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Dominio público

Opinión a fondo

La sociedad del conocimiento

22 feb 2011
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CARLOS PARÍS

Mientras cerraba la puerta del coche, me decía un amigo, satisfecho de poseer una mente muy al día: “Convéncete, Carlos, hemos entrado en una época radicalmente nueva. La importante revolución industrial ha quedado atrás. Ahora estamos en la era posindustrial. Vivimos, en virtud de las nuevas tecnologías, en la sociedad del conocimiento. Nuestro mundo es el de la información. Y el proletariado que en otros días fue tan importante ha desaparecido”.
Bastante sorprendido por tan segura rotundidad, le dije: “Me da la impresión de que este vehículo en que entramos no es un teorema, ni una imagen virtual, sino un producto fabril. Ciertamente elaborado con robots, pero dirigidos estos por manos de trabajadores. No tantos como los que se agrupaban en las antiguas fábricas, que la estrategia capitalista ha dispersado en múltiples maquiladoras, pero que, recientemente, han sido los principales protagonistas de la última huelga. Además, la elegante camisa que llevas ha sido elaborada en el Tercer Mundo por niños
brutalmente explotados. Hace unos meses conmovió a la opinión pública la noticia de que en Chile
había 33 mineros enterrados. Y espero que la comida a que me invitas no sea de elementos imaginarios sino de sabrosos frutos del campo y del mar”. Mi buen amigo, tan a la última quedó, ya que no ciertamente convencido, sí bastante desconcertado.

Comentaba Heidegger en su Ser y tiempo el “afán de novedades” como una característica de la “existencia banal”, pero en realidad se ha extendido al pensamiento. Después de la II Guerra Mundial han ido surgiendo diversos intentos de calificar los tiempos que se abrían con rotundos apelativos, normalmente, de signo rupturista: “Postmodernidad”, “sociedad posindustrial”, “sociedad del conocimiento”, “sociedad de la información”. El error común radica en pensar la historia, al modo de Cuvier, como una sucesión de catástrofes en la que la innovación entierra el inmediato pasado. Maniobra que en muchos autores no es inocente, pues subrepticiamente pretende declarar obsoletas las teorías revolucionarias que movieron las masas en los siglos XIX y XX y, según la expresión utilizada por los posmodernos, convertirlas en meros “relatos”, a la par que se dota de una eficacia casi mágica a los nuevos medios y recursos para resolver los grandes problemas que afligen al mundo. Como pensaba Clinton, cuando afirmaba que el problema del hambre en África se resolvería dando teléfonos móviles a sus habitantes o la ignorancia en el Tercer Mundo instalando en los pueblos un ordenador que les conectaría con la Enciclopedia Británica. Tampoco el lamentable retraso de la actual educación española se supera dando a cada niño un ordenador, como creen nuestros gobernantes.

Indudablemente en los últimos 70 años se ha recorrido un largo camino en el que se han producido importantes transformaciones en nuestra civilización, desde la estructura del orden internacional y la evolución del capitalismo hasta trascendentales innovaciones tecnológicas. Pero el mundo material –con sus urgencias e imposiciones y con la explotación del trabajo humano como recurso básico para servir a las necesidades de las clases dominantes– no ha
desaparecido. Sigue tenaz como base del orden mundial, por debajo del pensamiento y del innovador ciberespacio. La ilusión de que ha sido sustituido por una angélica sociedad de seres pensantes, popularizada hoy, en realidad es muy antigua. Se expresó ya en la línea dominante de la filosofía griega. En la iniciación del pensamiento moderno Descartes afirmaba: “Soy un ser que piensa y carece de extensión”, y el idealismo concibió la realidad como expresión de la idea. Ilusión que provocó la sátira de Marx cuando explicaba la tragedia del que se ahogó tras creer que bastaba con haber desterrado la idea de gravedad de su cabeza.
Más realista era Hesíodo al definir a los humanos como “comedores de pan”, coincidiendo con nuestro Ramón Turró cuando contrapuso al “pienso luego existo” su radical “como luego existo”. Cosa que no pueden afirmar los mil millones de hambrientos que hoy pueblan nuestro planeta.

No se trata, evidentemente, en esta crítica, de negar el papel decisivo del conocimiento en la realización del ser humano, así como las revoluciones que su desarrollo
ha producido, sino de situarlo y liberarlo de su utilización regresiva. Aquella en que, según he comentado, nos lleva a olvidar la realidad viva. Y también, abriendo otro campo de reflexión, de su utilización por el poder. Desde que la ciencia mostró su capacidad de innovar la técnica, la financiación de la investigación científica ha sido orientada, en medida preferente, hacia tecnologías de dominación: el desarrollo
de armamentos y los medios que permiten el control de los seres humanos y de su conciencia, logrando la “domesticación de las masas”. En este sentido sí que podemos hablar de una “sociedad del conocimiento”. Pero de un conocimiento controlado y dirigido por el poder, gracias a los recursos de la técnica actual, desde los satélites hasta la televisión. Es una situación clave para comprender el desarme de la actual ciudadanía, ante el imperio despótico del actual capitalismo financiero. Y que sólo se superará mediante la democratización de la información y la reorientación de la investigación científica.

Carlos París es Filósofo y escritor. Presidente del Ateneo de Madrid

Ilustración de Miguel Ordoñez

El proyecto republicano

17 nov 2010
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CARLOS PARÍS

Que gran parte de nuestra ciudadanía se encuentra cada vez más escéptica ante la política es un hecho manifiesto. Y, si contemplamos el espectáculo que últimamente se nos ofrece, no es de extrañar tan penosa situación. Ante la actual crisis nos encontramos, por una parte, con un Gobierno que, carente de iniciativa, no dictamina más medidas que aquellas que le son dictadas por los grandes mercados financieros y sus directivos, altamente perjudiciales para la mayoría de la sociedad y contradictorias con la ideología que dice profesar. Por otra, una oposición, la del PP, que critica implacablemente dichas medidas, pero que no ofrece otra alternativa que no sea la de reducir impuestos y, consiguientemente, dañar aún más a los trabajadores y clases medias, disminuyendo los servicios sociales.
Ya antes, año tras año, venimos asistiendo a debates parlamentarios en los cuales, bajo el reinado de un bipartidismo impuesto y nada representativo, la política parece quedar reducida a la confrontación entre PSOE y PP con discursos, que, en gran medida, se limitan a un intercambio de reproches sobre quién lo hace hoy mal o lo hizo peor en pasados tiempos. Y así, cuando las acciones de protesta, como la última huelga, son convocadas, hemos podido oír a más de uno que no participa “porque ello no sirve de nada”.

