SANTIAGO ALBA RICO, CARLOS FERNÁNDEZ LIRIA, BELÉN GOPEGUI Y PASCUAL SERRANO
Estos son tiempos para la reflexión en economía. Tras algunas décadas de predominio neoliberal patrocinado por la escuela de Chicago, la economía mundial se encuentra frente a una crisis de consecuencias imprevisibles, pero en cualquier caso gravísimas. Lo mínimo que se podría pedir al espíritu científico es cambiar los paradigmas, invertir las evidencias, reaccionar, en suma, ante esta bancarrota intelectual que impidió diagnosticar y prever la catástrofe que se avecinaba. ¿Es eso lo que se está haciendo?
Hemos conocido distintas versiones más o menos destructivas del capitalismo, lo mismo que del socialismo. Pero, respecto a la lógica interna que distingue a uno del otro, hay algo que debería hoy interesarnos vivamente. El socialismo puede dejar de crecer, el capitalismo no. El socialismo puede ralentizar la marcha, el capitalismo no.
Pensemos en el ejemplo de Cuba. Al hundirse la URSS, Cuba perdió repentinamente el 85% de su comercio exterior. Su producto interior bruto decreció nada menos que un 33% en términos absolutos. Uno puede hacerse una idea de la catástrofe si se piensa que en Europa nos echamos a temblar ante la perspectiva de perder un punto en el crecimiento previsto. Y a ello se unió un endurecimiento del bloqueo estadounidense. Sin embargo, la gente no murió de hambre en Cuba, no perdió sus zapatos, ni su educación, ni su seguridad social, ni tampoco su dignidad. Lo pasaron muy mal, pero no se enfrentaron al fin del mundo como habría ocurrido con semejantes indicadores en los países capitalistas.
En medio de la actual sacudida, cuando el capitalismo destruye cuerpos en África y puestos de trabajo en España, cuando erosiona sin remedio las condiciones de habitabilidad del hogar humano, cuando para ello tiene al mismo tiempo que recurrir al lubricante de las mafias, al estímulo de los integrismos religiosos, a la restricción de los derechos laborales y al recorte de las libertades, en ese momento, todas las miradas se dirigen, en efecto, hacia Cuba… pero para condenarla y hostigarla. ¿Por qué? ¿Qué pasa allí? ¿El récord de muertos en un solo día? En México. ¿El de sindicalistas y periodistas asesinados? En Colombia. ¿El de pogromos racistas contra inmigrantes? En Italia. ¿Homofobia? En Polonia. ¿Xenofobia institucionalizada y leyes raciales? En Israel. ¿Fanatismo religioso y machismo criminal? En Arabia Saudí. ¿Control de las comunicaciones, suspensión del habeas corpus, tortura, secuestros, asesinatos de civiles? En EEUU. ¿Malos tratos a detenidos, periodistas e intelectuales procesados, periódicos cerrados, corrupción galopante, inmigrantes en centros de internamiento? En España.
Bien, aceptemos que, en este cuadro dantesco, Cuba es apenas un “mal menor”. El que desde Europa y desde España se preste tanta atención negativa al país con menos problemas del planeta –como ha hecho el diputado Luis Yáñez (Público,
9-1-10)– demuestra de sobra, en todo caso, que no es lo malo de Cuba lo que se censura, sino lo que en Cuba se opone a esta lógica dantesca y a sus efectos; es decir, lo que tiene precisamente de bueno.
Los economistas Jacques Bidet y Gérard Duménil recuerdan que lo que salvó al capitalismo en las primeras décadas del siglo pasado fue la organización; es decir, la misma planificación que los liberales identifican horrorizados con el socialismo. Gobiernos e instituciones planificaron sin parar, como siguen planificando ahora, aunque lo hicieron para conservar y aumentar los beneficios y no para conservar la vida y aumentar el bienestar humano. Pero la planificación es ya, como quería Marx, un hecho. Basta sólo cambiarla de signo. En los últimos 60 años, la minoría organizada que gestiona el capitalismo global se ha visto apoyada, a una escala sin precedentes, por toda una serie de instituciones internacionales (el FMI, el Banco Mundial, la OMC, el G-8, el G-20 etc.) que han concebido en libertad, y aplicado contra todos los obstáculos, políticas de liberalización y privatización de la economía mundial. El resultado salta a la vista.
