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Dominio público

Opinión a fondo

Dilemas alrededor del 15-M

23 jul 2011
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Ángel Calle Collado

Participa en Córdoba-Toma la Plaza y es profesor de Sociología de la Universidad de Córdoba

Ilustración de Jordi Duró

Diferentes pasos, misma marcha”. Así rezan algunos de los carteles que acompañan a los indignados y las indignadas que llegan a Madrid. El 15-M viene poniendo sobre la mesa una sinfonía marcada por tres grandes instrumentos: las convocatorias mediáticas de la red Democracia Real Ya; las iniciativas de sectores más juveniles de Toma la Plaza que nutren acampadas o paralizaciones de desahucios; y las propuestas de coordinadoras de barrios en las que se encuentran viejas formas de trabajo comunitario con nuevas formas de entender lo político, lo cotidiano.
Sobre estos instrumentos, que hoy funcionan con solidaridad y respeto hacia sus diversidades, se encienden otros pasos, como los que hoy se dan cita en Madrid. Pero la marcha es la misma. Esa gran marcha del 15-M puede ser vista como una apuesta por una transición social 30 años después de la transición de las élites, donde la democracia se asentó de forma algo desmemoriada y tendente a satisfacer los ajustes estructurales que, por entonces, los grandes capitales demandaron a través de los Pactos de la Moncloa. El 15-M representa ante todo una crítica social de la democracia occidental que está derivando en regulaciones autoritarias y excluyentes. Inaugura un nuevo ciclo político tanto para la sociedad como para las estructuras de representación siguiendo la estela de los nuevos movimientos globales.
En particular, al mover las aguas políticas de la sociedad, el 15-M zarandea a la izquierda institucional. En los ochenta, frente a las movilizaciones contra la entrada en la OTAN, esta izquierda intentaría configurar puentes sociales a través de la creación de Izquierda Unida. El PSOE, por su parte, iniciaba en los noventa su desmarque de la socialdemocracia, sellando un matrimonio neoliberal a partir de Solbes, como recuerda Vicenç Navarro en el análisis de las causas del subdesarrollo social de España. La calle no estaba huérfana, y desde los noventa el “lo llaman democracia y no lo es” comenzaba a germinar en hitos puntuales como los acaecidos en 1994: acampadas por el 0,7% de Ayuda al Desarrollo y la campaña 50 Años Bastan frente al Banco Mundial. Posteriormente, la crítica a la Europa de Maastricht daba paso a una socialización juvenil en lo que se denominaron las protestas “antiglobalización”. La izquierda política, minoritaria en las instituciones o fuera de ellas, apostaba fuerte en estas movilizaciones: cumbres alternativas y foros sociales. Por su parte, el PSOE disfrutaba del acceso a los grandes medios, y de ahí convocatorias de cientos de miles de ciudadanos y ciudadanas, como es el caso de las manifestaciones frente a la guerra de Irak con el Partido Popular en el poder (otra cosa ha sido la guerra de Afganistán).
El escenario ha cambiado radicalmente. En primer lugar, el 15-M viene a desgastar la hegemonía social del PSOE: las críticas a la Unión Europea o a la falta de democracia pueden dirigirse ya a las mayorías de manera más directa (lo que no asegura que se lleguen a conquistar sus corazones y sus cabezas). Además, disminuye la eficacia del “voto del miedo”: muchas y muchos de quienes habitan el 15-M no tienen ya fácil acceso a casa o viven en hogares fuertemente endeudados, por lo que no parecen estar llamados a ser parte de estos “caladeros electorales”.
Por otro lado, la izquierda más clásica, como IU, y quizás a excepción de determinados sectores más juveniles, le cuesta conectar electoralmente con estas nuevas sensibilidades, las cuales se enredan más en la politización desde abajo y en la diversidad, que en las recetas verticalistas y prefabricadas en torno a un márketing electoral. Por similares razones y por atender de forma vaga a las crisis de un capitalismo depredador que se potenciarán con el declive de la energía fósil en una década (Ramón Fernández Durán dixit), el voto ambientalista que propugna Equo tiene sus limitaciones para arraigar en el 15-M. Y el perfil más social y transformador, presente en países como Francia y Portugal, que aquí podrían representar iniciativas como Izquierda Anticapitalista, aún está distanciado de la experimentación de una política institucional como proceso de base, reformulable en sus programas, en sus representantes y atenta al juego desde lo local, desde democracias emergentes y no prediseñadas. Por todo ello, las apuestas de articulación sobre la base de conseguir una “marca de izquierda” no moverán al 15-M en su conjunto, aunque sí a algunas de sus corrientes que demandan cambios inmediatos, aunque sean superficiales. Internet amplifica la construcción de democracias emergentes, pero no es un instrumento que pueda nutrir per se otras búsquedas políticas.
Pero a su vez, el 15-M no escapa del juego de los propios dilemas que este espacio mueve. En tanto que fenómeno emergente y reticular: ¿cómo construir coordinaciones fluidas y solidarias entre los diversos espacios que lo componen? ¿Cómo conducir las presiones internas (culturas más vanguardistas) y externas (medios y partidos) para que no desgasten la horizontalidad y porosidad del proceso 15-M? ¿Cómo incorporar dinámicas y temáticas concretas que ayuden a mantener la tensión activista desde las demandas entrecruzadas de democracia participativa y democracia desde abajo? Y dado que la política es también articulación: ¿qué relaciones se deben mantener con las “viejas formas” y las organizaciones simpatizantes? ¿Cómo saltar, por ejemplo, de las plazas a los lugares de trabajo? ¿Qué decir de cuestiones de poder global como la deuda externa o el cambio climático? Dilemas, escasamente metafísicos, del nuevo ciclo político que impulsa el 15-M.

