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Dominio público

Opinión a fondo

Una ayuda en cuestión

15 ene 2011
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AITOR ZABALGOGEAZKOA

En los días que siguen a una catástrofe suele plantearse la eterna pregunta de si la ayuda está siendo eficaz, interrogante que llega cuando hay más incógnitas que certezas y cuando los análisis sobre la coordinación de la asistencia, de su pertinencia, la profesionalidad de quienes la prestan y el destino de los fondos utilizados para ello sólo se basan en primeras impresiones y en antecedentes no siempre válidos. Luego, el tiempo pasa y las preguntas se olvidan.
Haití, sin embargo, ha tenido la desgracia de sufrir dos catástrofes de enorme magnitud en un solo año: el terremoto del 12 de enero de 2010 y la epidemia de cólera que comenzó el pasado octubre. Ambas han colocado al país bajo el foco mediático, por lo que estas preguntas vuelven ahora, cuando ya disponemos de datos para este análisis. Hace ya seis meses ofrecimos suficiente información
como para hacer saltar unas cuantas alarmas. La principal conclusión de entonces, y de ahora, es que el sistema de la ayuda internacional no está respondiendo de una manera adecuada a catástrofes de esta magnitud.
La realidad es que, un año después, muchos de los programas anunciados no se han puesto en práctica y se han desembolsado pocos de los fondos prometidos por la comunidad internacional. Mientras tanto, las condiciones en que viven los haitianos siguen siendo pésimas. Si Puerto Príncipe da la impresión de haber sido sacudida por el terremoto ayer mismo es porque la ayuda prestada ha sido insuficiente, ya fuera en materia de vivienda, de saneamiento, de potabilización de agua, de restablecimiento del sistema de salud, de expropiación de terrenos o de planificación. En el país en el que se ha producido el más importante despliegue de ayuda humanitaria de la historia, quedan muchas lagunas sin cubrir a día de hoy.
La Comisión Interina para la Reconstrucción de Haití ha materializado pocos pasos concretos. La falta de compromiso ha sido, en primer lugar, financiera. A finales de marzo, la Conferencia de Donantes anunció aportaciones por valor de 9.900 millones de dólares. Para septiembre, los donantes seguían renqueando, y a mediados de diciembre, el fondo de la Comisión Interina había recibido sólo un 10% de los 2.600 millones comprometidos para los proyectos ya aprobados. En este caso, el Gobierno español ha destacado por su diligencia y compromiso, pero su aportación termina siendo una gota en mitad del océano de miseria y violencia en el que vive Haití. Los países donantes siguen esperando el recambio de un Gobierno en el que no confían, y mientras la recuperación arranca, las necesidades humanitarias tampoco están siendo atendidas de manera eficiente.
Estos cálculos políticos, sumados a la indefinición del Plan de Acción del Gobierno haitiano, que apenas abordaba las prioridades en materia de salud, han impactado en la respuesta a las necesidades más urgentes. La salud de la población y la capacidad para contener el riesgo de epidemias dependen de la mejora de las condiciones de saneamiento y de distribución de agua potable, y de que los cerca de un millón de desplazados que siguen viviendo prácticamente a la intemperie, bajo lonas que debían ser sólo una solución temporal, tengan acceso a un refugio de suficiente calidad.
Muchos haitianos siguen en condiciones de gran vulnerabilidad, y más ahora al enfrentarse a una segunda emergencia, la epidemia de cólera, que no sólo era prevenible sino que además es de respuesta sencilla y poco costosa. Y, sin embargo, en el país de las 12.000 ONG, más de 3.600 personas han muerto por esta enfermedad desde el pasado octubre y 150.000 se han contagiado.
Durante la epidemia de cólera, como tras el terremoto, el sistema humanitario liderado por Naciones Unidas, el mismo que ha tutelado Haití durante los últimos años, no ha estado a la altura. No ha habido reactividad de los programas ya en marcha ni flexibilidad en el uso de los fondos recaudados tras el terremoto para atender esta segunda emergencia, los mecanismos de coordinación han sido meros mecanismos de intercambio de información sin capacidad de decidir ni actuar, y el tiro se ha errado a menudo al concentrar la asistencia en Puerto Príncipe en detrimento de las zonas de la periferia y de las desatendidas zonas rurales.
Un año después de la catástrofe es importante revisar lo que se ha hecho y lo que no, y las decisiones que se tomaron. Hay muchas lagunas en la respuesta internacional a desastres, y Médicos sin Fronteras también reconoce que existen áreas en las que puede mejorar su trabajo, como por ejemplo en la preparación para volúmenes masivos de heridos o en las actividades de refugio.
Las agencias y actores internacionales deben estar a la altura de los compromisos que asumieron a bombo y platillo con los donantes de fondos y deben ser transparentes con la utilización de lo recaudado y con los logros obtenidos. La rendición de cuentas es esencial para no perder la confianza de tantos y tantos miles de personas que aportaron sus donaciones a la comunidad humanitaria para responder al terremoto. Pero sobre todo deben cumplir las promesas hechas al pueblo haitiano y responder a las ingentes necesidades que siguen soportando.