¿Y si planificásemos al revés? ¿Y si prestásemos un poco de atención positiva a Cuba? Esto no lo hemos probado aún, pero lo que intuimos en la actualidad es más bien esperanzador: a partir de una historia semejante de colonialismo y subdesarrollo, el socialismo ha hecho mucho más por Cuba que el capitalismo por Haití o el Congo. ¿Qué pasaría si la ONU decidiese aplicar su carta de DDHH y de Derechos Sociales? ¿Si la FAO la dirigiese un socialista cubano? ¿Si el modelo de intercambio comercial fuera el ALBA y no la OMC? ¿Si el Banco del Sur fuese tan potente como el FMI? ¿Si todas las instituciones internacionales impusiesen a los díscolos capitalistas programas de ajuste estructural orientados a aumentar el gasto público, nacionalizar los recursos básicos y proteger los derechos sociales y laborales? ¿Si seis bancos centrales de Estados poderosos interviniesen masivamente para garantizar las ventajas del socialismo, amenazadas por un huracán?
Podemos decir que la minoría organizada que gestiona el capitalismo no lo permitirá, pero no podemos decir que no funcionaría. Según una reciente encuesta de GlobeSpan, la mayoría que lo padece (hasta un 74%) apuesta ya por otra cosa.
En su artículo, el diputado Yáñez decía amar a Cuba. Por eso, le deseaba lo mejor: incorporarse al capitalismo, justo cuando este ha demostrado su fracaso y su incompatibilidad, al mismo tiempo, con el bienestar humano y con la democracia, con la dignidad material y con el derecho. Nosotros no amamos a Cuba: respetamos a sus hombres y mujeres por lo que han hecho y por lo que siguen haciendo. Quizás a Yáñez le tranquilice pensar en Colombia o en Arabia Saudí. A nosotros nos tranquiliza pensar en Cuba, esa isla donde incluso los límites, los problemas, los errores de la revolución señalan inflexiblemente, desde hace 51 años, la posibilidad histórica de una superación del capitalismo y de una alternativa a la barbarie.
Santiago Alba Rico es escritor
Carlos Fernández Liria es profesor de Filosofía (UCM)
Belén Gopegui es escritora
Pascual Serrano es periodista
Ilustración de Mikel Casal
PASCUAL SERRANO, SANTIAGO ALBA RICO, BELÉN GOPEGUI, CARLOS FERNÁNDEZ LIRIA, ROSA REGÁS, ISAAC ROSA, TERESA ARANGUREN Y CONSTANTINO BÉRTOLO
El presidente del Gobierno español recurrió al título de la película Buenas noches y buena suerte para dirigirse a los telespectadores en el debate previo a las elecciones. La película trata de un periodista que, durante el macartismo, comprendió que lo que se presentaba como una actividad para proteger al Estado era en realidad un proceso de destrucción de los derechos civiles. Quizá el presidente quería transmitir la idea de que vivimos en tiempos oscuros pero que existe la voluntad política de afrontarlos con dignidad. Pero quizá solo estaba diciendo buenas noches y allá cada uno con lo que le caiga encima, porque tenemos miedo y es mejor estar callados.
En estos últimos días, las presiones del Gobierno colombiano han llevado en nuestro país a la detención de un ciudadano español y a su linchamiento mediático. Conviene recordar que, según el CINEP, organismo de derechos humanos colombiano dependiente de la Compañía de Jesús, “del total de 1.670 violaciones del Derecho Internacional Humanitario reportadas en 2007, 858 se imputan a organismos oficiales dependientes del estado colombiano (fuerzas armadas y cuerpos policiales), 5 a agentes extranjeros, 39 a combatientes sin identificar, 580 a paramilitares, 176 a las FARC, 8 al ELN y 4 a ‘guerrilla’ sin especificar”. Por lo cual, “se verifica que con mucho el mayor violador del Derecho Internacional Humanitario en Colombia es el propio Estado”. Hay en este momento en Colombia más de 30 senadores y diputados presos o imputados por vínculos con el paramilitarismo.
