Dominio público

Opinión a fondo

Snowden: del Agente 2.0 al ciudadano digital

30 Dic 2013
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Víctor Sampedro
Catedrático de comunicación política. URJC

El mes de junio Edward Snowden desveló la mayor trama de espionaje masivo de la historia. Internet, según sus filtraciones, se ha convertido en una fabulosa herramienta de control que amenaza la libertad de expresión y aquello de lo que era garantía: la democracia y los derechos humanos. El ex-analista de la Agencia de Seguridad Nacional norteamericana [NSA, según sus siglas en inglés] revela que estamos en plena regresión civilizatoria.

Las promesas de Obama y Google sobre la democracia digital eran pura patraña. Y la gravedad de este fraude no se corresponde con la indiferencia o cinismo que muestran muchos de los afectados. Podríamos estar pasando por alto que con WikiLeaks y Snowden la primera generación de nativos digitales reclaman su derecho a ejercer como ciudadanos en y desde la Red. Por ello, como en momentos históricos precedentes, el reconocimiento de los derechos civiles pasa por ejercer la desobediencia civil para reclamarlos. Snowden y Manning son a Rosa Parks lo que Assange a Martin Luther King y Mandela.

Dicen las corporaciones y los estados que para satisfacer nuestras demandas y para defendernos necesitan saber con quiénes, cuánto tiempo y desde dónde nos comunicamos. Esa información son los metadatos con los cuales se generan unos perfiles que más tarde y si es necesario cobrarán cara, poniéndoles nombre y apellidos como en el caso de Chelsea Manning, (antes Bradley, la fuente de WikiLeaks). La disidencia digital está siendo ya condenada mediante la elaboración de dosieres formados con miles de documentos extraídos de la Red. Manning ingresó en prisión, sin que existiese constancia informática de que hubiese filtrado el Cablegate. Las pruebas que le incriminan – correos, chats… – apenas expresan sus intenciones, sus motivos e ideales. Tengan cuidado con lo que escriben en sus pantallas.

Habrá lectores que piensen que nada de esto les incumbe. Debieran considerar que, con la diligente colaboración de las autoridades patrias, la NSA recopiló en España 60 millones de llamadas telefónicas en tan sólo dos meses (del 10-XII-2012 al 8-I- 2013). Resulta significativo que no le interesaran los emails y SMS de Fin de Año. Ese día los vigilantes descansaron. A lo mejor se relajan de nuevo cuando estemos otra vez de cotillón. Porque les interesan nuestras actividades y contextos cotidianos. Algo que su ordenador y móvil recuerdan mejor que usted. El espionaje es sistemático, preventivo, global. Tiene un alcance hasta ahora impensable sobre nuestras facetas vitales más íntimas, rutinarias e inconscientes.

Aprovechando nuestra ignorancia tecnológica y la desprotección legal, los proveedores de servicios digitales se pusieron primero al servicio de la investigación de mercados. Han elaborado patrones de lo que consumimos, cruzando nuestros metadatos y pagos con tarjetas, almacenando perfiles… que, llegado el día, podrían considerarse terroristas a ojos de la NSA. ¿Adquirió usted una mochila y una olla a presión antes de un atentado? Ah, ¿que no se acuerda? Tranquilo, como le ocurrió a más de uno después del maratón de Boston, alguien podrá llamar a su puerta para recordárselo y pedirle explicaciones.

Intervenidos: sin soberanía ni autonomía

Nos han arrebatado la privacidad y el anonimato. Ante el fingido escándalo de “nuestros” líderes al “saberse” espiados por Obama, medio millar de “autores y creadores” de más deochenta países han venido a denunciar que si el poder financiero ha intervenido nuestras economías, el político ha hecho lo mismo con nuestras democracias. Sostienen “La vigilancia es un robo. Estos datos no son propiedad pública, nos pertenecen. Cuando se usan para predecir nuestro comportamiento, se nos roba algo más: el principio del libre albedrío, crucial para la libertad democrática”[i]. Las grandes corporaciones digitales nos han vendido. El negocio de los macrodatos, el ingente mercado de metadatos de la población mundial, que encubrían con sus servicios “gratuitos”, se ha convertido en nuestra mayor fuente de desprotección. Los centros de almacenamiento de datos, en manos de quienes dicen protegernos, suponen el fin de nuestra soberanía y autonomía, a nivel personal y colectivo.

