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Dominio público

Opinión a fondo

Palabras para cambiar el mundo

06 nov 2008
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ANTONI GUTIÉRREZ-RUBÍ

11-06.jpgSólo tengo una palabra para vosotros: mañana”, afirmó Obama en su último mitin de campaña en Manassas (Virginia), donde desde 1964 no se había votado por un candidato demócrata. Allí más de 90.000 personas fueron a verle, convencidas de la importancia que para sus vidas, en lo personal, tendría ese momento histórico. “Tras décadas de políticas rotas, ocho años de políticas fallidas, 21 meses de campaña, estamos en el momento decisivo en el que podemos llevar al país el cambio que necesita”. Así concluyó Barack Obama la campaña más larga y dura, pero a la vez la más esperada y esperanzada, que nunca se haya celebrado.

Obama ha hecho sentir a los activistas que le han dado su apoyo que no les pide –simplemente– el voto, su dinero o su tiempo voluntario para convencer a los indecisos. Obama se ofrece como un líder que nace y se crece en la comunidad: “Habéis enriquecido mi vida. Me habéis emocionado una y otra vez. Me habéis inspirado. A veces, cuando estoy deprimido, me habéis levantado. Me habéis llenado de nueva esperanza por nuestro futuro”. Él, que así les hablaba la víspera electoral, es el mismo hombre afroamericano que ayer ganó las elecciones presidenciales de 2008. Es imposible no conmoverse y no comprender el vértigo de la historia en el estómago de los que “allí estuvieron”.

Obama ha realizado una campaña especial, donde las palabras han recuperado todo su protagonismo en la vida política, de la que nunca debieron ahuyentarse. Palabras que sustentan ideas, palabras que transportan emociones, palabras que devienen en música para compartir. Y su discurso más importante y definitivo ha sido el de la noche del recuento electoral en el Grant Park de Chicago, ya como presidente electo. Un discurso pensado, escrito y declamado para una audiencia global más que para los 100.000 simpatizantes que lo arropaban o los millones de compatriotas que le seguían por radio, televisión o Internet.

Obama quiere recuperar el liderazgo político de Estados Unidos en el mundo. Su apuesta es triple: el liderazgo del conocimiento y la tecnología para superar la obsoleta economía del petróleo; la fuerza del diálogo como matriz de unas nuevas relaciones e instituciones internacionales, consciente que el poder sin razones es insostenible; y la recuperación del orgullo del sueño y del modelo norteamericano: “Si hay alguien que haya puesto en duda la democracia de este país, hoy ha tenido respuesta”. Y añadió: “Hemos conseguido demostrar que 200 años después, el Gobierno de la gente y para la gente no ha desaparecido de la tierra, esta es vuestra victoria”.

Obama sabe que sólo podrá hacerlo sobre las bases renovadas de un orden económico y financiero internacional de nuevo cuño. Que la autoridad no es lo mismo que la jerarquía. Que la legitimidad nace de un profundo sentimiento cívico, democrático y ético. Un discurso radicalmente diferente al de Bush, en el inicio de su segundo mandato, cuando prometía proyectar el poderío “ilimitado” de su país. Obama es un neonacionalista americano, de dimensión internacional. “El mensaje que hemos lanzado hoy al mundo es que no somos una serie de estados azules o rojos, de demócratas o republicanos, sino que somos los Estados Unidos de América”, proclamaba el presidente en su discurso global.

James Baldwin (que fue un escritor estadounidense afroamericano y activista, precursor del movimiento de derechos civiles y cuyos temas principales en su obra son el racismo y la sexualidad en los Estados Unidos de mediados del siglo XX) decía que “escribimos para cambiar el mundo. El mundo cambia en función de cómo lo ven las personas y, si logramos alterar, aunque sólo sea un milímetro, la manera como miran la realidad, entonces podemos cambiarlo”. Obama lo va a intentar. Siente una fuerza interior, de connotaciones religiosas y de profundas convicciones humanistas que le sustenta y tiene, además, una buena estrella. Barack es una palabra de origen semita que en hebreo significa bendecido y baracka significa en árabe don divino y, por extensión, suerte.

Obama escribe bien (lo hemos comprobado en sus dos libros autobiográficos y en las notas de sus discursos), pero interpreta todavía mejor. Su capacidad de persuasión oratoria radica en un excelente control del ritmo y de la entonación. Una cadencia sonora que, con trasfondo musical, acompaña una cuidada y seductora selección de palabras clave: esperanza, cambio, mañana, podemos. Palabras que movilizan como un himno y que articulan un sentimiento cívico de fuerte capacidad política y electoral.

El final de su discurso de ayer es casi litúrgico. Como en los salmos bíblicos, y en las ceremonias religiosas, su “Yes, we can” se transformó en respuesta coral, creciente y entusiasta por parte de sus fieles. Una comunión absoluta de confianza en su líder. Muchas personas que han asistido a sus mítines y reuniones no dudan en afirmar que esa experiencia ha sido la más impactante que han vivido desde el punto de vista emocional. No exageran cuando lloran, cuando se emocionan, cuando se abrazan o cuando levantan sus brazos y su mirada en busca del contacto con el nuevo político de la esperanza. Están convencidas que la política democrática y la unidad nacional puede revertir el curso de sus historias personales predestinadas a futuros inciertos.

