Opinion · Dominio público

#13OSomAlcarrer: mirando hacia un futuro constituyente

Josep Maria Antentas

Profesor de sociología de la Universidad Autónoma de Barcelona

El acto de este domingo 13 de octubre en las Fonts de Montjuïc en Barcelona, en el que participaron miles de personas, muestra el interés y el entusiasmo generado por el proyecto del Procés Constituent lanzado en abril pasado por Arcadi Oliveres y Teresa Forcades, y culmina seis meses de presentacionesy puesta en marcha de asambleas locales y sectoriales.

El Procés ha tenido dos grandes méritos. Primero actuar de revulsivo afirmando, en medio del estallido del mapa político catalán tal y como lo habíamos conocido desde la Transición, una vocación de mayoría y de ruptura, combinando unidad y radicalidad, y coherencia programática con poca rigidez ideológica. No es el momento para la izquierda ni de conformarse con ser una voz minoritaria testimonial, ni de, al revés, descafeinar su voluntad de ruptura y de transformación para buscar atajos. No son retoques de maquillaje lo que se necesita, sino un cambio de fundamentos de un sistema que sólo funciona para una exigua minoría.

En segundo lugar, la propuesta de Forcades y Oliveres ha permitido propulsar a gran escala el concepto de proceso constituyente, en auge tras el ascenso del 15M y hoy ya patrimonio común de amplios sectores políticos, así como intentar plantear una cierta hoja de ruta estratégica para llegar hasta él, ligándolo a la vez al debate sobre la crisis y sobre la independencia de Catalunya. Busca así dibujar un horizonte concreto y creíble de ruptura que permita encajar los dos grandes ejes de la política catalana, el social y el nacional, que no van acompasados mecánicamente.

El Procés sitúa la necesidad de articular una nueva mayoría político-electoral, plantea la cuestión de la unidad de la izquierda y de como construir un nuevo instrumento sociopolítico con amplia influencia política y social. Pero va más allá de todo esto. Implica una invitación a la autorganización social, a la activación de quienes hoy todavía no están movilizados y concibe la política electoral y los debates sobre siglas como consecuencia de un trabajo previo por abajo en el que no sólo hay que encajar piezas mecánicamente, sino sobre todo dar voz y ofrecer espacios de participación sociopolítica a quienes todavía no han encontrado desde donde canalizar su malestar y frustración.

La propuesta de Forcades y Oliveres ni es sólo un simple nuevo actor más en la política catalana que viene a competir con los existentes, ni es un paraguas común para todos. Se configura como un espacio político propio, abierto, plural y flexible, con un fuerte discurso unitario que tiene la doble tarea simultánea de irse construyendo y fortaleciendo y de interlocutar, discutir y trabajar con otros componentes de la izquierda política y social en la tarea común de cambiar el mundo de base. Su arrancada ha sido prometedora pero esto es, en parte, lo más fácil. Consolidar lo realizado es el gran reto que tiene encima de la mesa.

Estamos ante un experimento colectivo, una propuesta original para un momento poco convencional que requiere respuestas poco convencionales. No vivimos en tiempos de rutinas inamovibles, donde la “vieja y probada táctica” (¡sea la que sea!) vaya a resolvernos los enormes desafíos del presente futuro. El Procés no es una solución en sí mismo, ni puede por si sólo resolver el problema de conseguir una salida a la encrucijada actual favorable a los intereses de la mayoría, pero aporta un efecto catalizador y dinamizador en la vida política catalana que, esperemos, contribuya a ensanchar la brecha abierta en la legitimidad de un sistema en el que día a día se evaporan sin cesar derechos, dignidades y esperanzas.