ALFREDO TORO HARDY
La economía del siglo XXI se encontrará indisolublemente ligada a dos contracciones: Chimérica y Chiindia.
La primera de ellas fue acuñada por el historiador Niall Ferguson (The Ascent of Money, Londres, 2008). La misma se sustenta en la imbricación profunda que existe entre las dos mayores economías del mundo: China y Estados Unidos. El analista norteamericano Zachary Karabell llega a comparar a esta asociación de facto con la Unión Europea, en virtud de la intensidad y diversidad que alcanza su complementariedad económica (Superfusion, Nueva York, 2009). Añade, sin embargo, que a diferencia de la experiencia europea, Chimérica es el fruto de las circunstancias y no el resultado de una acción deliberada o aún deseada.
Estados Unidos y China no pueden, para bien o para mal, prescindir el uno del otro. La economía norteamericana está en capacidad de seguir funcionando, a pesar de sus gigantescos y reiterados déficits, porque los chinos están dispuestos a absorber una y otra vez las emisiones de deuda pública que este país emite. Pero, a la vez, los excedentes chinos no podrían existir si los estadounidenses no estuviesen dispuestos a consumir vorazmente sus productos y a aceptar, a pesar de sus periódicas amenazas, una balanza comercial perenne y dramáticamente negativa. Los dos millones de millones de dólares que mantiene China en sus reservas internacionales constituyen la contrapartida natural al déficit comercial mensual de 28.000 millones de dólares que mantiene Estados Unidos frente a ese país.
En los primeros meses de 2009 el Departamento del Tesoro estadounidense ofertó varios cientos de miles de millones de dólares en bonos para financiar las leyes de estímulo financiero a su economía. Quien absorbió la mayoría de esa deuda fue el mismo que lo había hecho cuando el sistema crediticio norteamericano comenzó a hacer implosión en 2008 y cuando los primeros signos de la tormenta se avizoraban en el horizonte en el 2007: China.
A la vez, las corporaciones estadounidenses necesitan del mercado y de la mano de obra de China como condición de supervivencia y crecimiento, de la misma manera en que este país requiere de la transferencia tecnológica por parte de aquellas como elemento vital de expansión económica.
La compleja relación de pareja conformada por Chimérica representa el eje fundamental sobre el que se sustenta la economía global.
El término Chiindia, de su lado, alude a la fuerza combinada de China e India, quienes hasta 1820 representaron el 50% del PIB mundial, y que ahora vuelve por sus fueros. En la tercera década de este siglo, China deberá ser la primera economía del mundo e India la tercera.
Ser las dos economías de más rápido crecimiento mundial y, a la vez, las de mayor tamaño poblacional, ofrece inmensas ventajas. A pesar de su rápido crecimiento en décadas pasadas, Japón nunca pudo haber superado a Estados Unidos por el simple hecho de que su población es apenas un 40% de la estadounidense. A China, por el contrario, le bastaría con que el ingreso per capita de sus habitantes llegase a una cuarta parte del de Estados Unidos para superar en tamaño al PIB norteamericano. De allí en adelante, su dimensión poblacional le permitiría garantizarse varias décadas adicionales de crecimiento económico sostenido, a tasas elevadas. Algo similar puede decirse de India. No en balde los autores citados estiman que, para la década del 2040, ambos países representarán el 40% del mercado global.
Chiindia tardará algún tiempo en alcanzar lo que los economistas denominan el “punto de inflexión Lewis”: cuando desaparece el excedente de mano de obra y esta se encarece. La vastedad y diversidad regional de la mano de obra disponible en ambos casos permitirá una estrategia dual: especialización tecnológica en sectores de avanzada y producción de bajo costo para la mano de obra no especializada. La capacidad para manejarse simultáneamente en ambos extremos del espectro brinda inmensa flexibilidad a sus economías.
El bajo costo de su mano de obra ha propiciado una gigantesca ola de externalizaciones proveniente de Europa y Estados Unidos. Ello abarca plantas manufactureras, centros de servicio y núcleos de investigación y desarrollo. Más allá del valor de la mano de obra de sus obreros fabriles, el costo de su talento científico-tecnológico es de un 10 a un 15% al prevaleciente en los países desarrollados. La combinación de ambos factores plantea una transformación radical en términos de ventajas comparativas.