Lo consiga o no, Obama ha entrado en la Historia por la puerta reservada a muy pocas personas. Va a necesitar mucha baracka y mucho acierto para hacer frente a los retos del planeta. Dice que quiere cambiar el mundo. Demasiada ambición para un hombre solo, aunque sea el presidente del país más poderoso. Pero Obama ha conseguido algo fundamental: que todos nos sintamos un poco obamas, reverdeciendo la esperanza política en tiempos de zozobra colectiva.

PD: También ganó en Manassas, 44 años después.

Antoni Gutiérrez-Rubí es asesor de comunicación

Ilustración de Mikel Jaso

Obama: consignas o discursos

27 ago 2008
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ANTONI GUTIÉRREZ-RUBÍ

obama-tocado.jpg

Cuando tienes que cambiar de estrategia siendo el favorito, es que las cosas van muy mal. Y si no, que se lo pregunten a Hillary Clinton, que ya probó esta receta sin éxito. Eso es lo que le está pasando al equipo de campaña y al mismo Barack Obama. Desde su virtual nominación como candidato demócrata hasta la Convención Demócrata de Denver, donde será oficialmente designado, la opinión pública norteamericana se le ha vuelto recelosa y desconfiada, al mismo tiempo que la internacional le admira y desea su victoria.

Barack Obama es el preferido por el 70% de la opinión pública mundial, pero el próximo Presidente de los Estados Unidos de América lo eligen los norteamericanos y no, por ejemplo, los alemanes. Doscientos mil de ellos le escucharon recientemente en Berlín durante su gira europea, en el que ha sido –hasta ahora– su mitin más numeroso, bajo el recuerdo histórico de la visita de J. F. Kennedy en 1963. Tanto éxito internacional ha despertado parte del sentimiento unilateral de la América profunda. Algunos norteamericanos prefieren ser temidos a amados.

Mientras el candidato iba de gira, daba un giro centrista a su discurso y se disparaba la Obamanía. Los estrategas de McCain se han empleado a fondo en minar las bases de Obama, quien ha mostrado una sorprendente mandíbula de cristal ante la publicidad negativa. Los republicanos han atacado sin pudor y sin complejos, utilizando la mentira y la difamación y retratando a Obama como una estrella engreída, elitista y radical, alejada de los problemas reales de los estadounidenses. Algunos electores también se han desconcertado –otros directamente se han decepcionado– por algunos cambios o matices en su propuesta política, no suficientemente bien explicados.

El resultado ha sido que se han creado dudas (este era el principal objetivo) sobre el candidato y se han
cohesionado, además, las propias fuerzas ante la amenaza real de su victoria. Esto es lo que explica el espectacular vuelco en todas las encuestas que sitúan de media a McCain cinco puntos por delante, cuando sólo hace un mes estaba siete por debajo. Siembra dudas y recogerás votos, dicen los duros. Y todo ello llega en plena Convención Demócrata.

McCain y sus estrategas no han tenido que pensar mucho. Sólo han puesto más dinero, más descaro y agresividad. Parte de las campañas hostiles ya habían sido ensayadas por Hillary y su equipo, como cuando la senadora acusaba a Obama de que “los discursos no dan de comer”. O como cuando su principal asesor, Mark Penn, le recomendó cuestionar la falta de raíces nacionales de Obama con el argumento de “tener una conexión limitada con los valores básicos y la cultura estadounidenses”. Las consignas negativas están ganando, de momento, la partida a los discursos de cambio y esperanza.
Precisamente, una de la principales virtudes de Obama, su retórica y su probada capacidad de comunicación, se señalan ahora por sus adversarios como un síntoma de debilidad y de falta de realismo, convicción o compromiso. McCain presentará, coincidiendo con la Convención de su rival, un anuncio radiofónico de 60 segundos, en español e inglés, con el punzante título de Compromiso versus retórica dirigido a la comunidad latina, que será –sin duda– el voto decisivo. En él se presenta el esfuerzo del republicano para mejorar las leyes de inmigración en el Congreso y se contrapone a la palabrería del demócrata. “Cuando los hispanos necesitaron un amigo, ¿quién estuvo allí? ¿Quién habló por ustedes?: John
McCain”, concluye el mensaje.

Obama ha reaccionado y, seguramente, a tiempo. Por primera vez en esta larga campaña ha decidido atacar a su rival con munición gruesa. La vacilación de McCain al responder a una pregunta del diario digital Político sobre cuántas propiedades tiene (“preguntaré a mi personal”, dijo) ha sido el detonante de la rápida y nerviosa reacción de la maquinaria del Partido Demócrata, dirigida por Howard Dean, para lanzar un duro ataque por todos los medios de comunicación, incluyendo los digitales y las redes sociales.

La artillería apunta al republicano en tres debilidades. Primera, la sinceridad: las preocupaciones por las hipotecas de los estadounidenses de quien no sabe cuántas propiedades tiene no son creíbles. Segunda, los intereses: la notable fortuna del candidato y de su mujer son parte del mundo de relaciones económicas cruzadas entre lo público y lo privado que muñen los lobbies de Washington y contra los que Obama dice que quiere luchar. Y tercera, la dependencia de los estrategas: si McCain tiene que preguntar a sus asesores (“mi personal”) por algo tan personal… qué no hará cuando tenga que enfrentarse a temas mucho más relevantes.

