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Dominio público

Opinión a fondo

Miedo ambiente

17 may 2009
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AUGUSTO KLAPPENBACH

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Desde hace días tenemos una nueva razón para tener miedo: la gripe porcina. Nuestros enemigos ya no son los pollos sino los cerdos, esos inocentes animales de los cuales se aprovecha todo menos, por lo visto, sus virus. No se trata, por supuesto, de trivializar el peligro de esta nueva gripe, grave para algunos afectados y preocupante para todos. Es razonable que los poderes públicos tomen precauciones y establezcan normas que pueden resultar tan necesarias como molestas. Pero quizás se pueda aprovechar la ocasión para sacar algunas conclusiones sobre un sentimiento que está en la base de nuestra civilización: el miedo.

Los viejos epicúreos decían que los temores y los deseos son enemigos de la felicidad. Y razonaban más o menos así: el bien y el mal –el placer y el dolor– están en la sensación. Pero ni temores ni deseos son sensaciones. Y, por lo tanto, si los eliminamos, o los reducimos al mínimo, estaremos dispuestos a gozar de todos los bienes que se nos ofrezcan sin enturbiarlos por el deseo de bienes mayores ni por el temor de perderlos. En particular, el miedo a la muerte es un temor absurdo: cuando estamos vivos no sufrimos la muerte y cuando estamos muertos tampoco. La muerte no es nada, por lo tanto, ni para los vivos ni para los muertos. ¿Por qué entonces la tememos? Porque conservamos el deseo irracional de la inmortalidad; si nos reconciliáramos con nuestra finitud, estaríamos siempre preparados para recibir la felicidad que el presente nos ofrece y que muchas veces dejamos pasar de largo, pendientes de un futuro que todavía no existe.
Un discurso tan sobrado de razones como carente de todo poder de convicción. Porque Epicuro olvida que lo que distingue la vida humana de la animal es precisamente su capacidad de actualizar el futuro (tanto como el pasado). Por eso los miedos y los deseos, que habitan en el futuro, tienen un papel determinante en nuestras vidas.

Una cultura del miedo es necesariamente conservadora. El miedo paraliza o provoca reacciones histéricas y agresiones inútiles, pero nunca es capaz de generar conductas creativas. Una persona aterrada suele sentirse inclinada a seguir los pasos de quien le prometa eliminar el peligro que le acecha, dejar que otros piensen y decidan por ella, consagrando así la vieja alianza del miedo y la obediencia. Y, en cualquier caso, tiende a evitar cualquier cambio, ya que teme que una nueva situación le obligue a enfrentarse con nuevas amenazas, siempre peores en su imaginación que aquellas cuyo rostro ya conoce.

Las razones del miedo han proliferado en los últimos años. Mucho antes de la gripe porcina, el sida auguró un terrible castigo para nuestras conductas licenciosas, el efecto 2000 iba a provocar una crisis informática universal, descontrol de misiles nucleares incluido, las vacas locas nos convertirían a todos en descerebrados, el humo del tabaco asfixiaría el planeta entero, la llegada del euro provocaría innumerables efectos perversos en nuestras economías, la gripe aviar convertiría en temible enemiga a la más inocente de las palomas, el calentamiento global inundaría ciudades enteras y, por supuesto y ante todo, las huestes de Bin Laden –y, ya puestos, el mundo islámico en su conjunto– dominarían nuestra Europa. Peligros de especies muy diversas, y algunos de ellos reales y francamente preocupantes, pero que tienen en común la parálisis que genera su anuncio: poco podemos hacer individualmente para conjurarlos, ante lo cual se nos invita a delegar nuestras decisiones en manos de quienes tienen el poder de gestionarlos.
Y ahora, al temor que provoca la gripe se une el pánico por la crisis de la economía globalizada. Poco importa que, por el momento, sus víctimas sean sólo quienes perdieron su empleo o sus medios de vida, mientras que los demás reciben de esta crisis (insisto, por el momento) algunos beneficios, como la disminución del importe de su hipoteca o la moderación de la inflación. La crisis es, en efecto, de consecuencias devastadoras para quienes han perdido o disminuido sus ingresos, especialmente para los inmigrantes que no tienen un colchón familiar que amortigüe su caída. Y estos son muchos. Pero el terror de quienes siguen cobrando normalmente su salario (es decir, la mayoría de la población) no se basa en hechos, sino en un miedo difuso ante un futuro acerca del cual sospecho que nadie sabe gran cosa.

