Dominio público

Opinión a fondo

El Consejo de Ministros fantasea

27 Sep 2007
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BELÉN GOPEGUI

El Consejo de Ministros se siente cansado, lleva toda la mañana aprobando disposiciones y los músculos de la sonrisa colegiada y el asentimiento empiezan a flaquear. Ahora es el turno de los agrocombustibles. Hay que poner las bases para un acuerdo marco por el que se subsidiará la construcción de varias plantas de etanol y biodiésel. El Consejo de Ministros escucha distraído palabras como protección del medioambiente e impulso de la biodiversidad. Una mosca biodiversa pasa, el Consejo la mira, se abstrae. Algunas veces al Consejo le gusta compararse con personajes literarios y, la verdad, el personaje con quien más se identifica ahora el Consejo de Ministros es el príncipe Myshkin, el idiota. La de problemas que ocasionó ese hombre por no saber decir que no, por no poder decirlo. Sin embargo, piensa el Consejo, el príncipe no era tonto; por el contrario, se daba cuenta de las cosas mejor que nadie.

“Yo también me doy cuenta”, reflexiona el Consejo de Ministros. Luego apoya su cabeza colegiada en una mano, colegiada también, y fantasea. Se ve a sí mismo hablando con la rápida exaltación del príncipe. Elige como interlocutores, en su fantasía, a los representantes de las grandes corporaciones petroleras, automovilísticas, cerealeras, etcétera:

—¿No me podríais ahorrar al menos la cantinela de frases falsas? Los agrocombustibles son un negocio. Tenéis el negocio. Así pues, callad. El gobierno no será vuestro agente publicitario. ¿Qué tienen que ver los agrocombustibles con la protección medioambiental? Nada. Lejos de disminuir, las emisiones aumentan por el uso de fertilizantes químicos que introducen nitrógeno en el suelo y óxido nitroso en la atmósfera, por el avance de la frontera agrícola industrial y de las plantaciones de monocultivos forestales, por el crecimiento del transporte de un continente a otro. Ni siquiera necesito acudir a los artículos de científicos honestos. Vosotros os delatáis a cada instante. Toda la producción de agrocombustibles estadounidense, decís, no bastaría hoy para subvenir las necesidades de uno solo de sus Estados. ¿A quién vais a comprar los cereales? ¿A qué precio? Erosión del suelo, muerte de la biodiversidad, esclavitud reeditada en nuevas plantaciones coloniales. ¿Y el agua? Más del 70 por ciento del agua dulce se emplea en la agricultura. ¿Cuánto pensáis gastar a partir de ahora? ¿Agua de quién?

¿Buenos los agrocombustibles? Hombres y mujeres cortadores de caña que salen a las tres de la madrugada y regresan a las ocho de la noche. Los hay por millares. ¿Limpios los agrocombustibles? Grandes trituradoras, primero y, a continuación, plantas donde se llevan a cabo proceso químicos, todo ello exige calor, energía, contaminación. Sin contar los tóxicos que liberan después en su combustión. Y ese Al Gore, me cansa. No lo llames cambio climático, Gore, llámalo gangrenar el territorio; ni eches la culpa a cada personita, no es lo mismo Monsanto que los chicos que olvidan apagar la luz. ¿Rentables los agrocombustibles? Para poner la agricultura al servicio de la energía, el Estado de Florida desembolsa subsidios e incentivos tributarios que pueden superar los 5.000 millones de dólares por año. ¿Rentables para quién? ¿De dónde sale el dinero de esos subsidios? ¿En qué va a dejarse de invertir?

El Consejo de Ministros cambia de mejilla y de mano. De nuevo apoya la cabeza. Su aspecto lánguido en absoluto delata la vehemencia de su
pensamiento.

—¿Y la imaginación? El dinero compartimenta la imaginación, convierte la materia en números y dificulta las asociaciones. Pero en el caso de los agrocombustibles la materia se impone. Dos kilos y medio de maíz para llenar el 5 por ciento del depósito de un coche. Comida para coches. Comida por millones de toneladas, agua dulce por miles de millones de litros. El presidente cubano, Fidel Castro, lo ha calificado de monstruoso. Indiferentes, vosotros seguís con vuestras presentaciones de power point, llenas de florecillas y supuestas buenas intenciones. Ya sé, dentro de poco vendrán los llamados biocombustibles de segunda generación. Diréis que no proceden de alimentos sino de cosas como las algas, aunque las algas también son un alimento que podría paliar la desnutrición en decenas de países. Las algas gastan menos agua, no erosionan la tierra, no utilizan agrotóxicos, absorben algunos metales pesados y son más eficientes que los agrocombustibles. Pero entonces: ¿por qué son las segundas en llegar? En 1978 el departamento de energía de los Estados Unidos fundó un programa para investigar el combustible de algas. Lo abandonó en 1996. Era más rápido hipotecar las tierras de las ex-colonias. Más interesante acaparar el grano, diezmar las selvas, expulsar a las comunidades campesinas con violencia o emplear la usura para obtener un nuevo endeudamiento de continentes enteros. Lo de las algas era más lento. Y tampoco, desde luego –el Consejo suspira–, las algas son la panacea. No hay panaceas. Hay medidas lógicas pero imposibles de adoptar mientras yo siga secuestrado.

El Consejo de Ministros dibuja garabatos en un bloc. La sesión está a punto de terminar. Su cautiverio, reconoce el Consejo, es confortable. Se desplaza en coches silenciosos. Los despachos que ocupa tienen amplias ventanas con vistas al exterior. La comida no es mala. Le han dicho además que, cuando deje de ser Consejo de Ministros, los secuestradores podrían buscarle algo en cualquiera de sus “empresas internacionales integradas”. Sin embargo, a veces… a veces al Consejo le gustaría decir que no es idiota. Le gustaría salir a una rueda de prensa y contar las cosas que le obligan a hacer. No descubriría nada nuevo, claro. Pero sería un descanso para todos.

Belén Gopegui es escritora. Su última novela es El padre de Blancanieves.


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