Cambiar de estrategia puede ser la solución. Pero también es un síntoma de debilidad en las propias convicciones, ofrece posibles contradicciones, puede desconcertar a los simpatizantes y animar a los adversarios satisfechos de marcar la agenda de campaña. ¿Dónde encontrará Obama la mayoría presidencial? ¿Con más cambio o con menos? En su equipo hay quien cree que la etapa de las redes sociales y los activistas de base ya pasó y que, ahora, es el momento de la publicidad convencional y la maquinaria de partido. Obama puede ganar… y perder. Todo depende, fundamentalmente, de él mismo. El principal rival de Barack se llama Obama.

Si abandona el discurso de cambio esperanzado ganará la consigna republicana de soluciones seguras. Es la hora de complementar su perfil, por ejemplo, como ha hecho con la elección del experimentado senador por Delaware y actualmente jefe de la comisión de Relaciones Exteriores del Senado, Joseph Biden, candidato a vicepresidente. Es la hora, también, de ajustar y concretar el mensaje de cambio, pero no a costa de olvidar la esperanza suscitada entre los sectores más dinámicos y jóvenes de la sociedad norteamericana a lo largo de los últimos 17 meses. Con ellos ha llegado hasta aquí, y sin ellos no llegará a la Casa Blanca.

Antoni Gutiérrez-Rubí es Asesor de Comunicación

Ilustración de Mikel Jaso

Zapatero y el laberinto de las palabras

26 jul 2008
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ANTONI GUTIÉRREZ-RUBÍ

07-26.jpgNo, no estamos tan mal, compañeros y compañeras”, dijo José Luis Rodríguez Zapatero en su discurso final del 35º Congreso del PSOE, ante una militancia huérfana de líder y derrotada de manera humillante en las elecciones generales del año 2000. Con su discurso ganó, por la mínima, aquellas primarias socialistas, y con esas palabras iniciales resumió la fuerza de su actitud personal y política. Dicen que tuvo fortuna porque el azar le ayudó con el sorteo de las intervenciones y habló el último. No fue suerte, ganaron la determinación, la ambición y el optimismo. Y unas buenas alianzas.

Han pasado dos legislaturas desde aquel año 2000. Una en la oposición, como Bambi, y la otra en el Gobierno, como ZP. Ahora cumple 100 días de su segundo mandato consecutivo y rinde cuentas. Fiel a su estilo personal (el carácter explica muchas cosas) y convencido de su baraka contagiosa, repite de nuevo que no estamos tan mal. Saca pecho de la tarea iniciada, exhibe números y gráficas, recuerda logros y compromisos. La palabra dada, dice, se cumple. Pero parece que falla la química entre el presidente y la opinión pública, y la brillante chispa de antes, hoy parece un destello demasiado fugaz. Y las alianzas flaquean. ¿Qué ha pasado?

Estos 100 días han transcurrido, en términos de comunicación política, alrededor de muy pocas palabras, de entre las que destacan: consulta, miembras, corbata y crisis. Hemos hablado más de las palabras, sobre su uso o su propósito, que de las políticas que representan. Cuando el debate es semántico, la polarización aumenta, los matices se desdibujan y las posibilidades de caer en el fuego cruzado –amigo y enemigo–, aumentan.

Más que nunca, hay que calcular las alianzas para liderar el debate social y mediático. Hacerlo sin una tupida red, sin suficientes apoyos, puede ser devastador. La soledad es el principio del fin en política. El Gobierno debe volver a tejer sus alianzas con los creadores de opinión para afrontar con éxito la legislatura. Está en juego la percepción pública, la antesala decisiva de la opinión pública.

El caso de la palabra miembras es ilustrativo. Error involuntario o cálculo sobrevenido, el balance es desigual. La opinión pública recordará la palabra (y el debate), pero no el nombre de la ministra o sus propuestas políticas. Es tan fuerte la polarización que ha devorado a su instigadora, abriendo una brecha por la que han entrado misóginos, machistas y adversarios políticos disfrazados de guardianes de la lengua. Ha iniciado un debate necesario, quizás, pero no urgente aquí y ahora. De nuevo, la prudencia y la lectura de oportunidad ayudan y son imprescindibles. La habilidad política consiste en transformar lo potencial en real. Para ello, a veces, hay que saber parar, cambiar el paso y desandar lo andado, para volver con más fuerzas, para ganar batallas de fondo.

También es revelador observar qué ha pasado con la palabra crisis, mientras esta se instalaba en la economía y en la psicología. El pasado 8 de julio, casi exactamente tres meses después del 9 de marzo, el presidente del Gobierno pronunció esa palabra, por primera vez –y en dos ocasiones–, en una entrevista televisiva. El desgaste había sido excesivo y el titular fue: “Al fin, lo dijo”. Aunque en la reunión del 18 de junio en la Moncloa, todos los líderes sindicales y empresariales se conjuraron en no pronunciar la palabra maldita, convencidos o persuadidos de que no hay que llamar al mal tiempo.

