Publicidad

Dominio público

Opinión a fondo

De qué comercio justo hablamos

10 may 2009
Compartir: facebook twitter meneame delicious

 CARLOS BALLESTEROS

comercio-justo-alta-res_cmykok.jpg

Según el Observatorio Cetelem 2007 de la Distribución, el consumidor de hoy día es mucho más exigente sobre los productos que compra y se preocupa cada vez más por la calidad y la seguridad de los productos que adquiere. Con el desarrollo de las nuevas tecnologías está cada día más y mejor informado sobre los productos que adquiere. Las principales inquietudes de los españoles serían la preservación del medio ambiente, las desigualdades sociales, la financiación de las pensiones y el coste de los servicios sanitarios. Una afirmación impactante –por lo que de revolucionaria tiene para los no iniciados en el mundo del comercio justo– es que para algunos consumidores “la calidad estaría también relacionada con la procedencia del producto”.

Sin embargo, a la hora de la compra real (no de las intenciones) tan sólo el 13% de los ciudadanos se interesan por averiguar en qué país y en qué condiciones se ha fabricado el producto que va adquirir, mientras que cerca del 29% no se lo ha cuestionado nunca. Para casi la mitad de los entrevistados el comercio justo pasará a ser “un comportamiento más del consumidor” entre la gran oferta que le brinda el mercado. La mayoría de los españoles no conocen el comercio justo o tienen una definición errónea del tema. Sólo una minoría sabe que se trata de algo relacionado con la mejora de las condiciones de vida de los habitantes del sur, mientras que es curioso observar cómo está arraigada la identificación de “precio justo” en relación a “ajustado” y no tanto al de justicia.

El comercio justo en España, superada ya la década de existencia en nuestro país, con un cierto desarrollo por lo que se refiere a la creación de iniciativas locales y de importadoras de productos, tiene un incierto futuro en lo que respecta a sus objetivos y a la línea a seguir para su implantación social. En este sentido, es muy impactante el incremento de ventas a través de la comercialización en grandes superficies, pero para algunos –entre los que me encuentro– este crecimiento es puramente comercial y va en menoscabo de los verdaderos postulados del comercio justo como alternativa real a un sistema económico injusto.

Según las estimaciones de las organizaciones de Comercio Justo (Anuario SETEM 2008), entre 2000 y 2007 las ventas de este sector han crecido, irregularmente, un 14,2% con picos anuales importantes (frente a 2001, en 2002 crecieron un 24,3%), habiendo obtenido en 2007 una facturación cercana a los 17,3 millones de euros. La mayoría de los clientes de este tipo de comercio sabía a lo que iba, aunque algunos entraron simplemente porque el escaparate era atractivo, los productos bonitos o les gusta el sabor del chocolate que se vende en esa tienda.
Ambos comportamientos, si bien reportan ingresos a estas organizaciones, no son igual de responsables y lo que se pretende es convertir a este segundo tipo de comprador en un comprador informado y consciente de lo que compra. Si no fuera así, mañana podría gustarle más el escaparate de enfrente, los productos de la competencia o el chocolate de una gran multinacional, que no ofrecerá a priori garantías sociales.

Para muchos de los que hacemos del comercio justo una de nuestras principales banderas bajo las que militar, el papel de una organización de comercio justo es el de demostrar la viabilidad propia, así como la posibilidad de un marco de economía social internacional, en el que los productores aseguren la sostenibilidad de su actividad económica sin hacer renuncias sociales y los consumidores conscientes desarrollen un papel activo. No se trataría, pues, de la mera venta de productos solidarios en que tiene el peligro de convertirse, sino de realizar una práctica global justa, asumiendo que toda la actividad comercial responda a los criterios de comercio justo y/o de economía social.
En este sentido quería compartir con ustedes, lectores de un periódico abierto y crítico, mis reflexiones y mi toma de postura acerca de un comercio justo en el que el componente sensibilizador, educador y transformador esté muy por encima de lo puramente comercial. Cierto es que, como dicen los defensores de la venta del producto en cualquier canal, las ventas aumentan y se favorecen más familias de este pago justo, pero ¿no estaremos también favoreciendo y potenciando el modelo económico que decimos combatir? ¿No estaremos actuando como acallaconciencias indoloros?

Los esfuerzos de las organizaciones de comercio justo por importar, distribuir y comercializar productos de organizaciones populares del sur son sólo una parte de la lucha por cambiar las injustas estructuras del comercio internacional. Pero el tema va más allá: el movimiento de comercio justo debe denunciar también a las grandes multinacionales transformadoras, a las grandes empresas distribuidoras y a las grandes cadenas de comida, que están llevando a la ruina a los pequeños agricultores de todo el mundo. Por eso no comparto el planteamiento de sellos de comercio justo que, como FLO-Internacional, que está implantándose en España a pasos agigantados, sólo se centran en las condiciones de los productores del sur pero aceptan que su café se venda en establecimientos de comida rápida/basura o que sea distribuido por grandes multinacionales.

A lo largo de esta semana, en la que hemos estado celebrando el Día Mundial del Comercio Justo y en la que el Parlamento Europeo acaba de adoptar la comunicación Contribuciones al desarrollo sostenible: el papel del comercio justo y el comercio no gubernamental en el afianzamiento de relaciones sostenibles, considero que es necesario que nos sentemos a reflexionar y debatir hacia dónde debe ir el comercio justo.

Carlos Ballesteros es  Profesor de Comportamiento
del Consumidor de la Universidad Pontificia Comillas (ICADE)

Apadrinamientos, S. A.

