Carlos París

Que la realidad actual de España se resiente de un ancestral descuido de la investigación científica y de la educación es tan triste como indiscutible hecho. Una lacra que afecta no solo a nuestro papel en la historia moderna o al troquelado de nuestra mentalidad colectiva, sino a un territorio para el cual aún las más elementales mentalidades no pueden dejar de ser sensibles: nuestra potencialidad económica. Y semejante situación no es resultado de ninguna predisposición genética, como pensaba Salvador de Madariaga cuando afirmaba que somos un pueblo más dotado para la literatura y la pintura, para la milicia, la navegación de altura o la mística que para la ciencia.
Es el resultado de la desatención que tanto los dirigentes políticos como nuestro capitalismo han prestado al saber científico, hasta convertir en heroico el esfuerzo de excepcionales investigadores españoles, tenaces y sacrificados. Si miramos a los sucesivos gobiernos históricos, es evidente que solo la II República afrontó decididamente esta tara. Y tampoco la política de la actual etapa democrática, atenta solo a los problemas de apariencia más inmediata y a dirigir la economía por los fáciles caminos del ladrillo y el turismo, se ha preocupado de remediar esta histórica deficiencia. Así no es de extrañar nuestra escasa competitividad y el déficit de nuestra balanza comercial.
En estas páginas, un reciente artículo de Carlos Martínez Alonso, secretario de Estado de Investigación, aborda la necesidad de fomentar la actividad científica de cara al desarrollo económico español. Evidente y encomiable tesis, aunque no deja de sorprender ver tal tesis contradicha en la práctica por la reducción de la partidas dedicada a investigación y a educación en el actual proyecto de presupuestos. El autor de dicho artículo, glosando la figura de Pasteur, insiste en los beneficios que la investigación ha deparado a la Humanidad, para concluir la conveniencia de un maridaje entre la actividad científica y la empresa. Un tópico que, en mi opinión, requiere ser analizado, pues semejante relación se presta a complejos y
contradictorios desarrollos.
No vivimos ya en los tiempos de Pasteur o de nuestro Ramón y Cajal, cuando con su microscopio enfocaba sus preparaciones histológicas en una modesta bohardilla. Hoy, la parte más importante de la investigación científica se realiza por equipos dotados de un material con frecuencia altamente costoso y financiados con programas que suponen importantes inversiones. Cuando transitamos de la revolución industrial, generada en los talleres de los artesanos, de la etapa paleotécnica, en la terminología de Mumford, a la neotécnica, las realidades descubiertas por la ciencia serán la base de los avances tecnológicos. La ciencia ha adquirido el rango del más alto poder. Y los ansiosos de poderío económico o bélico caerán como aves de presa sobre ella.
Afán de conocimiento
Ciertamente, la relación entre ciencia y técnica ha sido históricamente íntima. La revolución científica de la modernidad, como señaló Hauser, se gestó en los talleres artísticos del Renacimiento. Galileo frecuentaba los arsenales y dialogaba con los artesanos. Pero, como a los grandes científicos creadores, le guiaba el afán del conocimiento desinteresado de la realidad y la admiración ante la naturaleza. Einstein, en su Mein Weltbild, ponderaba la contemplación de la naturaleza como el sentimiento grandioso en que se volcaba su anterior religiosidad. Y, cuando su famosa ecuación entre materia y energía había abierto el camino hacia la bomba atómica, tanto él como Russell condenaron el desarrollo de esta terrible arma que, en manos del imperialismo, sigue amenazando a la humanidad.
Así, lo más noble del hacer científico, de la teoría pura, ha sido inmolado en aras de su eficacia. La universidad humboltiana, el modelo científico de universidad, fue reemplazado por la universidad como “estación de servicio de las necesidades sociales”, según la gráfica expresión de los críticos. No pretendo desvalorizar las aportaciones del desarrollo científico a la sociedad. Pero, ¿cuáles son estos desarrollos y a quién sirven? ¿A quién corresponde programarlos y financiarlos? En los EEUU, se viene gastando tres cuartas partes de la I+D a la investigación militar y las empresas capitalistas atienden mucho más, en su propia lógica, al beneficio que al desarrollo humano. Hace ya décadas, el movimiento estadounidense Science por the people señalaba cómo la investigación médica atendía preferentemente a las enfermedades propias de las formas de vida de las clases económicamente superiores y relegaba las enfermedades laborales o las propias de las razas discriminadas. El feminismo, por su parte, ha denunciado la relegación radical que los problemas de la mujer padecen en el desarrollo de la medicina. El que fuera representante de España en la OMS, el doctor Pedro Caba, me relataba, hace tiempo, los incesantes conflictos entre las grandes empresas farmacéuticas y los representantes del Tercer Mundo.
