Dominio público

Opinión a fondo

Baltasares pintados

05 Ene 2010
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ANTUMI TOASIJÉ

01-04.jpgVarios vídeos que hoy en día pueden visualizarse en Internet bajo el título White doll, black doll o Black doll, white doll muestran el mismo experimento llevado a cabo en Estados Unidos con varias décadas de diferencia. En los vídeos más antiguos podemos ver referencias al estudio del matrimonio de psicólogos africano-norteamericanos Kenneth Clark y Mamie Clark, llevado a cabo entre los años 1939 y 1940 y filmado también en los cincuenta. En el mencionado experimento, se exhibe individualmente a niñas y niños negros de corta edad dos muñecos con aspecto de bebés, idénticos salvo por el hecho de que uno de ellos es negro y el otro blanco. El resultado muestra que la inmensa mayoría de los niños negros eligen a los muñecos blancos y desechan los negros. Cuando se les pregunta, los niños aseguran que los muñecos negros se les parecen más, pero que son “malos” o “feos”. El horrible dato, contextualizado, hiere pero no hace sangrar: gracias al peritaje de los Clark, el Tribunal Supremo de Estados Unidos decidió en 1954 que las escuelas segregadas eran inconstitucionales. ¿Eran otros tiempos?

En 2006, una estudiante neoyorquina negra de 16 años rueda el documental A girl like me (Una chica como yo). La muchacha había aprendido en su entorno familiar a estimarse y sentirse orgullosa de ser negra y en el documental recoge una serie de testimonios que revelan los estereotipos estético-raciales y, sobre todo, los complejos de los propios africano-norteamericanos contra el pelo rizado, los rasgos africanos o la piel negra. En el filme se decide a repetir el mismo experimento que hubieran llevado a cabo los Clark. ¿El resultado? El horror: nada ha cambiado, las niñas y niños negros siguen prefiriendo los muñecos blancos, se siguen reconociendo en los muñecos negros y siguen diciendo que los muñecos negros son “malos” o “feos” y los blancos “hermosos”. Tras la exhibición de Una chica como yo, varias cadenas de televisión decidieron repetir por su cuenta el experimento, con iguales resultados. ¿Qué estaba pasando en las mentes de esos pequeños para que se odiaran tanto a sí mismos? Tal vez parte de la respuesta la encontremos en la excelente película de Spike Lee Bamboozled, en la que un productor blanco de contenidos televisivos y un guionista negro en horas bajas deciden recrear los personajes propios del minstrel –precursor de los musicales norteamericanos–, en el que se representa a los negros como estúpidos, campechanos, graciosos, glotones tragones de sandías, vagos y ladrones, cantan y bailan grotescamente al estilo del viejo sur, tienen el rostro pintado con carbón y los labios embadurnados con carmín.

La imagen de las personas negras se ha ido perfilando principalmente representada por blancos cargados de prejuicios racistas. España no es una excepción. Con el tiempo, los conocidos Conguitos han ido cambiando su chocante e insultante fisonomía, pero otros productos siguen manteniéndola tercamente en pleno siglo XXI. Hace poco, La Cubana estrenaba el musical Cómeme el coco, negro, en cuyo cartel se ofrecía la agraviante imagen de uno de esos grotescos mal llamados “negritos” de labios rojos que todo el mundo conoce. Poco después, una popular publicación escribe con total desvergüenza acerca del disfraz de Halloween de la hija adoptiva de Angelina Jolie y Brad Pitt: “Me han vestido de Batman para no tener que limpiarme la cara de betún”.

En este contexto, el Centro Panafricano lanza una campaña contra los Baltasares pintados. Cada año, millones de niños se agolpan alrededor de los recorridos de las cabalgatas en la víspera del Día de Reyes para ver llegar, con permiso del intruso Papá Noel, a los ídolos de la Navidad española. Ya se sabe que, inicialmente, la tradición de los Reyes Magos no especificaba las razas de los oferentes que representan la sumisión de las creencias paganas a Jesucristo. Con el correr del tiempo y, sobre todo, a partir del siglo XVI, se decidió que los magos serían tres y que uno de ellos sería negro. La figura de Baltasar recoge un mito común en la Europa medieval: en aquella época, la mayor parte del oro que pasaba al norte del Mediterráneo procedía del África negra. El emperador de Malí Mansa Musa se había ganado fama de generoso por sus regalos en oro durante su peregrinación a la Meca de 1324-1326. Así se fue configurando una bella tradición que, al margen de creencias religiosas, pone sin duda en una posición muy honrosa a las personas negras, porque una buena puesta en escena hace más que cien campañas institucionales contra el racismo. Sin embargo, también año tras año, toda una serie de individuos, a menudo concejales y personajes públicos, insisten en estropear el efecto positivo de Baltasar, presentándolos ridículamente embetunados y a veces con chillones labios rojos, como en la peor época del ministrel del profundo y racista sur.

