BENJAMÍN FORCANO
Creo que es exacto hacernos esta pregunta. Llevamos una legislatura en que el desconcierto de la gente ha ido creciendo. Y ha culminado ante la aparición y declaraciones insistentes de la Jerarquía eclesiástica en contra del Gobierno socialista.
Eco de este desconcierto son los tres documentos que acaba de emitir el Foro Curas de Madrid: 1. Laicidad y laicismo. 2. ¿Están algunos de nuestros obispos traicionando la neutralidad política? 3. La formación del clero de Madrid en manos del Partido Popular, en los que se pide a la Iglesia una nueva relación y manera de actuar en la sociedad de hoy, un abandono del poder del pasado desde el que todavía pretenden seguir mandando y una denuncia por estar confiando la formación de los sacerdotes de Madrid, en temas de enorme actualidad, a personas conocidas del Partido Popular.
El caso es que, en España, no hay ningún obispo profeta que disienta y se atreva a hacerlo públicamente. Son, sin embargo, millones los católicos que disienten y se distancian de la cúpula dirigente. Tienen muy claro que sus Pastores no proceden así por más fidelidad al Evangelio y por más amor los pobres.
No deja de resultar significativo que, en una situación democrática donde existen condiciones de libertad como no las hubo antes, han venido algunos obispos denunciando que la Iglesia con este Gobierno se siente acosada y perseguida: “Se da una crítica y manipulación de los hechos de la Iglesia, un cerco inflexible y permanente por medio de los medios de comunicación. Somos una Iglesia, crecientemente marginada. Lo que estamos viviendo, quizás sin darnos cuenta de ello, es un rechazo de la religión en cuanto tal, y más en concreto de la Iglesia católica y del mismo cristianismo” (Mons. Fernando Sebastián, Situación actual de la Iglesia: algunas orientaciones prácticas, Madrid, ITVR, 29 -III- 2007).
“No nos quieren”, repetía hace poco uno de los obispos. Pues claro, pero ¿ por qué no los quieren? ¿La Iglesia son los ochenta obispos de nuestro país? Y se les seguirá no queriendo mientras sigan encarnando ese modelo de Iglesia clerical, menospreciativo del pueblo, ajeno a la igualdad, la cercanía y la humildad para contar y aprender del pueblo. La Iglesia –clerical– ha sido mucho maestra y muy poco discípula.
Seguramente es verdad lo que un buen sociólogo me decía: no son creíbles porque viven en otro mundo, añoran hábitos hegemónicos de poder y dominio de otra época, no están dispuestos a despojarse –dejarse morir– para iniciar una adaptación que les haga valorar la nueva situación.
Ha habido en los últimos siglos una positiva evolución de la conciencia social y eclesial que explica la nueva situación. El concilio Vaticano II lo entendió perfectamente y, por primera vez, hubo una reconciliación oficial con el mundo moderno, con la democracia, la igualdad, el pluralismo y la libertad. Pero eso no es lo que se daba antes. Antes era la alianza de la Iglesia con los poderes estatales, la primacía de la religión católica, el protagonismo del clero, la supeditación de los saberes humanos al saber teológico, la devaluación de lo terreno y temporal, la desigualdad, la desconfianza frente al mundo y otras religiones, el honor de la Iglesia como tarea prioritaria y no la liberación de los pobres, la obediencia como norma suprema.
Y cuando el cambio de todo esto ocurre, se dirige la vista a otra parte y se inventa un falso enemigo a quien culpar de todo. Lo que es una situación objetiva irreversible –hemos pasado de una época teocrática e imperialista a otra humanocéntrica y democrática–, se la interpreta como un cúmulo de males, provocados por un partido y un gobierno.