Ahora bien, si queremos diagnosticar la última raíz de nuestro evidente malestar político, yo diría que se sitúa en la falta de un proyecto histórico que atraiga el interés popular. Y, sin embargo, este proyecto capaz de abrir un futuro mejor ha existido y sigue alentándose bajo el actual reinado de la mediocridad oficial. Es el que representó la II República y que fue criminalmente yugulado. Aunque siguió vivo en la oposición a la dictadura, para naufragar, desdichadamente, en las componendas de la Transición.

La II República española, en efecto, no significó sólo un cambio en la concepción de la Jefatura de Estado, al sustituir la arcaica forma de transmisión por herencia sanguínea de las monarquías –con una monarquía, además, corrompida y decrépita– por una Presidencia democrática. Constituyó el esfuerzo, aupado por el mundo de una floreciente cultura y por las masas históricamente relegadas, de acometer los grandes problemas que, bajo el poder de las clases dominantes, venía arrastrando nuestra vida colectiva. Heredaba tal empeño la larga crítica del anquilosamiento español realizada desde el siglo XIX por la intelectualidad innovadora, por los movimientos obreros y feministas, por los nacionalismos.

Y, al llevarlo a la práctica, se atacaron males ancestrales. Por ejemplo, el abandono de la enseñanza pública en la vieja política, mediante la creación de 13.570 escuelas en dos años y la mejora de la situación de los maestros en ingresos, en dignidad y en la atención a su formación. Se trató de remediar la injusta distribución de la tierra mediante la Ley de Reforma Agraria. Se proclamó rotundamente la soberanía de un Estado laico frente a la retardataria gravitación del poder eclesiástico sobre nuestra historia. Se concedió a las mujeres el derecho al voto, conquista que todavía se encontraba inalcanzada en otros países democráticos. Y se abrió paso a las reivindicaciones nacionales a través de los estatutos de autonomía.

En otros ámbitos, se prosiguieron y culminaron avances ya emprendidos en el despertar de nuestra sociedad, en el florecimiento cultural que, desde la mitad del siglo XIX, se había ido produciendo en literatura, en ciencia, en arte, en teatro. Y se llevó la cultura a los pueblos en las Misiones Pedagógicas, en La Barraca, en el Teatro Proletario. Y, de un modo decisivo, se asentó una vida pública basada en la austeridad y la honradez, frente a la corrupción que se había extendido desde la corona a los más diversos campos.

Pero, al rememorar la II República, lo pertinente como lección actual no consiste en ponderar sus logros- o reconocer sus limitaciones y errores; lo decisivo es hacer hincapié en la voluntad de afrontar los problemas y crear una nueva realidad española, rompiendo el estancamiento en que las clases dominantes habían sumido al país. En la visión de la tarea política como un proyecto creador. Como un debate entre proyectos de futuro, ya que, evidentemente, dentro de la República
coexistían muy diversas concepciones, capaces de ser discutidas. Y es esta marcha hacia nuevos horizontes lo que atrajo, por encima de las grandes diferencias de orientación, un fervor popular, una entusiasmada esperanza, y permitió una defensa heroica por parte del pueblo frente a ejércitos mucho más poderosos. Y es lo que hoy día falta en una política sin alas. Y hace que unos se desengañen y otros se orienten, como escapatoria, hacia las ilusiones de un aislamiento separatista.

Pero el aplastamiento bélico de la II República no derrotó sus necesarios ideales. Siguieron vivos en la oposición a la dictadura. Bajo su brutal represión se desarrollaron los movimientos obreros, universitarios, feministas. Floreció una importante creación cultural en el cine, el teatro, la literatura, el pensamiento, y brotó la solidaridad unitaria propia de la lucha. Se dibujaba la posibilidad de una nueva España, unidos sus pueblos en una república federal, en la que el capitalismo fuera superado y en que la política internacional se guiara por el apoyo al Tercer Mundo. La III República es el proyecto que hoy día puede devolver la ilusión a muchos ciudadanos desencantados, superando la herencia de la dictadura.

Carlos París es filósofo y escritor. Presidente del Ateneo de Madrid

Ilustración de Jordi Duró

La moral y la izquierda

10 nov 2009
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CARLOS PARÍS

dominio-10-11.jpgInvocar la moral, sus normas y directrices como guía de la conducta humana supone adoptar una actitud conservadora? Pienso que más de uno así lo cree. Desde luego aquellos que, considerándose muy progres, pretenden descalificar cualquier argumentación que apele a la ética, con el despectivo término de “moralina”. Tal confusión, que olvida toda la tradición ética de la izquierda, no es concebible, a mi modo de ver, sino como producto de los equívocos inducidos por la dictadura franquista y por la frustrante salida de esta en la Transición, incapaz de abrir los nuevos horizontes que el desarrollo de nuestra sociedad, apoyado por la oposición más radical, exigía.

Es evidente que el franquismo ha marcado a la sociedad española con una profunda huella que todavía, desgraciadamente, permanece. Pero no sólo en aspectos muy llamativos –como la existencia de una derecha montaraz o la prepotencia de la jerarquía eclesiástica, así como la difusión de la corrupción o el atraso de nuestro Estado del bienestar–, sino en aspectos más sutiles, en trampas tendidas a la lucidez del pensamiento y de la acción, resultantes de la identificación del régimen dictatorial con realidades que, aun siéndole ajenas, se apropiaba y deformaba. Tal, como he comentado en otra ocasión, ocurrió con la idea de España, que dejaba fuera de su ámbito a la mayoría de la realidad española, convertida en la Anti-España. Pero ahora querría referirme a la atribución y mixtificación de la moral, en la cual los sectores nacional-católicos del régimen encontraron su campo propio de acción.

Mientras se guardaba un silencio cómplice con los crímenes y la corrupción de un régimen resultado de la sublevación –bendecida por la jerarquía eclesiástica– contra un gobierno legítimo, la supuesta moralización de nuestra sociedad se centró, según viejas obsesiones, en la sexualidad. Los que hemos vivido bajo la dictadura no podemos dejar de recordar, con cierto regocijo, el pintoresco panorama de aquella pseudo-moralización. Las cómicas predicaciones en que, desde el púlpito, el orador sacro describía, con morboso deleite, la apariencia de mujeres descocadas que circulaban por las calles con provocativos y ceñidos vestidos y que, desprovistas de la púdica faja, bamboleaban provocativamente su cuerpo. Los discursos en que se explicaban los terribles efectos destructivos de la masturbación. La persecución y detención de las parejas que osaban besarse en un parque. La censura de las películas. Las normas impuestas al atuendo en las playas, hasta que el negocio del turismo venció a la pudibundez. Todo ello acompañado, sin embargo, por el más desatado machismo en que los prepotentes presumían, sin empacho, de tener atractivas amantes y de llevar a los hijos a los prostíbulos para “hacerlos hombres”. La más rotunda hipocresía presidía la situación. Confundir semejante mundo con la moral es hacer un involuntario favor al franquismo y someter a sacrificio la verdadera moral.

