ANTONI GUTIÉRREZ-RUBÍ
La crisis económica y financiera global ha colocado a nuestros líderes políticos bajo la atenta evaluación de la opinión pública (y de los mercados) sobre sus capacidades para dirigir y para generar confianza y consenso. Cuando las cosas van bien, casi todos valen; cuando van mal, sólo los gigantes emergen entre el desconcierto, el desánimo y el descrédito. El contexto actual está arrastrando a los niveles más bajos de popularidad a la mayoría de los dirigentes políticos, económicos y sociales. Hay hambre de nuevos liderazgos capaces de convertir miedos en seguridades, retos en oportunidades, sacrificios en futuros compartidos.
Carismáticos, a la baja. Esta crisis es la crisis, también, del modelo de liderazgo carismático. Los líderes confiados, casi en exclusiva, en su buena estrella, en su baraka, son los que tienen más problemas. El talante de Zapatero o la hiperactividad de Sarkozy, por ejemplo, funcionan peor en un entorno complejo e incierto, plagado de dificultades. No es la seducción, demasiadas veces sinónimo de exceso de autismo político, lo que piden y necesitan nuestras sociedades. En palabras de Peter Drucker:
“Un líder eficaz no es alguien a quien se le quiera o se le admire, es alguien que te convence para hacer lo que es debido”. Pero para que sus palabras, sus decisiones y sus peticiones generen la confianza necesaria para convertir una visión en un camino transitado y compartido, es imprescindible el compromiso de la conducta personal. No es la habilidad estética, retórica o gestual el elemento clave, sino la ejemplaridad del comportamiento individual lo que se convierte en la prueba definitiva de la credibilidad del político.
Persistentes, en ascenso. La complejidad es enorme y sólo un liderazgo paciente, humilde, constante, puede recoser los desgarros sociales y económicos que se están produciendo. Y, sobre todo, puede exigir al conjunto de la sociedad sacrificios, esfuerzos y recortes. El liderazgo persistente es capaz de convertir una potencialidad en una realidad. David Cameron, el actual premier británico, ha sido un ejemplo de perseverancia y constancia en la oposición. Estos valores son identificados como los más adecuados para enfrentar crisis y dificultades. Los ciudadanos reclaman líderes tenaces, incansables; no gestores a tiempo parcial. Piden liderazgos sólidos, frente a tanta disolución líquida de una política sin rumbo.
Pragmáticos, seguros. Angela Merkel es la líder política más valorada por la opinión pública europea. Su liderazgo no es carismático, ni populista, ni mediático. Es práctico y parece sincero. En el libro de Veronica de Romanis, publicado en 2009 por Marsilio Editori, se identifica el método Merkel como la combinación equilibrada de pragmatismo, racionalidad, estrategia y autenticidad. Pero el traspié electoral de su partido en las pasadas elecciones regionales de Renania ha alterado la mayoría en el Senado y pone en peligro su programa de Gobierno. El castigo electoral se produjo, precisamente, por renunciar a su modelo de liderazgo, alargando y pudriendo la decisión sobre las medidas a adoptar en la crisis griega, entre otras razones. El duro plan de ahorro que su Gobierno acaba de presentar como una medida ejemplar para Europa parece más consecuente con su liderazgo y su política. Regresar a su modelo, el que la ha llevado al poder, puede ser su gran baza, siempre que el tacticismo electoral no la aparte de su habitual pragmatismo.
Morales, más comprometidos. Hoy más que nunca, cuando el liderazgo se mide por su capacidad de generar confianza colectiva y no únicamente por la capacidad individual de determinadas habilidades directivas, comunicativas o relacionales, se impone un nuevo modelo ético, moral, de corte austero, auténtico y ejemplar. Capaz de convencer más por su credibilidad que por su locuacidad. Hasta el presidente Obama sabe que sus palabras cambiaron el curso de las elecciones, pero sólo sus gestos, como el de cancelar un viaje internacional para estar al lado de los afectados por la marea negra procedente del pozo accidentado en el golfo de México, le pueden garantizar la conexión emocional y política con la ciudadanía. Es el liderazgo próximo, de acompañamiento, que se identifica con su entorno y con sus conciudadanos, el que puede exigir esfuerzos colectivos. Una nueva oportunidad para la ética y la responsabilidad en la política.
Es tiempo de líderes con valores. Un liderazgo más orientado a la creación de nuevas conductas y comportamientos colectivos que a la gestión administrativa de lo público. Los cambios que debemos asumir son de tal envergadura que no se gobiernan, simplemente. O son asumidos y compartidos, o no hay legislación que los imponga, aunque pueda favorecerlos.
Reflexivos y emocionales. Ya no es posible enfrentar todos nuestros miedos y problemas siguiendo a un único líder que proclama “follow me”. En el contexto actual, el mesianismo político como solución adormece a las sociedades, favorece los autoritarismos e inhibe la responsabilidad colectiva, sin la cual no hay salida sostenible. Esta crisis no necesita ni salvadores ni profetas del desastre, sino líderes auténticos, con vida interior intensa, capaces de sentir el estado de ánimo de la ciudadanía, orientados a la reflexión como paso previo a cualquier acción.
La insoportable levedad del ser de tantos políticos actuales nos aleja de la política cosmética u oportunista y nos acerca a lo nuevo, a lo emergente y, también, a liderazgos serenos y estables. Es tiempo, también, de equipos, de métodos y de esfuerzos compartidos. Se quiere algo nuevo y, al mismo tiempo, algo seguro. Quien encuentre la combinación se llevará algo más preciado que el afecto o el voto de los ciudadanos: su confianza.
Antoni Gutiérrez-Rubí es asesor de comunicación
Ilustración de Federico Yankelevich
ANTONI GUTIÉRREZ RUBÍ
En las pasadas elecciones presidenciales norteamericanas de 2008, los medios de comunicación nos mostraron otras encuestas que ofrecían singulares resultados, frente a las tradicionales y conocidas sobre la intención de voto. Sabíamos, por ejemplo, que Obama ganaba a McCain en las ventas de máscaras de Halloween, de libros o incluso de chanclas con sus cabecitas.
Una de las encuestas más comentadas la llevó a cabo la cadena 7-Eleven, que ofrecía al ciudadano-consumidor-elector la posibilidad de elegir el modelo de vaso donde servirle la bebida: ¿Obama o McCain? Al término de cada mes, la popular empresa hacía públicas las ventas de cada uno, mostrando el ránking de preferencias de consumo como un nuevo indicador electoral. No fallaron. El 60% de las tazas escogidas fueron las de Obama. También, el café (su venta, su liturgia, su ambiente) fue protagonista en una iniciativa para estimular la participación electoral de los más jóvenes: Starbucks te invita a un café… si votas.
Ahora el protagonismo lo tiene el Tea Party, un movimiento ciudadano configurado por centenares de asociaciones, que ha sorprendido por su fuerza, por su capacidad movilizadora y que ha agitado la política norteamericana, ganando terreno en el panorama electoral. Muchos opinan que el pasado mes de enero el Tea Party jugó un papel decisivo en la victoria del escaño para el Senado por el Estado de Massachusetts, que obtuvo el republicano Scott Brown y que había ocupado durante 38 años el demócrata Ted Kennedy.