Los niños no son tontos, saben que esto es una impostura, suelen huir de un Baltasar cuyos pringosos besos destiñen y manchan. Pero también se hacen preguntas. Los niños negros se preguntan: ¿por qué no podemos ser públicamente y orgullosamente negros, por qué nos tienen que representar como monstruos? Y los niños blancos se preguntan: ¿por qué los negros no pueden participar en las fiestas?

Integración no significa comer plátano frito con paella en ferias gastronómicas, sino que va más allá: es un esfuerzo colectivo por el reconocimiento y la visibilidad de la diversidad. La visibilidad de la existencia de los africano-descendientes que también cada día hacemos este país es una acción positiva que debe penetrar las psique de los niños negros y los niños blancos para que llegue el día en que elijan los muñecos en base a sus gustos personales y no en base a traumas inducidos por adultos absurdos y desfasados.

Antumi Toasijé es historiador Panafricanista. Director del Centro de Estudios Panafricanos

Ilustración de Javier Olivares

Jóvenes: idealistas y equivocados

24 Ago 2009
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dominio-08-24.jpgAntumi Toasijé

Pocas veces el nombre dado a un grupo es tan significativo y directo: Boko Haram, “la educación occidental es pecado”. Como en la mayoría de países del mundo, los jóvenes en Nigeria necesitan ideales para afrontar futuros inciertos y el grupo, también conocido como los talibán, se nutre sobre todo de estudiantes y jóvenes en una situación de desempleo que promete ser duradera. Su última asonada, duramente reprimida por la Policía y el Ejército nigerianos, ha dejado estos días un resultado de más de 300 muertos. Sin embargo, no todos estos jóvenes proceden de familias empobrecidas, sino que, se afirma, entre ellos están algunos de los hijos de influyentes comerciantes con conexiones con el poder político, y esta es la razón por la cual, aseguran los moderados, el grupo no ha sido desmantelado hasta ahora. Liderados por el misterioso y abatido por el Ejército Mohammed Yusuf –del que apenas se sabía sino que acreditaba una alta educación, hablaba correctamente varios idiomas y tenía aparentemente un elevado nivel de vida–, surgieron en 2004 en el norte de Nigeria, concretamente en el Estado de Borno, una región con una larga tradición islámica que se retrotrae a los tiempos en que el afamado y muy desarrollado imperio de Kanem-Bornu abrazó dicha fe, en torno al 1200 de la era Occidental.

Ya en los siglos XVI y XVII, los Kanuri estaban en estrecho contacto con el Imperio Otomano, que les abastecía de mosquetes con los que consolidar su hegemonía en la zona. Posteriormente, tras la irrupción de la corriente islámica renovadora de Usmán Dan Fodio hace casi 200 años, entraron en una decadencia rematada por la colonización británica que los incorporó a los territorios de lo que vendría a ser la actual Nigeria. Los alrededores del lago Chad –una masa de agua que, dicho sea de paso y como el mar de Aral, está desapareciendo a pasos agigantados– siempre han sido un lugar excelente para el comercio y la comunicación entre África y Oriente Medio, y actualmente sirven de estación de repetición de lo que me permito llamar recolonización ideológica del África negra.

Tras la crisis del petróleo de los setenta del pasado siglo, el precio del crudo sufrió una destacada caída que sumió al país más poblado de África, dependiente en el 90% del oro negro, en una profunda crisis de la que todavía no se ha recuperado. En aquel momento comenzó un largo período de paro, desgaste institucional y corrupción que fue tan fructífero para la literatura y el cine nigerianos como tan nefasto para la convivencia social y la estabilidad política de un país con un descomunal potencial económico y cultural. Aquellos tiempos de crisis coincidieron con la expansión de la política de becas de los países islámicos de Oriente Medio, como Emiratos Árabes Unidos, Omán y la propia Arabia Saudí. Jóvenes, sobre todo del norte de Nigeria, aprovecharon la oportunidad que se les brindaba, dada la bancarrota existente, y acudieron en masa a estudiar a las universidades de los países en los que las interpretaciones más estrictas del Islam estaban a la orden del día. A su regreso, los estudiantes se constituyen en una fuerza de transformación que a partir de 1999 logra la imposición de la Sharia en los 12 estados norteños de los 36 que conforman la República Federal nigeriana. Al tiempo que se producía esta radicalización, inaudita en la zona, ciudadanos procedentes de los estados sureños, fundamentalmente cristianos protestantes –en mayor medida Ibos–, se introducían en el norte huyendo del colapso económico del sur. Y no les ha ido nada mal, pues actualmente controlan la mayoría de la economía del norte, con empresas de toda índole que conforman una vasta red de comercio dirigida y gestionada por cristianos cuyos principales clientes son musulmanes. Esta situación ha desembocado con frecuencia en violencia religiosa desde los años 80, con periódicos ataques a iglesias cristianas que son contestados por los musulmanes atacando comercios. Se decía que, hasta el presente, el Gobierno no tomaba cartas en el asunto por no irritar a los musulmanes, que son la mayoría de la población y que son casi hegemónicos en instituciones como el Ejército.