El resultado fue que, apenas iniciada la Transición, levantadas las barreras, se desembocó en el “destape”. Las portadas de las revistas y las nuevas películas ofrecían hermosas jóvenes brindando su desnudez a los ávidos ojos masculinos. Aquello parecía la veloz salida de los niños al recreo, gritando eufóricos al verse liberados de las paredes del aula. Para completar el panorama apareció la droga, exaltada como la avanzada forma de liberación. El hedonismo de la satisfacción inmediata se alzó como negación de la anterior represión. Pero en el fondo no constituía sino una reacción primaria que, marcada por la etapa anterior, asumía el mismo terreno de confrontación. Y, lo que es más grave, tal situación ahogaba las fuerzas que luchaban por lograr la necesaria transformación de la sociedad española, degradada por la dictadura. Y amenazaba con hundir la necesaria rebeldía en el conformismo. La estrategia conservadora podía ver con agrado este giro que imponía la docilidad a una sociedad cuya emergencia de tendencias revolucionarias en la oposición no había dejado de inquietarle.

Y aquella ficción de la liberación se sigue prolongando, en el desconocimiento de una auténtica moral. Aquella que, frente al conformismo y la reducción de la vida a la persecución alienante de gratificaciones placenteras, parte de la convicción de que en los seres humanos alienta la potencia de su más alta realización, en una sociedad de seres libres e iguales, hoy frustrada por las relaciones de dominación y explotación. Que aspira a dignificar a los seres humanos por encima de las diferencias de sexos, de razas, de clases. Una dignificación que ve la sexualidad como un componente fundamental de la vida, pero exige que las relaciones sexuales se den entre seres libres en condiciones de igualdad y mutuo consentimiento, sin coacción. Y rechaza todas las formas de mercantilización que degradan en este noble impulso humano.

La moral de la izquierda, frente a la cómoda indolencia, exalta el trabajo y el esfuerzo, y lucha por recrearlos en una estructura social guiada por los trabajadores, por la ciencia y la creación renovadas. Es una moral prometeica, el titán que, frente a la tiranía de Zeus, arrancó el fuego a los cielos para traerlo a los humanos y crear la civilización. Y que soportó con heroísmo el sufrimiento de su condena, consciente de la grandeza benefactora de su obra.

Como Hércules, en la encrucijada entre el vicio y la virtud, debemos escoger nuestro camino entre las atracciones alienantes de la sociedad actual o la aspiración a una nueva historia. ¿Seremos capaces de elegir el camino más arduo, pero también más noble?

Carlos París es presidente del Ateneo de Madrid. Filósofo y escritor

Ilustración de Jordi Duró

El debate de la prostitución

13 oct 2009
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dominio-13-10.jpgCARLOS PARÍS

Regular el ejercicio de la prostitución? ¿O erradicarla? Si queremos orientar el debate por un camino humana y éticamente correcto –más allá de los importantes intereses que en este terreno se mueven y de las fáciles soluciones conformistas, que no contrarían a tales intereses–, habría que partir de dos principios básicos. En primer lugar, los seres humanos no pueden ser considerados y tratados como mercancías. En segundo lugar, la utilización del propio cuerpo, para la prestación de servicios sexuales, económicamente retribuidos, no es un trabajo. A estos dos principios negadores podríamos añadir un tercero de carácter afirmativo: las relaciones sexuales entre seres humanos, en una sociedad emancipada, deben ser libres, mutuamente consentidas y desarrolladas en condiciones de igualdad.

El primer axioma difícilmente será negado. Su no aceptación representaría rebajar absolutamente la dignidad propia de la condición humana y entrar en contradicción con todas las declaraciones de los derechos humanos. Sin embargo, sólo ha sido reconocido tras la larga lucha que abolió la esclavitud. Una institución que fue defendida como “natural”desde Aristóteles y vindicada como fuerza de trabajo necesaria para mantener la economía. Y aún subsiste en ocultas formas de esclavitud laboral. Y también en la práctica de la prostitución. Muy llamativa y masivamente en el tráfico de mujeres. Conducidas desde países del Este de Europa, después de que estos accedieron a los beneficios del capitalismo, desde África, desde Iberoamérica, engañosamente, bajo pretendidas ofertas de trabajo, para ser obligadas a ejercer como prostitutas en condiciones de singular coacción y violencia. Una situación criminal que es responsable del 90% de la prostitución en España. El reconocimiento de la perversión que semejante comercio supone ha llevado, hoy día, a la persecución legal y policial de semejante actividad. Aunque la eficacia con que es combatida resulta muy débil.

Pero la falta de libertad no se reduce a estas situaciones extremas de coacción, engaño y violencia. Una fuente de la prostitución es la miseria. Gran número de mujeres, partiendo de la pobreza extrema, se han dedicado a tal actividad, como posibilidad de subsistir y, en el caso de las madres, de atender a sus hijos. Otra situación, más minoritaria, es la de transexuales que no encuentran otra forma de sobrevivir. En estos casos podríamos hablar de prostitución voluntaria, pero no libre, en cuanto no se da una coacción física pero sí unas condiciones económicas que obligan a elegir un ingrato destino que, sin ellas, no se hubiera deseado. Y queda, finalmente, el reducido ámbito de la prostitución de lujo. Mujeres que, sin padecer pobreza, se entregan a esta práctica, a fin de disfrutar de bienes a que no accederían por otra vía. Sin embargo, bajo la pretensión de libertad, no de deja de actuar la sutil e invasora propaganda que ilusiona con el escaparate de tentadoras formas de vida y de fácil éxito.

Ciertamente, no deja de haber prostitutas que se declaran libres, aunque, a veces, bajo la declaración, se descubre la presión de los beneficiarios del negocio. Surge, entonces, la propuesta de mantener su situación, pero mejorarla, convirtiéndolas en “trabajadoras del sexo”. Propuesta capciosa y conformista, que favorece a los empresarios del sexo. Sin embargo, en ella el cuerpo de la mujer sigue siendo una mercancía y no se puede considerar a la prostitución como un trabajo, tal como declararon las Naciones Unidas, en el año 2003.

Pero, más importante que los argumentos de autoridad, me parece el análisis comparativo del trabajo con la práctica de la prostitucion, en que se revela una diferencia esencial entre ambas realidades. En una actividad laboral se vende “la fuerza de trabajo”, como decía Marx. Pero no el cuerpo y la realidad personal. Aquello que se vende es algo exterior, una actividad que es retribuida. Y que puede ser tanto una actividad física, en el trabajador manual, como intelectual en las profesiones llamadas liberales. En la prostitución aquello que está en venta –o alquiler– es el propio cuerpo, que se entrega al prostituidor. Y el cuerpo no es separable de la personalidad, del ego y la individualidad.

