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Dominio público

Opinión a fondo

Sin permiso de (casi) nadie

09 mar 2011
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AGUSTÍN MORENO

Soy afiliado de CCOO, hice la huelga del 29 de septiembre y me he manifestado en defensa de las pensiones. Como nadie me ha consultado sobre la firma del pacto de pensiones, decidida desde la dirección, pero sin debate con las bases ni en las estructuras, quiero expresar mi opinión. El contenido del acuerdo se centra en: aumentar la edad legal de jubilación a 67 años, necesitando 37 de cotización para alcanzar el 100% de la base reguladora, y en la exigencia de tres años y medio más de cotización (38,5) para poderse jubilar a los 65 años; y en ampliar los años de cómputo para el cálculo de la pensión de 15 a 25 años, lo que supone un recorte de hasta un punto menos por año (Zubiri), es decir, un 10%, aunque se beneficien algunos.
El contexto viene marcado por varios factores. Una crisis económica fruto de la especulación financiera del capitalismo de casino. Tras inyectar fondos públicos en el sistema financiero y algunas medidas neokeynesianas de reactivación, los neoliberales desataron un vendaval a favor del ajuste y contra los derechos sociales y laborales. En España se concreta en el decretazo que recortó el gasto público, la reforma laboral y ahora el acuerdo de pensiones. La percepción social es que la crisis la pagan los de siempre.
Ya desde 1994, el Banco Mundial planteaba que había que retrasar la edad de jubilación y recortar el nivel de prestaciones para, después, crear el pilar privado. En consecuencia, se puso en marcha una campaña machacona a través de los medios de persuasión masiva.

La huelga general del 29 de septiembre fue muy respetable; participaron millones de huelguistas y de manifestantes contra la reforma laboral y los recortes en pensiones. Que no se les haya pedido opinión puede explicar por qué tres de cada cuatro ciudadanos están en contra del acuerdo a pesar de la intensa propaganda a favor.
Por último, la estrategia sindical de intentar “limitar los daños” ha sido equivocada al ponerse a negociar con un Gobierno decidido a legislar a fecha fija con o sin acuerdo; con un planteamiento de auténtica fuga hacia adelante al incluir todo tipo de materias, pero excluyendo la derogación de la reforma laboral; y quemando las naves al no plantearse movilizaciones serias desde el 29-S, abocándose a firmar lo que hubiera en la mesa.
En cuanto a las consecuencias, obliga a seguir trabajando hasta una elevada edad, pero millones de trabajadores no llegarán activos a los 67 años (la tasa de ocupación de 60 a 64 años es sólo del 32%) por ser despedidos, por problemas de salud, etcétera, y se les aplicarán los coeficientes reductores (un 7,5% por cada año que se jubile antes). Subir el periodo de cotización a 38,5 años pone un listón inalcanzable para muchos trabajadores con carreras laborales inestables por el desempleo y la precariedad, que verán disminuida notablemente su pensión.
A medio plazo, el debilitamiento del sistema de reparto producirá una importante segmentación en la sociedad española: las pensiones públicas se aproximarán cada vez más a las asistenciales y pocas personas podrán acceder a los niveles máximos de pensión del sistema, invitándoseles a que suscriban planes privados.
Los sindicatos no debieron firmar. El grave compromiso asumido por CCOO y UGT les señalará como responsables del retroceso social durante mucho tiempo y con mayor fuerza que al Gobierno Zapatero, institución más efímera. La alarma social creada producirá una ruptura con amplios sectores laborales, de jóvenes y mujeres, que les culparán de sus problemas para alcanzar una pensión digna.

Esta quiebra de la confianza hará muy difícil recurrir a la necesaria movilización ante los ataques a los convenios, a los salarios, a la sanidad. La credibilidad no depende de los programas, sino de las formas democráticas de hacer.
Políticamente, el pacto no va a servir para que el PSOE salve los muebles en las elecciones dado el nivel de derechización e incumplimiento de su programa. Pero tampoco ayuda a las mesas de convergencia ciudadanas, si no extienden su Indignez-vous! a estos ataques al Estado social.
En conclusión, el acuerdo es injusto porque sólo se sacrifican los trabajadores y España tiene un gasto en pensiones inferior a la media europea. Innecesario con un superávit de 64.000 millones de euros y porque hasta 2030 no habría problemas en la Seguridad Social. Y equivocado porque sólo incide en el gasto, no se preocupa de los ingresos ni de una política económica orientada al empleo y al reparto del trabajo. ¿No es preferible que trabajen los jóvenes con 30 años que las personas de 66?

Entre las páginas de un libro he encontrado un panfleto de 1976 de CCOO de la construcción de Madrid, en el que se exigía la jubilación a los 60 años. Es evidente que vivimos un momento difícil. Se necesita un giro estratégico y una resistencia inteligente de recuperación de derechos. Ello pasa por mucha honestidad y coraje, un trabajo duro y más democracia participativa. La izquierda social y política tendrá que construir un pensamiento crítico y alternativas al neoliberalismo. De lo contrario, nada está asegurado y derechos que costaron cien años conseguir se pueden perder en unos meses.

Agustín Moreno es Profesor. Fue Secretario de Acción Sindical de Comisiones Obreras de 1978 a 1996.

Ilustración de José Luis Merino

Homenaje a Marcelino Camacho 2007

26 nov 2007
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AGUSTÍN MORENO

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Hace unos años llevé a Marcelino al instituto y antes les dije a los chicos: buscadle en el Larousse y cuando venga aquí, si veis a un abuelo apacible, no hagáis caso de las apariencias. Marcelino Camacho es importante, muy importante, aunque no es rico, vive modestamente en Carabanchel y hoy no tiene poder sindical ni político directo. Pero es un personaje histórico y una persona indomable, que no se ha plegado nunca ni ante Franco ni ante las burocracias sindicales. Sólido y próximo, concreto y con la línea del horizonte en su mirada, no les defraudó.