Muchos hechos del presente tienen causa en el pasado. El modelo de Iglesia tridentino dista mucho del modelo del Vaticano II. Y el del pasado debe ser entendido y explicado a través del modelo del Vaticano II, no al revés, como no pocos pretenden. El cardenal Ratzinger –hoy Papa– en su Informe sobre la Fe de 1985 afirmaba: “Resulta incontestable que los últimos veinte años del posconcilio han sido decisivamente desfavorables para la Iglesia… Una reforma de la Iglesia presupone un decidido abandono de aquellos caminos equivocados que han conducido consecuencias indiscutiblemente negativas”.
El cardenal Ratzinger pudo, como timonel durante 23 años en el pontificado de Juan Pablo II, dedicarse a reconducir esos
equivocados caminos.
Por tanto, los desasosiegos y los anatemas de la Jerarquía se deben a que sufren una descolocación con el tiempo en que vivimos. Es significativo que en la Iglesia –jerarquía y pueblo– sea tan notable el desentrenamiento para vivir en una situación democrática. Vivir en democracia es algo que le ocurre por primera vez. Y los hábitos democráticos no se improvisan, hay que aprenderlos, cultivarlos, amarlos.
El concilio vivió un conflicto entre una minoría conservadora y una gran mayoría renovadora. Lo que esa minoría perdió entonces lo fue ganando posteriormente, contando con la aportación del entonces definidor de la fe, y hoy Papa, que parecía proponer hacer tabla rasa de todo y comenzar de nuevo.
Todo parece indicar que la Iglesia de Benedicto XVI con los vientos a favor camina hacia el preconcilio: da trato de favor a los neoconservadores, pone en entredicho el diálogo ecuménico, se sitúa de espaldas a la legítima autonomía de la cultura y de las ciencias, pospone, frente a problemas internos que han sido ya replanteados, las grandes causas de la humanidad que, por ser primeras y prioritarias, deben unirnos a todos.
Ese modelo de Iglesia autoritaria y neoconservadora, no servidora y anunciante de un Reino de hermanos y hermanas, en igualdad, libertad y amor, es el que dicta el regreso al pasado y el miedo a una auténtica inserción en el presente.
Benjamín Forcano es sacerdote y teólogo
Ilustración de Enric Jardí
BENJAMÍN FORCANO
Los humanos podremos parecernos a un rebaño, pero no somos un rebaño. Que lo seamos es lo que buscan los mastines de la cosa pública. Ellos conocen muy bien las leyes de los comportamientos gregarios; las claves para dominar con el menor costo posible.
El hombre tiene el privilegio de ser libre, aun cuando infinitud de veces ignore que es esclavo de sí mismo y de la sociedad. Y es que llegar al ejercicio de una libertad personal no es nada fácil. En toda sociedad la realidad se interpone entre nuestro yo y el poder informativo. Lo que pasa es que a nadie se le ofrece directa la cara de la realidad; cuando creemos apresarla, hay otros que ya lo han hecho –los dueños del poder mediático–, y nos la muestran modificada con colores del propio interés e ideología.
La vida política, especialmente ahora en nuestro país, es un escenario-reflejo de lo dicho. Lo ha mostrado hasta la saciedad el PP.
El atentado del 11-M es un hecho superclaro del terrorismo islámico. Las elecciones de marzo de 2003, ganadas por el PSOE mediante decisión soberana y mayoritaria del pueblo, es un hecho superclaro. La ilegal, injusta e inmoral participación de España en la guerra de Irak autorizada por el presidente y Gobierno de entonces es un hecho superclaro. La frustración, el rencor y la voluntad del PP, con Aznar a la cabeza, de no aceptar de facto la derrota de las elecciones, es un hecho superclaro.
El acierto de Zapatero de sacar las tropas españolas de Irak es un hecho superclaro. El carácter democrático y moral de las leyes promulgadas por el actual Gobierno: LOE, Matrimonios Homosexuales, Igualdad entre Hombres y Mujeres, Inmigración y Políticas de Normalización, Dependencia y Estado de Bienestar, etc. son hechos superclaros.