El Tea Party ha sabido captar el interés de muchos ciudadanos, canalizando el descontento con la Administración del presidente Obama. Y, a pesar de que el sector más moderado del Partido Republicano no lo ve con buenos ojos, se intenta un acercamiento estratégico con el objetivo de aunar posturas y evitar futuras sorpresas, ya que “los del té” despliegan un caudal de energía que puede ser muy favorable de cara a las elecciones legislativas del próximo mes de noviembre. Pero parece que, de momento, los miembros del Tea Party prefieren ir por libre o con otro liderazgo. A principios de febrero celebraron su primera convención nacional en Tennesse, donde la invitada destacada fue la ex gobernadora de Alaska, y ex candidata a la vicepresidencia republicana, Sarah Palin, uno de sus referentes de inspiración por sus posicionamientos más extremos.
El descontento –la ira– que canaliza y potencia el Tea Party se ha instalado en el centro del debate político, junto a los ataques crecientes a la política de Obama que provienen de esa organización y, también, de plataformas como ResistNet o FreedomWorks. Esta última cuenta con 700.000 afiliados, 400.000 de ellos on-line. La comunicación de todos estos grupos se produce a través de la Red, lo que les confiere un gran poder por la capacidad de difusión de sus ideas.
Frente a ellos, también en Internet, ha surgido una nueva alternativa de base de izquierda para contrarrestar al movimiento ultra: el Coffee Party. En Facebook, Annabel Parker (una anónima cineasta que vive a las afueras de Washington) impulsaba una respuesta colectiva a los ataques constantes del Tea Party. A finales de enero, propuso promover la idea de contestar con un Coffee Party que se materializó días más tarde con la aparición de la página web
www.coffeepartyusa.com, en la que podía leerse esta frase: “Despierta y reacciona”. Algunos han visto, tras este movimiento, la mano del equipo de Obama.
Aunque como señalaba, medio en broma, la analista Rebeca Keys (Universidad de California), lo de menos es que aparezca ahora el grupo que falta, el Milk Party, sino que estas plataformas responden al descontento generalizado de la ciudadanía con sus políticos y sus partidos. Según una encuesta del diario The Washington Post, dos de cada tres norteamericanos se sienten molestos con el Gobierno federal de Washington.
Las elecciones del futuro (y de hoy) son también combates culturales, estéticos… y emocionales: ¿café o té? ¿rock o country? ¿Mac o PC? Combates de la cotidianeidad que expresan nuevas confrontaciones políticas de base cultural. Muchos comportamientos políticos se pueden observar (y prever) a través de pequeñas actitudes o reacciones emocionales. Por ejemplo, un estudio del Centro de Investigaciones Sociológicas sobre la juventud española realizado en 2008 desvelaba algunas correlaciones entre la ideología de los encuestados y su psicología del comportamiento. El estudio analizaba estas pasarelas entre la vida y la ideología según las preferencias deportivas, las prácticas sexuales, la posición religiosa o con el aspecto físico e higiene corporal, entre otros aspectos. La más destacada es, sin duda, la constatación de que los mayores niveles de satisfacción emocional se registran entre las personas situadas en el centro político. Así, la tasa más alta de individuos que se sienten alegres se registra entre los jóvenes de centro y centroizquierda. La felicidad, la insatisfacción o el nerviosismo parece que tienen ideología… e intención de voto.
Todo ello resulta sorprendente o curioso, pero también es relevante constatar que las ideas no sólo se piensan, sino que, sobre todo, se viven, se sienten y se perciben. Es la vivencia emocional de las ideas lo que configura las predisposiciones ideológicas y electorales de los ciudadanos. Precisamente lo que convierte en actores políticos decisivos a movimientos como el Tea o el Coffee Party es la construcción de lazos emocionales y relacionales como base de una organización de estructura en red, comunitaria, autónoma y vinculante entre sus miembros, que es capaz de polarizar el debate público, de incidir en los resultados electorales y de dejar en evidencia los límites de la política formal.
Antoni Gutiérrez Rubí es asesor de comunicación
Ilustración de Gallardo
ANTONI GUTIÉRREZ-RUBÍ
Barack Obama ha culminado su primer año de mandato. Parte de la opinión pública norteamericana cree que el cambio prometido llega con cuentagotas y sin el ritmo y la intensidad que debería. Las dificultades y la impaciencia se asoman con fuerza, la decepción acecha. Pero Obama confía tanto en las reformas políticas como en la capacidad transformadora de la ejemplaridad de sus propias acciones más personales. Sabe que la determinación de sus decisiones políticas tiene en sus propios gestos y sus palabras parte de su legitimidad y confianza. Cree que el cambio, para que sea profundo, debe ser progresivo, colectivo y, también, personal.
Su formación moral y su compromiso ético y político le han llevado a abrazar, en lo económico, a los pensadores y teóricos de la economía del comportamiento (Behavioural Economics), que trata de estudiar por qué los seres humanos tomamos en muchas ocasiones decisiones que tienen un fuerte componente emocional. Obama cree que cambiar los comportamientos cotidianos, por pequeños que sean, puede cambiar las grandes ecuaciones políticas. Piensa que cambiar los corazones de las personas es la llave para cambiar sus ideas.
Así, lentamente, y con una flexible paciencia y prudencia no exenta de firmeza y determinación constante, intenta cambiar la política norteamericana como ha cambiado la mismísima Casa Blanca en un proceso de deconstrucción y de reconstrucción fuertemente simbólico. Nuevos ambientes y funcionalidades como parte de un estudiado código de señales icónicas que muestran, a través de sus preferencias estéticas o artísticas, nuevas percepciones y concepciones del mundo, de la sociedad y del poder.
Obama, que vive también con su suegra, ha ido mucho más allá de la célebre de redecoración de Jacqueline Kennedy. Ha creado una nueva concepción de los 5.100 m² de la casa bajo la supervisión de Michelle Obama. Juntos han ido graduando lentamente cada cambio y transformándolo en un mensaje público y mediático de la mano del diseñador Michael Smith, amigo personal de la primera dama, quien afirmaba que “el estilo casual de su familia, su interés por recuperar el arte americano del siglo XX y el uso de marcas y productos de precio razonable son algunos de los requerimientos que me han pedido para hacerles sentir como en casa”.
Se han rodeado de arte conceptual. Los Obama han pedido prestadas 47 obras de arte a cinco museos de Washington. Aunque la mayoría de las obras elegidas pertenecen a artistas contemporáneos y abstractos, entre ellos Mark Rothko y Jasper Jons, hay una cuidada elección multicultural que refleja la pluralidad de raíces de la nueva América con siete obras de artistas negros, entre las cuales destaca el trabajo de Glenn Ligon que con textos, neón y fotos, explora los temas de la política y de la raza. La prensa estadounidense señala que esta selección supone una revolución cultural silenciosa en la Casa Blanca, destacando –por la interpretación metafórica aplicada a la calma del presidente– la elección del cuadro “I Think I’ll…” del artista Ed Ruscha, que tiene como tema la indecisión y en el que pueden leerse frases como “puede que sí”, “espera un minuto” o “pensándolo bien”.
