cultural seguirá colonizando el pasado para controlar el futuro, asegurando luchar por la cultura cuando lo que hace es degradarla. Porque la cultura no es la defensa cerrada de lo propio, sino el puente entre la diversidad de las gentes y la unidad de la humanidad.

Si queremos desbrozar esa senda y tender ese puente, necesitamos trascender el marco de la nación. De lo contrario, se nos podrá decir lo que al inglés de la broma irlandesa, que al preguntar por el camino hacia alguna parte, le respondieron: “Si yo fuera usted, no partiría de aquí en absoluto”.