Son hechos superclaros el aumento de las pensiones, el descenso progresivo del desempleo, el crecimiento de la economía, la consensuada imparcialidad de la televisión pública, la superaumentada participación de la mujer en puestos de la vida política, etc. Hecho superclaro es la voluntad del Gobierno, debatida y aprobada en su momento por el Parlamento, de abrir negociación con ETA para erradicar para siempre toda amenaza, extorsión, agresión, secuestro y muerte en el País Vasco.
Pues bien, aún siendo así, hay que seguir negando y deformando los hechos y reafirmar que en el presidente del Gobierno sólo ha habido desaciertos.
Es mentira, pero no se ha dejado de repetir, que Zapatero era un débil, un insustancial, un ignorante, un descerebrado en política, un rompedor de España, un juguete de los terroristas etarras, un vendido, un enemigo declarado de la religión católica y de los valores del matrimonio y de la familia, un urdidor de leyes inmorales, un desastre para la imagen de España en su política exterior, un colmo de desaciertos. Zapatero es el responsable de todo, el tirano democratizado, el tonto elegido por más de doce millones de españoles engañados, hay que acabar con él, destruirlo, es el anti-cristo.
Y llegó el lunes el debate más esperado. No fue una sorpresa. El sr. Rajoy volvió con su obsesiva negatividad: Vd., sr. Zapatero, no ha hecho nada en economía, no tiene ninguna idea sobre España, ha hecho de la inmigración un coladero, no le han importado los problemas reales de la gente, no ha hecho sino dividir y crispar, ha negociado con ETA, ha agredido a las víctimas, ha mentido y engañado… Ya podía el presidente desgranarle con datos comparativos la distancia abrumadora entre lo que el PP hizo en sus dos legislaturas y lo hecho por el PSOE en la actual. El sr. Rajoy cero vista y cero oídos. Saltaba a la vista la mejora en todos los campos, cero percepción; ningún reconocimiento, ni una mínima aprobación. No le interesaba el bien de España, sino negar y negar, descalificar, arreglárselas para volver al poder. ¡Qué horror de nihilismo!
Quienes desde fuera contemplan lo que ocurre en nuestro país se quedan pasmados ante las barbaridades que se profieren contra Zapatero.
Los hechos son superclaros. Es obvio que el presidente Zapatero ejerce políticamente un estilo respetuoso, dialogante, humilde y a la vez firme, que aplica desde un Gobierno representado y apoyado por la mayoría. Y es mérito suyo el aguante que ha demostrado ante tanta y tan zafia agresividad.
Si buscamos una explicación a lo descrito, encontraremos que viene de atrás. Los pueblos tienen su historia y el pasado cuenta en el presente. Lo explica en parte un hecho histórico fundamental: en la vida política de España, la Iglesia de la cristiandad o del nacionalcatolicismo siempre anduvo de mano del capitalismo y de la derecha. Se habló de la herejía de cristianos por el socialismo, pero nunca de la herejía de cristianos por el capitalismo. Al socialismo se lo tenía bien marcado por ateo, anticlerical, laicista, perseguidor de la Iglesia y marginador de la Religión. Tras él se esconde –se vuelve a afirmar hoy– el enemigo que pretende arrinconar a la Iglesia y borrar toda huella de Dios en la sociedad. Su meta es sustituir a la Iglesia con una nueva doctrina, unas nuevas leyes, unos nuevos valores y un nuevo credo.
Este es el leitmotiv de ciertos eclesiásticos actuales. El Vaticano II reconoció que la Iglesia, atrincherada en la Edad Media, resultó en buena parte antimoderna, anacrónica, incompatible con la libertad y el progreso, obstaculizadora de la democracia y de los derechos humanos.
Desgraciadamente, los fantasmas reviven y siguen asustando: “el socialismo es un peligro para la Iglesia, una degradación ética, una claudicación de la unidad de España”.
Hoy, sin embargo, estamos en tiempos nuevos. Creyentes y no creyentes estamos destinados a entendernos como personas y ciudadanos. Todos compartimos una fe común en el ser humano, y unos y otros asumimos una perspectiva política laica, sea cual sea el partido que esté en el Gobierno. Esa perspectiva se hace operativa estableciendo leyes que regulen la convivencia de todos, aplicando una ética y leyes comunes, vinculantes para todos.