Ya no somos dueños de la información que manejamos y que, sin embargo, revela quién somos, qué hacemos y deseamos. La generamos, se registra y procesa sin nosotros saberlo ni consentirlo. Hemos pasado, por tanto, de la condición de ciudadanos – sujetos soberanos, que mandan en sus recursos – a la de súbditos – desposeídos de lo que es suyo y de nadie más. En consecuencia carecemos de autonomía o de la capacidad de autogobernarnos. En el contexto actual seremos incapaces de dirigir nuestros recursos hacia los fines que determinemos como propios, que es lo que pensamos que hace alguien a quien consideramos autónomo.

Sabiéndose vigilados, muchos se pondrán la mordaza antes de abrir la boca: se aplicarán una corrección política que resultará  inocua para quien mande. Habitaremos una esfera pública plagada de autocensura. O peor, anticipando las críticas y demandas más duras, nos quitarán los dientes antes de que podamos hincárselos. Ya han empezado a proscribir el periodismo que actúa de contrapoder – ilegalizando sitios como WikiLeaks – y persiguiendo a los ciudadanos que colaboran para defender lo poco que queda de sus libertades civiles.

El calado de las cloacas que ahora conocemos es tal que resultaba preciso rebajar la entidad del protagonista y de su denuncia. A Snowden se le presentó, primero, como un hacker, demasiado joven y sin méritos para merecer la atención pública. Una vez que la acaparó, se le envolvió en una historia de espías a sueldo de Pekín, Moscú… Presentadas con este guión, las peripecias de Evo Morales, retenido en un aeropuerto por sospechoso de trasladarle en su avión presidencial, eludieron el calificativo de “secuestro y piratería aérea”. Así las catalogó el reconocido reportero de guerra John Pilger.

Pero por mucho que lo nieguen, Snowden encarna la máxima expresión de un ciudadano digital. Este tecnocidano, que diría Antonio Lafuente, ha cuestionado con su competencia tecnológica y sus valores cívicos el sistema para el que trabajaba. Si WikiLeaks se presentó como la Agencia de Inteligencia del Pueblo, Snowden sería nuestro espía. El funcionario del capitalismo cognitivo se erigió en desobediente civil. Apeló a los Padres Fundadores de EE.UU. y a la Primera Enmienda. Renunció a un magnífico sueldo, se exilió y se arriesga a ser eliminado, en medio de voces de supuestos políticos y pretendidos periodistas que así lo sugieren. Por último, ofrece su colaboración a la ONU, a los gobiernos de Brasil y Alemania, embarcados en dar respuestas (bien diferentes, por cierto) al ya ineludible reto de la gobernanza de Internet. El Internet del siglo XXI – la democracia y la economía sostenible o el totalitarismo y la devastación a él asociadas – no podrán entenderse sin Snowden.

Nuestro espía y el coro de putas, ángeles e imbéciles 

Para el fundador de los Estudios de Paz, Johan Galtung, el espía que se hizo hacker reactualiza la lucha de los años 70 por las libertades civiles. Para quienes acabaron con Vietnam mediante otras filtraciones (Daniel Ellsberg), constituye el ejemplo que debieran seguir otros compañeros de teclado. En una carta abierta han llamado a imitarle reutilizando la frase fetiche de Assange: “el coraje es contagioso”. Estas voces insumisas apenas resultan audibles. Las tapan las noticias sobre el personaje del Agente 2.0 al servicio del Eje del Mal. La información se presenta guionizada como un thriller tramposo que, de paso, rebaja el coraje del espectador infundiéndole calculadas dosis de miedo. De eso se trata, de que la ciudadanía solo se asuma como espectadora. Mejor aún, como espectadora que se sabe monitorizada y que, en consecuencia, no hará nada raro ni cochino en la oscuridad de la sala de cine o en el salón de estar.