Aitor Zabalgogeazkoa es director general de Médicos sin Fronteras

Ilustración de Alberto Aragón

La ‘farmacia’ de los pobres

08 may 2010

AITOR ZABALGOGEAZKOA

05-08.jpgA finales de abril entraron en su recta final las negociaciones para el nuevo Acuerdo de Libre Comercio entre la Unión Europea e India, con vistas a cerrar el tratado antes de finales de año. Conocemos pocos detalles porque se han desarrollado fundamentalmente a puerta cerrada, pero lo poco que ha trascendido en los últimos meses sobre las disposiciones relativas a las patentes farmacéuticas resulta extremadamente preocupante, ya que podría tener consecuencias en las vidas de millones de pacientes en los países en desarrollo.
La UE está presionando a India para que acepte disposiciones relativas a la propiedad intelectual que, de ser aceptadas, restringirían considerablemente la producción y exportación de genéricos indios, en especial ampliando el tiempo de vida de las patentes más allá de los 20 años actuales y permitiendo la sistematización de las incautaciones por funcionarios europeos de genéricos indios en tránsito hacia terceros países. El impacto de tales disposiciones sería global, ya que India se ha convertido en la farmacia de los países pobres.
Y es esto lo que está en juego en estas negociaciones que se celebran en Bruselas y Nueva Delhi, tan lejos de los centros de salud a los que acuden los pacientes sin recursos: el acceso a medicamentos esenciales allí donde más necesarios son, y en particular el de millones de enfermos de VIH/sida a terapias asequibles, tal y como ha venido siendo posible desde que, en 2001, saliera al mercado la primera triterapia a base de genéricos indios al precio de un dólar al día, 30 veces más barata que las formulaciones de marca disponibles entonces.
Esta competencia forzó la reducción del precio en más de un 99% en los siguientes años. Sin ella, ninguno de los sistemas de salud, agencias especializadas y organizaciones que hoy tratan a pacientes sin recursos podrían haber ampliado sus cohortes a los volúmenes actuales. El 92% de los pacientes con VIH en tratamiento en los países en desarrollo reciben genéricos, y en su inmensa mayoría son indios: lo son entre el 70% y el 80% de los fármacos utilizados o financiados por el Fondo Global contra el Sida de la ONU, el Banco Mundial, la Fundación Clinton o el Programa Presidencial de Emergencia de Asistencia para el Sida (PEPFAR, en sus siglas en inglés) de EEUU, y el 80% de los utilizados por Médicos sin Fronteras.
Para el sector farmacéutico, la cuestión está clara: la competencia de los genéricos fuerza reducciones de precios. Y desde la perspectiva médico-humanitaria, la cuestión es precisamente la misma: la reducción de precios, y con ella la posibilidad de que los medicamentos esenciales sean asequibles para millones de pacientes pobres, los mismos pacientes que de todas formas la industria farmacéutica no considera mercado.
Ya nos hemos acostumbrado a que los gigantes farmacéuticos, los gobiernos de los países donde tienen sus sedes e influencias (y los pasillos de Bruselas son buena muestra de su capacidad de lobby), e incluso la prensa económica, se rasguen las vestiduras cada vez que asoma el debate sobre el genérico indio. La supuesta debilidad del sistema de propiedad intelectual, que en teoría impulsa la innovación, no se corresponde con la realidad: no sólo la última década ha sido la del refuerzo de patentes, sino que además han sido años de desprecio de la I+D por las enfermedades que afectan a la parte pobre del planeta.
En 2001, la Declaración de Doha, adoptada por la Organización Mundial de Comercio, establecía que los beneficios económicos no deben estar por delante de la salud pública. Doha completaba las flexibilidades previstas en los Acuerdos ADPIC sobre Aspectos del Comercio relacionados con la Propiedad Intelectual. La Ley india de Patentes de 2005 cumplía con ambos, abriendo la posibilidad de registrar medicamentos con patentes de 20 años, pero estableciendo salvaguardas para evitar registros abusivos de fármacos que no suponen una innovación.
Los intentos de las farmacéuticas de erosionar en los tribunales estas salvaguardas son constantes. Aún tenemos fresca en la memoria la demanda presentada por Novartis contra la Ley india, cuya constitucionalidad sigue ahora discutiéndose ante el Tribunal Supremo de ese país.
Pero lo que cuesta conseguir en los tribunales se está imponiendo a golpe de tratado comercial: los acuerdos de libre comercio negociados por la UE y Estados Unidos con países en desarrollo han impuesto estándares más rigurosos que los previstos en los ADPIC, ampliando los monopolios de las farmacéuticas europeas y norteamericanas, restringiendo la competencia de genéricos y manteniendo precios prohibitivos. Y ahora, este nuevo tratado que ultiman la UE e India podría ser el golpe de gracia para los genéricos indios.
Tanto la UE como India se comprometieron a cumplir con la Declaración de Doha. En enero, el comisario europeo de Comercio, Karel de Gucht, prometió seguir “muy de cerca” las negociaciones para asegurarse de que “no impidan el libre comercio de medicamentos genéricos”. “Yo me ocuparé personalmente de que así sea”, fueron sus palabras.
Lo poco que se ha filtrado, desde luego, no llama a la esperanza. Desde Médicos Sin Fronteras le hemos pedido al Gobierno español, que ocupa la presidencia de turno de la UE, que vele por que el Acuerdo de Libre Comercio con India no acabe con la producción y exportación de los medicamentos genéricos indios. Medicamentos que, hoy por hoy, no lo olvidemos nunca en el debate, salvan cada día millones de vidas en los países sin recursos.