Pero el chaparrón ya estaba calando hasta los huesos. De nada sirvieron las sutilezas léxicas y los subterfugios conceptuales. Era una crónica de una muerte anunciada. Es cierto que todos los manuales de crisis recomiendan generar confianza como una de las recetas para incentivar el consumo y paliar la desaceleración. Pero no a costa de perder la credibilidad y la centralidad. A veces, llamar a las cosas por su nombre estimula tanto como el optimismo. Sobre todo, cuando todo el mundo lo hace. “El pesimismo no crea un puesto de trabajo”, ha reiterado Zapatero. Cierto, pero el voluntarismo no crea confianza política, imprescindible para crear puestos de trabajo, entre otras cosas.

Los electores tienen un instinto especial. Valoran la determinación en los líderes políticos. Pero cruzar la débil frontera entre la tenacidad y la tozudez puede ser letal para un dirigente, si así se percibe por parte de la opinión pública. La constancia se premia. El empecinamiento se castiga porque se identifica con arrogancia o, lo que es peor, con ignorancia.
El Gobierno recupera la iniciativa y parece pasar de la discusión por las palabras al compromiso de los hechos. La cita entre Mariano Rajoy y José Luis Rodríguez Zapatero del pasado miércoles, y las comparecencias públicas del ministro Pedro Solbes han marcado un nuevo rumbo en la respuesta política y estratégica al desafío económico. El próximo martes, previsiblemente, el Gobierno volverá a reunirse con los líderes de CCOO, UGT, CEOE y CEPYME. Hay un documento compartido que se configura como la hoja de ruta para salir de esta travesía, que se intuye larga, y puede que nos obligue a la reedición de unos segundos Pactos de la Moncloa.

El Gobierno tiene tiempo y margen para la reacción política y para una renovada comunicación. Ya lo advirtió Felipe González en el mítin del Palau Sant Jordi de Barcelona en las pasadas elecciones: “Lo habéis hecho bien, pero lo habéis comunicado mal”. Hay una nueva oportunidad. La convocatoria de tres Consejos de Ministros en el mes de agosto no es una pose; es un cambio de actitud positiva caracterizado por el realismo y la actividad concertada y pactada con las fuerzas sociales y políticas. Pasados los 100 primeros días, empiezan los 1.000 decisivos. “Pese a las dificultades, somos un país fuerte, también socialmente” dice ZP. Vamos a verlo. Ahora toca demostrarlo.

Y comunicarlo mejor.

Antoni Gutiérrez-Rubí es asesor de comunicación

Ilustración de Iván Solbes 

Obama ante el desafío decisivo

08 jun 2008
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ANTONI GUTIÉRREZ-RUBÍ

06-08.jpgObama juega al baloncesto, y bastante bien, dicen. El destino ha querido que el desenlace de las primarias demócratas se haya resuelto la misma semana en que se inician los play-offs entre los Lakers y los Celtics, que recobran todo su esplendor y nos recuerdan aquellos duelos épicos e inolvidables de la NBA. En la década de los 80, el mejor jugador de los Lakers era un negro, Magic Johnson, de sonrisa contagiosa. Su virtuosismo con la pelota, su habilidad y creatividad bajo el aro, se enfrentaban al quinteto liderado por un blanco lechoso y un poco patoso, Larry Bird, de muñeca prodigiosa. Un tirador extraordinario, resistente y luchador hasta la extenuación.

Obama sabe que en el baloncesto, y en la política, las alternativas son constantes, que una buena defensa es tan importante como un buen ataque, que una canasta triple (los grandes discursos) suman lo mismo que tres buenos tiros libres (las frases sencillas), que los partidos se juegan y se ganan hasta en el último segundo. Y que no hay enemigo pequeño aunque seas muy hábil con la pelota.

Obama llega, al duelo con McCain, agotado, pero muy curtido. Sin duda más preparado psicológica y políticamente que hace unos meses. Ha aprendido a sufrir, a pelear por cada rebote. Es, hoy, un candidato más humilde todavía, consciente de que la mitad de su victoria hay que atribuírsela a los muchísimos e impropios errores de Hillary. Además, se enfrenta a un auténtico luchador, John McCain, un hombre con una trayectoria personal de película, de héroe de guerra, capaz de soportar las más inimaginables torturas. Un viejo patriota contra un nuevo americano.

McCain ha aprendido mucho de las primarias de sus rivales. Ha ido a remolque en las últimas semanas, incapaz de encontrar un hueco ante la pugna fratricida de los demócratas, pero ha tenido ya dos aciertos. Primero, no caer en la tentación de vender “experiencia” (como hizo Hillary), a pesar de su edad. Él también se presentará como “nuevo” e intentará arrebatar la bandera del “cambio”, la palabra talismán de Obama. Pero su cambio será tranquilo y en la dirección correcta, ha dicho. Y el segundo acierto ha sido retar, con 10 debates temáticos, a su joven oponente para evidenciar que, después del duelo titánico de estilos, egos, razas y sexos…, de lo que se trata ahora no es de quién es más atractivo sino más efectivo para dirigir el destino de los Estados Unidos de América. McCain quiere demostrar que no le tiene miedo a la Obamanía.

Veteranía y juventud. Obama tiene 25 años menos que McCain. Los electores no podrán abstraerse de esta realidad generacional a la hora de preguntarse por la capacidad de su futuro comandante en jefe para superar todas las adversidades. Obama es listo y no caerá: utilizará su juventud como un activo político, pero va a demostrar una energía vital en las próximas semanas que hablará por sí sola.