Un elemento clave en el debate sobre la prostitución es el reconocimiento de la degradación deshumanizadora que implica la relación sexual mercantilizada. Y que hace inaceptable su práctica en una sociedad de personas libres. El cuerpo de la prostituida, en cuanto objeto de pago, se convierte objetivamente –quiérase reconocerlo o no– en una mercancía. Y el prostituidor se despoja de su personalidad para convertirse en puro dinero. En caricatura, podríamos sustituir su cabeza por una bolsa de monedas.

La relación es de asimetría, frente a la igualdad que debe regir las relaciones sexuales entre humanos. Y de claro dominio. El prostituidor tiene el poder económico y satisface su voluntad. La prostituida sólo posee su cuerpo desnudo y ofrendado al poderoso. Muchas veces, hasta quedar exhausta de múltiples entregas. Nos encontramos en la culminación del patriarcado. Pero, del mismo modo que la alienación en los Manuscritos de Marx no sólo afectaba al proletario, sino también al capitalista, aquí la degradación se extiende de la víctima al varón prostituidor, dominado por incontenibles impulsos y reducido a un saco de monedas.

¿No se ha abolido la esclavitud? Liberar a nuestra sociedad de estos viejos atavismos para crear un mundo de seres libres, es lo que defendemos, junto a los grupos feministas, el colectivo de hombres abolicionistas.

Carlos París es presidente del Ateneo de Madrid. Filósofo y escritor

Ilustración de Patrick Thomas

Ética y evolución

23 ago 2009
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dominio-08-23.jpgCarlos París

Llega la triste noticia del fallecimiento del ilustre primatólogo Sabater Pi justamente en el mismo año en que se conmemora el bicentenario del nacimiento de Darwin. La importante obra del científico catalán se sitúa en la estela abierta por la revolución evolucionista, asentada con decisivo empuje a través de la teoría de la selección natural de Darwin y Wallace. Todo un movimiento intelectual que, tal como ocurre con las grandes transformaciones científicas, mas allá de su importancia decisiva en las aulas académicas, transcendiendo la comunidad científica, afectó profundamente a nuestra concepción de la realidad, en este caso a la comprensión de lo humano en su relación con la vida animal y la naturaleza, y no sólo conmociona viejas creencias, sino que plantea la necesidad de impulsar una nueva conciencia ética.

Darwin, aunque no se deben olvidar sus aportaciones a la conducta zoológica y humana, decisivamente había iluminado los orígenes del cuerpo humano. La concepción de las especies animales en aquella época se centraba en su anatomía y fisiología. Pero, a mediados del siglo XX, florecerá la investigación etológica, el estudio del comportamiento animal, en que destacó la figura de Konrad Lorenz. Y en este terreno se sitúa la importante contribución de Sabater Pi, con sus trabajos sobre el uso de los instrumentos en los chimpancés. El ser humano como Homo faber no representa ya una innovación que arranca de la nada, sino la culminación de un proceso iniciado en la vida animal.

A lo largo de la historia se ha tratado de definir al ser humano desde múltiples perspectivas, como Homo faber, según acabo de indicar, como animal que usa la palabra, en Aristótes, como Homo sapiens , como ser capaz de proyectar su vida, como viviente que trabaja y juega. Mas todas estas perspectivas quedan englobadas en la amplitud del concepto de cultura, tal como expongo en mi libro El animal cultural-Biología y cultura en la realidad humana. Y la cultura humana, como nuestra corporalidad, es una realidad que parte del proceso evolutivo, en el que nos aparece completando los recursos de la biología, de los determinismos genéticos y de las posibilidades de la anatomía. También las especies animales son capaces de aprendizaje individual y de transmisión de tales logros al grupo. O de aumentar sus posibilidades de acción mediante instrumentos que extienden la corporalidad y protagonizan conductas que modifican el medio, adaptándolo a sus necesidades. También llegan a desarrollar la comunicación mediante lenguajes que transcienden lo meramente innato. Si nuestra corporalidad es resultado de la evolución, también la misma realidad de la cultura, cuya poderosa expansión en la técnica, en el saber, en la libertad caracteriza a nuestra especie es el último y culminante peldaño de un largo itinerario.

¿Esta visión que nos emparenta con el mundo animal, que hunde nuestras raíces en el proceso de la evolución, representa una humillación de nuestro pretencioso orgullo? Tal cosa pensaba Freud respecto a la revolución copernicana que nos desplazaba del centro del universo y de la evolucionista que sitúa nuestros orígenes no un acto creador singular, sino en el seno de un universo en evolución. Y si recordamos el modo en que la modernidad se inició con el frenesí de un poder ilimitado sobre la naturaleza, pensada como enemiga dominable a través de la ciencia y la tecnología, hay que pensar no en una humillación, sino en la rectificación de un peligrosísimo error, de una fatal ilusión. Para Bacon había que “vencer” a la naturaleza. Obedeciéndola con las astucias del esclavo. Para Descartes era el hombre el “dueño y poseedor de la naturaleza”. Para Leonardo “Il dio della natura”. La naturaleza fue considerada como mero objeto de explotación. Una explotación que el capitalismo estableció sobre los seres humanos y sobre nuestro medio natural. Y cuyas consecuencias terribles hoy palpamos. Hemos desarrollado un enorme poderío tecnológico, mas este, irracionalmente dirigido por la voluntad de poder y lucro, se convierte en fuerza de destrucción de la humanidad y de la naturaleza. En amenaza de ecocidio bélico por el uso del arma nuclear, en amenaza de ecocidio industrial por una producción descontrolada,
Ya Marx vió al ser humano como “parte de la naturaleza” y a esta como “nuestro cuerpo inorgánico”. A la par que Engels repudiaba la imagen de la naturaleza como un territorio enemigo que hemos de conquistar…Y hoy día el movimiento ecológico, junto a pensadores como Jonas, impone una nueva conciencia ética, una relación simbiótica con el medio. En realidad necesitamos una radical transformación de nuestra civilización. En que la utopía tecnológica que vivimos se reoriente en una utopía social.

El ser humano ha sido desplazado de su reinado sobre la naturaleza. Pero para conseguir una función mucho más noble para convertirse en custodio de la naturaleza. Es lo que nos ensañaba ya el evolucionista Julian Huxley en su Evolución en acción. Heidegger hablaba retóricamente del ser humano como “pastor del ser”, más concretamente habría que propugnar la misión del ser humano como pastor de la naturaleza. Sabater Pi no recibió el reconocimiento de sus méritos por parte de las grandes instancias que gobiernan nuestra cultura. ¿No merecía el Premio Príncipe de Asturias de las Ciencias? Fue un hombre que se hizo a sí mismo en denonado esfuerzo. Pero el mejor homenaje que podemos rendir a su figura y su obra es luchar por el desarrollo de una civilización en que reine la armonía con la naturaleza y la solidaridad entre los humanos.

Carlos París es Presidente del Ateneo de Madrid. Filósofo y escritor.

