Publicidad

Dominio público

Opinión a fondo

El 11-M y nosotros

11 mar 2011
Compartir: facebook twitter meneame delicious

 

ADOLFO GARCÍA ORTEGA

España es un país que prefiere no tener memoria. Sólo la utiliza para arrojarla contra el otro, contra el que es diferente o adversario. Tal vez lo que sucede es que algunos tienen miedo a la memoria, y por eso eligen el rencor, eligen la revancha, gruesa o sutil, pero revancha al fin y al cabo.
Pero la memoria existe, es inevitable, y en ella casi siempre está el germen del futuro, para evitar repetir algo o para procurar repetir algo. Parafraseando a Gabriel Celaya en uno de sus más hermosos poemas, se podría decir que la memoria es un arma cargada de futuro. El que sea. Y sin embargo, España es refractaria a la memoria, porque no ha superado nunca la división histórica que acumula siglo a siglo.

Según nuestra ancestral característica, la amnesia generalizada sería nuestro ideal como país, y especialmente en materia de víctimas del terrorismo. Si pudiéramos no recordarlas, mejor; incluso si fuera posible eludirlas, mejor todavía. A veces se emplea la eufemística expresión de “tratar de olvidar” aplicada a la superación de un atentado. ¿Por qué? ¿Acaso es algo vergonzante traer a la memoria los atentados de ETA, uno a uno, o el atentado especialmente terrible del 11-M, con todas sus causas y con todas sus consecuencias, la primera las víctimas, una a una? Entonces, ¿por qué eludir la solemnidad general, sobrecogedora y a la vez orgullosa y posiblemente poseída de una altiva dignidad, cuando llega la fecha, incómoda para tantos, del 11-M?

Han pasado siete años. Son pocos para atenuar el dolor de la ausencia. Pero también son muchos años ya y han cabido muchas cosas en ellos: por ejemplo, un cambio de Gobierno, y por dos veces, porque el partido de aquel cambio de Gobierno volvió a ganar las elecciones en 2008, pese a una legislatura basada en la más innoble de las oposiciones que jamás ha habido en España; hubo una larga investigación y los periodistas más innobles que jamás ha habido en España trataron de crear por todos los medios, en connivencia con esa innoble oposición, una tupida red de confusiones, mentiras y manipulaciones que son un insulto a la cara de las víctimas del atentado; hubo un juicio que se impuso contra las mentiras y las manipulaciones con admirable ejercicio de la Justicia; hubo unas condenas que permitieron cerrar un capítulo de nuestra historia, pero en cambio no cerraron, ni podrían cerrar jamás, las heridas que ese capítulo de nuestra historia abrió. El odio que derecha e izquierda se siguen profesando en España mutuamente (aunque más por la derecha, proveedora de bilis para españoles sin memoria) ha encontrado en el 11-M un empuje añadido a su ya enorme biografía cainita.
Todo lo que le ha llegado a la opinión pública en estos siete años es una catarata de rencor permanente vomitada por determinadas áreas de la derecha política y sus sacerdotes periodísticos, imbuidos de un amarillismo inmoral nauseabundo. Han confundido y han desviado el foco de atención de donde es obligado volver a ponerlo: los 191 asesinados aquel 11-M, los asesinos que lo cometieron y el impacto que ese asesinato ha dejado en nuestra memoria colectiva.

En estos años hemos aprendido a malvivir con el fantasma del islamismo, y el precio que ha enturbiado nuestra sociedad, verdaderamente plural y rica, es el recelo hacia todo lo que tenga visos de ser musulmán. Cierto es que no ha habido más atentados, pero también es cierto que los terroristas islámicos no los necesitan para mantener el miedo en la sociedad, al menos por ahora. Han conseguido lo que querían. Han sembrado el miedo, la sospecha, el racismo, la intolerancia y la crispación. Esa es la base del perfecto terrorismo de manual: crear la amenaza de otro atentado sin tener que llegar a producirlo, bastando tan sólo con haber inoculado en la sociedad la idea de que su repetición es posible e inminente, pero suspendida en el tiempo.