Sin privilegios ni discriminaciones, caminamos hacia la casa común de la dignidad humana, de la razón, de la libertad, de la ética natural, del respeto y confianza mutuas. Las religiones, hechos naturales y legítimos, se erigen sobre esa base y están en su derecho de ofrecer valores, promesas y horizontes específicos que consideren importantes para la felicidad del hombre. Pero libremente.
Benjamín Forcano es sacerdote y teólogo
Ilustración de José Luis Merino
BENJAMÍN FORCANO
Se trata de la guerra civil, la del 36, en la que todos los españoles nos vimos implicados. Nadie podía quedar al margen de una España partida en dos. Se han escrito muchas cosas sobre el tema que, en general, han servido para hacer luz y restañar heridas de aquel trágico momento de nuestra historia.
Miramos a un pasado que nos pertenece. Lo importante es descubrir las causas que nos llevaron a la extraña locura de matarnos los unos a los otros.
Hablo de causas porque ni lo que entonces ocurrió, ni lo que ahora está ocurriendo, se explica sin ellas. Fue así, pero hoy ya no debiera serlo. En el fondo, el drama era antiguo y volvía a repetirse: la exclusión de unos por otros, dando a unos como buenos y a otros como malos.
Nunca una convivencia plural y libre, convencidamente respetuosa y pacífica, explota en aniquilación del contrario. El veneno que mata es la intransigencia. Si se llega a afirmar que sólo mi verdad tiene derecho a existir, entonces el otro, con su verdad negada, está condenado a morir.
Así ayer. ¿Así también hoy?
Seguimos en la pelea de que España sólo hay una, de que los españoles auténticos son católicos, neoliberales y de derechas; no republicanos, ateos, agnósticos o de otras religiones, ni socialistas ni de izquierdas. Ésa es la doble España, la España que sustenta la exclusión y la imposibilidad de una convivencia plural ideológica, religiosa y política.
La España en dos sigue, porque no hemos llegado a hacer nuestro lo positivo de la modernidad, lo que son derechos de la persona: derecho sagrado y primero a vivir, a vivir en democracia, con pluralismo, con igualdad y libertad, con fe o ateísmo, con libertad de culto y de conciencia.
El hombre es libre para pensar, para pensar disintiendo, y las ideas jamás se imponen. Un pueblo sojuzgado, uniformado, sin derecho a pensar y disentir, no es adulto, no es libre, no es moderno.
Entiendo así que muchos de los planteamientos con ocasión de la Ley de la Memoria Histórica van a ser irritantes y estériles, por más que se diga que no se trata de señalar culpables o inculpables, vencedores o vencidos. Desdeñando entrar en lo de culpables o inculpables, se trata ahora de otra cosa, de una conversión llevada a la raíz: de pedir perdón por haber sido excluyentes, por habernos considerado poseedores únicos de la nacionalidad, de la verdad, de la religión, de la salvación. Llevar en la frente la marca de heterodoxo, de antinacionalista, de hereje, de disidente era estar sentenciado a muerte. Este malo predeterminado y esta maldad predeterminada no tenían cabida en la sociedad. Y la sentencia la daba siempre una parte, lo que equivalía a que la otra se retractara o fuera aniquilada. Por ser, además, voluntad de Dios.
El examen es aquí fundamentalmente colectivo. Nos faltaba la premisa de reconocer al otro el derecho a vivir y a expresar libremente su verdad.
Faltaban las premisas y eran previsibles los efectos: ¡con nosotros o con ellos! Y si con nosotros, contra ellos. Y si con ellos, contra nosotros. O nacional-católico o al infierno. U ortodoxo y obediente hasta las gachas o al infierno. La responsabilidad individual quedaba deglutida por la omnipotencia de la ideología sacralizada.
