Opinion · Dominio público

Tiempo de actuar contra el hambre

MARINA NAVARRO Y GERMÁN ROJAS

10-18.jpgEn el mundo, 923 millones de personas pasan hambre, es decir, casi uno de cada seis seres humanos. Son 75 millones de personas más que hace un año. Desde hace casi tres décadas, los días 16 y 17 de octubre se convierten en una ocasión para llamar la atención sobre los millones de personas que viven en la pobreza extrema en el mundo y, en concreto, sobre la grave situación alimentaria que atraviesan. En esta ocasión, el Día Mundial de la Alimentación y el Día Internacional para la Erradicación de la Pobreza adquieren, si cabe, una significación más especial al llegar acompañados por una seria crisis alimentaria que se ha manifestado en un rápido incremento de los precios de los alimentos, y que, por añadidura, se ve agravada por una crisis financiera global de vastas proporciones.

En los últimos 12 meses, el índice de la FAO de precios de los alimentos aumentó, como promedio, en un 52%. Durante el primer semestre de 2008 continuó incrementándose el precio de algunos productos básicos, particularmente el maíz, que hasta mediados de junio de 2008 había registrado un alza de más del 70%. Los elevados precios de los alimentos suponen una dificultad mayor para los que sufren hambre,
pero también para los que están al borde de la pobreza. Se calcula que 100 millones de personas más se sumarán a los que ya viven en la pobreza extrema.

Al ritmo actual, y tal y como indica el Informe de Naciones Unidas sobre los Objetivos de Desarrollo del Milenio 2008, el primero de ellos de reducir a la mitad del número de personas que viven en la pobreza extrema y pasan hambre en el mundo en 2015, es una meta cada vez más lejana. No solo porque se nos agota el tiempo, sino porque además estamos avanzando en la dirección contraria.

Si bien hasta ahora el debate sobre los efectos de esta crisis alimentaria se ha centrado en el primero de los Objetivos de Desarrollo del Milenio (ODM), no es menos cierto que esta tendencia negativa también pone en peligro los esfuerzos para alcanzar el resto de los ODM, especialmente de aquellos relacionados con educación, mortalidad infantil,
salud materna y enfermedades, ya que entre todos ellos existe una estrecha vinculación.

Y es que el hambre no es solo una consecuencia directa de la pobreza, sino una de sus principales causas. El efecto debilitador que produce el hambre en la productividad de las personas y sus ingresos conduce a un círculo vicioso de la pobreza.

En 2008, el tema del Día Mundial de la Alimentación “Seguridad alimentaria mundial: los desafíos del cambio climático y la bioenergía” nos recuerda que no es posible abordar de forma eficaz la lucha contra la pobreza, sin tener en cuenta los efectos que el cambio climático tiene en la agricultura, la propagación de las enfermedades o en los fenómenos meteorológicos adversos, especialmente para millones de pequeños agricultores y pescadores, hombres y mujeres. El calentamiento del planeta y los problemas relacionados con la bioenergía amenazan con seguir incrementando la brecha entre países ricos y países pobres.

Durante demasiados años, la comunidad internacional ha abandonado sistemáticamente el sector agrícola de los países en desarrollo, como lo demuestra el hecho de que la ayuda a la agricultura pasara de 8.000 millones de dólares en 1984 a 3.400 millones en 2004, es decir, una reducción en cifras reales del 58%.

Este año, tanto en el Encuentro de Alto Nivel sobre los ODM celebrado en Nueva York el 25 de septiembre, como en la Conferencia de Alto Nivel sobre Seguridad Alimentaria Mundial celebrada en junio en Roma, jefes de Estado y de Gobierno y ministros de los países desarrollados han renovado sus compromisos, prometiendo destinar 16.000 millones para los consecución de los ODM y 22.000 para enfrentar la crisis alimentaria. Pero dichas promesas deben concretarse.

Es necesario un gran esfuerzo a nivel mundial para reducir el número de personas hambrientas antes de 2015. Tal y como se identificó en la Conferencia sobre Seguridad Alimentaria Mundial realizada en junio en Roma, hay que actuar en dos frentes: por un lado, hacer que la población más vulnerable tenga acceso a los alimentos que con tanta urgencia necesita, y por otro, ayudar a los pequeños productores a aumentar su producción y sus ingresos. Todo ello sin olvidar que las causas de la crisis de los alimentos son no solamente técnicas y medioambientales, sino también institucionales. Por tanto, resulta necesario un plan intersectorial basado en los ODM y respaldado con asignaciones presupuestarias adecuadas, a las que ya se comprometieron los países en el año 2000 en la Asamblea de la ONU y ratificadas de nuevo en septiembre de este año.

En los últimos años, España ha dado algunos pasos importantes hacia el logro del ODM 8 de fomentar una asociación mundial para el desarrollo, con metas para la asistencia, el comercio, y el alivio de la carga de la deuda. La Ayuda Oficial al Desarrollo se ha incrementado hasta llegar al 0,5% del PIB, se ha aprobado una ley reguladora de la deuda externa y se ha avanzado hacia un consenso social en materia de cooperación al desarrollo. Son pasos significativos, pero que deben ser profundizados.

No podemos quedarnos de brazos cruzados. Todavía estamos a tiempo para actuar. En todo el mundo, también en España, millones de personas se están movilizando este fin de semana para exigir que se cumplan con los compromisos adquiridos.
El éxito de múltiples experiencias en países en desarrollo como Mozambique, Tanzania o Bangladesh, nos ha demostrado que con una verdadera voluntad política es posible avanzar en la lucha contra el hambre y la pobreza. 923 millones de personas en el mundo no pueden seguir esperando una respuesta.

Marina Navarro es coordinadora Española de la Campaña del Milenio de Naciones Unidas

Germán Rojas es jefe de la Oficina de Información de la FAO para España y Andorra