Pero los cambios más profundos, por imperceptibles que parezcan, se han producido en el despacho oval con fotografías familiares (de su boda, de sus hijas, de cuando lanzó su candidatura), nuevos cuadros y cuatro piezas de cerámica y arcilla procedentes del Museo Nacional del Indio Americano. También hay tres aparatos mecánicos prestados por el Museo Nacional de Historia, entre los que destaca un modelo del telégrafo de Samuel Morse de 1849. Han desaparecido los cuadros de paisajes de Texas de la época Bush, la platería decorativa y la cerámica china. Y en el famoso escritorio Resolute, en la Casa Blanca desde 1880, se ha adaptado por primera vez un lugar para el ordenador portátil, junto con todos los accesorios de su encriptada Blackberry. En la estantería destaca un cartel enmarcado del programa del acto de 1963 en Washington en el que Martin Luther King pronunció su famoso discurso “I have a dream” y su busto, que sustituye al de Winston Churchill, regalado por Tony Blair a George Bush, cambio que causó irritación en el Reino Unido. Para suavizar este conflicto decorativo, Obama, muy hábil, mantiene en su escritorio un portalápices regalo de Gordon Brown. “Este despacho le recuerda a uno lo que hay en juego, todas las esperanzas y sueños que dependen de lo que sucede en la Casa Blanca”, expresó Obama en una reciente entrevista con Oprah Winfrey. El último detalle ha sido colocar un frutero lleno de manzanas, listas para morder. No faltan, tampoco, las golosinas M&M.
Los cambios han seguido la senda del símbolo, también fuera de las paredes de la mansión. En los jardines de la Casa Blanca se ha habilitado la casita de Bo, el perro de aguas portugués de sus hijas, Sasha y Malia, algunos juegos al aire libre y un huerto ecológico de 100 m² que Michelle creó, con 200 dólares de presupuesto, en una tarde con 25 escolares invitados a una merienda. En él se cultiva menta, ajo, anís, salvia, tomillo, orégano y romero, entre otras hierbas. Además se han sembrado lechugas, zanahorias, tomates, espinacas, cebollas, frambuesas y moras. Los vegetales cosechados serán usados en comedores populares y en los menús de la Casa Blanca.
La mansión cuenta con gimnasio, una pista de tenis, un circuito para correr, una piscina exterior y una bolera que será substituída próximamente por una nueva cancha de balancesto, como la de Zapatero en la Moncloa. El presidente Obama, gran amante y conocedor de este deporte, espera su turno para reformar la vieja y pequeña cancha actual. Seguirá con el cuentagotas. Cambios constantes y pequeños, para cambios profundos. Todo poco a poco, canasta a canasta, sumando punto a punto para ganar el partido.
Antoni Gutiérre-Rubí es asesor de comunicación
Ilustración de Iker Ayestaran
ANTONI GUTIÉRREZ RUBÍ
En estas fechas, los juguetes y los juegos ocupan una importante cuota de audiencia pública. La presión publicitaria, los estereotipos culturales y tradicionales, así como un contexto favorable al consumo y al regalo como expresión de afecto o amistad, ofrecen todo tipo de alternativas. Parecía que, hasta ahora, juegos y política eran dos realidades sin puntos de conexión evidentes, aunque para muchos ciudadanos la propia política se la juega por su falta de credibilidad ante tanto juego político. La política no es un juego, piensan algunos. Y no les falta razón.
Pero lo cierto, y a lo que me refiero, es que asistimos a un notable incremento de juegos que podríamos llamar políticos. Los hay que, con vocación pedagógica, explican el funcionamiento de instituciones públicas, como parlamentos o gobiernos, o nos ayudan a comprender textos básicos como constituciones o cartas de derechos. Estos materiales, que nacen en muchos casos orientados a la formación y al ámbito educativo, son parte de la oferta de los renovados y crecientes programas pedagógicos de nuestras instituciones, tienen una gran capacidad didáctica y favorecen la reputación de sus promotores.
En otro contexto, observamos cómo afloran las mascotas y los muñecos políticos y, sobre todo, los juegos para la acción o la comunicación política, en particular en las campañas online. Tienen una amplia variedad de formatos, que van desde los
videojuegos hasta pequeñas piezas digitales que, con un alto nivel de creatividad, permiten una gran difusión por su viralidad y capacidad contagiosa en la sociedad red. Estos juegos permiten llevar a cabo simulaciones políticas (es el caso de Peace Maker que nos ayuda a comprender mejor el conflicto entre Palestina e Israel, permitiéndonos ser el presidente de uno u otro país y observar las consecuencias directas de nuestras decisiones durante el juego), desarrollar denuncias y contribuir al activismo militante que se desarrolla en la red.
España, según datos del Informe Anual de los Contenidos Digitales 2009 (elaborado por el Observatorio Nacional de las Telecomunicaciones y de la Sociedad de la Información, ONTSI), se consolida como el cuarto país europeo más importante en ventas de videojuegos. Un mercado que crece muchísimo por la alta penetración del consumo de juegos en dispositivos personales móviles y la proliferación de consolas (uno de cada tres hogares cuenta al menos con una) con acceso a Internet.
Según la Asociación Española de Distribuidoras y Editoras de Software de Entretenimiento (aDeSe), en España hay 10,4 millones de jugadores de videojuegos, más del 22% de la población. A nivel mundial, la industria del videojuego alcanzará en 2012 la cifra de 68,3 billones de dólares, un 10,3% más que la cantidad registrada en 2007, según un informe de la empresa PriceWaterhouseCoopers.
Las fuerzas políticas se han dado cuenta de que los videojuegos, los juegos de estrategia, los de mesa y los de simulación son un nuevo espacio para la confrontación política y electoral por su magnetismo lúdico y por el potencial uso intergeneracional de muchas de sus propuestas; también por su gran aceptación entre la población joven y urbana. En Estados Unidos este tipo de juegos ya han sido muy importantes durante la pasada campaña electoral para las presidenciales y continuan teniendo un papel muy activo en las redes sociales. Es el caso del juego McCain vs Obama, de Obama-McCain debate simulator, donde uno elegía a uno de los dos personajes, escogiendo en cada caso las respuestas más adecuadas sobre distintos temas. O, siendo ya Barack Obama presidente, de 2011, Obama’s coup fails donde este da un golpe de Estado, declarándose imán perdido, y 20 millones de patriotas salen a combatirlo para restaurar la democracia. Este juego, desarrollado por un grupo de seguidores del diputado republicano Ron Paul, ha tenido un gran éxito.