Ilustración de Patrick Thomas

El lenguaje como arma

08 jul 2009
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CARLOS PARÍS

dominio-07-08.jpgNo me refiero en este artículo a la importancia que el lenguaje alcanza en la imposición de una cultura sobre otras a través de su lengua, sino a la relación entre la lengua y la ideología que expresa: una acción sutil que troquela el pensamiento y lo inclina hacia determinadas posiciones. Es un terreno en el que las fuerzas conservadoras han desarrollado una subterránea batalla, tratando, a veces con bastante éxito, de desactivar el lenguaje críticamente realista de la izquierda para sustituirlo por formulaciones encubridoras de los graves problemas e injusticias que afectan al mundo actual.

Así, en el análisis de la estructura social, la realidad de una sociedad dividida en clases –con intereses económicos y políticos antagónicos entre los propietarios y beneficiarios de los medios de producción y del sistema financiero, los dominantes y la masa de asalariados (o parados)– es sustituida por el término de “sociedad dual”, astutamente introducido en los medios sociológicos. A través de tal recurso se logra una imagen despojada de valoración y conflictividad. Parecería que estamos en presencia de dos formas más de vivir la común humanidad, al igual que podríamos dividir a los seres humanos en chatos y narigudos, tal como clasificamos a los monos en platirrinos y catrirrinos. Unos poseen, como mera peculiaridad, la de ser ricos y otros la de ser más o menos pobres. Cuando una minoría se enriquece, mientras la mayoría se empobrece, el fenómeno es descrito diciendo que una sociedad se ha “dualizado”. Semejante diferencia en la distribución de la riqueza no es consecuencia de un sistema en el cual unos son beneficiarios y otros explotados. El término de “explotación capitalista” ha llegado a ser prohibido –me consta– en algún medio de comunicación. Y si el resultado de la contradicción entre clases es la lucha entre ellas, cuyo espectáculo ha llenado la Historia, semejante conflicto es sustituido por la predicación del “consenso” amigable y la ponderación de un desarrollo que a todos conviene. En una imagen vulgar y repetida no se trata de repartir la tarta, sino de aumentarla.

En el orden internacional la imagen del subdesarrollo –producido por la explotación de los países del Tercer Mundo a cargo de los que forman el Primero– queda paliada al designar a los primeros como “países en vías de desarrollo”, aunque no se percibe ningún AVE que los conduzca rápida y felizmente a tal situación Y en este ámbito quedan proscritas las palabras “imperialismo” y “colonización”, a la par que los antiguos Ministerios de la Guerra o del Ejército se convierten en Ministerios de Defensa capaces de lanzar “guerras preventivas” para proteger a los ciudadanos de los países demócratas ante la amenaza que suponen los “Estados canallas”.

Y ¿qué diremos del deformante juego realizado con el concepto de “libertad”, uno de los tres grandes lemas de la Revolución Francesa? En el siglo XIX, los liberales eran los progresistas que combatían el absolutismo y el peso de las tradiciones opresivas. Para Marx, el “reino de la libertad” era la meta de la historia humana. Pero, si prescindimos del uso del término en EEUU, donde designa actitudes progresistas, en el lenguaje actual ha quedado referido a la falsa y sacrosanta libertad de mercado, que encubre el control de la economía y de los compradores por parte de las empresas más poderosas.

¿Empresas, empresarios? Ahora resulta que el término con que debemos referirnos a los propietarios y altos gestores de las empresas es el mucho más noble de “emprendedores”. No les basta con el beneficio económico, exigen la admiración social como representantes de la capacidad de iniciativa valerosa que habíamos atribuido a los arriesgados navegantes y exploradores, a los creadores de ideas e innovaciones, a los artistas que han abierto caminos a la humanidad.

¿Racionalización? Un día en que pasaba ante el Auditorio Monumental, oí gritar a un trabajador que se encontraba sentado comiendo un bocadillo: “Oiga, no racionalice”. Quedé sorprendido al pensar que escuchaba una crítica a la actividad filosófica. Pero las siguientes palabras disiparon mi inquietud. “Que con esta racionalización nos dejan en el paro”. El indignado trabajador había comprendido en su propia carne lo que “racionalizar la producción”, en el actual lenguaje, significa: aumentar beneficios a costa de despidos, del “despido libre”.

Los movimientos feministas han sido muy lúcidos y combativos en relación con el dominio del patriarcalismo en el lenguaje, pero no han dejado de caer en algunas trampas. Concretamente, en la introducción del término “género”, sustituyendo a los de sexo y mujer. Así, los estudios sobre la mujer, los “Women Studies”, tan difundidos en las Universidades estadounidenses, se van convirtiendo en estudios de “género”. Que, por ende, podrían tener como objeto tanto el estudio de los problemas y la historia de la mujer como los de los hombres varones, que han llenado sobradamente la historia convencional. Y, en nuestro país, la designación de la ley llamada a proteger a las mujeres, adoptando el nombre de “Ley de Violencia de Género”, la ha despojado del justo sentido de defensa de las víctimas del dominio patriarcal, de modo que también los varones claman contra la violencia terrible que, a su parecer, ejercen las mujeres.

Y, finalmente, no olvidemos el último y pintoresco juego lingüístico a que estamos asistiendo: el intento de borrar los conceptos de monarquía y república con el oxímoron de una “monarquía republicana”. Sin habernos percatado estamos ya en la III República. ¡Enhorabuena, republicanos!

Carlos París es filósofo y escritor

Ilustración de Iker Ayestaran

Secularizar la reproducción

15 abr 2009
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CARLOS PARÍS

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No deja de resultar curiosa y sorprendente la atención obsesiva que la jerarquía católica otorga a la sexualidad y la reproducción humanas dentro de la moral. Una acumulación de hechos pone al vivo y renueva esta ancestral actitud. Es la imagen de Benedicto XVI combatiendo el uso del preservativo en África, un continente azotado por el sida. La incitación a las cofradías de Semana Santa, al parecer sin excesivo éxito, para que se manifestaran contra el proyecto de ley sobre la interrupción voluntaria del embarazo. Son las barreras levantadas contra la experimentación y utilización de embriones, prácticas capaces de remediar enfermedades. Y las campañas provocativas, en las que se presenta a los fetos abortados como niños bárbaramente trucidados. O las insistentes convocatorias para manifestarse contra el matrimonio homosexual, en nombre de la familia tradicional que, tan frágil al parecer como el Licenciado Vidriera, está a punto de quebrarse.

