BAN KI-MOON
No es necesario recordarle al mundo la urgencia de este momento histórico. Lo percibimos diariamente en las noticias. Un día, algún gran banco, compañía de seguros o fabricante de automóviles anuncia pérdidas sin precedentes. Al siguiente, llegan informes del impacto sobre las naciones y pueblos menos aptos para soportar estos golpes –los más pobres de los pobres del mundo–.
Durante los dos últimos años me he enfrentado a muchas crisis, desde Darfur y la República Democrática del Congo, hasta los grandes retos globales como la crisis alimentaria y el cambio climático. Pero la crisis financiera es única y potencialmente abrumadora.
Lo que era una crisis exclusivamente financiera se ha convertido en una crisis económica que se ha extendido por todo el mundo. Todos los pronósticos de crecimiento se han ajustado a la baja. Y, aunque hay signos de que las economías maduras se están recuperando del pánico que congeló los mercados crediticios, de ninguna manera hemos salido de la zona de peligro. Mi mayor preocupación actual es que la crisis financiera de hoy se convierta en la crisis humanitaria de mañana. Si queremos proteger los medios de vida y las esperanzas para el futuro de millones de personas, debemos reconocer lo que Martin Luther King, Jr. llamó “la feroz urgencia del momento”.
Muchos expertos financieros han diagnosticado las causas de la crisis. Los encargados del diseño de las políticas han ofrecido medidas para solucionarla. Oímos hablar de nuevas reglamentaciones bancarias e incluso de una nueva arquitectura financiera global.
Todo esto es deseable. No obstante, si bien celebro este debate y reconozco plenamente la necesidad de adoptar medidas de largo plazo, soy muy consciente del tiempo. Los problemas inmediatos requieren respuestas inmediatas. Tampoco se puede permitir que la crisis financiera se vuelva una razón para descuidar otros temas cruciales: los niveles inaceptables de pobreza y hambre, la crisis alimentaria, el cambio climático. Eso sólo exacerbaría la ya frágil situación política y de seguridad de muchos de los países más afectados.
En la cumbre financiera del G-20 que se llevó a cabo este fin de semana en Washington, expuse cuatro mensajes que reflejan mis conversaciones con varios Estados miembros de la ONU. En primer lugar, necesitamos un paquete global de estímulos para detener la crisis. Recientemente, el FMI pronosticó que prácticamente todo el crecimiento mundial en 2009 vendrá de las economías emergentes y en desarrollo. Por lo tanto, se requerirán grandes aumentos del gasto público y privado en muchas regiones del mundo para contrarrestar la caída de la demanda.
En segundo lugar, estos paquetes financieros de rescate y asistencia no pueden terminar en las fronteras de los países más ricos. Los mercados emergentes y otros países en desarrollo necesitarán el oxígeno que significan las líneas de crédito y el financiamiento del comercio. Además, debemos oponernos al proteccionismo. Sin un comercio abierto, el crecimiento y el desarrollo podrían colapsarse por completo.
En tercer lugar, parte de nuestros estímulos globales deben provenir de los compromisos que la comunidad internacional ha contraído en materia de ayuda. En el ambiente actual, cumplir los Objetivos de Desarrollo del Milenio es más que un imperativo moral. Es cuestión de necesidad económica pragmática.
Por último, la inclusión debe ser nuestra consigna. En nuestro mundo interdependiente, estas tareas sólo se pueden emprender mediante un multilateralismo revigorizado, que sea justo, flexible y sensible, con líderes de todas partes. Si bien las naciones del G-20, cuyos líderes se reunieron en Washington, representan casi el 80% de la producción, el comercio y la inversión mundiales, más de 170 países, donde vive la tercera parte de la población del planeta, no estuvieron presentes. Es nuestra responsabilidad escuchar sus voces y responder a sus preocupaciones.
Los próximos meses serán críticos. Muchos de nosotros nos reuniremos nuevamente en Doha dentro de dos semanas para revisar los progresos del financiamiento para el desarrollo. Hace seis años, el presidente George W. Bush y otros líderes adoptaron las metas ambiciosas que constituyen el núcleo de los Objetivos de Desarrollo del Milenio. La historia nos juzgará con severidad si no estamos a la altura de esos compromisos. Por lo tanto, insto a todas las naciones, ricas y pobres, a que envíen a sus representantes de más alto nivel a Doha con la voluntad firme de hacer lo que se debe hacer.
En diciembre nuestros negociadores sobre cambio climático se reunirán en Polonia. Tenemos un año hasta que se vuelvan a reunir en Copenhague –un año para llegar a un acuerdo que todas las naciones puedan aceptar–. Cuanto antes establezcamos ese acuerdo, más rápido tendremos las inversiones y el crecimiento verdes que tanto necesitamos.
Los grandes desafíos que nos esperan están interrelacionados: la economía mundial, el cambio climático y el desarrollo. Necesitamos soluciones para cada uno que sean soluciones para todos.
Ban Ki-Moon es secretario general de las Naciones Unidas
Ilustración de Iker Ayestaran
BAN KI-MOON
En medio de las presiones de la crisis financiera global, algunos preguntan cómo podemos facilitar que se afronte el cambio climático. Pero la mejor pregunta es: ¿cómo podemos no hacerlo?
Dejemos de lado los argumentos familiares –que la ciencia es clara, que el cambio climático representa una amenaza existencial incuestionable para el planeta y que cada día que no hagamos nada el problema empeora–. En cambio, expongamos el caso basándonos en la economía básica.
