Publicidad

Dominio público

Opinión a fondo

Sortear profecías autocumplidas

13 feb 2012
Compartir: facebook twitter meneame delicious

Toni Comín i Oliveres
Profesor de ESADE (Universitat Ramon Llull)
Ilustración de Iker Ayestaran

El obstinado “no” de Merkel a los eurobonos la está enfrentando políticamente a tirios y troyanos. Tirios: el PSE, que representa la socialdemocracia europea en su conjunto, incluido el SPD, hace ya días que ha apostado públicamente por un Tesoro europeo. Troyanos: Rajoy, Sarkozy o Monti, es decir, los gobiernos de los países grandes del sur, todos ellos sostenidos en partidos homólogos a la CDU y miembros del PPE, tampoco esconden su agrado por la idea. Pero, además, este “no” contradice algunas lecciones fundamentales que los economistas han constatado en las últimas décadas. Y cuando la política opta por ignorar las verdades que enseñan las ciencias sociales, por frágiles y limitadas que estas sean, tiende a crear problemas innecesarios.

En los últimos meses, Merkel ha expuesto una y otra vez las razones de su rechazo. “Los eurobonos –declaraba en diciembre– tienen un problema: igualarían las tasas de interés de todos los países y eso nos impediría saber dónde están los problemas”. Desde esta perspectiva, la prima de riesgo no es más que la medida de las dificultades de cada país y el asedio de los mercados de deuda debería servir para que los países con problemas fiscales –todos ellos atrapados en un escaso o nulo crecimiento– se vean indefectiblemente impelidos a resolverlos.

A ojos de la derecha alemana, si se mantiene la deuda pública separada, estos países no tendrán más opción que atacar las causas de fondo de este débil crecimiento. Si, en cambio, la UE emite deuda conjunta, la presión de los mercados sobre estos países disminuirá automáticamente y sus problemas estructurales quedarán sin resolver, enmascarados bajo el paraguas de aquellos miembros de la UE que crecen sin excesivas dificultades –por ahora–. Los eurobonos serían, para Merkel, una invitación a la irresponsabilidad.

Sin embargo, a raíz de las crisis financieras de las dos últimas décadas, los economistas que han analizado más perspicazmente el funcionamiento de los mercados de inversión han tomado una clara consciencia de su tendencia estructural a las “profecías autocumplidas”. Se trata de una lógica diabólica: cuando los inversores prevén que un país tendrá problemas –o a veces simplemente lo creen, movidos por prejuicios sin ningún fundamento económico racional– son ellos mismos quienes se encargan de creárselos. Huyen y, con su huida, lo hunden en la miseria. Bienvenidos al mundo de “las expectativas que se cumplen a sí mismas”.

Esta lógica –que en el caso de los mercados de inversión privada se desplegó con todo su ímpetu en las crisis financieras de los noventa, muy especialmente en la del sureste asiático– se repite hoy, en cierto modo, en los mercados de deuda pública de los periféricos del euro. Los inversores que creen que los países de la UE con déficit no podrán devolver sus deudas –y que huyen hacia “valores seguros” como el bono alemán o el estadounidense, que en momentos han alcanzado incluso rentabilidades negativas– disparan sus primas de riesgo y, con ello, incrementan hasta límites insoportables el volumen de sus deudas. Al temer que la deuda española, portuguesa, irlandesa o griega sea impagable, los mercados financieros se comportan de tal modo que casi consiguen que lo sea. Su reacción ante los problemas fiscales de los países del euro no hace sino empeorarlos. Para protegerse de un riesgo, lo incrementan: esta es hoy la paradoja –que no tiene nada de nuevo– del funcionamiento del sistema financiero.

