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Dominio público

Opinión a fondo

18 de julio y consejos de guerra

17 jul 2011
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Ángel Viñas

Catedrático de la UCM. Autor de ‘La conspiración del general Franco’

Ilustración por Javier Olivares

El escándalo del Diccionario Biográfico Español, publicado por la Real Academia de Historia (RAH) y el acercamiento del LXXV aniversario de la sublevación militar de 1936 han revelado, una vez más, cómo una parte de la sociedad española no se aviene a acomodarse con un pasado desfigurado. Los mitos de los vencedores siguen surtiendo efecto.
Aquí reseñaremos algunas de sus justificaciones para llevar a consejos de guerra a una masa ingente de ciudadanos, cuyo único delito fue no sumarse a la rebelión y permanecer leales al Gobierno legítimo. No hemos elegido cualquiera de los incontables consejos que los militares sublevados montaron en territorios bajo su control. Nos hemos fijado en Canarias.
1. Fue en Santa Cruz de Tenerife en donde el general Franco preparó la sublevación con un plantel de desvergonzados juristas militares que rápidamente pusieron en práctica una represión extrema.
2. No encontraron resistencia. Las islas compartieron tal característica con otras regiones como Galicia, Castilla la Vieja, León, Rioja y Navarra. Los rasgos de la represión canaria son, sin embargo, particularmente elocuentes.
3. Algunos de los miembros del Cuerpo Jurídico Militar que conspiraron con Franco se distinguieron por su crueldad. En ciertos casos, como por ejemplo el de Rafael Díaz-Llanos Lecuona, tuvieron una brillante carrera durante el franquismo.
Los argumentos –consultables en http://pedromedinasanabria.wordpress.com y a cuyo autor, Pedro Medina Sanabria, agradezco rendidamente la información– que se utilizaron contra un soldado de Artillería, Miguel Tejera Afonso, son suficientemente ilustrativos. Se le acusó de haber sustraído 50 pistolas para entregarlas a los “enemigos del orden y, en último término, de la Patria”. En condiciones de interrogatorio que no debieron de ser agradables, Tejera “confesó” que lo hizo durante los meses anteriores al 18 de julio. Recibió un promedio de diez pesetas por arma.
Del examen del procedimiento se desprendían, según el fiscal Pablo Hurtado, los siguientes hechos (así se afirma en la causa):
1. “A partir de la fecha en que por consecuencia de las elecciones celebradas (…) en febrero (…) de 1936 triunfó y se erigió en conductor de los destinos de nuestra Patria el funesto Frente Popular fue desarrollándose un estado de indisciplina y de subversión tal que luego, con el franco dominio en las calles del terrorismo y tendencia anarquizante de determinados elementos obreristas, dio lugar en 18 de julio a la declaración del estado de guerra que hiciera en esta Isla el entonces Comandante Militar y hoy Generalísimo y Jefe del Estado Español Excmo. Señor General Franco”.
2. Lo hizo “para oponer un dique a la labor demoledora de los que por su actuación estaban ya declarados por la conciencia nacional como enemigos de la Patria; y ello, en uso de las atribuciones que al Ejército concede su Ley constitutiva [de 1878] que le impone la obligación en todo momento de defender a la Patria contra enemigos interiores y exteriores”.
3. “En este estado las cosas, en plena euforia revolucionaria (…) el llamado Comité de Defensa revolucionario (sic), formado por personas unas huidas y otras juzgadas por anteriores Consejos de Guerra (…), se dedic[ó] a la consecución por todos los medios a su alcance (…) de elementos de guerra que en sus manos serían de destrucción”.
El soldado Miguel Tejera Afonso fue pasado por las armas. Muchos otros corrieron la misma suerte. Los sublevados “cumplían la ley”. Eran los leales quienes se habían puesto al margen de ella. El mundo al revés.
Todas estas “justificaciones”, todavía empleadas en los años sesenta, eran camelos. Su trayectoria se ha complicado. Al principio se trataba de prevenir una presunta revolución “soviética”. Es lo que los conspiradores vendieron a los británicos para convencerles de que la República era un régimen despreciable y al que no había que ayudar. Después del colapso de la URSS, la revolución “soviética” se sustituyó por otra no menos presunta revolución que habrían intentado los socialistas. Finalmente, ya en estado agónico y de
desesperación, ciertos autores han empezado a inclinarse por un argumento que sirvió de tapadera a casi todos los que esgrimieron los sublevados y que se cuidaron previamente de airear a todo trapo en las Cortes de la época: un no menos presunto “Estado de necesidad”, derivado de las alteraciones de la ley y el orden. Que las hubo, no cabe duda. Que fueron exageradísimas, está hoy suficientemente demostrado. Véanse, por ejemplo, los recientes artículos de los profesores Eduardo González Calleja y Francisco Sánchez Pérez en el corriente número de la revista de la Casa de Velázquez. El argumento fue, en gran medida, alentado por una estrategia bien meditada de provocación. Las bajas más numerosas las causaron las propias fuerzas del orden y los pistoleros falangistas.
¿Quién devolverá la vida a los ejecutados en base a aquellos argumentos? En mi opinión, hubiera debido plantearse seriamente la anulación de todos los consejos de guerra franquistas. Una medida radical que habría cortado por lo sano con ese cáncer que corroe la recuperación del pasado y que alienta la tan grotesca desfiguración de la experiencia republicana.
Mientras tanto, pongamos a Francisco Franco frente a sus responsabilidades ante la historia, oculte lo que oculte el biógrafo que más ha contribuido (aunque no es el único) a dejar a la RAH a la altura del betún.