Ahora el séptimo 11-M llega con toda su carga de incomodidad, de división política por estar inmersos en la misma y agresiva campaña electoral, y porque, por desgracia, hablar de víctimas nos sitúa en el estrecho margen que le concedemos al dolor en nuestras vidas. Las víctimas siempre quedan en un extraño limbo vacío, tan vacío como el descuidado monumento que las recuerda en Atocha.
Con el respeto que supone reconocer el amargo trance anual que han de pasar los familiares, otra vez está aquí la fecha que ya es un emblema: 11-M. Cada año han de revivir de nuevo lo que para ellos sí sería justo olvidar. Y la herida, además, no se cierra porque es una herida colectiva, nuestra, de todos. Hasta que no asumamos eso, no comenzará el duelo histórico que España necesita.
No se ha de huir de nuestras víctimas, sino recordarlas con orgullo. Y con absoluta piedad. Necesitamos incorporar el
11-M a nuestra historia como algo que nos afecta e interpela personalmente, porque fue un atentado contra la mejor arma cargada de futuro que crece en España: la pluralidad de nacionalidades, razas y creencias. El número de ciudadanos corrientes muertos aquel día, personas con las que todos podríamos identificarnos ante un espejo, lo convierte en un atentado absolutamente plural y general. Pocas veces un atentado ha sido tan premeditada y arteramente mortal contra todos.

Adolfo García Ortega es Escritor. Su última novela, ambientada en el 11-M, es ‘El mapa de la vida’

Ilustración de Gallardo

Por qué hay que recordar la Shoah

27 ene 2010
Compartir: facebook twitter meneame delicious
Etiquetas:

ADOLFO GARCÍA ORTEGA

01-271.jpgHay más de un millón de niños judíos que, de no haber existido la Shoah, ni la Solución Final, ni haber sido asesinados industrialmente, hoy tendrían entre 65 y 80 años. Sus vidas habrían estado llenas de cosas buenas o de cosas malas, no se puede saber, porque es absurdo pretender saber cómo habría sido la historia de lo que nunca ocurrió. Lo que sí es cierto es que las vidas que no vivieron, los hijos que no tuvieron, las enseñanzas que no adquirieron, los amores que se perdieron, todo eso es vida que les fue impedida, arrebatada y eliminada por ser única y exclusivamente judíos. Si incluimos a los adultos, podemos elevar el número hasta el conocido referente de los seis millones.

Este es un hecho sin paliativos. Es un hecho atroz. Cada 27 de enero, en buena parte del mundo, se recuerda la Shoah como la extrema barbarie conscientemente genocida. Y es justo que se recuerde, y que se haga con toda la lucidez y toda la puesta en presente de la memoria, para evitar por encima de todo el olvido, y por tanto la condena a la posible repetición en el futuro. Y, lo que es peor, la desnaturalización de su realidad, rebajándole intensidad a la Shoah, despachándola a la lejanía de la noche de los tiempos como una parte más de la sangrienta pero ajena Historia, es decir, banalizándola.

En los últimos años las aberrantes teorías del negacionismo han cobrado un peso demasiado grande, hasta el punto de dárseles un rango intelectual plausible. Se suman a otra corriente, mucho más común por ser considerada “mera opinión bienintencionada”, según la cual se abusa de la exhibición del Holocausto, se considera que ha devenido en una mezcla de negocio y espectáculo, como si se magnificara con fines involutivos y no evolutivos, de manera que, cual cortina de humo, permitiera justificar un trágico y permanente inmovilismo. Como si la Shoah diera justificación a los judíos –¡cómo no!–, por la vía de la compensación moral, para llevar a cabo, con total impunidad, sus aspiraciones de autoafirmación política. Dicho de otro modo: como si el Holocausto fuese una tragedia tras de la que se amparan los horrores del actual Israel. De nuevo se vuelve a censurar a un pueblo, el judío, por el mero hecho de serlo. De nuevo se trata de minimizar su asesinato colectivo por le hecho de ser judías las víctimas.