La función social de este temor generalizado es evidente: se está ayudando con enormes cantidades de dinero público a los mismos que provocaron la crisis, bancos y entidades financieras. Nuestro dinero se utiliza para avalar sus deudas y sanear sus finanzas, sin exigirles a cambio casi ninguna contrapartida. ¿Serían tolerables estas decisiones si no estuviéramos paralizados por un difuso temor a que todo podría ser peor sin conceder estas ayudas? Con una disminución del miedo ambiente quizás se podría discutir, por ejemplo, si ha llegado el momento de extender la democracia al mundo financiero, encomendando su gestión a representantes elegidos y controlados por los ciudadanos, en lugar de dejarla en manos de anónimos despachos que toman sus decisiones con una impunidad casi total. Pero ya sabemos que la esencia del miedo es conservadora: el ciudadano aterrado ante borrosos peligros no está dispuesto a internarse en aventuras que pongan en cuestión una seguridad de la que aún disfruta pese a las amenazas futuras.

Creo que un repaso de la moral epicúrea no nos vendría mal en estos momentos. Quizás podríamos, si no eliminar los miedos y los deseos, al menos elegirlos por nuestra propia cuenta. Y tal vez descubriríamos que no tienen por qué coincidir con los que nos están proponiendo.

Augusto Klappenbach es filosofo y escritor.

Ilustración de Jordi Duró.

Células madre, aborto y “asesinato”

20 mar 2009
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AUGUSTO KLAPPENBACH

dominio-20-03.jpgLa jerarquía de la Iglesia ha reaccionado con dureza ante el nacimiento de un bebé que había sido seleccionado genéticamente para donar a su hermano las células madre de su cordón umbilical, que le harán posible superar una grave anemia congénita. La condena de la Iglesia se fundamenta en la selección de embriones que implica este proceso: es necesario elegir los embriones adecuados para el transplante, eliminando o congelando muchos otros que no lo son. Según los obispos, esto constituye una “práctica eugenésica”, ya que para conseguir el nacimiento de un niño ha sido necesaria “la destrucción de sus propios hermanos, a los que se les ha privado del derecho fundamental a la vida”. En la misma línea, la campaña publicitaria de la Iglesia contra la revisión de la ley del aborto ha llegado a contraponer la protección de especies animales como el lince con “el asesinato de niños” que según ellos implica el aborto.

Sin duda, se trata de temas discutibles, como casi todos. Pero habría que pedir a la jerarquía de la Iglesia que en la discusión pongan sobre la mesa sus verdaderos argumentos, que suelen ocultar cuidadosamente para disfrazarlos bajo la apariencia de una supuesta “ley natural” de la cual serían intérpretes autorizados.

La argumentación de los obispos confunde –me temo que intencionadamente– dos conceptos distintos: el concepto de vida y el de vida humana. Nadie niega que el embrión es un ser vivo. Pero la atribución de carácter humano a ese conjunto de células implica incursionar en un terreno que trasciende los datos que la ciencia puede proporcionar y que la Conferencia Episcopal resuelve aplicando sus propios principios teológicos. Y como sospechan que tales principios no son compartidos por la sociedad en su conjunto, prefieren ocultarlos bajo el concepto general de “vida”, cuya defensa siempre parece digna de elogio.