Son los dos mayores productores mundiales de egresados en ciencia y tecnología. Mientras Estados Unidos otorga anualmente 65.000 títulos de doctorado o maestría en ingeniería, China entrega 75.000 e India 60.000. De los egresados de universidades norteamericanas, a su vez, la mitad son extranjeros y de aquellos la mayoría proviene de Chiindia. China sube con rapidez exponencial por la escalera tecnológica de las manufacturas, mientras que India lo hace por la de los servicios. Si ambos países se decidiesen a combinar sus ventajas comparativas, tendría lugar una auténtica revolución económica.
Sus empresas son las de más rápido crecimiento en el mundo, combinando niveles internacionalmente competitivos de calidad con costos muy inferiores a las de sus contrapartes del mundo desarrollado. Compañías como Huawei, Lenovo, Chery, Infosys o Tata, por sólo citar algunas pocas, están llamadas a transformarse en líderes globales en las áreas de bienes o servicios.
Alfredo Toro Hardy es embajador y académico venezolano
Ilustración de Mikel Casal
DEBATE SOBRE EL CAPITALISMO: ALFREDO TORO HARDY

El mundo vive su mayor crisis económica desde la Gran Depresión. En su génesis fue una crisis financiera, que tuvo como epicentro a Wall Street y como factor detonante a la explosión de la burbuja de las hipotecas basura en Estados Unidos. El efecto multiplicador de lo financiero se expandió por doquier, alimentado por pánicos y sustentado por vulnerabilidades, excesos y fraudes. Sin embargo, detrás de los factores puntuales existía un modelo económico que posibilitó lo anterior. Más allá de tratarse de una crisis del capitalismo, esta fue la resultante del tipo particular de capitalismo que se impuso globalmente tras la caída del Muro de Berlín.
La caída del Muro de Berlín representó el triunfo del capitalismo sobre el comunismo. Este capitalismo planteaba tantas variables como aspiraciones válidas a presentarse como la mejor expresión del mismo. Entre tales variables podían citarse a la anglosajona, a las múltiples vertientes de la Europa continental (renana, alpina, francesa, etc.) y a la asiática, que tanto éxito encontró en Japón y en el Sudeste de ese continente.
La diferencia fundamental entre la variable anglosajona y las demás citadas era clara. Mientras estas últimas enfatizaban el consenso, la estabilidad laboral y las redes de sustentación social, la primera resultaba mucho más agresiva en su naturaleza. Con una visión de corto plazo en materia de ganancias, menores garantías en el área la de seguridad laboral, una actitud mucho más flexible en cuanto a las condiciones de empleo y un culto por la desregulación, la versión anglosajona enfatizaba el lucro dentro del cabal respeto a las leyes del mercado.
Pronto se hizo evidente que la vertiente anglosajona no tenía rivales. El modelo asiático colapsó como opción válida, luego de la prolongada crisis sufrida por el Japón desde finales de los ochenta y del cataclismo que golpeó a las economías del Sudeste asiático en 1997. Al mismo tiempo, las economías continentales de Europa se evidenciaron incapaces para mantener el paso definido por la economía de mercado anglosajona.
Desde luego, cuando hablamos del modelo anglosajón nos referimos básicamente al norteamericano. Ello no significa minusvalorar la paternidad británica del modelo en tiempos de Adam Smith, ni el hecho de que sus primeros signos de resurrección se hubiesen producido en la Gran Bretaña de Thatcher. Tampoco implica menospreciar la predilección por la economía de mercado en otros países anglosajones como Australia o Nueva Zelanda. Sin embargo, lo fundamental del neoliberalismo que se difundió por el mundo a partir de la década de los ochenta estuvo sustentado en elementos idiosincrásicos y culturales propios de Estados Unidos. Fue el extraordinario dinamismo de esa economía el que permitió que su modelo fuese el encargado de llevar sobre sus hombros al proceso de globalización económica.