Otro Franco

04 jun 2011
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ÁNGEL VIÑAS

La entrada que sobre Franco aparece en el nuevo Diccionario Bibliográfico Español de la Real Academia de la Historia ha levantado numerosas emociones, ha llevado a quejas justificadas e incluso a alguna interpelación parlamentaria. Podría arguirse que es un tema menor, en comparación con los problemas económicos y sociales que acucian hoy a una gran parte de los españoles. Su autor, el eminente medievalista profesor Luis Suárez Fernández, se ha defendido mal.
En este periódico he apuntado algunos de los disparates históricos que, quizá por casualidad, se han “deslizado” en su nota biográfica. Ahora deseo ofrecer a los lectores una imagen alternativa de su biografiado.
Hubo, en efecto, otro Franco. Tuvo una característica que le separa de cualquier colega de dictadura europeo en el siglo XX. No es, desde luego, de las más recomendables. Mussolini, por ejemplo, hizo eliminar a Matteotti. Stalin,
nunca retrasado, se desembarazó de Kirov. Hitler, por su parte, ordenó la ejecución de von Schleicher y de Röhm. Los tres dictadores ya estaban encaramados en el poder. Son casos han dado origen a abundante literatura.
El dictador (perdón, el Caudillo) español dejó no obstante a sus colegas en auténticas mantillas: su ascensión hacia la gloria partió, a diferencia del Duce, del Vojz o del Führer, desde el pedestal del asesinato. Casi sin dejar huellas. Efectuado a hurtadillas por persona interpuesta. Desfigurado de inmediato. Olvidado en la historia. Pero no por ello menos susceptible de caer de lleno bajo el artículo 412 del Código Penal de 1932 entonces en vigor y que, para más inri, mantuvieron incólume las revisiones de 1944 y 1963. Entre las notas que tipificaban la figura de asesinato se hallaban las de alevosía y premeditación (esta última no desapareció hasta la versión,
actualmente vigente, de 1995).
La víctima fue un compañero de armas y de Arma (algunos dicen que también amigo), el comandante militar de Gran Canaria, el general Amado Balmes
Alonso, hecho como Goded, Franco y Mola en las campañas marro-
quíes. El profesor Suárez Fernández no se aparta un ápice de la
interpretación que propagó la dictadura (perdón, el régimen): Balmes sufrió un “accidente” al
desencasquillar una pistola que apoyó en su bajo vientre. Inteligentemente, no entró en más detalles. Ricardo de la Cierva sí lo hizo. Pero en los archivos militares de Segovia y de Las Palmas existe documentación –que ninguno de ellos manejó– que permite apuntalar la versión opuesta. También, de paso, consignar a la basura el tipo de diligencias que llevaron a cabo unos cuantos militares que iban a sublevarse menos de 48 horas después.
Por fortuna para el historiador, la persona encargada de llevar a Franco el famoso Dragon Rapide no sólo era un antiguo agente de la inteligencia militar británica. También era una autoridad en el manejo de armas cortas, sobre las que había escrito profusamente, y tenía además experiencia forense acumulada como experto en diversos casos criminales. En entrevistas con periodistas ingleses, en 1936 y en 1939, no tuvo inconveniente en afirmar que a Balmes le habían pegado un tiro. Una de las hijas que le acompañó en su expedición a Gran Canaria declaró lo mismo a investigadores del Imperial War Museum de Londres en 1983.
Cualquier historiador que se precie trata de apuntalar sus tesis –en mi caso, acusaciones– con evidencia primaria relevante de época. El profesor Suárez no rebatirá, supongo, tal afirmación. Que en la práctica se haya atenido a ella es algo diferente. A mí me gusta jugar con los autores franquistas, neofranquistas y parafranquistas. Entre los resultados de mi investigación he dejado pistas suficientes para ver si alguno llega a la misma conclusión que el arriba firmante sobre quién habría sido el asesino del general Balmes. Si, como es de esperar, dejó familia, esta no tiene por qué soportar la sombra de la sospecha de que el padre o el abuelo hubiese cometido un crimen abyecto. Habría sido muy de desear que algún tipo de comportamiento deontológicamente correcto lo aplicara el autor de la entrada en el diccionario a la hora de “caracterizar” el régimen de Franco en vez de limitarse a sumar mecánicamente “hechos” sin, como dice, “valorarlos”.
Pero como hay historiadores que valoramos, algo consustancial a la profesión, séame permitido expresar mi más profunda indignación ante dos “hechos” que el profesor Suárez ha aducido en defensa de su “biografía”: que en la de Franco no cabe hablar de represión (“porque la guerra fue muy dura en los dos bandos”) y que la “autarquía” (algo horripilante y de corte fascista) duró “muy poco tiempo: la guerra y un año después”.
Sin embargo, la represión violentísima que él esconde se produjo de manera inmediata y de forma particularmente abyecta en el punto mismo en donde se sublevó su biografiado. Los asesores jurídicos de Franco utilizaron argumentos que resultan particularmente odiosos. En Canarias no hubo, sin embargo, un frente de guerra.
Dado su respeto por los “hechos”, sorprende que también oculte que la política autárquica se extendiera hasta 1957 si no 1959. En la Fundación Nacional Francisco Franco quizá no haya encontrado documentación respecto a los planteamientos autárquicos que dominaban entonces en la Presidencia del Gobierno. Se expusieron ya a los cuatro años de la muerte de Franco. Hay que leer.

Ángel Viñas es catedrático de la UCM. Autor de ‘La conspiración del general Franco’

Ilustración de José Luis Merino