Asistiremos a una eclosión de estos medios para la nueva comunicación política en las próximas elecciones. Vamos a jugar a la política y con los políticos como parte del combate ideológico y electoral. Veremos todo tipo de propuestas interesantes y sugerentes y otras que, en el límite de lo éticamente aceptable, permitirán eliminar o golpear a adversarios, burlarse descaradamente de ellos o ganar competiciones electorales utilizando recursos o acciones reprobables pero que se legitimarán inconscientemente en el marco de que son parte del juego.
Veremos también la presencia de la publicidad política casi integrada en muchos juegos de simulación con unas dosis de realismo y veracidad que la harán altamente eficaz.
En palabras de Imma Marín, asesora pedagógica especializada en juego y educación, jugar es profundamente humano: “En la medida que nos permite transitar y conectar el hacer, propio del jugar, con el sentir y el pensar, consigue una significativa transferencia a nuestra vida real; y de ahí al tránsito inverso: pensar y sentir para llegar a hacer”. Los jugadores son ciudadanos electores.
Las campañas del futuro se concebirán, también, como combates culturales y lúdicos y no sólo estrictamente ideológicos. La sintonía cultural, como la emocional, con los candidatos es un gran espacio para la nueva comunicación y un potente elemento de proximidad y vinculación. Aunque sorprenda o pueda provocar por exagerado, es muy difícil votar a alguien a quien no abrazarías, por ejemplo. Tampoco a alguien con quien no te imaginas ir a uno u otro concierto. Y mucho menos a alguien con el que no puedes hacer equipo para jugar a la Wii. Cuando las ideas políticas se convierten en emociones y vivencias, las oportunidades electorales están en juego. Empieza la partida.
Antoni Gutiérrez Rubí es asesor de comunicación
Ilustración sw Gallardo
ANTONI GUTIÉRREZ RUBÍ
Las noticias de Five Channel en la televisión pública británica fueron presentadas recientemente, y durante toda una semana, por James Partridge, presidente de Changing Faces, cuya cara está severamente desfigurada a causa de un accidente de coche que sufrió a los 18 años.
La BBC ha vuelto a liderar una apuesta innovadora en el terreno de la información pública, no exenta de polémica y de debate social. En una rápida encuesta de YouGov, al 44% de los espectadores habituales de ese informativo les pareció una buena idea la iniciativa; el 64% aseguraba que no cambiaría de canal a pesar del impacto visual causado por el rostro del presentador; y otro 20% reconoció que se sentiría muy incómodo ante la pantalla y dudaba de su capacidad para resistirlo.
El debate sobre el uso de duros testimonios personales para generar conciencia social no es nuevo. Durante años, las campañas de publicidad de la Dirección General de Tráfico (DGT) en España han sacudido nuestras sensibilidades hasta extremos difícilmente soportables. A pesar de ello, han obtenido resultados evaluables que siguen mejorando año tras año. Pero la experiencia de la BBC no pretende alertar sobre los peligros de la conducción temeraria, sino que estudia cómo la presencia habitual, en un canal de máxima audiencia, de personas estigmatizadas e invisibilizadas a causa de su físico puede favorecer el cambio de mentalidad y la modificación de actitudes prejuiciosas hacia ellas.
No es la primera vez que la televisión promueve la visibilidad de colectivos sociales minoritarios. La popular cadena musical MTV, a partir de una idea de Matt Stone y Trey Parker (creadores de la rompedora serie de culto South Park), ofreció a personas con discapacidad mental la conducción y presentación del programa norteamericano How’s your news? Fue un éxito total. De audiencia, claro.
Se plantean serias dudas sobre los límites de tales iniciativas o, mejor dicho, sobre su capacidad para conseguir cambios reales en nuestras opiniones, en nuestras conductas y en nuestra manera de ver el mundo y a las otras personas. La propia BBC, que ensaya la presencia de nuevos rostros, no ha tenido reparos en sustituir, hace unas semanas y en medio de una gran polémica, a presentadoras veteranas muy queridas y valoradas por la audiencia por otras caras simplemente más jóvenes. Hasta la ministra de Igualdad británica, Harriet Harman, tuvo que intervenir en la Cámara de los Comunes para pedir su reingreso por considerar que se había excluido a personas muy reconocidas simplemente por una cuestión de edad.
Hay algo perverso en el hecho de que no quepan las canas en la pantalla pero sí las cicatrices. Hay un riesgo grave para la ética pública si se confunde la necesaria igualdad con la mera visibilidad de lo que escapa de la “norma estética” y, al mismo tiempo, se evita la presencia en pantalla, por ejemplo, de personas con más peso, arrugas o canas de lo debido, supuestamente menos atractivas en términos de audiencia o de telegenia. Parece que esas canas son atractivas en ellos y, en cambio, un problema en ellas.
La invisibilidad de muchas personas que pertenecen a colectivos minoritarios, socialmente marginales o en riesgo de serlo, con graves lesiones faciales o corporales fruto de agresiones, accidentes o enfermedades, es un problema real. Y supone una nueva exclusión añadida contra la que hay que luchar buscando la plena normalización de su presencia en todos los ámbitos. También en los medios de comunicación, y más aún en los públicos. La lucha por la igualdad de todas las personas es una tarea inexcusable en una sociedad que no quiere ver, no quiere oír y no quiere escuchar aquello que la sacude moral, ética o estéticamente. La invisibilidad resulta mucho más cómoda y tolerable que el compromiso.
Pero la solución no puede ser, simplemente, la reivindicación de lo ignorado o invisible asociado a campañas concretas o a experiencias piloto, ya que puede quedar atrapada en la búsqueda de nuevas audiencias o de notoriedades que pueden ser contraproducentes.
Si la estrategia de comunicación, en este caso mediática y televisiva, se reduce a una combinación de una mayoría de imágenes y personas aceptables, en términos de marketing y posicionamiento, con un pequeño toque de otras imágenes y situaciones que bordean lo insólito o lo morboso, no hay avances reales. Y sí una posible manipulación de sentimientos.
La diversidad no debe tratarse simplemente como excepcionalidad puntual, a riesgo de ser la coartada ética o estética de lo políticamente correcto, mientras se mantienen en el fondo los estereotipos y los clichés de lo que se considera normal pero que enmascaran otras discriminaciones más sutiles. Necesitamos un debate profundo que apueste con valentía por abrir nuevos caminos que no tengan marcha atrás y que entienda la diversidad en todo su sentido y en todas sus manifestaciones.
Daniel Innerarity, profesor de filosofía y Premio Nacional de Ensayo en 2002, nos plantea en su libro La sociedad invisible la siguiente pregunta: “¿Qué es mejor, socialmente hablando, una buena observación o una buena crítica que genere nuevas teorías y formule los problemas de diferente manera para que sean posibles nuevas soluciones?” En definitiva, ver a quienes no se ve habitualmente en pantalla puede sorprendernos e incluso provocarnos desasosiego o dudas. Pero no garantiza, necesariamente, que pensemos en ello de manera crítica. La reflexión social es algo más que la digestión de las nuevas visibilidades. Necesitamos nuevas imágenes de realidades ignoradas, sí. Pero la diversidad real y cotidiana de nuestras sociedades, con toda su complejidad, es algo más que la visibilidad de los olvidados.