La esencia propiamente norteamericana del modelo tiene que ver con una particular amalgama entre darwinismo social y calvinismo. De acuerdo al primero, la sociedad humana, al igual que la naturaleza, responde a un proceso de selección dentro del cual sólo el más apto sobrevive. Las víctimas son la resultante natural de una dinámica competitiva, frente a la cual no debe producirse interferencia externa. De acuerdo al calvinismo, por su parte, la condena o la salvación eternas vienen predeterminadas antes del nacimiento de la persona. No obstante, el éxito o el fracaso en la vida serán indicativos de si la persona está destinada a salvarse o a condenarse. De aquí que la riqueza sea vista como la manifestación de un propósito divino y de que todo esfuerzo externo por apoyar a los menos favorecidos resulte una interferencia a ese propósito. No olvidemos que el darwinismo social se arraigó en Estados Unidos con una fuerza que no conoció en ninguna de sus contrapartes del mundo anglosajón, mientras que la cuna de la democracia norteamericana fue la Iglesia calvinista, como bien lo recordaba Bernard-Henry Levy en su obra American Vertigo. Fue en esa Iglesia donde sus primeros colonos definieron los trazos fundacionales de un modelo societario que aún pervive: el individualismo en tanto expresión de la “comunicación directa” con Dios, la libertad de conciencia como resultado de la práctica de leer las escrituras sin intermediación, etc.
Marianne Debouzy describe esta amalgama en los siguientes términos: “Las dos doctrinas, el puritanismo y el darwinismo, se unieron para brindar justificación a la riqueza, la cual pasa a presentarse como resultado simultáneo de la escogencia divina y de la selección natural” (Le Capitalisme ‘Sauvage’ aux Etats-Unis, Paris, Editions du Senil, 1972, p. 144). Lo característico del capitalismo en su versión norteamericana es, precisamente, el aceptar éxito y fracaso como expresiones de una lucha por la supervivencia que se inserta dentro de un propósito divino. No en balde el planteamiento de Joseph Stiglitz: “Bajo esta perspectiva, la redistribución del ingreso no sólo sustrae incentivos para el trabajo y el ahorro sino que resulta inmoral, pues priva a los individuos de la recompensa que merecen” (Making Globalization Work, London,Allen Lane, 2006, p. xvii).
Al actuar como correa de transmisión de la globalización económica, el modelo estadounidense se impuso por doquier. Ello dio lugar al proceso de transculturización más ambicioso y acabado que recuerde la historia. Culturas por entero ajenas a la angustia existencial por el lucro, al carácter depredador de la competencia o a la pasividad del Estado frente a libre juego de las fuerzas económicas se vieron subsumidas bajo esta visión del mundo. No en balde la facilidad con la que una crisis financiera de Wall Street se transformó en una crisis económica global.
Aún hoy, mientras Obama hace inmensos esfuerzos por sacar a la economía de su país del foso, los republicanos, portavoces del modelo fracasado, se oponen a la interferencia por parte del Estado.
Alfredo ToroHardy es Embajador de Venezuela en España
ALFREDO TORO HARDY

El pasado 13 de febrero el eurodiputado español por el PP Luis Herrero fue expulsado de Venezuela. La mayor parte de la prensa española, como es habitual cada vez que el Gobierno de Hugo Chávez está de por medio, fue rápida en dictar sentencia condenatoria en contra de este último, sin preocuparse por analizar los pormenores del caso o consultar la opinión oficial venezolana. Lo dicho por el diputado Herrero, por su colega del PP Carlos Iturgaiz –a la sazón también en Venezuela– o por la oposición venezolana, bastó para que se asumiera como válida esa cara de la moneda. La sentencia fue expedita: una tropelía más del caudillo tropical.
Ocurre, sin embargo, que Venezuela, al igual que España, tiene leyes, lo que sin duda puede resultar una sorpresa para quienes creen que por aquellos rumbos sólo hay tambores. El ordenamiento legal venezolano regula, como lo hace cualquier otra legislación del mundo, lo que no está permitido a los ciudadanos extranjeros en el interior de su territorio. La actitud políticamente beligerante e irrespetuosa a la institucionalidad venezolana, evidenciada por el señor Herrero a pocas horas de un proceso comicial, obviamente violó dicho ordenamiento. Máxime cuando sus palabras promovieron dudas sobre la validez y la pulcritud del referéndum que tendría lugar.