Es indudable que hubo un condicionamiento colectivo que nos predispuso y enajenó hasta llegar a donde llegamos. Luego, unos perdieron, otros ganaron; unos pudieron reafirmar sus ideas y dominar la escena pública y otros soportar humillados la clandestinidad: triunfantes o prohibidos. Y, así, todos metidos en la loca y excluyente espiral de la violencia.
Hay que pedir perdón por la brutal persecución que ejercimos unos y otros sobre la otra parte: odiamos y nos odiaron; despreciamos y nos despreciaron; excluimos y nos excluyeron; matamos y nos mataron.
Hay que pedir perdón, confesar haber estado equivocados y arrepentirse por el absolutismo de ambas partes. Perdonar y que nos perdonen. La educación y fe recibidas estaban mal enfocadas, asentadas en presupuestos de dogmática exclusión.
El presente y el futuro nos exigen un cambio radical de presupuestos: somos hermanos, no lobos; amigos, no enemigos; buscadores, no poseedores de la verdad; racionales, no pistoleros de la verdad; iguales, no inferiores; buenos españoles, aún sin ser católicos.
Lo pasado se puede remediar en lo que fue causa de tanto desvarío y ruina.
Cambiar las causas es evitar las desgracias del pasado y preparar un nuevo clima y escenario para una convivencia justa, libre y pacífica.
La guerra muere, matando las causas que la provocaron.
Los “rojos” mataron a muchos creyendo que tenían razones para hacerlo, y se equivocaron. Los “nacionales” mataron a muchos creyendo que tenían razón para hacerlo, y se equivocaron. La jerarquía eclesiástica apoyó el golpe militar, dándole un carácter de cruzada, y se equivocó. Los vencedores ejercieron una depuración masiva y cruel, y se equivocaron. Nos equivocamos restaurando el mérito y honor de los caídos en un bando y olvidando y denigrando el mérito y honor de los caídos en el otro.
¿Beatificación de los mártires de la cruzada? ¿Reivindicación y homenajeamiento de los que, asesinados, fueron deliberadamente olvidados y menospreciados?
Reconocimiento, ahora ya, de todas las víctimas, en altares sagrados o profanos, con elevación a la gloria de Bernini o a otra gloria civil cualquiera, pero sin ninguna manipulación de las víctimas, desterrado para siempre el veneno mortal que nos lanzó los unos contra los otros.
Benjamín Forcano es sacerdote y teólogo
Ilustración de Iván Solbes
BENJAMÍN FORCANO
Al ocuparme del tema, busqué una lectura directa del contenido de la Ley. Recorrí siete librerías. Ninguna me daba el texto oficial. En la última, el director me dijo:
–Mire Vd., aunque tuviera que tenerla, yo no la tendría.
–¿Por qué?
–Porque es un atraco.
–Perdone, ¿Vd. ha leído el texto?
– No.
–Y ¿entonces? ¿No es Vd. un manipulado?
–Pero yo tengo gente de la que me fío y que me dice la verdad.
– Pues yo tengo también esa gente y me dice todo lo contrario.
–Es que este Gobierno que mal nos gobierna…
–Bueno, lo ha dicho Vd. todo: el PSOE es malo; esta ley es del PSOE, luego es mala. Buenas tardes y que Dios le acompañe.
Mi intuición se confirmó al ciento por ciento. Todo el mundo habla de la Ley y nadie la ha leído. Pude comprobar que esta ley viene en parte de la recomendación del Consejo de Ministros de Europa, se basa en la Declaración Universal de los Derechos Humanos y en la Constitución española y en otros tratados y organismos internacionales, es enseñada prácticamente en todos los países de Europa y, si se la compara con la LOCE (PP) en la sección ética, el temario es casi idéntico.
No obstante, Mariano Rajoy afirmaba en la COPE: “Esta asignatura no tiene ningún sentido. No le aporta nada a ningún alumno. Estamos haciendo algo grotesco”.