Aitor Zabalgogeazkoa es director general de Médicos sin Fronteras

Ilustración de Federico Yankelevich

Crisis alimentaria: pagan los niños

04 jun 2008
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AITOR ZABALGOGEAZKOA

06-04.jpgFue una lección reciente. Hace tres años lo vimos con nuestros propios ojos en Níger: otra crisis alimentaria que disparó los precios a niveles inalcanzables. Las familias dedicaban sus escasos recursos a alimentos básicos como el arroz.

Desaparecieron de la bolsa de la compra la leche, los huevos, el pollo o el pescado, que aportan los nutrientes de origen animal esenciales para el normal desarrollo de los niños menores de 2 años. Así, la crisis alimentaria se convirtió en crisis nutricional. Nuestras clínicas se llenaron de madres con pequeños pacientes en la delgada línea entre la vida y la muerte.

Volvemos a ver ahora que la actual crisis de los precios está contribuyendo, como entonces, a exacerbar la desnutrición que prevalece en el Sahel, el Cuerno de África y algunas partes de Asia. La que todos los años se cobra la vida de más de tres millones de niños, y eso incluso cuando no se habla, como ahora, de una crisis global. Las causas de esta última son diversas, pero hay un factor que se repite: la especulación. Hay comida en el mercado, pero demasiado cara, y ahora, como en Níger en 2005, son los más pequeños quienes pagan la factura.

Los niños contraen desnutrición cuando no reciben los nutrientes necesarios para mantener el ritmo de crecimiento. Cuando las deficiencias se hacen más significativas, el organismo empieza a consumir tejidos para obtener los nutrientes necesarios. Se produce entonces la consunción, un claro síntoma de desnutrición severa. Son imágenes que nuestros compañeros empiezan a ver de nuevo en Etiopía, en Níger, y no podemos, la comunidad internacional no puede, limitarse a echarse una vez más las manos a la cabeza o a mirar hacia otro lado.