Tan peligrosa como la desinformación que viene de arriba resulta la “corrosión del carácter” que traslucen las reacciones de los de abajo. Pareciéramos rodeados de audiencias cínicas, descreídas e ignorantes. Me refiero a quienes aún atienden a los presstitutes (prostitutas de la prensa) que, como buenos profesionales, tras realizar la faena – en este caso informativa – presuponen que no hace falta recordarte que nada de lo dicho y hecho era verdad. Sus reacciones ante Snowden y sus valedores se resumen en una batería de preguntas ramplonas. ¿De verdad era necesario contarte que nada en esta vida es gratis? ¿Creías que Facebook significaba “por la cara”? Y la Guerra por la Libertad, ¿también te iba a salir gratis? Los escribas a sueldo llegan a reprocharnos que pensáramos que alguna vez se pondrían en pie por nosotros o, mejor dicho, con nosotros.

A estas meretrices se suman quienes se presentan como ángeles custodios del sistema. Para ellos las mega-filtraciones minan la legitimidad de las democracias, porque mientras estas son vulnerables a la crítica las dictaduras permanecen inmunes a cualquier denuncia. Es decir, Assange, Manning y Snowden habrían degradado nuestras democracias; situándonos en desventaja frente a quienes nos amenazan. No falta quien también acusa a los filtradores de empeorar la situación. Porque si antes se hacían así las cosas, ahora aumentarán la opacidad y el rigor. Los argumentos son equiparables a imputarles a Al Gore y a Greenpeace el cambio climático, la impunidad con que China destruye la capa de ozono y el creciente agujero de ozono.

No les hagan caso. Mienten, igual que quienes afirman que todo lo denunciado ya se sabía. Hasta la llegada de Snowden la monitorización y la represión digitales solo se imputaban a las dictaduras; ya saben, Irán, China, Rusia… El joven analista-hacker ha tenido que jugarse el pellejo para que los apocalípticos más señalados de la Red denunciasen, ahora sí, los desmanes de la NSA. Los “soplones” que se anticiparon a Snowden pagaron caras sus denuncias; precisamente, por la ausencia de portavoces que denunciasen la confluencia digital de los intereses corporativos y militares en nuestras sociedades.

Putas, ángeles custodios y mentirosos rodean a Snowden para acallarle. Ante todos ellos se congregan quienes afirman que nada temen, porque nada tienen que ocultar. Pobres imbéciles. Ni siquiera aplican al móvil los mismos criterios que a su coche. Pues bien, nos queda decirles, puros del mundo, nudistas de la red, instalen en su automóvil un dispositivo que informe puntualmente de cada uno de sus trayectos, la identidad de sus acompañantes, y todas y cada una de las infracciones de tráfico que comete a diario, la mayoría sin darse cuenta. Luego hablamos del nuevo precio de su seguro, o de…

¿Soluciones? Las mismas que en anteriores periodos del avance de las libertades civiles. Desarrollar herramientas de emancipación y construir sujetos capaces de emplearlas. Para empezar, conduzcamos coches que solo nos lleven a dónde queramos; es decir, usemos software libre. Generemos, tejamos redes de ciudadanía digital; más allá de la palabrería, del fetichismo y snobismo. Garanticemos la existencia de un Snowden en cada corporación y de una Manning en cada ejército. En eso deberíamos ocuparnos los próximos años.

Este texto anticipa el libro El cuarto poder en red, que será publicado por Icaria en primavera de 2014. Comenzará a ver la luz en el blog, que con el mismo título, aparecerá  próximamente en Público


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