Antoni Gutiérrez Rubí es asesor de comunicación
Ilustración de Jordi Duró
Antoni Gutiérrez Rubí
Angela Merkel es la mujer más poderosa del mundo. Lo afirma y acredita la revista Forbes que, por cuarto año consecutivo, le otorga el título de la más influyente por “su impacto económico, proyección mediática y logros profesionales”. Michelle Obama, por ejemplo, ocupa el puesto número 40, y la reina Isabel II el 42. La primera y única española, entre las 100 primeras mujeres, es Ana Botín, en la posición 45.
Merkel lleva cuatro años como canciller de Alemania en un Gobierno de coalición con los socialdemócratas, liderados por Frank-Walter Steinmeier, ministro de Asuntos Exteriores y su principal rival en los comicios que se celebrarán el próximo 27 de septiembre. Lleva cuatro años en el poder y, para muchos de sus compatriotas, Merkel sigue siendo una gran desconocida. Reservada y celosa de su vida privada, sobria y eficiente en la gestión, paciente en las relaciones humanas, contenida en las emociones y tan discreta y práctica en el vestuario que no le importa repetir constantemente (cada día) la prenda que mejor le queda: chaqueta de colores diversos y grandes botones. No es de extrañar el revuelo que causó su elegante vestido de generoso escote, en abril de 2008, cuando asistió a una velada en la Ópera de Oslo y los alemanes, y el mundo entero, descubrieron a otra Merkel. El impacto fue tal que la propia canciller, sorprendida por la repercusión mediática, emitió un breve y lacónico comunicado de disculpas “por llamar tanto la atención”.
Esta vez la canciller desarrolló su campaña con un estilo nuevo y sugerente, tomando la iniciativa. Obsesionada, quizás, por mostrar su personalidad sin necesidad de exhibirse, sorprendió a todos con una campaña personalizada en la que destacó la elección del cariñoso y popular Angie como su marca personal… y política. En sus mítines hemos podido ver grandes carteles con una única palabra: Angie. Sin logotipo de partido, ni eslogan, ni complemento gráfico alguno, en una apuesta sorprendente por su simplicidad y radicalidad. Angela quiere ser Angie, definitivamente. Para rematar la voluntad y la decisión de reinvención de su marca personal en el terreno de la política competitiva y de la comunicación, los organizadores del CDU, su partido, han estado finalizando las reuniones públicas con la memorable canción del mismo nombre de los Rolling Stones. Los Stones son la banda sonora de Angie y uno de sus grupos favoritos, como The Beatles.
Su rival electoral y, hasta la fecha, su colega y vicecanciller federal, se ha visto superado por la ola Angie, a la que las encuestas le son muy favorables. Los liberales, además (y después de permanecer en un largo período de penitencia política y electoral), vuelven a ser el partido muleta imprescindible para la gobernabilidad conservadora y ya han anunciado su apoyo a Merkel. Los socialdemócratas, casi sin opción de rentabilizar la coalición gubernamental, atrapados por una larga crisis de liderazgo (también de proyecto) y cercenados electoralmente por Los Verdes y La Izquierda del viejo rockero Oskar Lafontaine, corren el riesgo de precipitarse sobre el abismo. El resto del escenario electoral también parece favorecerla y Alemania, como sucede en otros países, se ha estado regodeando con la política bufa. El humorista Hape Kerkeling se ha inventado un personaje, Horst Schlämmer, para concurrir ficticiamente a las elecciones. Si la ficción se convirtiera en realidad, hasta un 18% del electorado, según la revista Stern, se atrevería a votar al cómico que tiene como eslogan: Yes Weekend (parodia del Yes We Can de Obama). Pero el próximo weekend va en serio. Frente al tedio socialdemócrata, la agitación ecologista e izquierdista y la sátira cómica, Merkel se ofrece como valor seguro y estable. Angela, la mujer más poderosa del mundo, ha encontrado un estilo de gobierno y de comunicación básica y eficaz. A las antípodas del hiperactivo y besucón vecino Sarkozy (su efusividad le ha molestado más de una vez) y sin la simpatía cautivadora y la brillante oratoria de Obama, Merkel representa como política lo que Alemania evoca como marca intangible: sobriedad, fiabilidad, solvencia, eficacia.
La letra de la canción de los Stones tiene, en su caso, numerosas lecturas semánticas y todas ellas la arropan: “Angie, Angie ¿Adónde vamos desde aquí? Todos los sueños que abrazamos con fuerza parecen haberse esfumado. ¿No es eso tristeza en tus ojos? Pero, Angie, aún te quiero, nena. Allí donde mire,veo tus ojos”. El próximo domingo Alemania puede volver a decir a Angie que aún la quiere. El país espera respuestas y no sólo miradas y ojos de tristeza melancólica y enternecedora. La crisis, como dice la canción, quiere respuestas: “¿Adónde vamos desde aquí?”. Angela ha llegado hasta la encrucijada. Veremos el camino que toma Angie.
Antoni Gutiérrez Rubí es Asesor de comunicación
Ilustración de Javier Olivares
Antoni Gutiérrez-Rubí
Algunas situaciones de la política formal dan risa, pero lo cierto es que no hacen ninguna gracia cuando se piensa detenidamente en la gravedad y la relevancia de los temas a los que deben enfrentarse nuestros representantes. La hilaridad que nos producen determinadas declaraciones o actuaciones de la política convencional es una reacción que, al madurarla, nos lleva a la indiferencia, a la compasión o al enojo profundo. Una mezcla de vergüenza (ajena) e incredulidad nos envuelve y contribuye al clima de desencanto, hastío y cansancio creciente hacia la política formal.
Incluso, a veces, nos molestan sus risas: “¿De qué se ríen?”, nos preguntamos, exigentes, reclamando en su contención emocional una prueba de mayor compromiso o seriedad en su responsabilidad. No hay nada peor para un político que una risa fuera de lugar. Muchos ciudadanos pueden pensar, equivocada o legítimamente, que se están riendo de ellos.
Desde esta perspectiva, se comprende la mayor receptividad pública ante nuevas propuestas –provocativas, irreverentes, imaginativas– que surgen de la mano de nuevos políticos, que aportan puntos de vista distintos y soluciones a los problemas con un marcado estilo personal. Actores, cómicos, presentadores… en definitiva, personajes famosos que, aprovechando su popularidad mediática, se atreven a dar el salto al ruedo político con más o menos fortuna pero, en ningún caso, sin pasar
inadvertidos. El espectáculo está servido, y la ciudadanía parece querer mandar un claro mensaje a la clase política: seguro que los cómicos no lo harán peor que muchos de ellos y puestos a rebelarse, mejor con una sonrisa. Son muchos los que sienten un placer oculto y mal disimulado ante la posibilidad de reírse abiertamente de la política –y de los políticos– con propuestas transgresoras. Es una manera clara de decir: ¡basta ya!