Tradición y modernidad. McCain no engaña. Se vende solo. Su aspecto es fiel reflejo de su política. Se muestra siempre con mucha naturalidad. Es su única oportunidad. El premio no sólo es la presidencia sino la victoria frente al candidato más moderno y contemporáneo. La épica sería enorme para él y una reivindicación de la tradición y la estabilidad frente al riesgo del cambio. Hay un transfondo rural y urbano en este duelo electoral. La América profunda frente a la cosmopolita. La religiosa y conservadora frente a la del hip hop y las nuevas tecnologías.

Seducción o seguridad. Obama seduce, McCain convence. El joven candidato quiere hablar, negociar, pactar. El viejo soldado, hijo y nieto de famosos almirantes de la armada, prefiere ganar, intimidar e imponer. Todavía cree en la supremacía moral, militar y política donde el destino histórico ha situado a su país. Obama empieza a comprender que la superioridad no es garantía de victoria, como la fuerza no lo es de la paz, y que el liderazgo que se acepta es tan fuerte como el que se toma.

Las elecciones van a suponer un ejercicio de psicoanálisis nacional en directo y difundido a todo el mundo. Los dos candidatos representan, con su propia identidad, las dos Américas que no se reconocen mutuamente y que desconfían, profundamente, la una de la otra. Los norteamericanos se fueron a dormir, tranquilos y satisfechos, pensando en el fin de la historia y en que eran la potencia única. Y las pesadillas de las amenazas globales (del terrorismo a la dependencia energética) les han despertado del sueño –abruptamente– entre sudores y sustos. La lista de retos pendientes es abrumadora. Además, aprender a vivir multilateralmente será tan complicado para los norteamericanos como lo ha sido pretender vivir unilateralmente. El pánico puede apoderarse de los electores, si Obama les enfrenta a su propia realidad. Encontrar la dosis adecuada de cambio necesario será la llave del éxito de su campaña.

Obama es también un buen jugador de billar, como lo ha demostrado con las carambolas consecutivas que ha conseguido. Le gusta el billar americano, bola a bola, siguiendo las reglas del juego y hasta el final. Precisión, habilidad, técnica, concentración y belleza plástica. En el otro lado de la mesa atlántica le espera impaciente Zapatero, que lleva mucho tiempo queriendo jugar, y que también juega al baloncesto en el patio de la Moncloa con sus amigos, aunque no le han faltado carambolas políticas en su vida. El presidente no debería desaprovechar la primera oportunidad que tenga para echar unas canastas con el candidato Obama, ahora que ha anunciado una nueva etapa de las relaciones con España si, finalmente, resulta elegido. No hay nada como uno contra uno bajo el tablero. Aunque éste será otro desafío.

Antoni Gutiérrez-Rubí es asesor de comunicación

Ilustración de Iván Solbes 

El hombre que susurraba a los electores

24 may 2008
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ANTONI GUTIÉRREZ-RUBÍ

05-24.jpgSi la semana próxima Barack Obama se proclama candidato del Partido Demócrata para competir en las presidenciales norteamericanas del próximo noviembre será, fundamentalmente, por sus palabras y por su relato político. Pero también por su “voz”. No exagero. Sus palabras “son” diferentes, sí; pero sobre todo se “escuchan” y se “sienten” diferentes. Me explicaré.

Hay algo en la campaña de Obama que puede pasar desapercibido, aunque está permanentemente presente en todas sus intervenciones y en su personalidad. Obama se dirige a los asistentes a sus mítines o a los telespectadores en los debates o en sus anuncios televisados o radiados con una voz muy peculiar que parece casi un susurro. La reacción psicológica de las personas que le oyen es pensar que cada una de ellas es la destinataria única de sus palabras. Aunque sea en compañía de otras 75.000 personas, como en el mitin del pasado domingo en Portland (Oregón), el más numeroso de esta larga campaña. Palabras en tu oído, cerca de ti, como una confidencia, como una caricia. El “color de la voz” se configura a partir del tono, la intensidad y el timbre. Y tiene en cada individuo sus propios matices, que la hacen única y difícilmente imitable, como la del senador.

Barack Obama ha llegado al corazón de los norteamericanos haciéndoles soñar, proponiéndoles una esperanza. Es un político pero, sobre todo, es un líder emocional que propone un reto conmovedor y colectivo: “Mi fe en el pueblo estadounidense ha sido justificada, porque a cada lugar que voy las personas dicen ‘estamos preparados para el cambio, queremos algo nuevo, queremos dar vuelta a la página, queremos escribir un nuevo capítulo en la historia’ y ahora es tu turno, es tu turno de decir ‘Es tiempo de un cambio”. Parece un predicador.

O un rapsoda. Will.i.am, el rapero, ha ganado uno de los premios Webbys (los “Oscar” de Internet) por su vídeo y canción Yes, we can. Un éxito musical (y político) que fusiona la imagen y la voz real del candidato, durante su famoso discurso, con la imagen de distintos artistas que van cantando cada una de las palabras clave pronunciadas por Obama al ritmo de una pegadiza música. Un vídeo, visto por más de 20 millones de personas en febrero pasado, que ha revolucionado la comunicación política audiovisual.