La suya fue una actitud provocadora que soliviantó los ánimos y sentó las bases para un eventual desconocimiento de los resultados de dicha jornada electoral. Con base en ello, el Consejo Nacional Electoral –poder público independiente con competencia absoluta en materia electoral– solicitó, por desición unánime de sus rectores, la expulsión del diputado Herrero del territorio venezolano.
Invirtamos los términos. A pocas horas de un proceso comicial español, un diputado del Parlamento latinoamericano de nacionalidad venezolana declara como lo hizo Herrero en Venezuela: “La delegación (que represento) se encuentra aquí como invitado internacional para asistir a este proceso electoral, de un referéndum que (el Gobierno) ya perdió hace un año y no dejará en ningún momento de denunciar públicamente un comportamiento que considera profundamente lesivo para la dignidad del ser humano… Permítanme decirle a todos los (españoles) que nos están escuchando, que no pierdan de vista que son ciudadanos libres y que tienen que votar en libertad… y que jamás voten dejándose llevar por el miedo que premeditadamente un dictador está tratando de trasladar a su ánimo”. Para luego agregar, frente a una decisión del organismo electoral español de alargar el cierre de los colegios electorales en un par de horas, su temor de “que pueda ser utilizada esa nocturnidad… para hacer algún tipo de maniobra que no sea transparente y que no sea democrática”. ¿Cuánto hubiese tardado la expulsión de mi compatriota? ¿Quién en España la habría cuestionado?
¿Es que se considera acaso que las leyes de Venezuela tienen menos valor que las españolas? Recordemos entonces las europeas. El diputado Herrero solicitó la condición de observador internacional en Venezuela y, aunque esta no llegó a ser otorgada, puesto que sus declaraciones incendiarias antecedieron a la entrega de las credenciales correspondientes, tal fue el propósito de su viaje. El código de conducta para los observadores internacionales de la Unión Europea, regulado por la Decisión 9262/98 del Consejo Europeo, establece que “la violación del código de conducta conlleva la inmediata repatriación a su país” (por su jefe de Delegación). Por su parte, entre los factores de violación del mismo se encuentran el no mantener “la estricta imparcialidad”, “manifestar sus aspiraciones o preferencias”, “hacer comentarios personales o prematuros a los medios de comunicación”, no “ajustarse a todas las leyes o reglamentos nacionales”, no “guardar la mayor discreción posible”, no “comportarse de manera irreprochable”. Si bien es cierto que Herrero no llegó a ser observador, el espíritu de esta normativa no deja duda.
Ahora bien, de la misma manera en que buena parte de la prensa española obvió toda referencia a la existencia de marcos legales infringidos, no hubo economía de espacio a la hora de señalar los atropellos policiales cometidos en contra del señor Herrero. De poco sirvió que el Gobierno venezolano explicase que este fue tratado con cabal respeto a sus derechos humanos y con las consideraciones inherentes a su condición de diputado europeo. Mucho más válida resultaba, por supuesto, la versión, siempre objetiva, serena y sensata de un presentador de la Cope. Dudar de la palabra del señor Herrero en esta materia hubiera resultado tan insensato como asumir que su sucesor en dicha emisora, Federico Jiménez Losantos, pudiese no resultar objetivo en relación al presidente Chávez.
El Gobierno venezolano, sin embargo, puede llamar al estrado a un testigo de excepción: el propio Luis Herrero. Segundos antes de subir al avión que lo llevaría fuera del país, el eurodiputado sostiene una conversación telefónica en su móvil con el embajador de España en Venezuela, Dámaso Delirio, que fue captada por una cámara de televisión. Tanto el audio como el contenido de la conversación resultan claros: “Dámaso, qué tal, buenas noches. Bien, estoy a punto de embarcar en un vuelo de Varig que me llevará a São Paulo… No. Tengo que decirte que los funcionarios de la Policía han sido muy correctos. Bueno, ellos estaban cumpliendo con las órdenes que les han dado, pero que lo han hecho en todo momento con corrección. No tengo nada que decir contra eso. Bueno, pues yo llegaré a São Paulo en el vuelo de Varig… Gracias por todo, Dámaso, un abrazo muy fuerte, hasta luego”. Quienes alberguen dudas acerca de las palabras de nuestro testigo, pueden acceder al siguiente enlace.
