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Dominio público

Opinión a fondo

Reflexiones sobre una tragedia

10 ago 2011
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Antonio Guterres
Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados y ex primer ministro de Portugal

Hace unos días celebramos el 60 aniversario de la Convención de Ginebra sobre los Refugiados, que surgió por el fuerte sentimiento de “nunca más” impulsado por la terrorífica experiencia de la Segunda Guerra Mundial. Se ha adaptado y ha perdurado durante seis décadas de grandes cambios, pero continúa dependiendo de estados tolerantes, abiertos y compasivos.
Noruega es uno de ellos. Gobernado por un primer ministro cuyo propio padre en su día lideró la organización que tengo el privilegio de dirigir, Noruega ha sido reconocida durante mucho tiempo por su generosidad, su tolerancia y su devoción por la paz. No es casualidad que sea la sede del Premio Nobel de la Paz.
Que este país haya sido objeto de un ataque tan tremendamente brutal y sin sentido como el del pasado 22 de julio es la más cruel de las ironías.
En ACNUR nos ha entristecido especialmente. Entre las víctimas del tiroteo en la isla de Utoya había refugiados y personas en situaciones similares a la de los refugiados que habían sido reasentadas, precisamente en Noruega, por ser un lugar pacífico, por su tolerancia y su generosidad.
Además, entre los muertos por la explosión en Oslo había una antigua colega. Una persona que había trabajado con ACNUR como Joven Profesional (JPO), una de las mejores y más brillantes del país. Una mujer dinámica, dedicada y trabajadora, deseosa de aprender y compartir, plurilingüe, abierta y alegre. Asesinada. Me quedo sin palabras cuando intento buscar un sentido a todo esto. Al haber sido tocado tan de cerca por la tragedia, es inevitable el peligro de que la tristeza dé paso a la ira. Es comprensible. Pero sería un error.
El presunto autor de la masacre asegura que la llevó a cabo en respuesta al multiculturalismo y a las políticas proinmigración de Noruega. Estas se caracterizan, según él, por ayudar a los musulmanes a “asumir el control de Europa”. El voluminoso manifiesto online de este individuo parece haber sido inspirado en parte por blogueros y escritores de todo el mundo que advierten de la amenaza planteada por el islam. La celeridad con la que algunos medios de comunicación atribuyeron inicialmente la autoría del atentado a los extremistas islámicos es reveladora a este respecto, aunque parece que al menos un grupo extremista había reclamado la responsabilidad.
La xenofobia y la demonización del islam no son cotos exclusivos del salvaje homicida. Estos sentimientos, desgraciadamente, se apoyan a menudo en una amplia corriente –populista– de políticos y en algunos círculos mediáticos de Europa y de más lugares. Muchos se quejarán diciendo que no hay necesariamente un vínculo entre el chovinismo nacional y el asesinato, pero en el autor de los crímenes de Noruega vemos que no existe tampoco ninguna contradicción entre ambas cosas.
Los mensajes de alteridad, exclusión y miedo tienen consecuencias. Contaminan el discurso y degradan nuestras sociedades. Disminuyen lo mejor de nosotros, lo que condujo a la Convención que protege a los refugiados vulnerables y perseguidos. Erosionan los valores de tolerancia y respeto por la dignidad humana que son realmente universales, ya sean establecidos en instrumentos jurídicos internacionales o en las tradiciones de protección y hospitalidad de las culturas y las religiones, incluyendo el islam.
Creo que el multiculturalismo es bueno e inevitable. Todas las sociedades tienden a ser multiculturales, multiétnicas y multirreligiosas. Lo contrario favorece el conflicto, un punto que articuló Amartya Sen en su libro Identidad religiosa y violencia: “La insistencia, aunque sólo sea implícita, en una singularidad no elegida de la identidad humana, no sólo nos empequeñece, sino que también hace que el mundo sea más inflamable”.
En tiempos de ansiedad como los que estamos viviendo, con economías inestables y la gobernanza global cambiando de lo unipolar hacia algo nuevo, todavía indefinido, la gente se inclina por lo que le es familiar, por las cosas tradicionales que le proporcionan tranquilidad. Las novedades y los cambios no tranquilizan, pero estos son indudablemente aspectos de la inmigración.
Tanto si se trata del miedo a que los extranjeros nos quiten el trabajo o a que nos impidan la recuperación de un pasado imposible que tenemos mitificado, como si se trata de un miedo psicológico profundo no reconocido a vernos nosotros mismos desplazados a algún otro lugar, la reacción es siempre la misma: lo nuevo y lo no tradicional es una amenaza que hay que repeler. La ansiedad hace que la gente y las sociedades sean más rígidas y esta rigurosidad termina dirigiéndose contra los inmigrantes. Es una reacción tan habitual que puede malinterpretarse como algo natural.
Normalmente, en el discurso sobre la inmigración, no se distingue que los refugiados se trasladan involuntariamente en busca de una protección que sus estados no pueden o no quieren ofrecerles. Los refugiados se convierten en un daño colateral de las actitudes antiinmigración y de las políticas provocadas, por el miedo y la incertidumbre. Si miramos hoy a Europa, allá donde las economías corren mayor peligro veremos altos niveles de sentimientos contra los extranjeros, que en algunos lugares desembocan en violencia. Y en un lugar en concreto, en un asesinato en masa.
Lograr sociedades tolerantes y armoniosas requiere un compromiso de inclusión social y económica y una inversión en políticas para llevarlas a cabo, tanto por parte del Gobierno como de la sociedad civil.
Si hay que sacar algo en claro de lo que la desolación ha llevado hasta allí, que sea el compromiso renovado por los valores de la generosidad, la tolerancia y la paz, por los que el país es conocido. Celebremos Noruega, incluso mientras expresamos nuestra solidaridad con el pueblo noruego.