En un momento en que la economía global está agitada, necesitamos crecimiento. En un momento en que el desempleo está creciendo en muchos países, necesitamos nuevos empleos. En un momento en que la pobreza amenaza con afectar a cientos de millones de personas, especialmente en las partes menos desarrolladas del mundo, necesitamos una promesa de prosperidad; esta posibilidad está al alcance de nuestra mano.
Los economistas en las Naciones Unidas están solicitando un Nuevo Acuerdo Verde –en un eco deliberado de la visión del presidente norteamericano Franklin Roosevelt durante la Gran Depresión de los años 30 del pasado siglo–. En consecuencia, esta semana, el Programa de Medio Ambiente de las Naciones Unidas lanzará un plan para reanimar la economía global al mismo tiempo que se enfrenta el desafío definitorio de nuestra era: el cambio climático.
El plan insta a los líderes empresariales y políticos, entre ellos el nuevo presidente norteamericano, a apartar los recursos de la ingeniería financiera especulativa en la raíz de la crisis de mercado de hoy y redirigirlos hacia inversiones más productivas, generadoras de crecimiento y creadoras de empleo para el futuro.
Esta nueva Iniciativa de Economía Verde, respaldada por Alemania, Noruega y la Comisión Europea, surge de la idea de que los problemas más apremiantes están interrelacionados. Los crecientes precios de la energía y las materias primas ayudaron a provocar la crisis alimentaria global, que alimentó la crisis financiera. Esta, a su vez, refleja el crecimiento económico y demográfico global, con la resultante escasez de recursos críticos (combustible, alimento y aire y agua limpios).
Sólo el desarrollo sostenible –la adopción global del crecimiento verde– le ofrece al mundo, tanto a los países ricos como a los pobres, una perspectiva perdurable de bienestar social y prosperidad a largo plazo. La buena noticia es que estamos despertando a esta realidad.
Hemos experimentado grandes transformaciones económicas a través de la historia: la revolución industrial, la tecnológica y la era de la globalización. Ahora estamos en el umbral de otra: la era de la economía verde.
De visita en Silicon Valley (California) el año pasado, pude comprobar la inversión en nuevas tecnologías de energía renovable y eficiencia de combustible. La firma de capital de riesgo que financió a Google y Amazon, entre otros éxitos empresariales arquetípicos, invirtió más de 100 millones de dólares en nuevas compañías de energía alternativa sólo en 2006.
En China, se espera que la inversión de capital verde crezca de 170 millones de dólares en 2005 a más de 720 millones en 2008. (En apenas pocos años, China se ha convertido en líder mundial en energía eólica y solar, empleando a más de un millón de personas). A nivel global, el Programa de Medio Ambiente de las Naciones Unidas estima que la inversión en energía de bajo efecto invernadero alcanzará 1,9 billones de dólares en 2020.
La crisis financiera puede retardar esta tendencia. Pero el capital seguirá fluyendo hacia proyectos verdes. Yo lo veo como la semilla inicial para una reconfiguración general de la industria global.
Ya podemos ver su expresión práctica. Actualmente, en los países industriales avanzados, más de dos millones de personas encuentran trabajo en la energía renovable. El sector de biocombustibles de Brasil ha estado creando casi un millón de empleos al año. Los economistas dicen que India, Nigeria y Venezuela, entre muchos otros, podrían hacer lo mismo.
En Alemania se espera que la tecnología verde se cuadruplique en los próximos años, alcanzando el 16% de la producción industrial para 2030 y empleando a más personas que la industria automotriz. México ya emplea a 1,5 millones de personas para plantar y administrar los bosques del país.
Los gobiernos tienen un papel importante que desempeñar. Con las políticas correctas y un marco global, podemos generar crecimiento económico y encaminarlo para conseguir niveles más bajos de carbono. Administrados como corresponde, nuestros esfuerzos para hacer frente a la crisis financiera pueden reforzar nuestra lucha por combatir el cambio climático. En la crisis de hoy reside la oportunidad de mañana, una oportunidad económica, medida en empleos y crecimiento. La mayoría de los jefes ejecutivos globales lo saben. Esa es una de las razones por la que los empresarios de muchas países del mundo están reclamando políticas ambientales claras y consistentes. También es la razón por la que empresas globales como General Electric y Siemens están apostando su futuro a la ecología.
Pero es importante que el público global reconozca este hecho, quizás en ningún lugar más que en Estados Unidos. Cuando el próximo presidente norteamericano asuma la presidencia, debería dar confianza a votantes y funcionarios electos por igual mediante estudios que demuestren que Estados Unidos puede combatir el cambio climático reduciendo las emisiones con un coste bajo o incluso sin coste alguno, con sólo utilizar las tecnologías existentes.
Sabemos que los más pobres entre los pobres del mundo son los más vulnerables al cambio climático. También son los más vulnerables a las sacudidas de la crisis financiera. Como líderes mundiales, estamos moralmente obligados a asegurar que las soluciones a la crisis financiera global protejan sus intereses, no sólo a los ciudadanos de las naciones más ricas. Los que ya estaban rezagados como consecuencia del auge previo –los llamados “mil millones de la parte inferior”, que viven con menos de 1 dólar por día– deben ser reincorporados en la próxima era económica.
Nuevamente, una solución para la pobreza también es una solución para el cambio climático: el crecimiento verde. Para los pobres del mundo, es una clave para el desarrollo. Para los ricos, es la modalidad del futuro.
Ban Ki-Moon es secretario general de las Naciones Unidas
Copyright: Project Syndicate, 2008
www.project-syndicate.org
traducción de Claudia Martínez
Ilustración de Patrick Thomas