Tras la Guerra Civil, durante el franquismo, en la transición y en la democracia, Marcelino juega un papel clave por su lucidez. Nunca perdió el norte, supo orientarse ante los cambios y siempre tuvo claro que hay que apostar por los trabajadores, por la clase obrera como sujeto histórico del cambio, ya que el mundo no está hecho a la medida de los más débiles. El coste de su apuesta es la cárcel, el destierro, el despido, la marginación y mucho sacrificio. Por ello es uno de los grandes protagonistas de la Historia de España del último medio siglo. Como dijo de él Manuel Vázquez Montalbán, tras la gran derrota de la Guerra Civil “Marcelino fue una pieza clave en ese resurgir del movimiento sindical en las condiciones más difíciles de dictadura”.

Ha sido el fundador del gran sindicato Comisiones Obreras y un modelo de compromiso con la lucha antifranquista, por las libertades, la paz y por los derechos laborales. De una honestidad a prueba de bombas, personifica la mejor tradición del movimiento obrero: los que organizaron los sindicatos siempre fueron los más austeros, los más cualificados, sobrios, autodidactas y con mayor conciencia de clase. Resolvió las opciones que, según Hobsbawm, se les presentan a los trabajadores de la mejor manera para su conciencia y para su clase: no buscar el enriquecimiento o el medro personal, no desmoralizarse, y sí organizarse y luchar para cambiar el mundo, para mejorar las condiciones de vida y de trabajo.

Es mítico su coraje y voluntad de hierro para no rendirse ni tirar la toalla nunca y seguir combatiendo el desorden capitalista. Las grandes personas se ponen a prueba en los momentos decisivos. Y Marcelino superó todas las pruebas ante la represión y la cárcel, ante las discrepancias internas y las decisiones difíciles, al defender la independencia de CCOO en momentos claves como la tramitación del Estatuto de los Trabajadores, la tarde-noche del 23 de febrero de 1981 que compartimos en un comité de enlace con la UGT, ante la concertación social y en muchas otras ocasiones.

Su gran fuerza es la de sus ideas y sus convicciones. Coherente hacia fuera y hacia dentro, exigió la democracia política y la libertad sindical en el país en plena dictadura, ha defendido la democracia interna en las organizaciones donde ha militado y ha sido libre al posicionarse, aunque se quedase en minoría y ello tuviera consecuencias represivas, más dolorosas aún si provienen de los que se considera propios. Es obligado recordar todos los hechos: no se le elige para la presidencia del sindicato en el VI Congreso (1996), sin ningún debate entre las bases, convirtiéndole en chivo expiatorio para lanzar un mensaje a críticos y discrepantes de que serían excluidos si se oponían a una operación que pretendía moderar al sindicato hasta unos niveles irreconocibles.

Recuerdo, al ver la foto de la primera Ejecutiva Confederal, su apuesta valiente por la juventud y la renovación de la dirección del sindicato. Era increíble que, a finales de los años 70, chavales de veintitantos años compartiéramos responsabilidades y trabajásemos codo con codo con alguien que para nosotros era un auténtico mito.

En Marcelino resalta muy especialmente su calidad humana, que se expresa en la sencillez, bonhomía y carácter cariñoso. Quizá por ello y por su solidez ideológica ha sido insensible a los halagos del poder, esos cantos de sirena que encandilan a más de un dirigente.

Ha sido capaz de hacer convivir en CCOO a posiciones sindicales muchas veces encontradas, porque ha defendido la pluralidad por creer que es un valor en una organización y porque ha confiado en la fuerza de sus ideas y del diálogo para abordar las diferencias. No persiguió a los discrepantes, porque no los consideraba ninguna amenaza y porque, más allá del peso de sus argumentos, siempre estuvo muy sobrado de autoridad moral, tanto ante los amigos como ante los enemigos. De ahí su talento para sumar y no para restar.

Pero, sobre todo, destaca por su coherencia. De entre la multitud de homenajes y premios que ha recibido, hay uno que le resulta especialmente grato: el premio a la Coherencia de Guardo, un pueblo obrero y minero del norte de Palencia. Premio que, como de coherencia se trata, debe compartir con su querida compañera Josefina Samper. Sé que es uno de los que más le enorgullecen, porque Marcelino siempre, siempre, ha intentado ser fiel a los trabajadores y a él mismo, y cuando vuelve la vista atrás para contemplar su vida, lo expresa de manera rotunda al afirmar: “Si tuviera que volver a nacer, volvería a hacer lo mismo”.

Por todo lo dicho, Marcelino Camacho se merecía un gran homenaje de todo el sindicato, de los trabajadores y trabajadoras y de la sociedad española. Aunque estoy seguro de que el mejor homenaje que desearía el propio Marcelino sería la recuperación y el fortalecimiento de su legado en CCOO: la pluralidad, la unidad, la firmeza y el carácter de clase del sindicato.

Decía Flaubert que “al escribir la biografía de un amigo, hay que hacerlo como si estuvieras vengándolo”. Marcelino no lo necesita por su altura moral, que le hace estar por encima de toda circunstancia. Como en el fondo son los actos los que hacen que las personas sean memorables, sus compañeros, camaradas y amigos nos podríamos haber ahorrado las palabras y limitarnos a darle las gracias a Marcelino, por tantas y tantas cosas.

Agustín Moreno es vocal de la Comisión Ejecutiva de CCOO

Ilustración de José Luis Merino