Democracias emergentes

23 may 2011
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ÁNGEL CALLE COLLADO

Sesenta ciudades. Decenas de miles de participantes activos. Una semana de protestas y acampadas en clara desobediencia civil. Concentraciones de apoyo en lugares como Berlín o Nueva York. ¿Se trata de una “spanish revolution”, como afirma la cadena de noticias CNN? ¿O son simples “perturbadores”, como dejan entrever altos cargos del PP? ¿Hay posibilidad de considerarlos “amigos defraudados”, como afirmaba Alfredo Pérez Ru-
balcaba? En lo que sí hay consenso es en que las movilizaciones protagonizadas por la red Democracia Real Ya han removido las calles de este país, y con ellas todo el espectro político y mediático.
¿De dónde vienen estos ríos de “indignación colectiva”? ¿Por qué ahora? ¿Es tan sólo un chaparrón transitorio? Más allá del desencanto personal que expresan los manifestantes, Democracia Real Ya tiene sus claros antecedentes en diferentes iniciativas sociales surgidas en esta última década. El recurso a la acción en marcos electorales, mediante convocatorias abiertas y apartidistas, y desde un cuestionamiento de la democracia representativa, no es nuevo: recordemos el 13 de marzo de 2004, días después de los atentados terroristas del 11-M, con miles de personas desfilando por las calles gritando ya por entonces: “Lo llaman democracia y no lo es”; o unos años antes, en marzo de 2000, la realización de una consulta social sobre el tema de la deuda externa con 20.000 voluntarios desafiando, de nuevo, a la Junta Electoral Central. Ambas iniciativas contaron también con el apoyo de las nuevas tecnologías como internet o los móviles, pero ya bebiendo de nuevas aguas políticas, proclives al simbolismo y al trabajo desde la diversidad de identidades, reticulares en su organización, de fácil entrada y salida en sus acciones, construidas desde abajo, con una crítica global de la democracia formal y del socavamiento de derechos sociales.
Este espíritu de radicalización democrática ya estaba presente en proclamas que alcanzaron gran eco internacional a finales de siglo pasado, como aquellos lemas zapatistas que llamaban a trabajar desde la diversidad y desde el cuestionamiento global: “Los rebeldes se buscan” y “caminamos, preguntando”. Fueron gritos que proclamaron en 1994 la necesidad de superar una izquierda clásica, ombliguista y decadente. Y en los últimos tiempos, movilizaciones como V de Vivienda, o este mismo año Juventud Sin Futuro, constituyen antesalas organizativas de la actual protesta juvenil.
Lo que está aconteciendo es la irrupción de una nueva cultura de movilización: los Nuevos Movimientos Globales. Los sectores más jóvenes y descontentos se apuntan rápido a este vector de cambio social. Leen rápido los ciclos de protesta de otros lugares del mundo, sus discursos y sus herramientas, como muestran las banderas de países árabes que colgaban en la Puerta del Sol. Interconectan problemáticas. Se reconocen en una hipersensibilidad frente al poder. Gracias a internet, en una semana son capaces de constituir sujetos políticos de cambios poco predecibles, incluso para sus convocantes. Y no son sólo virtuales. Ante una agenda neoliberal que invade ámbitos vitales, como el acceso al agua o el derecho a la alimentación digna y saludable, prosperan iniciativas de autogestión que son caldo de cultivo para estas estructuras de organización locales y asamblearias. En las páginas de este periódico (19-10-2010) leíamos que, sólo en Catalunya, 6.000 personas dedican parte de su tiempo semanal a gestionar su alimentación a través de cooperativas de consumo. En un plano más expresivo, los centros sociales de diversas ciudades han sido lugares de encuentro para la preparación de las actuales protestas, como antaño lo fueran para el llamado “movimiento antiglobalización”.
Así, se reproduce una cultura que reclama e investiga otras formas de democracia. ¿Hacia dónde? En el corto plazo quizás el mayor impacto de este movimiento sea la socialización política de miles de jóvenes en entornos que se reconocen en la pluralidad crítica, en la falta de miedo en sus discursos o en la toma de las calles y en la demanda de formas de democracia “desde abajo”, que les haga mirar el futuro no como un lugar oscuro, sino habitable. Esto alentará que el control de las elites se revierta en parte: tendrán que estar atentas ante las súbitas reacciones del “gobierno de los muchos”, gobierno que no admite líderes ni estructuras verticalizadas para desasosiego de la “vieja izquierda”. Lo que, por otro lado, plantea también incógnitas sobre su alcance: ¿cómo sedimentar, ser referencia del cambio social para la ciudadanía, cuando se está construyendo desde cimientos tan diversos y experimentales, por ahora altamente inestables?
En el medio plazo, puede que esta cultura política desarrolle estructuras que desplacen, o condicionen fuertemente, las formas de representación política, sindical y de gestión de bienes comunes y derechos sociales. Quizás ello ocurra a la par de un progresivo desplazamiento de la agenda neoliberal, ahora hegemónica. Y puede que apunte, verdaderamente, a diálogos entre una democracia participativa (actores más verticales e instituciones públicas que se abren continuamente a la ciudadanía) y expresiones de democracia radical (organización “desde abajo” de nuestras necesidades básicas). Puede que ocurra, o puede que sólo en parte y en momentos puntuales. Lo que ya es un hecho es que esta cultura política de “los rebeldes se buscan”, apoyándose en internet, ha venido para quedarse. Las demandas de democracias reales son ya democracias emergentes.

Ángel Calle Collado es Profesor de Sociología de la Universidad de Córdoba y coordinador del libro ‘Democracia Radical’

Ilustración de José Luis Merino