Obama se ha equivocado, en sus palabras, muy pocas veces. Como cuando dijo que algunos compatriotas que viven y trabajan en medios rurales están “amargados”. Y casi descarrila. La pesada artillería de Hillary Clinton (y también el juego sucio) cayeron sobre él acusándole de “elitista”. El candidato, con prudencia y paciencia, respondió: “Bien, puede que no haya elegido las palabras correctas. No sería la primera vez ni la última”.

También ha sido capaz de ofrecernos otros registros además de la seducción: tristeza, reflexión y calma, mucha calma. Como la mostrada ante las palabras –“horribles”, según el candidato– del que fuera su pastor y guía espiritual, el doctor Wright, que podían asociarle al odio racial y al resentimiento. Incluso en el peor momento, Obama no alzó la voz. De nuevo el lento, suave y armonioso discurso ofrecía su lado más balsámico y creíble. No perdió los nervios, no alteró el tono.

El miedo ha estado presente en esta larga carrera por la nominación. Al Gore dice que los políticos se dividen en dos grupos: los que apelan al miedo o los que reclaman confianza. Hillary Clinton ha intentado convencer sobre el hecho de que el futuro presidente de los Estados Unidos debe tener una voz fuerte y experimentada, como la suya, para hacer frente a los peligros que acechan al país. Clinton ofrece volumen y gravedad, Obama una voz con “criterio”, dispuesta al diálogo con todos, incluso con los hostiles. The New York Times (aunque hizo público inicialmente su apoyo a la senadora) criticó duramente a Clinton por sus tácticas de campaña: “Ya es hora de que la senadora Hillary Rodham Clinton reconozca que la negatividad, de la que es responsable en gran medida, sólo le hace daño a ella, a su rival, a su partido y a las elecciones de 2008”. Otra vez, la voz y las palabras de Obama han transmitido más tranquilidad que la visceralidad racista, con tintes agónicos, de Hillary en su último –¿y definitivo?– error, al sugerir que “los trabajadores blancos” debían apoyarla para seguir en carrera.

El susurro de Obama ha llegado lejos. Los electores le han escuchado, porque han podido oírle con nuevos registros. Ha calmado a los escépticos, ha convencido a los superdelegados (uno a uno, como las fichas de un dominó) y ha seducido a la mayoría del star system de Hollywood y de la industria musical. También a las voces digitales y en red que se han multiplicado por Internet para hacer llegar su mensaje. Obama es también el político de moda entre los adolescentes.

Recientemente, el senador de Pennsylvania, Bob Casey, justificó (y confesó) su apoyo gracias a la influencia de sus hijos. “Is your momma for Obama?” es una campaña con un site en Internet especialmente dedicado para que jóvenes escolares muestren su apoyo (y sobre todo el de sus padres) a favor de Obama. Cuidado diseño, gran capacidad viral, grupo propio en Facebook y muchos recursos disponibles, que convierten esta página en una muestra de cómo Obama ha sabido encontrar un registro, un medio, un lenguaje y un objetivo para cada target. Una voz para cada oído.

Obama es el candidato de las palabras, pero sólo será presidente por sus ideas y sus soluciones. Su mejor arma, hasta ahora, ha sido un clásico micro de bola en la mano. Ese fascinante instrumento que le acompaña mientras se pasea, casi siempre al margen del atril, por el mínimo escenario de su campaña, rodeado de seguidores. Allí, casi absortos, los elegidos creen que escuchan la voz del futuro presidente de los Estados Unidos. La voz de la esperanza y del cambio.

“Mi oponente pronuncia muchos discursos, algunos de ellos bonitos discursos, pero los discursos no dan de comer ni llenan el depósito de gasolina ni pagan las medicinas”, ha dicho Hillary, y acierta aunque se equivoca en el tiro. De momento, el hombre que susurra a los electores puede ganar la nominación.

Antoni Gutiérrez-Rubí es asesor de comunicación

Ilustración de Mikel Jaso 

Políticas para otra política

15 abr 2008
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ANTONI GUTIÉRREZ-RUBÍ

04-15.jpgLa igualdad entre géneros llegará cuando las mujeres puedan cometer los mismos errores que los hombres y no se las insulte por ello.

Amelia Valcárcel
Filósofa

La primera vez es importante en la política, como en la vida. Se recuerda imborrable y cambia o marca, casi siempre, la historia, sea personal o colectiva. La primera Ley de Igualdad, el primer Ministerio de Igualdad, la primera vez que hay más mujeres que hombres en el Gobierno y la primera ministra de Defensa configuran –por ejemplo– una carta de presentación atractiva y muy mediática. La primera vez indica la dimensión de los cambios, su carácter fundacional, el punto de partida. Pero la transformación, es decir, la auténtica política, necesita segundas y terceras veces. La continuidad, la perseverancia, la determinación para ampliar las primeras veces y convertir la senda angosta en caminos transitables es un ejercicio que conjuga mal con la autocomplacencia, que siempre tienta.

El orgullo –legítimo– de iniciar un camino que nadie intentó antes, la coherencia íntima de hacer lo que se cree justo e inaplazable, la voluntad política de cumplir los compromisos con hechos y conciliar lo que se piensa con lo que se dice y lo que se dice con lo que se hace pueden provocar cierta relajación, por exceso de satisfacción ética o estética. Necesitamos hitos, sí; pero, sobre todo, necesitamos hechos constantes para superar tanta discriminación.