La creencia que sustenta esta concepción del hombre, que los obispos nunca explicitan, consiste en que para ellos lo que otorga carácter humano al cuerpo es la infusión por parte de Dios de un alma espiritual, de lo que técnicamente llaman una “sustancia incompleta”, que unida a la materia da como resultado un completo ser humano. De tal modo que la humanización no puede consistir en un proceso gradual: se tiene un alma o no se tiene. Y como la doctrina que ha predominado en la teología católica sostiene que el alma la infunde Dios al cuerpo en el mismo instante de la concepción, ya tenemos los fundamentos por los cuales un embrión invisible es tan digno de respeto como un bombero. Los obispos tienen todo el derecho a sostener la concepción del ser humano que prefieran. Pero llamar “niños” y “hermanos” a unas pocas células indiferenciadas que no se pueden percibir a simple vista implica, al menos, un supuesto antropológico sumamente discutible.

Quienes no compartimos esos principios pensamos que, así como la aparición del ser humano en la historia natural fue el resultado de un largo proceso en el cual no existió un momento mágico en el que el animal adquiriera súbitamente la condición humana, la transformación de un microscópico cigoto en un sujeto digno de respeto ostenta el mismo carácter gradual. El ser humano se va convirtiendo en tal durante los meses en los cuales pasa de unas pocas células hasta su completo desarrollo, sin que pueda indicarse un instante en el que empieza a gozar de los derechos que le son debidos. ¿Dónde está el límite? Quienes no suscribimos principios teológicos o metafísicos pensamos que en el tiempo que media entre la concepción y el nacimiento debe darse una protección legal y moral creciente a ese ser en formación a medida que va adquiriendo las características fisiológicas y psicológicas que definen la condición humana. Proceso que culmina con el nacimiento, cuando el nuevo ser humano goza de la plenitud de sus derechos. Y por ello muchos consideramos aceptable la manipulación de embriones y abogamos por una ley de plazos en la legislación sobre el aborto.

Porque, así como nos negaríamos a disponer de la vida de un recién nacido por consideraciones utilitarias, cualesquiera que fuesen, también rechazaríamos poner en peligro la salud de una madre o un niño ya nacido por un supuesto “respeto a la vida” que unas pocas células o un feto aún no viable no se merecen.

Y de paso, convendría recomendar a los señores obispos que moderaran su lenguaje. Calificar de asesinato la selección de embriones o cualquier forma de aborto no ayuda a mantener un debate civilizado sobre temas tan sensibles. Y mucho menos presentando como exigencias universales de una supuesta ley natural lo que no son más que opiniones de una determinada concepción religiosa.

Augusto Klappenbach es filósofo y escritor

Ilustración de Miguel Ordóñez

Defensa del antiamericanismo

09 feb 2009
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AUGUSTO KLAPPENBACHantiamericanismo_06_cmyk-okok.jpg