El cómico francés Colouche abrió el camino y, con su cara pintada de payaso, se presentó a las elecciones presidenciales en 1981, con una provocativa campaña: “¡Qué suerte tienen los pobres de vivir en un país tan rico!”. En España, años más tarde, la presentadora de televisión Eva Hache, coincidiendo con el lanzamiento de su nueva temporada en antena en 2007, anunció a bombo y platillo su intención de presentarse a las elecciones generales con el objetivo de desembarcar “a lo bestia” en la vida política española. Su estrategia –televisiva y mediática– introdujo un nuevo elemento de reflexión política. Hache mostró un fondo de provocación irreverente e irónico en el reto planteado que conectó muy bien con el desencanto existente y dejó en evidencia la necesidad de remover, agitar y subvertir los escenarios previsibles dentro de la política española. La diversión sirvió de gancho a la audiencia, pero no fue un salto al vacío. Hay un caldo que empieza a hervir.
En Estados Unidos, ese mismo año, el cómico Stephen Colbert anunciaba su intención de emprender la carrera a la Casa Blanca poniendo nervioso a más de uno. Su personaje televisivo parodiaba con inteligencia a los conservadores más rancios y extremistas. Jugó al ver sus expectativas (que rozaron el 13%), pero finalmente desistió después de lograr una cierta notoriedad. Quien sí lo ha conseguido ha sido otro cómico, el senador Al Franken, que se hacía con el escaño decisivo que da la mayoría absoluta a los demócratas en el Senado, a finales del pasado mes de junio, tras varios meses de batallas legales.
En Italia, hoy, el humorista Beppe Grillo es un adversario mediático a temer y a considerar, ya que, con sus iniciativas provocadoras, algunas directamente en contra de los políticos, zarandea a toda la clase política y se convierte en todo un fenómeno en la Red, que gana cada día más seguidores. Una auténtica pesadilla para la política establecida. A los que le censuran la crítica mofa, les responde orgulloso que más risa (o pena) dan algunos de los políticos que tenemos. Y no le falta razón, lamentablemente. Recientemente, anunciaba su intención de afiliarse al Partido Demócrata (PD) e inscribirse en las elecciones primarias de la formación resultante de la fusión entre los poscomunistas de Demócratas de Izquierda y los centristas de La Margarita. Heredero de la tradición bufa de Darío Fo (dramaturgo y Premio Nobel de Literatura, que afirma que “el teatro tiene que provocar al espectador. Es, también, política. Es la conciencia política del ser.” ), Grillo quiere ofrecer “una alternativa a la nada”. Ambos pretenden saltar del escenario al hemiciclo. Y ya son muchos los que les aplauden con un sonrisa. Si les parece de guasa, piensen en Berlusconi. El mismo que censuró el trabajo para la televisión estatal italiana de la conocida cómica Sabina Guzzanti, autora también del documental ¡Viva Zapatero!. Tras la primera emisión de dicho programa, este desapareció de la programación por “su vulgaridad” y por “insultar al Gobierno”. Guzzanti ha sido comparada en varias ocasiones con el director Michael Moore y se ha convertido en un claro ejemplo de que en Italia las críticas, a pesar del humor, se pagan, y caro. El humor irreverente, la crítica ácida, la sátira mordaz… han estado siempre vinculados a la política y a los políticos. Estos han sido fuente de inspiración al conectar con un sentimiento de desprecio y despecho en el que se refugian muchos ciudadanos descontentos o ignorados.
La novedad radica cuando los cómicos cambian de escenario y ven en la política una nueva oportunidad de comunicación, con nuevos registros y contenidos transgresores. Muchos espectadores, en su condición de electores, creen que la única revolución posible es la de los cómicos. Algo se mueve en el escenario y la platea empieza a dar sentido a la orwelliana Rebelión en la granja.
Antoni Gutiérrez-Rubí es Asesor de Comunicación
Ilustración de César Vignau
ANTONI GUTIÉRREZ RUBÍ

El mito no parará de crecer. La muerte –¿inesperada?– lo hace inmortal. Pero su universalidad global trasciende a la de un artista singular, único e irrepetible. Michael Jackson no dejaba indiferente y las claves para comprender su dimensión histórica solo las podremos ponderar con el tiempo. Más allá de admirarle o no como artista, de disfrutar o no con su voz, sus temas, su modo de bailar, sus actuaciones y sus videoclips, Jackson ha sido y será un incono de la modernidad. Era un artista y músico extraordinario, sí; pero sobre todo un icono del siglo XX.
El año pasado, en 2008, celebramos el vigésimo quinto aniversario de Thriller (1982), el álbum que revolucionó el pop con su música, producida por Quincy Jones, y por sus vídeos musicales, dirigidos por John Landis. El disco más vendido de la historia, con más de 100 millones de copias y 60 discos de platino, le convirtió en rey. La expectación era máxima el 13 de julio de este año para volver a ver el regreso de Jackson a los escenarios, después de vivir virtualmente como un recluso, arruinado y abandonado, a pesar de ser exonerado en 2005 de cargos por abusos a menores.
Jackson estaba gravemente enfermo, sufría de fuertes dolores en la espalda en su extenuante preparación física para cumplir con el ritual del retorno. La muerte, que muchas veces da sentido a la vida, ha evitado el morbo, la compasión o el ridículo, salvando a su héroe, una vez más.
Las claves de su dimensión global hay que buscarlas en el talento, la tragedia, la universalidad y la excentricidad.
El talento. El artista que ganó 13 premios Grammy (el primero cuando tenía 20 años) será, definitivamente, el rey del pop. Con una base de talento innata, un estilo propio inconfundible, una gran profesionalidad y una exigente capacidad de trabajo, Jackson llegó a lo más alto rompiendo esquemas. Integró baile y música en una concepción cinematográfica de la coreografía. Su precocidad fue extraordinaria; el sentido del ritmo, natural; la creatividad, desbordante.
La tragedia. Michael fue príncipe antes que rey. Él, el más pequeño, era el más grande en el escenario, el centro de atención de los Jackson Five. Una vez afirmó que “yo nunca tuve ese algo que ustedes llaman infancia”, aunque le viéramos crecer, forzado por la ambición familiar, por televisión. “Si no tienes ese recuerdo de amor de la infancia estás condenado a buscar algo por todo el mundo para llenar ese vacío. Pero no importa cuánto dinero ganes o lo famoso que te vuelvas, siempre seguirás sintiéndote vacío”. El vacío era, precisamente, su estado anímico. Adorado por millones de personas, quizás no fue capaz de amar y ser amado por tan sólo una. El niño que no quería crecer no dejaba de repetir: “Soy Peter Pan en mi corazón”.