El combate contra el machismo y, todavía más, contra la misoginia en la política es tan exigente como el que debemos afrontar en la sociedad, en la vida familiar y en las empresas. Y tiene unas características específicas que hacen de este combate un reflejo, inequívoco, de la capacidad que tendrá la política, en su conjunto, para reconciliarse con la sociedad y recuperar parte de la valoración perdida que nuestros ciudadanos tienen –sobre todo– en los partidos políticos y en la política representativa.

La primera consideración es que la política democrática y, en particular, las opciones progresistas deben feminizar sus estructuras, sus propuestas y sus estéticas. A la pregunta sobre si garantizar la mitad del poder, como respuesta a la representación paritaria de la sociedad, es condición necesaria para otra política, hay que responder afirmativamente, sin dudarlo. Pero la condición necesaria puede no ser suficiente si la paridad y la progresiva normalización de la incorporación de las mujeres en todos los órganos de decisión y en todos los sectores, sean los cuarteles o los consejos de administración, no van acompañadas de una permanente feminización de la política y de la manera de practicarla.

A las mujeres políticas, como a todas las demás, se las juzga doble cuando ejercen tareas directivas y se les paga la mitad en las otras, o no se les pagan, o se les añaden esfuerzos, en las cotidianas. La hostilidad y, en algunos casos, la falta de respeto y el mal gusto (El batallón de modistillas de ZP, Antonio Burgos, 14-04-08) con los que algunos medios se han hecho eco del pestilente olor de prejuicios y opiniones de corte machista y misógino hacia el nuevo Gobierno o hacia las nuevas portavoces parlamentarias son un dato muy preocupante. Y un indicador clarísimo de las dificultades a la que hay que hacer frente.

El machismo tiene muchas caras: la soez, la humillante, la sexista, la agresiva, la violenta. Todas execrables. Pero también tiene la cara taimada, la socialmente aceptada y casi imperceptible, que contamina el discurso y las actitudes disfrazando el prejuicio de falsa cortesía, de disimulada desconfianza o de profundo recelo. Cuando no de celos y envidia, directamente, sin pasos intermedios.

Los sintomáticos conatos de condescendencia (“la recibiremos con el mismo respeto y más delicadeza si cabe”) que se conocen de las primeras reacciones de la cúpula militar no serán un problema para el ejercicio de la autoridad para la nueva ministra. Ésa no es la cuestión. La jerarquía forma parte del ADN de la cultura castrense. Pero no se trata del poder, sino del poder diferenciado. De ejercerlo igual que ellos sin tener que ser como ellos, ni parecerlo, ni disculparse por ser diferente. Por ejemplo, la sonrisa espontánea de Carme Chacón no será un inconveniente para su autoridad, pero sí es una oportunidad para que ésta se note de manera diferenciada. Si renuncia a ella para intentar ganar respetabilidad, quizás se equivoque y no consiga el efecto deseado. Para entendernos, mandar firmes –con autoridad y a la vez con una sonrisa, si quiere– es el reto.

Vivimos un momento extraordinario. Actualmente, hay 14 mujeres en la presidencia de sus estados o en la jefatura de sus gobiernos, aunque la paridad en los parlamentos y en los ejecutivos está lejos todavía. Otras, como Hillary Clinton, están en pleno proceso electoral y pueden ampliar esta lista. Todas han tenido que hacer política en contextos sociales dominados fuertemente por clichés y estereotipos machistas, sexistas y discriminatorios. Todas han pagado un precio muy alto, con renuncias importantes y sacrificios adicionales. Pero allí donde gobiernan la acción política es –mayoritariamente– diferente, más justa, más igualitaria. Más democrática, en definitiva.

En 2007, la Unión Interparlamentaria, organización que agrupa a los parlamentos del mundo y que tiene estatus de observador permanente en Naciones Unidas, publicó un estudio que demuestra que las políticas públicas de orientación social cambian (y mucho) cuando las mujeres gobiernan.

Las mujeres que hacen política pueden, y ejemplos no nos faltan, comportarse con los roles y estereotipos culturales del machismo político. Pero también pueden, y mayoritariamente, incorporar otras escalas de valores en las relaciones (personales, sociales, institucionales, políticas), con otras sensibilidades y renovados matices. Y, sobre todo, con otra agenda y prioridades. Políticas para otra política.

Antoni Gutiérrez-Rubí es asesor de comunicación y autor del libro Políticas

Ilustración de Patrick Thomas

Elecciones de noche y día

10 mar 2008
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ANTONI GUTIÉRREZ-RUBÍ

03-101.jpgEl pueblo soberano ha hablado. Una curiosa e interesante coincidencia ha convertido este fin de semana en una doble cita electoral. Chiquilicuatre irá a Belgrado representando a España en el concurso de Eurovisión 2008 por decisión popular. El sábado por la noche los espectadores bailaron, cantaron y eligieron. Al día siguiente, transformados en electores, también votaron, pero en silencio, casi de luto. No era un día para muchas bromas.