Es el tiempo de los escándalos internacionales de los juicios absurdos de Amina y Safiya, condenadas a lapidación y cuyas sentencias, por fortuna y por presión internacionales, nunca fueron ejecutadas. Estas campañas arrojaron una imagen de Nigeria totalmente distorsionada porque no tuvieron en cuenta que la estructura federal del país, al igual que la de Estados Unidos, permite a sus estados legislar independientemente en cuestiones como la pena de muerte. Los jóvenes idealistas africanos están hartos de Occidente; hace tiempo que se han dado cuenta del atraco a mano armada de los recursos económicos y humanos en connivencia con estados africanos más occidentalizados y ven en los talibán y Al Qaeda una forma heroica de librarse del actual estado de cosas. Jóvenes idealistas y equivocados que, faltos de ideología panafricanista, perciben el Islam radical como revolucionario y como algo más cercano a África que el cristianismo; y en ello se equivocan, porque tanto una como otra son religiones nacidas fuera del continente.

El surgimiento de los islamistas radicales en África con notables precedentes, como Sudán, Somalia, Kenia y Tanzania, viene alimentado por la dejadez de la mayoría de los gobiernos africanos en fomentar una conciencia continental panafricana coherente con las culturas tradicionales, camino que abrieron los líderes de las independencias. Una senda que las políticas torticeras del norte sobre los países del sur han acabado por bloquear casi completamente al ahogar los movimientos emancipadores africanos, fomentando magnicidios, falsas revoluciones y golpes de Estado. En definitiva, una de tantas políticas interesadas que acabarán por volverse en contra de sus creadores.

Antumi Toasijé es Historiador. Director del Centro de Estudios Panafricanos

Ilustración de Mikel Casal

La doble piel de Jackson

03 Jul 2009
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ANTUMI TOASIJE

dominio-07-03.jpgEl fallecimiento del inigualable cantante, compositor y bailarín africano-norteamericano, conocido como el rey del pop, en su domicilio de Holmby Hills (Los Ángeles) debido a un ataque cardíaco ha producido reacciones encontradas, una inevitable sorpresa por lo repentino de su desaparición y, en no pocas personas, una honda tristeza contenida. Contenida porque Jack-
son parecía tener dos caras y, a medida que había ido dejando atrás su fisonomía negra, se acrecentaban públicamente sus excentricidades, en ocasiones temerarias. Michael Jackson ha sido un genio indiscutible de la música pop, soul y en cierto modo también del rock, poseedor de cualidades musicales extraordinarias, entre ellas el denominado oído absoluto y una visión escenográfica que ha supuesto una revolución en la cultura popular universal que incluye el vídeo universalmente más visionado Triller. El artista que más discos ha vendido en toda la historia de la música ostenta decenas de récords, entre los que destaca el ser el músico que ha donado más dinero a causas benéficas con más de 300 millones de dólares.

No todos recuerdan que para que Jackson entrase en la MTV fue necesaria la presión de los grupos de defensa de los derechos civiles, porque se debe señalar que el artista ha vivido todas las etapas recientes del proceso histórico africano-norteamericano, desde los asesinatos de Martin Luther King y Malcolm X hasta la victoria de Obama. He aquí el gran misterio de Michael Jackson, y es que, paradójicamente, a la par que su rostro cambiaba desde los rasgos africanos hasta un malogrado intento de ser algo parecido a una persona blanca extremadamente parecida a su amiga Liz Taylor, su discurso musical y la parafernalia de sus videoclips se volvían cada vez más afrocéntricos y mostraban con orgullo una proximidad hacia lo más africano en él, sobre todo a partir de We are the world (1985). Ya en el vídeo del tema Remember the time (1991), ambientado en el antiguo Egipto, Jackson caracteriza a los egipcios clásicos como lo que realmente fueron, personas negras y altivas, lo que suponía un desafío a la imagen de la historia de África, imagen que procuró dignificar en cada ocasión que se le presentó. Todos los fans recuerdan sus bailes sensuales junto a Naomi Campbell en In The Closet en el álbum Dangerous (1995); allí mismo, el vídeo Black or white maravilló por el uso del morphing digital, mientras que, en una joya ofrecida al final de dicho vídeo, el cantante se explaya en una agresiva coreografía en la que se convierte en humano desde una pantera negra, en evidente alusión al grupo político africano-norteamericano y revienta símbolos nazis y del Ku Klux Klan.