La universalidad. Su muerte no ha hecho más que confirmar que Michael Jackson es una de las marcas universales de referencia, como lo demuestra la reacción en Internet. En Google encontramos más de 45 millones de referencias a Michael Jackson. El popular buscador también ha publicado una nota de prensa en la que confiesa que “durante la madrugada de hoy, más de 50 de las 100 búsquedas destacadas en Estados Unidos fueron para el rey del pop, así como de las letras de sus canciones”. Si hasta la noche de ayer había centenares de grupos y páginas de apoyo al cantante en redes sociales como Facebook, estos grupos se han multiplicado exponencialmente al conocerse su muerte. En solo uno de ellos, creado justo después de morir, ya cuentan ahora, mientras escribo este artículo, con casi 100.000 miembros. En unas horas.
También es tema del día en Youtube, donde incluso han creado una sección especial en su web con todos los videoclips del músico. Y en el denominado trending topic de Twitter (aquello de lo que más se habla), en el día de hoy, los tres primeros puestos hacen referencia al fallecimiento del cantante.
La excentricidad. Huía de su cuerpo, de su color, de su edad. Pasó los últimos años prisionero del disfraz permanente y de la sobreprotección. Su realidad debería de parecerle insoportable, por eso el refugio era la tortura física y estética junto a la fantasía y la ficción, casi la enajenación. “Lo maravilloso de una película es que puedes convertirte en otra persona. Me gusta olvidarme de quién soy”, dijo recientemente. Su huida era percibida como suicida para la mayoría. No debe extrañarnos que fuera precisamente Lou Ferrigno, actor que dio vida al Increíble Hulk en la pequeña pantalla, el que le preparaba físicamente para su regreso. La frontera entre la realidad y la ficción hacía mucho tiempo que se había desdibujado en su cabeza.
Una vez dijo que las personas que a las que más admiraba en el mundo eran Fred Astaire y Gene Kelly. Cuando les conoció sintió, quizás por primera vez, el calor fraterno: “Fue una fantástica experiencia, porque yo sentía que había sido aceptado en una fraternidad informal de bailarines”. Jackson será también parte de nuestra historia personal porque nos ha liberado de los complejos. Toda una generación (y las que vendrán) ha bailado, imitándole. No sentíamos pudor ni rubor, bailábamos como zombis, éramos libres. Incapaces de repetir el increíble paso
“moonwalk”, nada nos impedía intentarlo mil veces sin sentimiento de culpa. Gracias, Michael Jackson, por hacernos bailar, que es el lenguaje de la amistad, del deseo, de la diversión.
Nos cuenta una periodista que otra reina –melómana pero no artista– afirma rotundamente: “¿Abdicar? ¡Nunca!… A un rey sólo debe jubilarle la muerte. Lo deseable… es que el rey muera en su cama y alguien diga: el rey ha muerto, ¡Viva el rey!”. Michael Jackson tampoco ha abdicado de su cetro ni ha claudicado de su mito. Pero a él nadie podrá sucederle. Sólo podremos imitarle.
Antoni Gutiérrez Rubí es asesor de comunicación.
ANTONI GUTIÉRREZ-RUBÍ

Joseph Ratzinger celebra hoy cuatro años desde su entronización como Papa Benedicto XVI, justo 50 años después de que Juan XXIII convocara el Concilio Vaticano II provocando el movimiento de apertura y conciliación más importante de la historia de la Iglesia católica. Ratzinger fue servidor de Juan Pablo II desde 1981 y nombrado por él prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe. Benedicto XVI conseguía, por primera vez y después de 265 pontífices, que el responsable de la liturgia vaticana fuera escogido Papa concentrando en él los tres pilares de la Iglesia católica: liturgia, dogma y jerarquía.
Su trayectoria explica, o ayuda a comprender, muchas de las claves de su pontificado y de su obsesión y determinación por explorar y ampliar las fortalezas comunicativas de la Iglesia, que se ve sometida a una profunda tensión entre la tradición milenaria de la fe y la nueva sociedad del conocimiento del siglo XXI. Su mandato se presenta como un péndulo que va del extremo de una cierta involución doctrinaria y aperturista, al otro extremo, caracterizado por una profunda actualización de medios y recursos para la presencia pública de la Iglesia. Veamos algunas iniciativas recientes.
“La palabra de Dios” por Internet y en el iPod. En octubre de 2008, el Papa abría el XII Sínodo de Obispos en Roma con un discurso en el que proclamaba la solidez y estabilidad de la palabra de Dios frente a la incoherencia y volatilidad del capitalismo. “En el derrumbe de los grandes bancos el dinero se desvanece, no es nada (…). Sólo la palabra de Dios es una realidad sólida”. Los obispos coincidieron en la importancia de fomentar la divulgación de la Biblia y pidieron que “la voz de la palabra divina resonara a través de radios, canales de Internet de difusión virtual, CD, DVD e iPod”.
Un canal en YouTube. El Vaticano firmaba recientemente un acuerdo con Google para lanzar su propio canal de vídeos en YouTube (sin permitir las descargas), con las noticias, imágenes, vídeos y discursos del Papa Benedicto XVI. En el acto de presentación del proyecto, el pasado 23 de enero, el pontífice declaraba en su primer mensaje que es alentador ver como surgen “nuevas redes digitales que tratan de promover la solidaridad humana, la paz y la justicia, los derechos humanos, el respeto por la vida y el bien de la creación”. En su primera semana de funcionamiento, el canal registró 740.000 visitas.
Un diario que se moderniza. El diario vaticano, L’Osservatore Romano, con más de 147 años de historia, se transforma de la mano del nuevo director, el historiador Giovanni Maria Vian, que, desde su incorporación hace algo más de un año, ha fichado a nuevos colaboradores que le ayudan en su misión. Benedicto XVI le hizo una petición concreta basada en tres objetivos: más información internacional, más atención a Iglesias orientales y más mujeres entre sus autoras. El diario, con fama de ser uno de los “menos leídos y más citados del mundo”, ha cambiado de look: aunque sigue ofreciéndose en italiano, publica ediciones semanales en otros idiomas, y también tiene una página web.
Un maratón bíblico. El corresponsal jefe de la RAI en el Vaticano, Giuseppe de Carli, tuvo una idea que se ha convertido en todo un éxito de audiencia y participación nunca visto. El directo más largo de la historia de la televisión italiana, una emisión non stop durante siete días y seis noches, con la lectura –en voz alta y por turnos– de los 1.141 fragmentos del Antiguo y Nuevo Testamento, que contó con la participación de más de 1.250 lectores en la basílica romana de la Santa Cruz de Jerusalén. Desde el Papa (que inició el programa), pasando por famosos del mundo del cine o la política, a ciudadanos anónimos de distintos países, religiones, condiciones sociales y realidades personales. “Una maravillosa experiencia que ha devuelto la Biblia a las casas”, en palabras del secretario de Estado del Vaticano, Tarcisio Bertone.
Nuevos lenguajes y sensibilidades, viejos dogmas. El Vaticano está modernizando el lenguaje y los medios pero, al mismo tiempo, endureciendo la doctrina, como con “Dignitas Personae” (“La dignidad de la persona”) –la nueva instrucción sobre cuestiones bioéticas–, presentada a finales de 2008. En esas fechas, el Vaticano ponía en marcha, por primera vez, paneles solares para producir energía limpia (2.400 paneles fotovoltaicos que producen 300 MWh anuales de energía solar para la iluminación, calefacción y aire acondicionado de distintos edificios). El Papa “verde” se atrevió a decir –durante una recepción navideña a los miembros de la curia– que se necesita una “ecología que salve a la personas ‘normales’ de la amenaza de los homosexuales”, criticando también el cambio de sexo de los transexuales.