El resultado del concurso y del programa televisivo Salvemos Eurovisión puede que no salve a España del habitual y reiterado ridículo europeo al que nos tiene acostumbrados recientemente; pero ha significado la irrupción definitiva de la cultura iconoclasta y guasona del friki con tecnología hacker.

Recientemente los frikis ya han llegado a la política. Ariel Santamaría, al frente de la Coordinadora Reusenca Independiente (La Cori), ya ha ganado –de momento– un sillón consistorial en el Ayuntamiento de Reus disfrazado también de Elvis Presley. Con sus inseparables gafas oscuras, su tupé y su chiquichiqui Rockero, Ariel participa activamente de la vida municipal dando la nota pero no siempre desentonando en el conjunto. Algo tendrá Reus, que es la cuna de Buenafuente y de Santamaría. Y también la villa que ha acogido los inicios profesionales de Carles Francino, que dirige las mañanas de
la Ser; o los pinitos políticos de uno de Sus hijos más conocidos, Ernest Benach, que hoy dirige las otras mañanas y las tardes del Parlament de Catalunya en su calidad de presidente.

La presencia del cómico en política es un síntoma profundo de una respuesta cívica ante el hartazgo o la decepción. El anuncio de Eva hache, al inicio de su temporada televisiva, de presentarse a las próximas elecciones generales con el objetivo de desembarcar “a lo bestia” en la vida política española, ha sido sólo un tanteo oportunista de una estrategia de márketing, de momento. Pero ahí queda y da pistas.

Hay antecedentes de cómicos y presentadores que, aprovechando su popularidad mediática, decidieron probar suerte en la vida política. El cómico Colouche lo intentó en las presidenciales francesas de 1981. Y el humorista italiano Beppe Grillo, con sus iniciativas provocadoras en contra de los políticos, es un temible adversario mediático que zarandea a toda la clase política y es un fenómeno europeo en Internet. Una auténtica pesadilla para la política establecida. A los que le censuran la crítica mofa, les responde orgulloso que más risa (o pena) dan algunos de los políticos que tenemos. Y no le falta razón, lamentablemente.

Las posibilidades de los asaltos descarados y provocadores han sido probadas con éxito por Rodolfo Chiquilicuatre y su canción Baila el chiki-chiki, con letra de Santiago Segura. Otro niño malo que se ríe de todos (y de él mismo) con el éxito –en términos de audiencia, merchandising y taquilla– de su galería de personajes demenciales. Torrente alardea de “resultados” frente a los que contraponen éxito y calidad, audiencia y buen gusto.

Con la tecnología y la cultura de un hacker, Chiquilicuatre –y su troupe– han actuado como un gusano troyano (uno de los virus informáticos más peligroso) y han colado un producto de La Sexta en la mismísima gala de Televisión Española. Para ello, ha contado con la complicidad de las redes sociales y del gusto canalla que provoca romper los corsés de lo establecido, de lo aceptable, de lo razonable. Encontrar las grietas de los sistemas informáticos es muy parecido a encontrar las
de las instituciones públicas, por ejemplo. Un aroma de anarquía pacífica, de poder alternativo, excita estos retos.
Hay también una cierta sorna y guasa con los símbolos patrios de los que la canción de Eurovisión no se escapa. Son demasiados años de cita periódica con la argamasa del espíritu nacional: la selección y Eurovisión han configurado parte de nuestra arquitectura épica. El episodio de la frustrada –e innecesaria– letra del himno lo ilustra muy bien. Mientras hay quien se toma muy en serio, casi dramáticamente, los símbolos nacionales hasta hacerlos irrespirables, otros prefieren el sentido del humor, la desmitificación y la burla, si es necesario. Estoy seguro que derrotar a José Luis Uribarri y su trasnochado fervor por las “canciones de verdad” con intérpretes “con voz fuerte y música festivalera”, fue un aliciente más de la noche. Raffaella Carrà, más inteligente y profesional, con vena cómica, comprendió mejor el juego de roles y emociones de la noche.

Chiquilicuatre es un friki pero no es cutre. En su exitoso desafío hay habilidad tecnológica, mediática y profesional. Un actor con larga trayectoria y, detrás, una factoría de éxitos televisivos. Hay ingenio mordaz e irreverente actitud de quien dice no querer romper ni un plato pero lanza por los aires toda la vajilla de porcelana. El caradura descarado irrita a algunos, pero es el colega para una amplia generación hedonista, satisfecha y con ganas de jugar que tiene nuevas lógicas y nuevos ídolos.
Baila el chiquichiqui recuerda el estribillo de la popular Velvet Mornings y su “Triki, triki, triiiiiki, triiiki, triki, mon amour, triki, triki, triki, triiiiii” del inolvidable Demis Roussos. No sé si los serbios, después del desgajo de Kosovo, están para muchas bromas y, en su caso, si su sentido del humor balcánico coincide con el de Chiquilicuatre. Hay un fondo de provocación irónica en su reto de brillantina que conecta muy bien con el hastío y el cansancio creciente hacia la cultura (y la política) formal en nuestra sociedad. Hay ganas y necesidad de remover, agitar y subvertir los escenarios de lo previsible y propinar una burlesca bofetada en la cara del sistema. Los frikis han entrado ya en Eurovisión, quizás para no salvarla.

Antoni Gutiérrez-Rubí es asesor de comunicación

Ilustración de Álvaro Valino