¿De qué acusa la prensa a Remedios García Albert? De haber solicitado visados para los hijos de un miembro destacado de las FARC? ¿Se heredan los delitos? ¿Debe ser abolida, en estos tiempos oscuros, la labor humanitaria? Si un niño o un joven es aplastado por una viga, ¿deberemos asegurarnos de que ni sus padres ni –tal vez– sus abuelos han tenido jamás vínculos con el terrorismo antes de levantar la viga? La prensa ha acusado además a García Albert de haber entregado 6.000 dólares a una persona en Suiza. Ni siquiera se ha preocupado de averiguar a quién se le entregaba el dinero y para qué. No era un “representante de las FARC en Suiza” –dato desmentido por el Gobierno suizo– sino un refugiado gravemente enfermo que debía costear una operación quirúrgica. Dice el abogado de García Albert que ella “actuó como hubiera hecho cualquier persona de bien, esto es, hizo llegar a un enfermo la cantidad necesaria para hacer frente a la intervención sin imaginar que eso podría desencadenar la detención y la puesta a disposición por un presunto delito de colaboración con banda armada”. ¿Queremos construir una sociedad donde nadie se atreva a ayudar a un enfermo por lo que pudiera pasar? ¿Queremos un macartismo a la española?
La prensa no solo ha publicado correos electrónicos atribuidos a García Albert, incurriendo en un delito de violación de correspondencia, sino que también ha rozado la ignominia del amarillismo con artículos en donde se habla de las relaciones afectivas de García Albert, se lanzan insinuaciones insidiosas o se habla despectivamente de que la acusada se habría “pillado” una infección.
Para obtener las pruebas de que Remedios García tramitó visados y trasladó dinero para una intervención médica, el ejército colombiano violó el espacio aéreo y terrestre ecuatoriano en una acción en la que murieron 17 miembros de las FARC, pero también cuatro estudiantes universitarios de México y un ciudadano ecuatoriano. Debe aún investigarse si se produjo violación de los derechos humanos de los prisioneros y ejecución de heridos y prisioneros de manera extrajudicial. Deben investigarse las posibles violaciones del derecho internacional y de las Convenciones de Ginebra llevadas a cabo para incautarse los soportes informáticos donde se encontraban esos correos electrónicos.
Por lo demás, incluso la Interpol ha reconocido que “entre la fecha en que las autoridades colombianas incautaron a las FARC las ocho pruebas instrumentales de carácter informático, y el momento en que dichas pruebas fueron entregadas al Grupo Investigativo de Delitos Informáticos de la Dirección de Investigación Criminal (DIJIN) de Colombia, el acceso a los datos contenidos en las citadas pruebas no se ajustó a los principios reconocidos internacionalmente para el tratamiento de pruebas electrónicas por parte de los organismos encargados de la aplicación de la ley”. Se rompió la cadena de custodia durante más de 48 horas y en ese plazo “las autoridades accedieron a las pruebas sin haber creado y/o utilizado los mecanismos de salvaguarda necesarios para que el mero acceso no las alterase”.
Por otro lado, como explica el abogado de García Albert, si bien las FARC están incluidas en la lista de organizaciones terroristas de la Unión Europea desde 2002, esa consideración no es seguida unánimemente por los distintos países miembros. Así, las FARC no figuran en la lista del Reino Unido, ni en la de las Naciones Unidas. El Gobierno noruego manifestó en 2006 que no asumía la lista de la UE. Poco más de un año antes de su inclusión en dicha lista, los representantes de las FARC fueron recibidos por los gobiernos de España, Noruega, Suiza, Suecia, El Vaticano e Italia. En España, en el año 2000, se reunieron públicamente con representantes de la CEOE, de UGT, de CCOO y con el presidente del Congreso.