Entonces, ¿cuál es la razón de su transformación física de negro a blanco? Confieso que siempre fui uno de los que creyeron que Jackson, aparte de su evidente complejo de Peter Pan, tenía complejos raciales producto tal vez de la terrible infancia vivida bajo la severa fusta de su padre Joseph Jackson. No tendría nada de especial que, lamentablemente, un artista decidiera cambiar por completo y tan desafortunadamente su imagen si no hubiera existido una historia tan desoladora de opresión y exclusión sobre las personas negras en Estados Unidos en particular y en el mundo en general. Esto es lo que ha hecho que las dos caras de Jackson se convirtieran en un testimonio muy polémico de la deserción del artista negro más famoso de todos los tiempos. Esta aparente traición a la justa causa de los africanos de las diásporas han hecho de Jackson un ejemplo de la devastación que el racismo puede causar sobre una persona. En apoyo a esta idea están, además del blanqueamiento de su piel, las diversas operaciones de nariz y aparentemente de otras partes de su rostro, así como el alisamiento del pelo y finalmente la similar transformación de su hermana Latoya. Por desgracia, en la actualidad, en África y en India fundamentalmente, el blanqueamiento masivo de la piel por parte sobre todo de mujeres que se aplican productos químicos abrasivos y extremadamente tóxicos es un serio problema médico fomentado por la falta de conciencia estética. Es una plaga que algunos comparan, a mi entender equivocadamente, con el cáncer de piel entre los millones de personas blancas que se exceden en su exposición al sol en las playas de todo el mundo, buscando un tono de piel más oscuro.

Si Jackson tuvo algo de responsabilidad indirecta en multiplicar complejos por el mundo, esto es algo muy difícil de delimitar y tal vez injusto, por ello, tras su muerte, indago sobre la realidad de esta transformación y me encuentro en Internet con decenas de vídeos que parecen demostrar de un modo muy directo que, en efecto, el artista sufría la terrible enfermedad despigmentante del vitíligo. Independientemente de la veracidad o falsedad de todos estos tristes escándalos, el hecho es que figuras geniales y planetarias como Jackson tienen una enorme influencia sobre la visión que se tiene de las personas africano-descendientes en el mundo. No se debe despreciar el potencial transformador de una figura pública de semejante calibre. Ser negro no es una cualidad sólo externa y, si hipotéticos arqueólogos del futuro hallaren el cadáver de Jackson, no dudarían en afirmar que era un varón negro. En cualquier caso es cierto que todos los africanos y africano-descendientes hubiéramos deseado un Jackson negro por fuera y por dentro, con un solo rostro, pero él es lo que fue y no lo que nos hubiera gustado. El tiempo probablemente ponga en su lugar las diversas acusaciones, entre ellas las más increíbles, las de pederastia, pero es indiscutible que este niño eterno nacido en Gary (Indiana), el 29 de agosto de 1958, en el seno de un humilde familia africano-norteamericana, séptimo de una familia de nueve hermanos, marca el principio y el fin de una época turbulenta y muy creativa que no volverá jamás.
Antumi Toasije es historiador. Director del Centro de Estudios Panafricanos

Ilustración de Mandrake

Somalia envenenada

24 May 2009
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 ANTUMI TOASIJÉ

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Un aforismo español afirma que, a río revuelto, ganancia de pescadores. En este caso, los pescadores que ganan son los de las decenas de países que pescan en aguas de Somalia sin pagar ninguna clase de arancel y cuya ganancia asciende, según el Congreso Somalí de Canadá, a 300 millones de dólares anuales. Tampoco es parca la ganancia de las navieras y comerciantes que necesitan pasar por aguas somalís, pues esquivando Yemen ahorran cientos de millones de dólares. Pero hay otros pescadores peculiares, pescadores que, más que pescar, hacen lo contrario, es decir, arrojar cargas envenenadas por la borda cuando nadie mira.