15 mar 2009
Compartir: facebook twitter meneame delicious

CARLOS BALLESTEROS 

apadrinamiento-defok.jpg

En los últimos años se ha producido un notable incremento tanto en el número de ONG en el Estado español como en el auge e importancia de su papel en la sociedad. Desde los ya lejanos tiempos de las acampadas por el 0,7%, allá por 1993, muchas y diversas organizaciones han ido surgiendo al amparo de una sociedad que, según algunos, se define como “solidaria”. Sin embargo, y a pesar de que no se ponga en duda el papel de estas organizaciones en la erradicación de la pobreza, su evolución y complejidad lleva a demandar unas nuevas pautas éticas en sus actuaciones que les otorguen una mayor legitimidad moral frente a la sociedad. Como bien ha reflejado el profesor Carlos Gómez Gil, “la supervivencia económica de las ONG no puede ser un fin en símismo, ni mucho menos su fin último, como en ocasiones podría pensarse”.

La creciente tendencia a la privatización de lo social a que nos tiene acostumbrados el modelo neoliberal no es ajena a la situación de la financiación de las entidades sin ánimo de lucro. Si bien la consecución de una base social amplia es una de las mejores garantías de independencia, estamos asistiendo a un traslado de dependencia desde los recursos públicos a los privados, empezando así una especie de carrera y competencia feroz por la captación de fondos que, en ocasiones, puede ir en contra de los objetivos de transformación y denuncia e incluso, a veces, de pérdida del respeto y consideración de las poblaciones beneficiarias, utilizadas como reclamos comerciales fáciles y lastimeros. La carga emocional de algunas imágenes supone la recaudación de grandes sumas de dinero que, indudablemente, permiten salvar gran número de vidas. Sin embargo, también influye en la percepción y la imagen que los ciudadanos de los países del Norte tienen acerca del Sur.
Las ONGD (Organizaciones no Gubernamentales para el Desarrollo) españolas compiten por un mercado, el de donantes, y la publicidad que utilizan está dirigida a él. Es inevitable que, para algunos, las ONGD del Norte sean vistas únicamente como fuentes de fondos para el Sur, lo que hace que la relación entre iguales, que es lo que debería fomentar la cooperación, desaparezca. Esta actitud es muchas veces fomentada por las propias organizaciones del Norte, mediante varias herramientas entre las que sin duda destacan la publicidad y el apadrinamiento. Sin embargo, un modelo de desarrollo más adecuado a los tiempos que corren debería defender el modelo de intervención basado en el diálogo, la equidad, el respeto y el trato de igual a igual, fomentando un desarrollo endógeno, que nazca desde el propio Sur. El marketing en el sector no lucrativo sería entonces útil en la medida en que ayude a incrementar la cifra de adeptos sin renunciar a la ideología.

El apadrinamiento, muy de moda en los últimos años, es un sencillo sistema de canalización de fondos desde un donante a alguien que aparentemente tiene un nombre y unos apellidos y vive en situación de pobreza.
Sin embargo, para algunos, entre los que me encuentro, el apadrinamiento es de alguna manera una medida caritativa, asistencial, de mera transferencia de fondos desde el Norte rico al Sur pobre, que trata de canalizar fondos para atacar las consecuencias (el hambre, la falta de saneamiento básico, etc.) más que las causas de la miseria y la exclusión. La gran mayoría de asociaciones que optan por este sistema, sobre todo tras el escándalo protagonizado por Intervida, han empezado a dejar más claro que, si bien el apadrinamiento es a un niño concreto, la aportación económica está destinada a toda la comunidad donde vive el ahijado, lo cual nos lleva entonces a un segundo punto: el apadrinamiento no es sino una herramienta de marketing que en muchas ocasiones juega con los vínculos afectivos y emocionales (niños llorosos y desnutridos, sucios…) sin explicar las razones reales de la pobreza. Es muy cierto que la sociedad en la que vivimos está muy necesitada de emociones, pero no es más cierto que, utilizado así, no hace sino simplificar, a mi juicio, un problema mucho más complejo y grave como es el de la pobreza en el mundo.
La principal crítica que le encuentro al sistema es, pues, de índole cultural y formativo. El apadrinamiento no sensibiliza ni educa: puede llegar a acabar convertido en un apunte en la cuenta corriente del padrino, como el recibo de la luz o del agua. Puede convertirse (como de hecho está pasando) en una costumbre consumista. El “te regalo un niño apadrinado por Navidad o por tu cumpleaños” es un fenómeno que empieza a darse con frecuencia y que convierte la solidaridad en un bien de mercado.

Sin embargo, veo que los apadrinamientos podrían fácilmente convertirse en algo muy útil. A bote pronto me vienen a la cabeza iniciativas muy poco conocidas pero mucho más transformadoras como el apadrinamiento de profesores rurales, el de surcos de cultivo, el de presos políticos… Son menos publicitarias, pero su capacidad de sensibilización, educación y denuncia es infinitamente mayor.
El gran reto que creo que debemos enfrentar desde los movimientos sociales, ONG y demás entidades del llamado tercer sector es cómo transformar donantes en militantes. Cambia de vida para cambiar el mundo es quizás uno de los eslóganes mejor conseguidos y que mejor comunica la filosofía que hay detrás de una verdadera educación para el desarrollo. Sólo mediante el cambio de los hábitos de consumo, de ahorro, de estilo de vida, en definitiva, conseguiremos cambiar el sentido de giro del mundo. Y sólo cuando el mundo gire en otra dirección conseguiremos que no haya ya niños que apadrinar, porque no habrá pobreza en el mundo. Esa es la utopía por la que merece la pena trabajar.

Carlos Ballesteros  es Profesor en la Universidad de Comillas