Tanto el señor Herrero como la prensa que lo vitorea quizás olviden lo que se celebra a partir del próximo año: el bicentenario de las independencias iberoamericanas.
Alfredo Toro Hardy es Embajador de Venezuela en España
ALFREDO TORO HARDY 
Desde luego es un idealista. Pocos actos han resultado tan quijotescos como el lanzamiento de su candidatura presidencial. Teniendo como única experiencia política relevante un par de años en el Senado, siendo miembro de una minoría y careciendo de recursos, Obama decidió enfrentarse a la todopoderosa y multimillonaria maquinaria Clinton. No obstante, ganó la candidatura demócrata, para luego prevalecer sobre un partido como el republicano, victorioso en siete de las últimas nueve contiendas presidenciales.
La suerte, desde luego, lo acompañó. La crisis de Wall Street fue como una gigantesca ola que vino a empujar su tabla de surfista. Sin embargo, todas las crisis del mundo no hubiesen bastado para empujar su candidatura si antes no hubiese sabido dar forma a una maquinaria y a un mensaje poderosos. Dicha maquinaria resultó tan atípica como ambiciosa: diez millones de personas y movilizadas a través de Internet. Ello no sólo representó una fuente de recursos inagotable, sino también un mecanismo de convocatoria capaz de dejar sin respuesta a las estructuras partidistas tradicionales. En este sentido, Obama se inscribe dentro de esa emergente sociedad mundial de los David que, a través de la organización de redes sociales vía Internet, ha logrado triunfar sobre los Goliat del mundo actual. Este hecho lo emparenta con figuras emblemáticas del movimiento altermundialista como Lori Wallach o Jody Williams, quienes por esa misma vía lograron prevalecer o poner en jaque a importantes factores de poder internacional.
Más allá de la organización y de la tecnología de la información, lo que hace posible a la sociedad de los David es la presencia de un mensaje poderoso, y el de Obama fue el del cambio. Su candidatura fue producto de una esperanza transformadora que logró derribar las murallas de lo que se visualizaba como una sociedad mayoritaria e inexpugnablemente conservadora. Como bien señalaba el Premio Nobel de Economía Paul Krugman: “Hay que tener en cuenta que la elección presidencial de este año era un claro referéndum sobre filosofías políticas y venció la filosofía progresista” (El País, 9-11-2008).
Obama se nos presenta también, lógicamente, como un progresista. Tal como refería Time: “La coalición que llevó a Obama a la presidencia es tan tenaz como las que condujeron a la victoria a las dos últimas coaliciones políticas dominantes: las que eligieron a Franklin D. Roosevelt y a Ronald Reagan. La mayoría de Obama es tenaz por una razón clave adicional: su connotación liberal” (24-11-2008). La connotación de esta coalición responde bien a la historia del personaje.
La trayectoria de Obama es, en efecto, la más progresista que haya evidenciado candidato demócrata alguno desde George McGovern. Su trabajo comunitario en el sur de Chicago (el Harlem de esa ciudad), su cercanía a figuras y a asociaciones de izquierda y la orientación de su récord de votación en los senados de Illinois y de Washington, hablan por sí solos. De hecho, era reputado como el más progresista de los miembros del Senado Federal. A ello se une su estrategia de campaña, que lo convierte, como señalábamos, en un hijo dilecto de la sociedad de los David, por definición de corte progresista.