Tal empecinada campaña contra realidades que abren espacios de libertad y progreso contrasta con el silencio –sólo alterado por algunas piadosas declaraciones– ante la injusticia en la distribución del poder y la riqueza entre los pueblos y las clases sociales. A la par que los movimientos que, dentro del mismo catolicismo, tratan de luchar contra esta injusticia, como la teología de la liberación y los movimientos de cristianos de base, son considerados con rechazo y condenación. Mirando hacia nuestro pasado podríamos recordar la bendición de una sublevación contra el Gobierno legítimo de la II República, bautizada por los obispos, nada menos que como “cruzada”.
Es un contraste que nadie ha expresado mejor que el católico Julián Marías, cuando afirmaba que el mayor crimen del siglo XX –el siglo ensangrentado por dos guerras mundiales, el Holocausto, el lanzamiento de la bomba atómica sobre Hiroshima y Nagasaki– había sido, precisamente, la legalización del aborto. Y, refiriéndome ahora a mi experiencia personal, puedo alegar que, si mis artículos de prensa han sido, naturalmente, objeto tanto de alabanzas como de críticas, cuando he tocado el tema del aborto las discrepancias se han convertido en enfurecidos insultos.

Ante esta situación no cabe sino preguntarse: ¿a qué se debe esta obsesión por el sexo? ¿En qué motivaciones se asienta? Brevemente apuntemos algunas. La función reproductiva sirve a la continuidad de la especie, pero, al mismo tiempo, está determinada por una fuerte pulsión que desborda tal objetivo y se hace independiente de él, buscando realizaciones amorosas o placenteras, desvinculadas de la procreación. Cuando en la mentalidad bíblica aquello que absorbentemente se impone es la continuidad y crecimiento del “pueblo elegido”, cualquier desviación sexual de la función reproductiva será anatematizada como altamente peligrosa. Y así la moral bíblica encierra la sexualidad en el ámbito de la familia, dirigida por el patriarca. Además, el cristianismo, bajo la influencia de órficos y pitagóricos –subrayada por el ilustre helenista Werner Jaeger, así como la del neoplatonismo–, añadirá la visión negativa del cuerpo y sus impulsos. Para los órficos, el cuerpo era una “prisión del espíritu”, para los cristianos, la carne es uno de los “enemigos del alma”. Y, consecuentemente, se exalta la virginidad, al par que la represión de nuestras pulsiones se acentúa, imponiendo dentro del catolicismo el celibato sacerdotal.

Con singulares efectos, increíbles desahogos. Amigos que siguieron estudios eclesiásticos me han relatado el morboso detalle con que los profesores se detenían en los “pecados carnales”. Y, así, en uno de los manuales latinos que estudiaban, se enumeraban detenidamente los animales con los que se realizaban los actos de bestialidad, aunque no se dejaba de apuntar que realizar tales actos con tigres era infrecuente, “rare cum tigribus”. Desahogos que ya no resultan nada divertidos cuando conducen a la pederastia.

Mas, a la preocupación por la reproducción, se añade el aura de milagro que tiene el nacimiento de un nuevo ser humano. Parecería un atributo propio del Creador que, si bien lo ha concedido a los humanos, ha de ajustar su práctica a los dictados de una naturaleza intocable. Cualquier intervención de la técnica humana que altere el proceso generador significa una profanación. Y el papel principal que juega la mujer es percibido con el temeroso
recelo que el patriarcalismo, dominante en nuestra Historia, convierte a la mujer en una fuerza que hay que controlar.

Los vientos de la modernidad, empero, han ahuyentado arcaicos prejuicios. Hombres y mujeres, gracias a los impulsos de la Ilustración y el feminismo, se han liberado de la alienación y sufrimiento con que su corporalidad era sometida. Y la técnica, superando la mitología de una naturaleza intocable, ha abierto las posibilidades de una sexualidad realizadora de nuestras pulsiones, con independencia de su orientación procreadora. La nueva conciencia no renuncia a la ética, lo que exige es una sociedad presidida por la libertad, en la que ningún ser humano sea violentado ni por tabúes ni por el poder o el dinero que han dominado las relaciones eróticas bajo las declaraciones de la hipócrita moral tradicional. Nadie obliga a quienes, como católicos tradicionales, mantengan su obediencia a los dictados jerárquicos, negando el aborto y la sexualidad emancipada. Pero resulta intolerable que, ante tales avances, la jerarquía católica no sólo permanezca ciega para ellos, sino que trate de imponer sus prejuicios al Estado y a quienes somos ajenos al redil.

Carlos París es Filósofo y escritor.

Ilustración Mikel Casal

La Universidad ante Bolonia

31 ene 2009
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CARLOS PARÍSbolonia_ivan-solbesok.jpg