En los siglos de la edad de oro de la piratería, esta se concentraba en el mar Caribe, por el que cada año surcaban miles de buques cargados con el producto del sudor y la sangre de millones de africanos esclavizados que trabajaban gratuitamente para que Europa lo derrochara en los dispendiosos fastos de las monarquías absolutas y en las guerras interétnicas que sacudían el continente. No menos de un tercio de estos piratas eran personas esclavizadas que habían conseguido escapar de la opresión y la ignominia del más productivo crimen de la Historia de la humanidad, la esclavitud de africanos en América. Ya por entonces existía la contaminación por metales pesados, sobre todo por los productos utilizados en los procesos de minería del oro y la plata. En la actualidad, poco parece haber cambiado en el mapa del saqueo y las justificaciones morales para matar pájaros a cañonazos son las mismas que entonces.
Cuando en 2008 los ex pescadores somalís asaltaron el buque ucraniano Fania cargado con armamento no declarado, el representante de los corsarios Januna Ali aseguró que “se tomaban el rescate en pago por la destrucción de las costas somalís por la basura tóxica”. Entonces, en medio de la polémica por el destino de las armas, pocos medios se hicieron eco de estas declaraciones, pero esta puede ser otra de las razones por la que Wardheer News asegura que más del 70 por ciento de la población local apoya las acciones de estos hombres de mar por considerarlas una forma de defensa de los intereses
nacionales.

El Partido Verde Europeo puso de manifiesto que, ya en 1992, las compañías Suiza Achair Partners e Italiana Progresso negociaron con determinados señores de la guerra arrojar basura tóxica en las costas del Cuerno de África, si bien ambas firmas han negado este extremo. El oportunismo ha llevado desde entonces a decenas de compañías de diferentes países a arrojar sin pedir permiso, ni siquiera a las débiles e ilegítimas autoridades de los estados semi independientes, decenas de toneladas de residuos tóxicos, incluido material radiactivo. La razón es evidente: se calcula que el coste por tonelada de residuo tóxico en Somalia es de entre 8 dólares para los vertidos negociados y 2,5 dólares para los vertidos gratuitos, mientras que el coste de hacerlo en un país con control y tratamiento científico de residuos tóxicos puede alcanzar los 1.000 dólares. El tsunami de diciembre de 2004 puso de manifiesto este problema al remover las aguas cercanas a la costa y llevar hasta las playas de las humildes aldeas y pueblos bidones con un veneno de largo recorrido de muerte, en ocasiones de decenas de miles de años.

Representantes del Programa de Naciones Unidas para el Medioambiente han venido señalando desde entonces que en las poblaciones del norte de Somalia se da una anormal concentración de hemorragias abdominales y problemas cutáneos. Estos efectos son propios de una contaminación nuclear: se estima que cerca de 300 personas podrían haber fallecido por causa directa de estos residuos, mientras que los efectos sobre la fauna marina no han sido aún evaluados. Según Ahmedou Ould-Abdallah, enviado de Naciones Unidas, las evidencias muestran que se han venido arrojando toneladas de residuos tóxicos, metales pesados producto de desechos hospitalarios y residuos nucleares. Además, se denuncia la posible implicación de la mafia italiana, que controla un tercio del procesado de residuos y basuras en el país europeo.

Mientras tanto, los hechos históricos siguen su curso, y desde principios de 2007 han fallecido en los diferentes enfrentamientos más de 16.000 civiles, más de un millón de personas se han visto desplazadas y tres millones dependen de los diferentes programas de ayuda alimentaria. En la actual batalla de Mogadiscio se dirime si los somalís van a adoptar el modelo del islamismo radical por connivencia del actual Gobierno moderado de la Unión de Cortes Islámicas, liderado por el jeque Sharif (Sheikh) Ahmed, con los intereses de Occidente y de determinados países de Asia. Aunque la información veraz escasea, parece que todavía las milicias radicales de Al Sahab no cuentan con el apoyo mayoritario de la población somalí. Ya es hora de que los países africanos vecinos se den cuenta del peligro de que la inestabilidad somalí sea una excelente excusa no sólo para verter basura tóxica,
sino para que las potencias mundiales propongan la recolonización de África.

Como refuerzo a este argumento, están las declaraciones del portavoz de la OTAN, James Appathurai, quien ha afirmado que hay que solucionar el agujero legal existente sobre qué hacer con los piratas de Somalia. El hecho es que la reforma legal que se propone sólo puede ir en la línea de subvertir la soberanía somalí, porque tal y como está conformado el Derecho Internacional, no hay otra forma de cumplir, como diría Patrice Émery Lumumba, con la voluntad del más fuerte disfrazada de legalidad internacional.

Antumi Toasijé es  historiador. Director del Centro de Estudios Panafricanos.

Ilustración de Mikel Jaso.