El Papa digital, ecológico, mediático… es, a la vez, un líder religioso que ha endurecido el mensaje de la Iglesia. Revolución digital e involución dogmática parece ser la apuesta de Benedicto XVI, que considera las nuevas tecnologías como un “verdadero don para la humanidad” y un canal para la comunicación, mientras advierte que la persona se aísla cuando el deseo de conexión virtual se convierte en obsesivo. Dice el portavoz del Papa, Federico Lombardi, que “Su Santidad desea encontrar a los hombres allí donde se encuentren” y con esta intención va programando sus “redes”. Benedicto XVI moderniza la Iglesia para los escenarios 2.0 mientras la atrinchera en la doctrina más conservadora. Sabe lo que hace: no en vano, ha sido el jefe de la liturgia vaticana durante muchos años. Benedicto XVI es un Papa del mundo de hoy para un Reino que no es de este mundo. A Dios rogando y con el ratón dando.
Antoni Gutiérrez-Rubí es Asesor de comunicación.
Ilustración de Zunras
ANTONI GUTIÉRREZ-RUBÍ

El discurso de Barack Obama no defraudó, aunque quizás no haya sido el mejor de los que le hemos escuchado. Fue el segundo más corto en duración de la historia en una ceremonia de toma de posesión, pero el que ha llegado más lejos en audiencia y ha calado más profundamente en los corazones y en las mentes, por su trascendencia histórica y su simbolismo.
Todo el discurso estuvo pensado, escrito, dicho y sentido en primera persona del plural (nosotros). Un repaso a los verbos del discurso no deja dudas de que Obama otorga a la política colectiva –en lugar de a la economía–, la capacidad transformadora de la realidad y la fuerza motriz del cambio: “Trabajaremos, actuaremos, lucharemos, afrontaremos, uniremos, sacrificaremos, enfrentaremos, derrotaremos, resolveremos, construiremos, volveremos, forjaremos…”. La frase que resume esta voluntad y ambición, no exenta de humildad, es: “Porque el mundo ha cambiado y nosotros debemos cambiar con él”.
El “Yes, we can” (“Sí, podemos”) de la campaña ha sido sustituido por un “Sí, debemos” de la presidencia. Obama elabora, a pesar de la brevedad, una profunda reflexión sobre el concepto del deber. No son los principios morales (ni religiosos, ni ideológicos) o las obligaciones legales y constitucionales las que alimentan en exclusiva el deber del gobernante. Es la comprensión y consciencia de que su acción tiene transcendencia y provoca consecuencias en “los otros”. Para un país que se siente amenazado y en crisis, pero que es la primera potencia del mundo, anclar la política en la responsabilidad de los actos y sus consecuencias –en lugar de ejercer el poder como instrumento de una convicción, por legítima que sea– supone un gran cambio.
Aunque Obama no habló, en ningún momento, de los “aliados”. No citó a Europa, por ejemplo. Ni a sus vecinos. No habló como líder de las democracias occidentales, sino como candidato a ser líder del mundo. No pretende situarse frente a nadie, sino delante. Es un cambio conceptual de consecuencias geoestratégicas determinantes.
La ceremonia fue una gran “superproducción” cinematográfica. Un plató natural, en vivo y en directo, con dos millones de extras. Todo pensado para causar un efecto magnético y memorable a la altura de la dimensión histórica, simbolizada en la cronometrada entrada de todos los presidentes anteriores junto a sus esposas, que representaba la transición y la continuidad institucional. El acto estuvo concebido con un gran dominio de la composición y del cromatismo coral. Desde las blancas camisas a las corbatas a juego con las bufandas, rojas y azules, del presidente y del vicepresidente (los colores de la bandera), hasta los colores llamativos de los abrigos de Michelle (con acento latino, de la diseñadora norteamericana, nacida en Cuba, Isabel Toledo), Malia y Sasha.
Precisamente, las niñas nos ofrecieron dos de las escenas más personales, humanas y delicadas del acto. Dos momentos íntimos a la luz de todo el mundo. Sasha, de siete años, se dirigió a su padre con un gesto muy explícito: el pulgar de la mano derecha levantado, con el cual parecía darle su aprobación. Aunque, curiosamente, en otros países, como Nigeria, Australia o Irán, el mismo gesto podría ser considerado de mal gusto e, incluso, como un insulto.
Por su parte, Malia, de diez años, se dedicaba a hacer fotografías con una pequeña cámara digital para inmortalizar este histórico día. Como si las imágenes oficiales no fueran suficientes para esta preadolescente, que necesitaba captar la realidad con sus propios ojos, como ha hecho desde el inicio de la campaña electoral.
El arquetipo de la familia marcó, también, la estructura del discurso de Obama como metáfora de su compromiso. Las referencias a su padre conectaban con las referencias a los Padres Fundadores y a nuestros antepasados (“esos hombres y mujeres que lucharon, se sacrificaron y trabajaron hasta tener las manos en carne viva, para que nosotros pudiéramos tener una vida mejor”). Las citas a las generaciones anteriores sintonizaban con las alusiones directas a la actual generación de norteamericanos y a su responsabilidad con las generaciones futuras (“que los hijos de nuestros hijos puedan decir que, cuando se nos puso a prueba…”).
Los valores de la familia son los valores de la nación, la gran familia americana: “Es el valor del bombero que sube corriendo por una escalera llena de humo, pero también la voluntad de un padre de cuidar de su hijo; eso es lo que, al final, decide nuestro destino”. Y, de nuevo, la familia global, la humanidad, es el concepto de referencia básico. La nueva fraternidad: “Sabed que Estados Unidos es amigo de todas las naciones y de todos los hombres, mujeres y niños que buscan paz y dignidad, y que estamos dispuestos a asumir de nuevo el liderazgo”.
Bush afirmó en su último titular: “Hoy es un buen día para América”. No sabemos si lo dijo en un rapto de sinceridad, porque se iba él o porque llegaba Obama. El presidente correspondió agradeciéndole los servicios prestados. Hay una pequeña discusión sobre si Obama se quedó en blanco al pronunciar su juramento o si, por el contrario, el juez del Tribunal Supremo, John Paul Stevens, fue demasiado rápido. Pero de lo que no hay duda es de la firmeza, la seguridad, el aplomo y la convicción con que pronunció sus palabras, las haya escrito el director de sus speechwriters, o no. En cualquier caso, la historia no juzgará al joven Jon Favreau, sino al 44º presidente que las pronuncia. Esa es la diferencia histórica entre escribir lo que se piensa o hacer lo que se dice.
Antoni Gutiérrez-Rubí es Asesor de comunicación
Ilustración de José Luis Merino