¿Por qué está ocurriendo todo esto? ¿Por qué resulta necesario recurrir a artículos de opinión para paliar la falta de información, cuando no la más burda intoxicación, de la prensa llamada seria? ¿Es normal que nuestras instituciones operen a requerimiento de un gobierno extranjero, campeón mundial de todas las violaciones y atropellos? ¿Es normal que nuestros medios de comunicación se limiten a reproducir la información policial y a atizar la criminalización de la detenida sin la más mínima investigación ni el más leve indicio de inquietud? ¿Es normal que una noticia así no provoque la menor “alarma ciudadana”? ¿Quién será el próximo? La compasión, la mediación, la solidaridad, el humanitarismo, ¿los dejaremos a un lado por miedo? En tiempos de oscuridad, solo se conservan los derechos que se defienden.
Ilustración de Jaime Martínez
BELÉN GOPEGUI
Dicen que el día 21 de mayo los jueces van a ir a manifestarse ante la Consejería de Educación de la Comunidad de Madrid para apoyar la huelga de profesores, maestros y educadores infantiles contra la privatización de la Enseñanza pública. Los jueces, sí, y los secretarios judiciales, y las técnicas de la Administración pública. Dicen que también van a ir las estudiantes universitarias que están encerradas en protesta por la privatización de la universidad, y los profesionales de la sanidad, las periodistas, los libreros, las trabajadoras del metro, los que tienen contratos precarios en la empresa privada. Dicen que van a ir quienes trabajan en Seat y en Telefónica y en la construcción y en la distribución de alimentos, en empresas de informática y en medios de comunicación. Dicen que irán parlamentarias y ministros, porque los parlamentarios y las ministras también son ciudadanos. Dicen que van a ir ecologistas y emigrantes y feministas y militantes por los derechos gays, dicen que van a ir los internautas. Y dicen, esto es quizá lo más extraño, lo que más ha desazonado a Esperanza Aguirre, que van ir las profesoras y los padres de los alumnos que asisten a colegios concertados.
Los colegios de ricos, dijo un escritor alemán, tienen profesores. Los colegios de pobres tienen ordenadores. Los países pobres no tienen un buen sistema educativo. Recuerdo haber discutido esta cuestión hace años con un subsecretario de Educación de un gobierno del PSOE. Él sostenía que la práctica totalidad del presupuesto de Educación estaba destinada a pagar gastos fijos, nóminas, infraestructuras, que no tenían dinero para más profesores y que, por tanto, el margen de maniobra de un gobierno socialdemócrata era casi irrelevante. Entonces, aún no se habían traspasado las competencias, pero hoy sigue siendo legítimo preguntarse para qué queremos un Estado si no es capaz de garantizar el derecho constitucional a la educación (la Constitución dice educación, no dice guarderías de adolescentes, no dice el derecho a que los hijos estén apartados de los padres ocho horas al día para permitirles trabajar); si no se puede dar un vuelco en los presupuestos y en la normativa; si la práctica de pagar horas extraordinarias a las profesoras se considera una medida decente para evitar el fracaso escolar; si hay inspectores que dicen a los profesores: en una empresa privada y con este nivel de suspensos, ya te habríamos despedido; si el objetivo no es que los alumnos aprendan, sino que parezca que aprenden; si las consecuencias del informe PISA se limitan a un editorial por periódico el día siguiente de su publicación.
La política es una cuestión de prioridades o no es nada. Gestionar los mil problemas del día a día aturde a los diversos cargos de la Administración y les mantiene ocupados. Pero después, qué. Si el Gobierno de un país no sabe imaginar ese país dentro de diez años, si no puede invertir una tendencia, si no es capaz de lograr que una generación esté mejor formada que las generaciones que la precedieron: ¿para qué sirve la política? Qué trivial y ridículo resulta el debate sobre la asignatura Educación para la Ciudadanía cuando aquellos a quienes va dirigida la asignatura no han podido aprender a comprender un texto y a mantener un debate argumentado.
Quienes han convocado la manifestación del día 21 hablan de cómo la Comunidad de Madrid cede locales y terrenos públicos por precios irrisorios a colegios privados que luego concierta, recuerdan que el presupuesto para la red privada-concertada en los últimos cinco años ha crecido el triple que el de la Enseñanza pública. Relatan ejemplos como el del barrio Monte Carmelo, donde los responsables de Educación dijeron a las asociaciones de padres y madres que no iban a construir ningún instituto y que la demanda del barrio para estudiar a partir de secundaria se podía cubrir a través del colegio concertado diocesano. Todo esto es injusto y si la oposición existe, debería estar presentando recursos ante los tribunales porque la propiedad pública no puede ser malversada, ni el derecho a la educación puede estar supeditado a las cuotas que piden “voluntariamente” a las familias los colegios concertados, ni el incumplimiento reiterado de la legislación puede quedar impune. Pero hay algo aún más grave.