Aunque para Merkel y su ministro de Finanzas, Wolfgang Schäuble, el déficit de los países del sur de la UE
–y las dificultades de crecimiento que están en su origen– son la causa y las primas de riesgo en escalada son su consecuencia, la experiencia de las últimas décadas demuestra que puede que las cosas sean al revés. La crisis de los bonos nacionales puede acabar convirtiéndose más bien en la causa, que no en la consecuencia, de la crisis fiscal. El servicio de la deuda es hoy una de las principales partidas de los presupuestos de estos países y abulta dramáticamente su déficit: son miles de millones de euros que no se pueden dedicar a políticas de estímulo del crecimiento –y crecer es la condición necesaria y urgente para poder pagar de verdad la deuda pública–. Por esto, si los países fiscalmente ahogados siguen sometidos individualmente a la presión de los mercados financieros, sus problemas fiscales y de crecimiento se agravarán todavía más. Justo lo contrario de lo que pronostica la actual derecha alemana.

Los eurobonos son la vía más segura, estable y eficaz para cortar de raíz este perverso círculo vicioso. Hay otros instrumentos que también pueden contribuir enormemente a reducir las primas de riesgo de estados como España, Italia o Portugal: la ampliación y flexibilización del futuro fondo permanente de estabilidad financiera (MEDE), por un lado, y la intervención del BCE en los mercados de deuda, es decir, su actuación como “prestamista de última instancia”, por el otro, son los más importantes. Sin embargo, ninguno de estos dos indispensables “cortafuegos” contra posibles incendios en la deuda soberana de los países del euro debería sustituir estas auténticas vigas ignífugas que supondrían los eurobonos y el Tesoro europeo para la arquitectura fiscal y financiera de la Unión.

Empero, con los eurobonos no sólo los países deficitarios que hoy pagan unas primas de riesgo astronómicas pagarían bastante menos. También los países “seguros” que hoy pagan muy bajos intereses por su deuda deberían pagar algo o bastante más para financiarse. Es cierto. Sin embargo, todo apunta a que el coste de la futura deuda común europea sería menor que la suma del coste actual de la deuda de cada uno los diecisiete países del euro. Esto es lo decisivo. Tomados de uno en uno, con los eurobonos algunos países saldrían ganando y otros perdiendo. Pero tomada la UE en su totalidad, pagaría considerablemente menos en intereses: el ahorro global para el conjunto de la Unión sería indiscutible. Por ello, los eurobonos son la piedra de toque que permite saber si los actuales líderes de la UE piensan “en europeo” o piensan “en nacional”, esto es, si tienen visión europea o carecen de ella.

La gran omisión

06 jul 2011
Compartir: facebook twitter meneame delicious

Antoni Comín

Profesor de Ciencias Sociales de ESADE

Ilustración por Mikel Casal

 

