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Dominio público

Opinión a fondo

Consume o muere

18 ene 2009
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Este año 2009, por cuya andadura ya damos los primeros pasos, sentará a nuestra mesa a las víctimas más cercanas de la gran mentira socio-laboral que entre todos hemos contribuido a engordar hechizados por un sistema de mercado neoliberal en cuyo espejo mágico nos vimos más ricos, más astutos, más altos y guapos. No serán casos ajenos televisados al por mayor, sino personas cercanas de carne y hueso cuya realidad puede sobrepasar nuestra voluntad de ser ciegos a tiempo convenido. La sagrada sociedad de las apariencias y su cultura para el infantilismo global van quedándose al desnudo y, sólo en España y de momento, ha dejado tres millones de parados, a saber si dispuestos a herir de muerte el cúmulo de vanidades que cambiaron respeto por temor y responsabilidad por tiranía.
Puesto que el miedo es paralizante, no suele suceder que de sus entresijos surjan buenas razones para avanzar mejor en los propósitos democráticos. En estos años, en que el prestigio se ha alcanzado con incomprensibles cifras, hemos descubierto que todos los Madoff de las finanzas piramidales tienen su equivalente en la sociedad civil del trabajo y las relaciones humanas; que entre ellos se reconocen y se tratan a condición de que nadie conozca a nadie, y que se aguantan unos a otros por el método de levantar sospechas, sistema muy utilizado por los cursantes de intrigas para alcanzar la cúspide. Lo humano reducido a una vil sospecha: he ahí una de las trampas. Ni el conocimiento, la curiosidad por el saber o el impulso a la inteligencia tienen cabida en un territorio que, arbitrado por la mezquindad, necesita reducir al individuo a una máquina de producción y consumo con garantía máxima de veinte años. Produce y consume o muere. Obligaciones inasumibles multiplicadas a diario son causa de angustias que se gestionan con la prescripción de ansiolíticos y antidepresivos, gracias a los que buena parte de la clase media vive adecuadamente anestesiada.
La operación no podía ser más perfecta. El mismo espejo mágico ha convertido en amigos invisibles, al menos hasta donde ha podido, a los desesperados de nuestro entorno –ese cuarto mundo de nuestras grandes ciudades tan bien equipadas o esos nuevos pobres cercanos simulando no haber perdido nada para no malograr la sintonía estética y el orden establecido de los nuevos ricos–. Hasta la llegada de una globalidad concreta, nunca conocimos tanta libertad bajo vigilancia de un orden en apariencia inexistente mientras se construía un supuesto Bien totalitario que borrara cualquier huella de su contrario. La amoralidad, bendición para los astutos, ha sido el ángel custodio del balneario que ahora se viene abajo, lentamente y por episodios. El beso para despertar a la Bella Durmiente no podía ser más demoledor. ¿Terminó el sueño?, se preguntan, ahora, los Durmientes protestando con altas cifras en la ventanilla de reclamaciones que a su vez responde con cifras mayores en un espectáculo que parece diseñado para Las Vegas. El casino mundial inmovilizado sin que a sus responsables se les note la vergüenza mientras los elegidos democráticamente enseñan, con excesiva parsimonia, la falta de horizontes por miopía o por deslumbramiento de sí mismos.
Comenzada la andadura por el año que sigue al del estallido de la crisis financiera global, parece urgente la revisión a fondo del sistema democrático por parte de todos los actores implicados con el fin de restituir la responsabilidad que corresponde a cada una de las partes, sociedad civil incluida. Lo contrario significa conceder la confianza absoluta a quienes plantean como interés único la refundación del capitalismo con un aparente cambio en las reglas de juego, algo que más parece un eslogan para dar confianza a su elite de sus náufragos que una voluntad seria de revisar la mecánica perversa de sus entresijos. Justamente ha sido la anorexia democrática fecundada con el dogma del pragmatismo neoliberal lo que ha favorecido que el mercado se consolidara como valor único e irremplazable.
El conflicto árabe-israelí, con uno de sus episodios más desmesurados por parte de Israel para mostrar ante Obama la medida de su poder y las improvisadas y ambiguas respuestas por parte de Occidente, se nos ha colado en nuestra perfomance post-navideña de las superrebajas de aquellos avanzados y anormales descuentos especiales en unos tiempos en que el comercio está vetado a los subsidiados por el paro, a saber si como aviso de la inconsistencia de nuestras actitudes. Salvo para conjurar efectos pasionales al amparo de un salón con calefacción allí donde Rusia no ha cortado el suministro, el hedonismo occidental, tan fecundo en vanidades como vacío en bondades, casa mal con la sangre de los palestinos y con esos otros refugiados en las listas de INEM tratando de huir de la NADA. No obstante, ahora ya sobran datos y experiencia como para no esconderse debajo del ala de la ignorancia sobre la longitud que separa la atmósfera de los salones y parlamentos de la diversidad de ventoleras que rugen afuera, los unos juntos con sus elites sumisas y los otros con su fragilidad pandémica. Dos caminos divergentes para un supuesto mismo objetivo llamado democracia no pueden conducir a buen puerto, y los hechos indican que ha llegado la hora de construir argumentos para empezar, al menos, a acortar distancias. La vida sigue, dicta el cinismo de quienes sólo han visto en esta crisis un inusual y pasajero temporal, pero lo deseable sería escoger por cuál de los caminos sigue. Si los niños ya no vienen de París, tampoco la democracia cae del cielo.

Assumpta Roura es Escritora e investigadora
en Sociología de la Comunicación en la universidad de Montpellier

Ilustración de Jordi Duró

Repensar Barcelona

30 oct 2008
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ASSUMPTA ROURA

10-30.jpgTreinta años de Gobierno socialista en Barcelona, con o sin mayoría, merecen un repaso, aunque sea de urgencia, para atisbar indicios del futuro inmediato de una ciudad que aspira al reconocimiento mundial.