¿No tiene ningún sentido legislar que la educación es la principal riqueza y recurso de un país, que es el medio más adecuado para transmitir y renovar los conocimientos y valores, que tiene como finalidad formar a los ciudadanos en el respeto a los demás, la tolerancia, la solidaridad, el diálogo y el rechazo de toda desigualdad y discriminación, de toda violencia y prejuicio?
¿No sirve para nada una ley educativa que enseña los elementos básicos de la cultura y prepara para el ejercicio de los derechos y obligaciones en la vida civil?
¿Es grotesco que los alumnos aprendan los valores democráticos: justicia, pluralismo político, libertad, autoestima, responsabilidad, igualdad de todos ante la ley?
Dice literalmente la ESO: “La realidad fundamental y común que atraviesa la Educación para la Ciudadanía y los Derechos Humanos y la Educación ético cívica es la persona”. La persona es, en efecto, la que fundamenta, esclarece y limita la intervención de los diversos educadores.
Me propuse recopilar las denuncias que llegaban del mundo eclesiástico: esta ley es inaceptable en el fondo y la forma, sus contenidos son perjudiciales para el desarrollo integral de la persona, impone a todos una moral de Estado por la fuerza de la ley, lesiona los derechos de los padres, impone el relativismo y la ideología de género. Contra ella es lícita una defensa incluso con la objeción de conciencia.
Quien lea el texto verá mucha palabrería hueca y nada o muy poca razón. Una vez más asistimos a una convivencia sin argumentación ni diálogo y, en consecuencia, confundida y manipulada. Analicé finalmente un discurso reiterativo de rechazo.
–Si hablamos de la responsabilidad del Estado, hablemos, puesto que estamos en España, del Estado actual, que es un Estado de Derecho, laico, aconfesional y no de un Estado totalitario y fascista.
–Si hablamos de procedimientos democráticos, mostremos cómo la mayoría de los españoles ha aprobado democráticamente en el Parlamento esta Ley.
–Si hablamos de leyes justas, hablemos del proceso a seguir en una democracia: debate, aprobación, promulgación y vinculación moral de estas leyes. El camino a seguir es el elegido por el pueblo a través de sus representantes en las Cortes Generales y en el Gobierno: poder legislativo, poder judicial, poder ejecutivo.
–Si hablamos de derechos y deberes a la hora de educar, unos y otros son propios de todas las instancias educativas, pero unos y otros proceden de la dignidad de la persona (la del niño), quien sugiere, exige y limita a todos, también a los Padres, al Estado, a la Iglesia, a la Escuela. El derecho de los educadores no es omnipotente, viene limitado por la dignidad de la persona, que reprueba cualquier abuso de poder.
–Y, finalmente, si hablamos de un Estado democrático, hablemos de una sociedad multicultural y pluralista, donde la medida para todos es la dignidad universal de la persona, percibida y desarrollada desde la perspectiva de una ética civil, vinculante para todos en sus elementos básicos. La no vinculación se refiere a credos particulares (ideológico, filosófico, político, religioso) que no pueden imponerse a todos.
El Estado debe garantizar el derecho de cada uno a ser ateo o creyente, pero no imponer a nadie, por ley, una cosa ni otra. Hay propuestas que atañen al Bien Común y en ese caso deben ser reguladas desde lo que es bien y derecho de todos.
España tiene una historia en que, de hecho, ha prevalecido una unidad de credo religioso y político. Hoy esa unidad se ha convertido en pluralidad democrática, con derecho de todos a pensar y disentir, sin dejar de ser por eso buenos españoles: católicos, creyentes de otra confesión, ateos, neoconservadores o progresistas. Presupuestos excluyentes (la verdad y el bien están de nuestra parte, el error y el mal de la otra) son los que llevan a la exclusión y enfrentamiento. Una educación y convivencia democráticas, en que quepamos todos pacíficamente, requieren remover todo presupuesto excluyente.
Benjamín Forcano es sacerdote y teólogo. Es autor de Educación para la Ciudadanía y los Derechos Humanos. Una propuesta educativa acorde con una visión humanista cristiana