No deja de ser curioso observar que, en el debate sobre el Plan Bolonia, una gran parte de los estudiantes, supuestos beneficiarios del mismo, lo rechazan, frente a los rectores, que lo defienden, y a los ministros, que lo acordaron y firmaron. La masa frente a la minoría gobernante. Una manifestación más del modo en que, en la Unión Europea, la elite en el poder marca caminos que divergen, muchas veces, de la voluntad popular. Y los dirigentes imponen sus decisiones, aun ante votaciones democráticas, de las que se desentienden, y obligan a repetir. Pero, centrándonos en nuestro tema, ¿qué podemos decir sobre este controvertido Plan, llamado a crear el Espacio Europeo de Educación Superior y a transformar una Universidad que se tacha de anquilosada y desbordada por el desarrollo de los nuevos tiempos y las nuevas tecnologías?
Al discutir el Plan Bolonia no se puede olvidar el problema que representa la modificación del currículum académico, mucho más cargada de significado y de consecuencias de lo que aparenta. Se acortan los estudios de licenciatura y doctorado para desplazar la formación del universitario hacia los masters. Ello implica un aumento del coste de los estudios difícil de resolver mediante préstamos –porque condicionan al profesional salido de las aulas– o a través de becas –ya que en nuestro país son muy reducidas–. Este es un aspecto económico que ha sido destacado en la rebelión contra el Plan. Pero, además
–y en ello no se insiste tanto– semejante desplazamiento supone un retroceso en la manera de plantear la formación que la Universidad debe dar.
De la atención básica a una formación general que, con rigor, prepare la inteligencia y transmita la cultura, atendiendo al desarrollo del alumno, para una vida más plena, y para la aplicación de tal desarrollo a actividades múltiples y cambiantes, transitamos a la adquisición de miniespecializaciones, que encierran la mente en un estrecho recinto. Y priman las habilidades sobre el conocimiento. Cuando, ya en los sesenta del pasado siglo, se planteó la crisis de la educación y sus salidas, se insistió por autores como Richta en el mundo socialista o Coombs en el capitalista, en que lo importante, en tiempos de acelerado cambio, no era la especialización y la adquisición de habilidades unilaterales, sino la capacidad de “aprender a aprender”. Ahora, encubierto por un engañoso manto de innovación, retornamos a ideas que, hace medio siglo, habían sido superadas. A la formación de especialistas.
Los test de Spearman establecían el factor G, de desarrollo general de la inteligencia, como un elemento básico en su rendimiento. Podríamos hablar, trasladando claves, de un factor G en la educación. Y este es el que potenciaba el currículum de los cinco años de licenciatura y el doctorado, con una formación global. Y que, en medio de sus deficiencias, ha permitido el desarrollo de la ciencia europea.
No podemos olvidar que la capacidad de creación científica más profunda está unida a una amplia formación general. Figuras importantes de la física cuántica, como Scrödinger o Heisenberg, escribieron sobre los filósofos griegos. Kuhn mantenía que las ideas innovadoras en la madurez sólo se daban cuando se era capaz de abordar campos científicos inéditos respecto de las dedicaciones anteriores. Y la mayor importancia de la ciencia reside en sus desarrollos teóricos, especulativos, base de las ulteriores aplicaciones. Es aquello en lo que una auténtica Universidad debe insistir.
Giner de los Ríos hablaba en su época de tres modelos de Universidad en nuestro espacio europeo: la alemana –dedicada desde Humboldt a la ciencia pura–, la inglesa –orientada a la formación del carácter– y la latina –centrada en la preparación de profesionales–. La Universidad estadounidense, posterior a las europeas, desde la creación de la John Hopkins, mostró un nuevo modelo, el de la “estación de servicio” de las necesidades sociales, tal como la apodaron sus críticos. Claro que hay que distinguir entre las necesidades de la sociedad, en toda su amplitud, y las que gobiernan la economía de las empresas. ¿Son estas las que en el Plan Bolonia van a regir la Universidad, como temen nuestros estudiantes?
No pretendo negar la importancia de la relación Universidad-Empresa, que, por cierto, en la Universidad Autónoma de Madrid iniciamos hace largo tiempo. Pero sí la supeditación de la primera a la segunda, que parece revelar la nueva organización de los estudios. Tampoco niego la importancia de las nuevas tecnologías, pero sí su mitificación supersticiosa. Se repite tópicamente la crítica de las lecciones magistrales, pero la enseñanza que puede llegar de un maestro al estudiante es mucho más aleccionadora, rica y estimulante que la que le procura la pantalla de un ordenador. Pensemos, al respecto, no en los recelos que un inadaptado a las nuevas tecnologías puede padecer, sino en la crítica que, nada menos que el creador de ellas, Wiener, hacía en su God and Golem de la fe alienante depositada por los actuales humanos en las máquinas. Y que patentiza, nuevamente, la diferencia entre los grandes creadores y los beatos de la innovación.
Lo que la Universidad necesita son más medios y profesores. Maestros bien preparados y entregados a la investigación y la enseñanza y alumnos deseosos de saber. Bien está, sin duda, la creación de un espacio europeo de enseñanza superior, aunque el ideal sería la creación de un espacio universal mas allá de las fronteras, pero siempre que este espacio sea el libre desarrollo del conocimiento y la comunicación desinteresadas, no el del pragmatismo mercantil.

Carlos París es Catedrático emérito
de la Universidad Autónoma
de Madrid. Filósofo y escritor

Il¡lustración de Iván Solbes

Los muros de la posguerra

20 dic 2008
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CARLOS PARÍS

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Con su muerte reciente, se nos ha ido José Luis Rubio, un miembro destacado –aunque no se hayan rendido los honores merecidos a sus méritos– de la generación de posguerra. Aquella que vivió su juventud en los primeros años de la dictadura, en la década de los cuarenta y cincuenta del pasado siglo. Eran tiempos en que España estaba dividida por un alto muro y un foso repleto de cadáveres, muchos de los cuales todavía hoy están saliendo a luz. La muralla separaba a vencedores y vencidos en la Guerra Civil que siguió a la sublevación contra la República. Y los hijos de los vencedores quedaban aislados de la España perseguida, masacrada y torturada, en la que los otros jóvenes, los de las familias derrotadas, vivían una terrible existencia, tal como han relatado, entre otros testimonios, Lidia Falcón en sus Hijos de los vencidos o Miguel Salabert en El exilio interior.
Pero, además de este muro social, se había levantado otro: el que cegaba la visión de la reciente historia de España. No sólo de lo que habían representado el movimiento obrero socialista, anarquista, comunista, sino también el desarrollo cultural florecido desde el último tercio del siglo XIX, junto a lo que fue la Institución Libre de Enseñanza. También el despertar de una conciencia feminista en nuestro país era olvidado y ahogado por el discurso patriarcal. Y la II República, con sus esfuerzos por elevar nuestro país, se describía como una época de caos, que había hecho necesaria su liquidación.
Pero la realidad no deja de imponerse con la tozudez de los hechos. Y muchos de los jóvenes formados en aquellos tiempos, sin maestros en una universidad empobrecida y encuadrados en las organizaciones del régimen, fuimos traspasando ambas murallas. La que dividía a vencedores y vencidos. La que ocultaba lo mejor de nuestra reciente historia. Fue una larga marcha hacia el encuentro de nuestra realización. Recorriendo la miseria de los suburbios, trabajando en minas y fábricas, en los campos del Servicio Universitario del Trabajo y hermanándose en ellos con el proletariado. También leyendo y descubriendo los autores anatematizados, escondidos en librerías clandestinas y visitando, allende nuestras fronteras, otras tierras más libres. Quien, curioso de esta época, relea las páginas de las revistas juveniles crecidas a la sombra del SEU, la organización obligatoria de los estudiantes hasta 1964, podrá apreciar algunas huellas de este itinerario, las palabras, a veces aún balbucientes, en que nacía un pensar propio. Y así brotó una rebeldía en que miembros de esta generación, provenientes de familias de derechas, incluso hijos de ministros del régimen, acabaron militando en los clandestinos partidos de izquierda.
No es posible, en este artículo, detallar esta historia y enumerar sus protagonistas, aunque en mi círculo más próximo no dejaría de recordar a figuras como Miguel Sánchez Mazas, con su aportación a la lógica matemática, el gran poeta José María Valverde o, en Barcelona, a Manuel Sacristán. Pero no querría dejar sin mención especial la importante y original aportación que supusieron las ideas y actividades del recientemente fallecido José Luis Rubio.
En aquel mundo bélico, dividido entre las potencias capitalistas y el comunismo soviético, de un lado, y el eje nazifascista, que se iba hundiendo en la derrota, de otro, y al que seguiría la guerra fría entre los vencedores, dirigió su mirada hacia el potencial latente en el universo iberoamericano. Y repensó el ideal de su unidad, soñado por Bolívar. Podía levantarse en un nuevo bloque histórico, en que, recogiendo los ideales de los movimientos revolucionarios, se realizara una nueva y original sociedad anticapitalista, que él, manteniéndose fiel a su formación cristiana, veía a la luz de un cristianismo comprometido. España, sin pretensiones imperialistas, debería ser partícipe de este nuevo bloque histórico, llamado a incorporar las reivindicaciones de los pueblos indígenas, oprimidos por la conquista primero y por el poder de las burguesías después.
Y en este línea creó, en los años cuarenta, unos Grupos de Unidad Hispánica, en los que participamos jóvenes de aquella época. El proyecto era extenderse a la sociedad iberoamericana y formar un movimiento que diera realidad a tal ideal unitario y social. Aunque la vida de aquella iniciativa juvenil fue efímera, posteriormente, en la segunda parte de aquella década, se creó la Asociación Cultural Iberoamericana, que formaba parte de un Instituto Cultural Iberoamericano nacido en 1945 en una reunión de Pax Romana que concentró numerosas personalidades de Iberoamérica y España. Muchas de las organizaciones de este Instituto en Iberoamérica se convirtieron en centros de propaganda del régimen franquista, auspiciados por el oficial Instituto de Cultura Hispánica. Pero en Madrid y Barcelona se crearon Secciones Universitarias guiadas por los ideales de los Grupos de Unidad Hispánica y en sus actividades –algunas tan insólitas bajo la represión como la lectura y discusión del Manifiesto Comunista, conmemorando en 1948 su centenario– participaron numerosos jóvenes del mundo iberoamericano unidos en estos ideales.
José Luis Rubio fue presidente de dicha Sección Universitaria, que anteriormente yo había ocupado. Hoy día, tras la revolución cubana y la sandinista, aplastada en Nicaragua, tras el desarrollo de la teología de la liberación, al contemplar la realidad Iberoamericana en Venezuela, en la Bolivia de Evo Morales, en los procesos de Ecuador, hay que reconocer la clarividencia y la actualidad de aquellos prematuros ideales de José Luis Rubio.