Pero Obama es, al mismo tiempo, un pragmático. Su manifiesta adscripción al estilo y al legado de Abraham Lincoln, una de las figuras más pragmáticas de la historia de su país, habla por sí sola. Sin embargo, la designación de los principales cargos de su Administración es todavía más elocuente. Además de su flamante secretaria de Estado, nos encontramos por doquier con integrantes de la maquinaria clintoniana: Emanuel, Podesta, Holder, Summers, Geithner u Orszag. Es decir, una estructura que dentro del partido demócrata se convocaba en torno al llamado consejo del liderazgo demócrata, caracterizada por un pragmatismo puro y duro en sintonía con el último gobierno demócrata. Valga agregar que sus integrantes se asociaban con posturas de centro, siempre mucho más afines a los llamados de la derecha que a los de la izquierda, como bien lo evidenciaron los llamados nuevos demócratas. Estos representaron una extensión natural de dicho consejo que, bajo la conducción de Emmanuel, se posicionaron como conservadores en las elecciones legislativas de 2006.
Obama es igualmente, por concatenación con lo anterior, un constructor de puentes políticos. Más allá de Clinton y de los clintonianos, la suya es una Administración en la que participan Robert Gates, secretario de Defensa de Bush, y el ex general de los marines James Jones; una Administración en la que se propicia el consenso bipartidista y en la que se busca el consejo de John McCain.
El presidente, que hoy jura su cargo, se nos presenta como una verdadera incógnita. Predecir su acción de gobierno sobre la base de antecedentes como los antes referidos no es tarea fácil. Para algunos, su trayectoria progresista y la naturaleza de su campaña significaban la puesta en movimiento de un nuevo ciclo progresista, similar al iniciado por Roosevelt en 1933, en ocasión de la última gran crisis económica que precedió a la actual. Y así como aquel puso fin a una hegemonía republicana que se remontaba a 1897, Obama pondría fin al ciclo que en sentido inverso inició Richard Nixon y consolidó Reagan. Para otros, como Dick Morris, antiguo gurú electoral de
Clinton, Obama ha sido secuestrado por la maquinaria clintoniana, lo cual conducirá a su inevitable cooptación política por parte de aquellos.
La curiosa combinación de idealismo progresista y pragmatismo duro hacen de Obama un hueso psicológicamente difícil de roer. Una sola cosa parece cierta: antes de que los resultados de su gestión permitan formular un balance objetivo de la misma, la fila de los decepcionados se hará grande.
Alfredo Toro Hardy es Embajador de Venezuela en España
Ilustración de Javier Olivares
ALFREDO TORO HARDY
Una revolución política tiene lugar en Estados Unidos’ en momentos en que un liberal se apresta a conquistar la presidencia de un país considerado, hasta hace pocos meses, como mayoritaria e inexpugnablemente conservador. La trayectoria de Obama es, en efecto, la más liberal que haya evidenciado candidato demócrata alguno desde los tiempos de McGovern. Su trabajo comunitario en el sur de Chicago (el Harlem de esa ciudad), su cercanía a figuras y a asociaciones de izquierda y la orientación de su récord de votación en los senados de Illinois y de Washington hablan por sí solos. No en balde es considerado como el más liberal de los miembros de la Cámara Alta de Estados Unidos. ¿Cómo una figura así, siendo además miembro de una minoría, está a punto de acceder a la Casa Blanca? ¿Dónde quedan encuestas como la de Valores en el Mundo de la Universidad de Michigan, según la cual los norteamericanos son “tradicionalistas” y valoran ante todo el patriotismo, la religión y la familia, declarándose en un 80% conservadores con relación al tema de la familia y el matrimonio (ver “A Survey of America”, The Economist, 8 de noviembre, 2003)?
La naturaleza telúrica de lo que ocurre es inversamente proporcional a la fortaleza del movimiento conservador. A partir de Nixon, y consolidándose con Reagan, la faz de la nación dio un viraje a la derecha. El pensamiento liberal que predominó hasta mediados de los sesenta, inició su declive a partir de ese momento. Una poderosa coalición de centros de análisis, medios de comunicación, universidades y fundaciones de derecha ocupa en nuestros días el espacio hegemónico que otrora correspondió al llamado “establishment liberal”.