En estos tiempos políticamente correctos suele decirse que las críticas a Estados Unidos no hay que interpretarlas como antiamericanismo sino como cuestionamientos a la política de algunos de sus gobernantes, como sucedió especialmente durante el mandato de Bush. Así, el pueblo español –y muchos otros pueblos– no sería antiamericano sino enemigo de una política concreta, de la cual la guerra de Irak sería el mejor ejemplo. Con la llegada al poder de Barack Obama este prejuicio habría desaparecido y se iniciaría una época de entendimiento entre culturas que comparten los mismos valores.
Creo, sin embargo, que esta concesión a la corrección política es excesiva: las reservas antiamericanas de muchos –entre los cuales me incluyo– no se limitan a rechazar determinadas decisiones políticas del gobierno de Estados Unidos, sino que incluyen el rechazo a una forma de vida, a una determinada jerarquía de valores en muchos sentidos opuesta a nuestra manera de concebir la vida social.
Es conocida la tesis, desarrollada hace tiempo por Max Weber, acerca de la ética protestante y el capitalismo. La riqueza es señal de predestinación: la prosperidad material indica que Dios ve con buenos ojos a quien triunfa en este mundo, triunfo que preludia la bienaventuranza eterna. Probablemente ningún país ha tomado más en serio esta tesis: dos de los rasgos característicos del american way of life son precisamente la religión y el éxito económico. No es casual la inscripción del lema In God we trust en los billetes de dólar. Y este éxito económico, que conlleva la correspondiente superioridad científica, tecnológica y militar, trae consigo otra característica cultural que se sigue de las anteriores: su conciencia de pueblo elegido.
De este modo, tres notas distintivas de su cultura se articulan entre sí y se refuerzan recíprocamente: la riqueza, la religión y el patriotismo. Tres valores muy discutibles tomados por separado, pero sumamente peligrosos cuando se juntan y que explican buena parte de las actitudes antiamericanas. La prepotencia en su gestión de las relaciones internacionales, sustentada en el formidable poder nacido de sus posibilidades económicas y militares, resulta sacralizada por la creencia de que han recibido una misión de la que sólo a Dios –o, en su versión secularizada, a la Historia– deben rendir cuentas. Todo lo cual es compatible con una moral privada que en ocasiones roza el puritanismo: una moral sexual que ayuda a mantener actitudes de autocontrol y culpabilidad sumamente útiles para el control social, así como la pena de muerte vigente en varios Estados, que cumple la función ideológica de limitar la responsabilidad al ámbito individual y su eliminación definitiva por la desaparición del sujeto culpable.
La prosperidad económica que hace posible esta prepotencia se sustenta a su vez en una concepción
darwinista de la historia, compatible con la interpretación protestante de la prosperidad material. La historia humana debe imitar el modelo de la selección natural si quiere seguir avanzando, lo cual constituye una manera de adecuar la estructura social a los signos de la predilección divina: los triunfadores son los elegidos. La sociedad se concibe así como una continua competencia entre individuos que, como toda competencia, produce vencedores y perdedores, estableciendo un principio según el cual los individuos más fuertes y hábiles tienen más derecho que los débiles incluso a la satisfacción de sus necesidades básicas. De tal modo que, por ejemplo, un individuo de escasos recursos económicos no puede permitirse un tratamiento médico de alto coste o una buena educación. Por supuesto que en Europa no somos ajenos a estas desigualdades, pero lo que aún queda del estado de bienestar permite matizar ese darwinismo social, al menos en lo que se refiere a las necesidades básicas.
Esta exaltación de la competencia entre individuos genera una ideología que desconfía sistemáticamente de lo público y deposita su confianza en la iniciativa privada. Es decir, que pone las decisiones que atañen a la sociedad en manos anónimas que concentran el poder económico, hurtándolas a la posibilidad de publicidad y crítica que ofrece, si bien limitadamente, la gestión pública. Esa desconfianza hacia lo público desvía a la iniciativa privada a actividades que en el modelo social europeo son competencia de los Estados, como muchas tareas asistenciales y de seguridad.
Aun cuando se advierten en Europa muchas tendencias afines al modelo americano, el europeo medio tiene una concepción de la vida pública mucho más laica y menos mesiánica: no se le ocurre vincular el destino de su nación a valores religiosos o a misiones históricas. Si prescindimos de los brotes nacionalistas, que requieren un tratamiento aparte, su tipo de patriotismo, cuando lo tiene, es mucho más secular y abierto a la crítica de su propio país. Por otra parte exige una presencia mucho mayor del Estado en la vida social: la sanidad, la educación, las pensiones de jubilación, la atención a los mayores son temas que el europeo incluye en la esfera de los deberes públicos y resultan decisivos en la elección de sus gobernantes, aun cuando individualmente prefiera en ocasiones la oferta privada de esos servicios.
La llegada de Obama a la presidencia abre la posibilidad de que algunas de estas cuestiones se revisen y se acorte la distancia cultural entre Estados Unidos y el resto del mundo. Sin embargo, habría que evitar las excesivas ilusiones que conducen a desilusiones tan excesivas como aquellas. La manera de “estar en el mundo” de una nación no se cambia radicalmente por un proceso electoral.

Augusto Klappenbach es Filósofo y escritor

Ilustración de  Miguel Ordóñez