Con los planes de ajuste fiscal, muchos países de la Unión Europea están sometidos a una trágica encrucijada: para salvar el euro –se les dice– hay que recortar drásticamente el gasto social, cercenar derechos fundamentales, detener la inversión pública. El dilema se presenta así: o la moneda única o los estados del bienestar, pero no ambas cosas a la vez.
La elección es especialmente insoportable si se analiza con perspectiva histórica. El Estado del bienestar es nuestro modelo social europeo, aquello que nos identifica como continente. La integración europea y el desarrollo de los estados del bienestar se iniciaron de la mano, en la posguerra, como las dos caras inseparables de una misma estrategia. La Guerra Mundial había sido provocada por los fascismos y nacionalismos totalitarios; pero estos, a su tiempo, eran consecuencia de la crisis radical del capitalismo liberal. Para garantizar la paz, para asegurarse de que aquel horror no volvía a repetirse nunca más, había que unificar Europa para inmunizarse de los nacionalismos destructivos; pero hacía falta, todavía más, un Estado social para que las clases medias no se arrojasen en brazos del fascismo ante el colapso de un capitalismo sin control público.
Hoy, en cambio, el euro –máxima expresión de la integración europea– y el Estado social se nos presentan como adversarios, como horizontes incompatibles. Son los mercados de deuda soberana, una de las muchas caras de los mercados financieros, quienes marcan el paso hasta acorralar a los gobiernos europeos. El Pacto del Euro es ambivalente. Por un lado, supone un avance hacia el gobierno económico europeo y, por lo tanto, hacia la unión política continental. Por el otro, consagra la disciplina fiscal como la única columna vertebral de nuestra política económica común. Más coordinación macroeconómica, bien. Más austeridad presupuestaria, bastante mal.
El mensaje se podría traducir así: más Europa, pero menos cohesión social. Es una paradoja especialmente triste para la izquierda europea, es decir, para todos aquellos que desde hace años reclaman el avance hacia una unión económica europea –y no sólo monetaria– precisamente para reforzar unos estados del bienestar que, organizados a nivel estrictamente estatal, son cada vez más difíciles de defender. Ahora que esta unión se acerca, parece que acaba sirviendo justamente al objetivo opuesto.
¿Hay alternativa? Sí la hay. Nadie con un mínimo sentido de la prudencia pretende que los estados europeos se instalen de manera permanente en los déficits públicos. Pero el equilibrio fiscal se puede lograr sin debilitar las políticas sociales, en algún caso dramáticamente, ni castigar a los más débiles. Para ello, eso sí, se requiere una visión y una ambición políticas de las que los líderes progresistas europeos han carecido en estos primeros años de la crisis. Porque esta alternativa pasa por impulsar una serie de reformas que sólo son posibles si se articulan a escala europea:
Una reforma fiscal: impuestos al capital financiero, sobre beneficios y sobre sueldos elevados, en la línea de lo que una institución tan poco sospechosa de radicalismo como el FMI propuso en su informe A Fair and Substantial Contribution by the Financial Sector (2010); impuesto sobre las transacciones financieras; impuestos sobre patrimonio y grandes fortunas, entre otras medidas.
Un Tesoro europeo: creación de los eurobonos, para proteger de manera efectiva y contundente la deuda de los países periféricos de la UE del ataque de los mercados, que acaba por perjudicar a todos los países del euro en su conjunto.
Una verdadera reforma financiera: en Caída libre, Stiglitz detalla con considerable precisión todo aquello que deberíamos hacer para que los mercados financieros no repitan una catástrofe como la de 2008: cómo regular los bonus de los directivos para evitar incentivos perversos, cómo garantizar la transparencia para que la “banca en la sombra” no quede al margen de los reguladores, cómo impedir que estos sean capturados por el propio sector financiero al que regulan, cómo vigilar o trocear las entidades sistémicas (“demasiado grandes para caer”), qué hacer con los derivados para que no se conviertan en armas de destrucción masiva, cómo proteger al consumidor del abuso de los bancos, etc. Y, nos atrevemos a añadir, cómo regular las agencias de rating para que no trabajen al servicio de los especuladores y en contra del interés general.
En esta crisis, la izquierda europea estaba llamada a cerrar un programa común con todas aquellas medidas que permitirían resolver nuestra sangría fiscal de una manera más justa y menos antisocial y que podrían poner a la política en el lugar que le corresponde, esto es, por encima y no por debajo de los mercados financieros. No hacerlo ha sido su gran omisión.
Este programa alternativo no se puede llevar a la práctica de hoy para mañana, ni se puede aplicar en una UE con una abrumadora mayoría conservadora. Pero ofrece un horizonte distinto al de los meros recortes, que permitiría a la izquierda mantener viva su razón de ser. Que la derecha aplique las recetas ortodoxas de lucha contra el déficit, no arruina su capital simbólico ni sus fundamentos ideológicos. Que lo hagan los gobiernos socialdemócratas tiene un efecto devastador para su credibilidad ante sus bases electorales.
Hoy, los ciudadanos progresistas de Europa no saben muy bien qué ganarían si gobernase la izquierda, ni por qué deberían acercarse a las urnas. Ese programa alternativo serviría para explicarles que sí hay una salida distinta a la crisis, que es posible salvar el euro sin debilitar nuestros estados del bienestar, que la izquierda, si gobierna, librará sus batallas propias, bien distintas de las de los gobiernos conservadores.
Hace pocas semanas los líderes de la izquierda europea –socialistas y ecologistas– lanzaron un manifiesto, www.changeforeurope.eu, que propone avanzar por el camino de las tres reformas anunciadas. Parece que la gran omisión termina. Bienvenido sea, aunque llegue con dos años de retraso.