Centros de investigación y análisis como Heritage Foundation, American Enterprise Institute, Center for Strategic and International Studies, Cato Institute o Hoover Institute constituyen los lugares de donde emergen las ideas. Medios de comunicación como Fox News, Wall Street Journal, Weekly Standard, New York Post, National Interest, New York Sun o Washington Times y columnistas como Krauthammer, Barone, Kristol, Kagan o Boot son los responsables de las matrices de opinión. Universidades como Chicago, George Mason o Rochester y fundaciones como Bradley o Scaife brindan sustento académico. A ellos se une con la fuerza de las pasiones desatadas, y no ya de las ideas, un amplio y poderoso espectro de comentaristas radicales extremistas, medios de comunicación evangélicos y blogs y agrupaciones ultraconservadoras.
Se evidencia, a la vez, la fuerte ascendencia de los valores conservadores en el poder judicial norteamericano. Reagan mantuvo a raya las aspiraciones políticas de la derecha cristiana, otorgándoles en compensación un coto puntual pero clave: la selección, bajo su criterio de valores, de los jueces federales. El segundo Bush aceleró este proceso. Bajo este último, por lo demás, se produjo una marcada incursión conservadora en la Corte Suprema de Justicia, a través de la designación de dos de los magistrados de ese cuerpo. Ello asume una importancia mayor en un sistema de Derecho Común, donde la jurisprudencia de las cortes de justicia orienta las costumbres y valores predominantes.
Dentro del contexto anterior, la tesis de la “sociedad de propietarios”, célebre propuesta de Bush, ocupó un lugar de relevancia. La misma vinculaba los conceptos de buena ciudadanía con los de propiedad inmobiliaria y bursátil. Poseer un hogar propio y un paquete de acciones en la bolsa era la mejor forma de convertirse en “buen ciudadano” y, por extensión, como ocurrió, de acceder a valores conservadores.
La sinergia de fuentes tan diversas apuntando en una misma dirección resultó gigantesca. Para adecuarse al estado de ánimo nacional prevaleciente, los demócratas debieron virar también a la derecha. Los llamados nuevos demócratas, de tendencia conservadora, fueron el factor determinante en la reconquista de las dos cámaras del Congreso Federal, así como de varias gobernaciones, en las elecciones de noviembre de 2006. Bajo la estrategia de Rahm Emanuel, gurú electoral demócrata, se recurrió a figuras conservadoras que pudieran responder a los valores predominantes en multitud de circuitos electorales y estados. Algo similar intentó Hillary Clinton, quien dio todos los pasos requeridos en esa dirección.
¿Qué ocurrió entonces? ¿Por qué un entretejido de valores y de matrices de opinión que parecían tan firmemente arraigados, se evidencia de pronto tan vulnerable? Según refería Time el 27 de octubre pasado: “Esta es la primera elección en generaciones, y posiblemente la primera, en que casi 9 de cada 10 estadounidenses piensan que el país va en la dirección equivocada”. Es importante determinar la causa de esta percepción.
La guerra de Irak, la torpe respuesta frente a Katrina, el desmesurado gasto público, el endeudamiento masivo –productos elocuentes de la Administración Bush– constituyeron un talón de Aquiles superlativo para el candidato republicano. La sola deuda pública era en septiembre de 2008 de 9,7 billones de dólares, siendo en buena medida el producto de un incremento anual de 500 millardos de dólares desde 2003. Sin embargo, hasta ese punto las opciones de McCain resultaban todavía respetables. Fue necesario el terremoto de Wall Street para sacudir hasta sus cimientos el pensamiento dominante.
A un nivel inmediato, dicho terremoto fue consecuencia de la “sociedad de propietarios” de Bush. Su política de “cero pago inicial” para la adquisición de viviendas constituyó el detonante de la espiral de hipotecas sin respaldo y de derivativos sustentados en otros derivativos sin origen identificable. A nivel estructural, sin embargo, fue el producto de los excesos de la economía de mercado. El fracaso del modelo económico al cual unieron su suerte, puso en marcha el ocaso de la hegemonía conservadora.
Alfredo Toro Hardy es embajador de Venezuela en España
Ilustración de Javier Olivares