El pasado fin de semana se celebró el Congreso de los socialistas barceloneses con cambios en la cúpula y el propósito de cerrar una etapa en la que los elegidos fueron los utópicos de antaño. La realidad, por su estrechez, choca con los sueños y dificulta el cálculo de la distancia entre realidad y deseo, aunque deje la herencia nada desdeñable de nombres y propuestas en absoluto anodinos: Narcís Serra, Pascual Maragall y Joan Clos, elegidos democráticamente para conjurar la ciudad de las sombras dictatoriales y llevarla al escaparate del supermercado de una postmodernidad finiquitada con el cierre del siglo XX. Es pronto para enjuiciarles: no hay distancia ni datos suficientes para un mínimo rigor en lugar del prejuicio compulsivo. Tampoco se trata de eludir la crítica.

Tras el largo ensimismamiento olímpico, la autocomplacencia llegó al límite y el lento despertar a la nueva realidad fue duro: el sueño creativo de diseños al por mayor dejó no pocas víctimas por la implantación del nuevo imperio mundial que sustrajo, a su favor, la cultura, el Todo como cultura, para gancho de atracción y souvenir turístico. Barcelona no iba a ser menos: la historia ya contemplaba que la costa catalana fue pionera en la creación de mano de obra precaria al servicio de turistas altos y rubios.

Sin el tejido industrial de antaño y con exceso de incertidumbre, ha sido bienvenido el turismo de masas como fuente de riqueza que emplea, de camareros, a hornadas de licenciados universitarios como nueva mano de obra barata y a una amplia red de trabajadores autónomos con chiringuito-café propios, redefinidos, gracias al imperio de las escuelas de negocios y sus coartadas lingüísticas, como “nuevos emprendedores”. El pack de la nueva cultura adjuntó el Fórum de las Culturas al muestrario de una nueva épica para almas ingenuas. Y entonces surgió la cultura de la queja. Te odio Barcelona se titula un libro recién publicado de varios jóvenes escritores que no he leído pero me han contado. Barcelona odiosa por el ruido ensordecedor del tráfico, obras inacabables, turistas de borrachera nocturna promotores de insomnio; Barcelona inventando fiestas populares cual vendedora de felicidad por barrios; deseada por altos ejecutivos con sueldos extranjeros; y en barrios emblemáticos o marginales, familias numerosas de nuevas migraciones hacinadas en pocos metros. La ciudad más cara de España ha despreciado a sus clases medias y estas se lo han pagado con la misma moneda.

El cambio ritualizado el pasado fin de semana era inevitable. Lo comprendió, con eficaz intuición, el hasta ahora secretario general de la Federación socialista de Barcelona, diputado y portavoz adjunto del PSC en el Parlamento catalán, Joan Ferran, al ver que, a veces, la vida se transforma en metáfora viva sin desmejorar su crueldad fantástica cuando el barrio del Carmel, icono de anteriores migraciones, se vino abajo en un derrumbe televisado. “El volcán tiene una gran fuerza pedagógica para quienes viven en sus inmediaciones y conocen su fuerza destructora”, escribe el filósofo Rafael Argullol, cita que, consta, anotó Joan Ferran para preparar a una nueva generación acorde con las nuevas exigencias. Sus herederos, Jordi Hereu, actual alcalde de Barcelona, y Carles Martí, primer teniente de acalde, ambos con un discurso que incide en la necesidad de un cambio de rumbo en la huida hacia adelante que había tomado el gobierno de la ciudad.

El poder y quienes lo ostentan, como ocurre en la vida, gasta y desgasta, y se prefieren sus luces a sus sombras. Esta inclinación fieramente humana no justifica que se acomoden en el deslumbramiento mientras el número de votos cae en picado sin que venga empujando el impulso alentador de una fuerza política alternativa, puesto que la ganancia contra todos se la llevó la altísima abstención obtenida y jamás imaginada que puso en escena el mayor esquinazo que los votantes dieron a sus políticos al margen del programa que representaran. La nueva abstención no juega a favor de los conservadores –porque Barcelona no lo es–, pero obedece a políticas de alejamiento social que excluyen el cansancio como respuesta. Si Catalunya se pronunció conservadora –y mantuvo al gobierno de CIU durante más de veinte años en el poder–, su capital apostó por el socialismo. Duro golpe al nacionalismo, cuyo empeño por frenar iniciativas de refuerzo a la capital lograron atrasos aún visibles: metro, trenes, aeropuerto, redes eléctricas y, por qué no, la cultura, enlazan con la fuerza operativa de la endogamia nacionalista más que con controversias internas del Gobierno municipal, aunque no faltaran. La sigilosa implantación del nacionalismo sociológico obligó a la distracción de los problemas reales hacia supuestos de mayor altura.

¡A pisar la calle!, ordenaba el alcalde Jordi Hereu, ya presidente de la renovada federación. Sí: pero con el alma del ciudadano medio actual, frágil por los cambios tecnológicos, mundiales y extremos a los que se resigna, que no en vano también él ha de soportar las inclemencias de permanecer en el escaparate mundial con algo de sus beneficios. Reconducir Barcelona no significa atender la tentación de los conservadores de eliminar su caos, que viene de siglos, sino de otorgarle un sentido coherente, reconocible y visiblemente humano. O, de lo contrario, Dios seguirá jugando a los dados.

Assumpta Roura es escritora e investigadora en Sociología de la Comunicación en la universidad de Montpellier

Ilustración de Mikel Jaso