Ilustración por Dani Sanchís

Exilio permanente

12 dic 2008
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 ANTONIO GUTERRES

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Los refugiados son un símbolo de nuestros tiempos turbulentos. Cada vez que estalla un nuevo conflicto, los periódicos del mundo y las televisiones se llenan de imágenes de masas en movimiento huyendo de su propio país con tan sólo sus ropas a la espalda y las pocas pertenencias que son capaces de llevar encima. Los que sobreviven al viaje dependen de que los países vecinos tengan a bien mantener abiertas sus fronteras y de la capacidad de las organizaciones humanitarias para proporcionarles comida, cobijo y otras necesidades básicas.
Pero ¿qué pasa una vez que el éxodo se termina y que el mundo ha girado su atención hacia la siguiente crisis? En la inmensa mayoría de los casos, los refugiados son olvidados, obligados a pasar los mejores años de su vida en campamentos destartalados, expuestos a toda clase de peligros y con sus derechos y libertades seriamente restringidos.
El problema de las situaciones de refugio prolongadas ha alcanzado enormes proporciones. De acuerdo con las estadísticas más recientes de ACNUR, alrededor de seis millones de personas (sin contar con la situación especial de los más de cuatro millones de refugiados palestinos) han estado viviendo en el exilio durante al menos cinco años. Los refugiados se encuentran en esta situación en más de 30 lugares diferentes en todo el mundo, pero principalmente en países de África y Asia que además luchan por hacer frente a las necesidades de sus propios ciudadanos.
De hecho, muchos de estos refugiados están atrapados en los campos y comunidades en los que se alojan. No pueden volver a sus hogares, porque sus países de origen –Afganistán, Irak, Myanmar, Somalia y Sudán, por ejemplo– están en guerra o se producen graves violaciones de derechos humanos. Sólo un pequeño número de estos refugiados tiene la suerte de ser reasentado en Australia, Canadá, Estados Unidos o en algún otro país desarrollado. En la mayoría de los casos, las autoridades de los países en los que han encontrado refugio no les permitirán integrarse con la población local u obtener la ciudadanía.
Durante los largos años de exilio, los refugiados tienen que hacer frente a una vida muy dura y difícil. En algunos casos, carecen de libertad de movimiento y de acceso a la tierra, y les está prohibido encontrar un trabajo. A medida que pasa el tiempo, la comunidad internacional pierde el interés por este tipo de situaciones. Los fondos se agotan y los servicios fundamentales, como la educación o la asistencia sanitaria, terminan estancándose y deteriorándose.
Alojados en campamentos abarrotados, sin ingresos económicos y sin apenas actividades en las que emplear su tiempo, sufren todo tipo de males que aquejan las sociedades, como prostitución, violaciones y violencia. No es de extrañar que, a pesar de las restricciones, muchos se arriesguen a ir a zonas urbanas o intenten emigrar a otros países, poniéndose en las peligrosas manos de redes de traficantes de seres humanos.
Las niñas y niños refugiados sufren enormemente en estas circunstancias. Una parte cada vez mayor de exiliados ha nacido y crecido en el entorno artificial de los campos de refugiados. Sus padres no pueden trabajar y, en muchos casos, dependen de las escasas raciones de comida proporcionadas por las agencias de ayuda humanitaria. E incluso, si volviera la paz a sus países de origen, estos chicos regresarían a una patria que nunca han visto y cuya lengua local ni siquiera hablan.
Me parece intolerable que el potencial humano de tantas personas sea malgastado durante su tiempo en el exilio, por lo que es imprescindible que se den los pasos necesarios para buscar una solución a su apremiante situación. En primer lugar, se requiere un esfuerzo conjunto para detener los conflictos armados y las violaciones de derechos humanos que fuerzan a las personas a huir de sus países y las obligan a vivir como refugiadas. A este respecto, la ONU juega un papel particularmente importante, ya sea a partir de la mediación, de la negociación, del establecimiento de misiones de mantenimiento de la paz o del castigo a quienes han sido encontrados culpables de crímenes de guerra.
En segundo lugar, aunque los fondos sean escasos debido a la crisis financiera, se deben dedicar todos los esfuerzos a mejorar las condiciones de los refugiados de larga permanencia. Se debería poner especial énfasis en proporcionar a las poblaciones exiliadas una forma de ganarse la vida, educación y formación. Al poner a su disposición estos recursos, los refugiados podrían llevar una vida más productiva y gratificante y prepararse para el futuro, donde quiera que sea.
Finalmente, mientras no solucionemos las situaciones de refugio prolongadas trasladando a estas personas a regiones más desarrolladas, las naciones más ricas deberían demostrar su solidaridad con los países que albergan a un gran número de refugiados acogiendo a una parte de ellos, especialmente a aquellos cuya seguridad y bienestar corren un grave riesgo.
Este problema es responsabilidad de la comunidad internacional en conjunto y sólo se puede abordar de manera efectiva por medio de una acción colectiva coordinada. Debemos asegurarnos de que la asistencia proporcionada a los refugiados también beneficie a las poblaciones locales.
Asimismo, hay que animar a la comunidad internacional a proporcionar un apoyo adecuado a aquellos países que están dispuestos a nacionalizar a los refugiados y darles la ciudadanía. Y tenemos que establecer un enfoque más eficaz para el retorno y la reintegración de los refugiados en sus países de origen. De este modo, les permitiremos beneficiarse del proceso de construcción de la paz y contribuir al mismo.

Antonio Guterres es Jefe de ACNUR y ex primer ministro de Portugal
Ilustración de  Gallardo