La educación no es un juego de suma cero. Por el contrario, dos personas que han podido desarrollar sus facultades son mejores que una que ha podido y otra que no. El cálculo de quien piensa que si sólo él y su grupo social reciben una formación adecuada, les será más fácil la vida, es mezquino y poco inteligente. Un país de escaso talento no ayuda a nadie.
Por eso, dicen que los jueces van a acudir a la manifestación, y las médicas, y los profesores de colegios concertados que saben que las mejoras de la Enseñanza pública servirán para que ellos puedan también luchar contra sus contratos precarios y un número de horas de clase a menudo intolerable. Dicen que la plaza de Colón y la calle Sevilla podrían desbordarse, que el 21 de mayo podría ser un punto de inflexión, un momento en el que este país empezó a pensar que valía la pena luchar por algo que, a primera vista, no les concernía directamente.
¿Recuerdan el cuento de la manta? En una casa, vivían un hombre, su padre viejo y su hijo, que todavía era un bebé. El hombre decidió sacar al padre de la casa, dejarlo tirado en las calles. Le dio una manta para el frío y cuando el viejo iba a salir de la casa, se oyó la voz del bebé en la cuna que decía:
–¡No le des la manta entera! Dale sólo la mitad.
–¿Por qué?, preguntó el padre acercándose a la cuna.
–Porque, contestó el bebé, yo necesitaré la otra mitad para dártela cuando te eche de aquí.
Nuestros gobiernos, el de la Comunidad de Madrid y el de la nación, están dejando a la Educación pública tirada. Dentro de veinte años, cuando España sea una colonia de sí misma, quienes lo consintieron serán arrojados al desprestigio y la irresponsabilidad, vivirán en el país desastroso que ellos contribuyeron a hacer, o quizá se vayan y lo contemplen desde lejos, sin esperanza y sin vergüenza. O quizá no. Quizá el 21 de mayo no se queden en casa. Ni ellos ni nosotros.
Belén Gopegui es escritora. Su última novela es El padre de Blancanieves
Ilustración de José Luis Merino
BELÉN GOPEGUI
El Consejo de Ministros se siente cansado, lleva toda la mañana aprobando disposiciones y los músculos de la sonrisa colegiada y el asentimiento empiezan a flaquear. Ahora es el turno de los agrocombustibles. Hay que poner las bases para un acuerdo marco por el que se subsidiará la construcción de varias plantas de etanol y biodiésel. El Consejo de Ministros escucha distraído palabras como protección del medioambiente e impulso de la biodiversidad. Una mosca biodiversa pasa, el Consejo la mira, se abstrae. Algunas veces al Consejo le gusta compararse con personajes literarios y, la verdad, el personaje con quien más se identifica ahora el Consejo de Ministros es el príncipe Myshkin, el idiota. La de problemas que ocasionó ese hombre por no saber decir que no, por no poder decirlo. Sin embargo, piensa el Consejo, el príncipe no era tonto; por el contrario, se daba cuenta de las cosas mejor que nadie.
“Yo también me doy cuenta”, reflexiona el Consejo de Ministros. Luego apoya su cabeza colegiada en una mano, colegiada también, y fantasea. Se ve a sí mismo hablando con la rápida exaltación del príncipe. Elige como interlocutores, en su fantasía, a los representantes de las grandes corporaciones petroleras, automovilísticas, cerealeras, etcétera:
—¿No me podríais ahorrar al menos la cantinela de frases falsas? Los agrocombustibles son un negocio. Tenéis el negocio. Así pues, callad. El gobierno no será vuestro agente publicitario. ¿Qué tienen que ver los agrocombustibles con la protección medioambiental? Nada. Lejos de disminuir, las emisiones aumentan por el uso de fertilizantes químicos que introducen nitrógeno en el suelo y óxido nitroso en la atmósfera, por el avance de la frontera agrícola industrial y de las plantaciones de monocultivos forestales, por el crecimiento del transporte de un continente a otro. Ni siquiera necesito acudir a los artículos de científicos honestos. Vosotros os delatáis a cada instante. Toda la producción de agrocombustibles estadounidense, decís, no bastaría hoy para subvenir las necesidades de uno solo de sus Estados. ¿A quién vais a comprar los cereales? ¿A qué precio? Erosión del suelo, muerte de la biodiversidad, esclavitud reeditada en nuevas plantaciones coloniales. ¿Y el agua? Más del 70 por ciento del agua dulce se emplea en la agricultura. ¿Cuánto pensáis gastar a partir de ahora? ¿Agua de quién?