Es obvio que estas corrientes, más o menos extendidas, totalmente simplistas pero nada inocentes, de minimizar el Holocausto tratando de restarle vigencia y razón a su recuerdo, hay que considerarlas dentro del actual contexto socio-político, marcado por un crecimiento del antisemitismo en todo el mundo bajo capa de antiisraelismo. Esto es motivo de debate, obviamente, y no significa que responda a una generalización sin matices. Los intelectuales no dejan de escribir sobre esto en periódicos, foros y ámbitos donde, por desgracia, siempre se acaba coligiendo un desafecto hacia el mundo judío, reproduciéndose los clichés más burdos que, precisamente, condujeron a la Shoah.

Se me ocurren tres razones para recordar la Shoah. La primera de todas es la de recordarla en sí misma por el hecho terrible que fue. No es justo compararla con ningún otro hecho, anterior o posterior. Tal vez no se encuentren iguales. Y no debería haber nada que reprochar al hecho de que sus agonistas principales, el pueblo judío, esgriman su derecho al recuerdo. Y lo esgriman con energía, en voz muy alta, empleando todos los cauces institucionales y culturales que considere necesarios, pidiendo a los países que basan su democracia en el Estado de derecho que se unan a su acto de recuerdo. Que lo pidan con la fuerza de la vida porque es un pueblo que ha sido, durante siglos, empujado en la puerta de la muerte. Y a eso dijo en su momento “¡basta!”.

Su voluntad de recordar la Shoah ha de verse, sobre todo, como una magnífica afirmación de vida y de existencia en el concierto de los pueblos y de las naciones. Y aunque algunos, incluidos políticos e intelectuales judíos, israelíes o no, utilicen el Holocausto como argumento de su propia necedad, eso no invalida en absoluto la fuerza moral que el pueblo judío, como colectivo supranacional, tiene para que no se olvide ni uno solo de los nombres de los asesinados. En honor de ese recuerdo se creó el Yad Vashem, premio Príncipe de Asturias de la Concordia.

La segunda razón para recordar la Shoah es que es un hecho que excede a los judíos. El Holocausto, como también las matanzas del estalinismo, o las del genocidio camboyano o el ruandés o cualquier otro de características similares en cuanto a planificación de eliminación de un pueblo, son responsabilidad de toda la humanidad. Son verdadero patrimonio de la historia planetaria. Y debemos recordarlo porque nos implica como cómplices.

Y esto me lleva a la tercera razón para el recuerdo: evitar la ignorancia y la simplicidad con que se analizan los asuntos relativos a una de las consecuencias derivadas justamente de la Shoah, la existencia del Estado de Israel, una existencia que, aunque tuvo que conquistarse por la sangre y el fuego de toda independencia, nació legitimada por la voluntad judía de no tolerar jamás la repetición del Holocausto. Hoy en día la ignorancia procede del desconocimiento. Y el desconocimiento nace de la confusión.

En un mundo y un momento histórico de cambio, cuando la ley de la historia dicta el mestizaje y la convivencia de razas y culturas, es necesario que se evite a toda costa la deshumanización de pueblos enteros, la anulación de razas y religiones por el mero hecho de ser lo que son y de ser otros. Pero no hay que olvidar que todavía, por increíble que parezca, en muchos, muchos países del mundo la palabra judío sigue significando lo que significaba para quienes perpetraron la Shoah. Por eso, recordemos siempre la Shoah.

Adolfo García Ortega es escritor. Su última novela es ‘El mapa de la vida’ (Seix Barral)

Ilustración de Patrick Thomas