Hay cosas que podemos hacer: aplicar la respuesta médica que ha demostrado ya su efectividad. Hasta hace muy poco se consideraba la desnutrición como consecuencia del déficit de alimentos, y como tal se la trataba, simplemente dando de comer. Ahora sabemos que los niños de entre 6 y 24 meses, periodo crítico de rápido crecimiento, no sólo necesitan comer más, sino que necesitan alimentos energéticos y ricos en nutrientes. A mediados de los noventa, se desarrolló una nueva generación de tratamientos consistentes en dietas lácteas con nutrientes esenciales, los llamados alimentos terapéuticos preparados para usar (Ready to Use Therapeutic Food, RUFT). Cubren las necesidades nutricionales del niño, y ni siquiera necesitan agua para su preparación.

Algunas organizaciones los probaron sobre el terreno. Por ejemplo, en la crisis de Níger de 2005, Médicos Sin Fronteras trató a 60.000 niños con RUFT, con tasas de curación superiores al 90%. Al año siguiente, se utilizó de manera ambulatoria en la región de Maradi para niños con desnutrición aguda, severa y moderada, de nuevo con tasas de recuperación muy altas, impensables sólo unos años antes, cuando sólo se utilizaban las harinas mezcladas de origen vegetal. Esta experiencia, junto a la de haber tratado a más de 150.000 niños por desnutrición en 2007 en el resto de nuestros proyectos, demuestra que los RUFT funcionan.

Es más, estamos convencidos de que son la herramienta más eficaz, frente a las estrategias alimentarias tradicionales. Sin embargo, sólo un 3% de los 20 millones de niños con malnutrición aguda severa los reciben: los donantes y agencias de la ONU siguen enviando todos los años toneladas de harinas enriquecidas de origen vegetal, cuando, en el caso de los niños, es tanto como intentar curarlos con pan y agua. De ahí que se dé la terrible paradoja de que en lugares donde la ayuda llega y se contiene el hambre, los niños pequeños continúan muriendo por desnutrición.

Hoy, la desnutrición severa debe enfocarse como un problema médico para el que existen soluciones. Los participantes en la Cumbre de la FAO en Roma deben reconocer que los niños constituyen el grupo más afectado por la inseguridad alimentaria y que por lo tanto se requieren intervenciones adaptadas a sus necesidades. Entre otras cosas, porque abordar la desnutrición infantil es un componente fundamental de la respuesta global a la crisis de los precios tanto a corto como a largo plazo.

Precisamente ahora que los medios volverán a mostrar imágenes de pequeños consumidos, no queremos que se olviden sus necesidades. No pueden esperar a que se diluciden las razones de la actual crisis y sus soluciones a medio o largo plazo. No tienen tiempo. Existen tratamientos específicos, sólo hace falta dedicarles esfuerzos y recursos. Tenemos la esperanza de que nos escuchen: no se trata sólo de comida, sino de qué clase de comida. Y no se trata sólo de financiación, sino de hacia dónde se dirige.

Las agencias internacionales y países donantes deben asegurarse de que a las raciones del Programa Mundial de Alimentos se añaden alimentos adaptados a los niños menores de dos años. Y además es necesario apoyar a los ministerios de Salud de los países afectados en la implantación de estas políticas, empezando por la financiación.

En 2006, el PAM y UNICEF propusieron una estrategia integral contra la desnutrición infantil para 100 millones de familias; contemplaba el uso intensivo de los RUFT. Pero nunca llegó a ponerse en marcha por falta de compromiso político y de fondos. Entre 10 y 15.000 niños pagan diariamente con su vida este abandono. Los que a pesar de todo consigan sobrevivir sufrirán secuelas irreversibles de por vida.

Quizás el clima reinante estos días en la Cumbre de Roma favorezca la esperanza. Tenemos la gran oportunidad y a la vez el reto para que, esta vez sí, las agencias internacionales y los países donantes, con España a la cabeza, lideren el cambio e impulsen decididamente estrategias ya conocidas pero nunca puestas en marcha, para combatir la lacra de la desnutrición infantil.

Aitor Zabalgogeazkoa es director general de Médicos sin Fronteras España

Ilustración de Patrick Thomas