Carlos París es filósofo y escritor

Ilustración de Javier Olivares

La democracia: ¿mito o realidad?

09 nov 2008
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CARLOS PARÍS

El triunfo de Barack Obama ha alegrado, en gran parte del planeta, más allá de las fronteras de los EEUU, a los hombres y mujeres deseosos de un mundo más justo. Y no sólo por el resultado electoral, sino por las características de la campaña con una movilización fervorosa poco frecuente en estos procesos. Pero tal alegría no debería impedirnos reflexiones críticas sobre la realidad que vivimos y de la cual los recientes comicios son una expresión digna de análisis. Enjuiciemos no el personaje, sino el procedimiento a través del cual ha sido elegido.

En primer lugar, el mismo impacto universal de estas elecciones, los anhelos y preocupaciones que a él se asocian, leído objetivamente, no deja de ser revelador del injusto mundo en que vivimos. En una humanidad que alcanza los seis mil millones de habitantes sobre la tierra, 79 millones, la cifra de los votantes de Obama, arrastran tras sí las esperanzas y el futuro no sólo de sus compatriotas, sino de todo el colectivo humano. Y no por mera solidaridad, sino en razón del propio interés. No parece, entonces, que los hombres –y las mujeres, añadamos– nazcan “libres e iguales”, como pretenden las declaraciones de derechos humanos. Un voto de un ciudadano estadounidense cuenta mucho más en la inmediata historia que el voto de un boliviano, de un español o de un francés. Como la vida de un ciudadano de tal país cuenta también mucho más que la de un iraquí, un afgano o un periodista español, como Couso. Desgraciadamente, estamos tan hechos a esta realidad y tan poco imbuidos de la idea de una democracia universal que, quizá, a más de un lector le parezca natural esta desigualdad entre poderosos y menos potentes. Y, sin embargo, se escandaliza cuando se tacha de imperialista a la política de los EEUU. Un imperialismo, que esperemos, Obama suavice.

Que no existe un orden internacional democrático es un hecho obvio. Basta con observar la composición del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas en el cual una minoría de países constituye el núcleo permanente, por añadidura con derecho a veto, mientras los restantes miembros de la organización se turnan en los sillones libres. Y, en el terreno económico, la OMC, el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional guían sus políticas con arreglo a los intereses de las grandes empresas.

Si la democracia en el orden internacional es una ficción, ¿qué diremos de su funcionamiento en el interior de los distintos países? De los 190 Estados que hoy existen en el mundo, más de cien se definen como democracias. Pero hay que preguntarse por el contenido real de esta pretensión. ¿Qué se entiende por democracia? Según la famosa definición de Abraham Lincoln, la democracia es “el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo”. Pero, si contemplamos la realidad, precisamente la de los países avanzados que se glorian de representar tal ideal de funcionamiento político, habría que afirmar que la democracia es de hecho “el gobierno del dinero, por el dinero y para el dinero”.

¿El gobierno, entonces, sobre los humanos, de una realidad impersonal? Como el dinero es mera, aunque muy importante, realidad material, quizá el amigo lector propondría corregir el enunciado y afirmar que la democracia es el gobierno de los que poseen y controlan el dinero, lo dirigen y se convierten en los beneficiarios de la pseudemocracia para conservarlo y aumentarlo. Sin embargo, no estaría de más recordar la teoría del “fetichismo de la mercancía” desarrollada por Marx, ahora que, a la vista de la crisis, salen de la tumba sus escritos, que se quisieron sepultar y ahora son reeditados y afanosamente vendidos. Y ¿qué mercancía más importante que el dinero, en tiempos en que el capitalismo, ha sacrificado su función productiva para dedicarse a la especulación?

El dinero es el gran dictador que se impone a los seres humanos y arrastra sus vidas en los países capitalistas avanzados. Tal como escribió Erich Fromm, ya a mediados del pasado siglo: el ser humano ha perdido el dominio de sí mismo. Ha hecho un becerro de oro y dice: ‘Estos son vuestros dioses’” .

Ha comentado MacPherson los temores de los poderosos ante el sufragio universal, pensando que el voto de las masas podía despojarles de su dominio, para observar el modo en que tal terror se aminoró al comprobar cómo los partidos políticos, en su afán de ganar votos, diluían los intereses de clase. Se desarrolla así una tendencia hacia el disputado centro. “La noche –en que, como se ha dicho respecto al sistema de Shelling– todos los gatos son pardos”. Y, añadamos, incapaces de arañar a los fuertes. Pero un mecanismo aún más importante que el electoralismo ha venido dado por la mercantilización, por el dominio del dinero sobre la política. En las recientes elecciones estadounidenses se han gastado entre los dos contendientes cinco mil doscientos millones de dólares. El acceso como candidato a la contienda electoral no es posible sin el respaldo de unas poderosas arcas.  Y tal exigencia de potencialidad económica se extiende, mas allá de la aspiración a la presidencia, también a la Cámara de Representantes o al Senado, e incluso a puestos como la judicatura, según ha novelado críticamente Grisham. Sólo así se explica que en un país de tan demográficamente alta como variada población, los electores se encuentren ante la encogida posibilidad de elegir sólo entre dos figuras, y cuya función será gestionar los intereses capitalistas. Como muchas veces le he oído a Saramago, los actuales gobiernos no son sino los “comisarios políticos de las grandes empresas”.

Carlos París es filósofo y escritor

Ilustración de Patrick Thomas