¿Buenos los agrocombustibles? Hombres y mujeres cortadores de caña que salen a las tres de la madrugada y regresan a las ocho de la noche. Los hay por millares. ¿Limpios los agrocombustibles? Grandes trituradoras, primero y, a continuación, plantas donde se llevan a cabo proceso químicos, todo ello exige calor, energía, contaminación. Sin contar los tóxicos que liberan después en su combustión. Y ese Al Gore, me cansa. No lo llames cambio climático, Gore, llámalo gangrenar el territorio; ni eches la culpa a cada personita, no es lo mismo Monsanto que los chicos que olvidan apagar la luz. ¿Rentables los agrocombustibles? Para poner la agricultura al servicio de la energía, el Estado de Florida desembolsa subsidios e incentivos tributarios que pueden superar los 5.000 millones de dólares por año. ¿Rentables para quién? ¿De dónde sale el dinero de esos subsidios? ¿En qué va a dejarse de invertir?
El Consejo de Ministros cambia de mejilla y de mano. De nuevo apoya la cabeza. Su aspecto lánguido en absoluto delata la vehemencia de su
pensamiento.
—¿Y la imaginación? El dinero compartimenta la imaginación, convierte la materia en números y dificulta las asociaciones. Pero en el caso de los agrocombustibles la materia se impone. Dos kilos y medio de maíz para llenar el 5 por ciento del depósito de un coche. Comida para coches. Comida por millones de toneladas, agua dulce por miles de millones de litros. El presidente cubano, Fidel Castro, lo ha calificado de monstruoso. Indiferentes, vosotros seguís con vuestras presentaciones de power point, llenas de florecillas y supuestas buenas intenciones. Ya sé, dentro de poco vendrán los llamados biocombustibles de segunda generación. Diréis que no proceden de alimentos sino de cosas como las algas, aunque las algas también son un alimento que podría paliar la desnutrición en decenas de países. Las algas gastan menos agua, no erosionan la tierra, no utilizan agrotóxicos, absorben algunos metales pesados y son más eficientes que los agrocombustibles. Pero entonces: ¿por qué son las segundas en llegar? En 1978 el departamento de energía de los Estados Unidos fundó un programa para investigar el combustible de algas. Lo abandonó en 1996. Era más rápido hipotecar las tierras de las ex-colonias. Más interesante acaparar el grano, diezmar las selvas, expulsar a las comunidades campesinas con violencia o emplear la usura para obtener un nuevo endeudamiento de continentes enteros. Lo de las algas era más lento. Y tampoco, desde luego –el Consejo suspira–, las algas son la panacea. No hay panaceas. Hay medidas lógicas pero imposibles de adoptar mientras yo siga secuestrado.
El Consejo de Ministros dibuja garabatos en un bloc. La sesión está a punto de terminar. Su cautiverio, reconoce el Consejo, es confortable. Se desplaza en coches silenciosos. Los despachos que ocupa tienen amplias ventanas con vistas al exterior. La comida no es mala. Le han dicho además que, cuando deje de ser Consejo de Ministros, los secuestradores podrían buscarle algo en cualquiera de sus “empresas internacionales integradas”. Sin embargo, a veces… a veces al Consejo le gustaría decir que no es idiota. Le gustaría salir a una rueda de prensa y contar las cosas que le obligan a hacer. No descubriría nada nuevo, claro. Pero sería un descanso para todos.
Belén Gopegui es escritora. Su última novela es El padre de Blancanieves.