Una oleada crecientemente poderosa trata de supeditar la investigación científica y la enseñanza universitaria a los intereses mercantiles. La maniobra se disfraza con un atractivo valor de servicio a la sociedad. Pero, con ello, además de yugular la investigación pura, se establece el gobierno de la dirección empresarial sobre la actividad científica.
Es necesaria la relación de la investigación con la actividad productiva. Pero es imprescindible el control democrático para que los productos se dirijan al desarrollo humano planetario y no al dominio de los privilegiados.
Carlos París es filósofo y escritor
Ilustración de Mikel Jaso
CARLOS PARÍS
Se ha anunciado la puesta en marcha de una nueva ley de interrupción voluntaria del embarazo, ampliamente reclamada, hace ya largo tiempo, por los sectores feministas y progresistas de nuestra sociedad. Según la vicepresidenta Fernández de la Vega, la ley debe ser precedida por un una amplia reflexión y, finalmente, ha de recoger un consenso. Pero es de esperar que asistamos a una cerrada oposición de los sectores conservadores, que ya vienen boicoteando la práctica de la actual Ley del Aborto, a pesar de sus limitaciones. De hecho, el Vaticano se ha apresurado a formular su inquietud ante la iniciativa y los medios reaccionarios han empezado a destapar la caja de los truenos. Por ello, desde el primer momento, resulta necesario desmontar las argumentaciones que la oposición al aborto libre viene esgrimiendo.
Esta militante oposición, que ha llegado al extremo de la violencia contra las clínicas y los médicos practicantes del aborto, parte de un sofisma básico: la consideración de los embriones como seres humanos, como personas. De la cual se deriva la calificación del aborto como un asesinato. Y la legalización del aborto en la mayoría de los países europeos, como un genocidio. Julián Marías llegó a escribir que el mayor crimen del siglo XX, despreciando sus devastadoras guerras, el holocausto, el lanzamiento de las bombas atómicas, había sido nada menos que la legalización del aborto. Y es que, para los militantes de las asociaciones pro vida, parece que la forma de vida mas auténticamente humana, mas propia e intangible, es la embrionaria, sometida, después, a una absurda continuación. ¿Destinada principalmente a la producción de nuevos embriones?
¿Es mera caricatura sarcástica lo que acabo de escribir? No lo parece, si comprobamos que no faltan antiabortistas partidarios de la pena de muerte y de las guerras de agresión reconvertidas hoy en “guerras preventivas”. En estos días, la candidata a la vicepresidencia de Estados Unidos, Sarah Palin, nos muestra, como un icono, semejante ideología luchando por imponerse. Y tales mentalidades suelen mostrarse bastante indiferentes para las condiciones inhumanas en que desarrolla su vida gran parte de la población que llena nuestro planeta, acosada por el hambre y la miseria. Como un estadounidense de raza negra –o afroamericano, según la terminología políticamente correcta– comentaba: cuando se encontraba como embrión en el vientre de su madre mucha gente se preocupaba por su vida, disuadiendo a su progenitora, acosada por múltiples problemas, de abortar, mas, en cuanto vio la luz, nadie volvió a inquietarse por las misérrimas condiciones en que se veía obligado a subsistir penosamente. Al fin y al cabo había perdido la privilegiada condición de embrión. Hace ya tiempo escribí un artículo sobre “el amor a los embriones”, como seres predilectos, que, curiosamente, parece caracterizar a la militancia antiabortista.
¿Porqué un embrión no es todavía un ser humano, aunque pueda estar en camino de serlo? Porque un ser humano no se reduce a mera corporalidad, no se queda en una estructura de células, tejidos y órganos, simple biología. Entender así al ser humano resulta propio de un materialismo craso, en que, al parecer, caen los antiabortistas. El ser humano es, ciertamente, un organismo viviente pero decisiva, radicalmente, es un animal cultural. Entendida la cultura en su más estricto sentido como el medio social en que hacemos nuestra vida, tal como la antropología cultural y física ha desarrollado este concepto, y, por mi parte, he formulado en mi libro El animal cultural-Biología y cultura en la realidad humana.
La cultura nos hace seres humanos por encima de nuestra anatomía y fisiología, peculiarmente orientadas hacia ella ,en nuestra especie. Sin el troquelado cultural, sin los cuidados, que el neonato requiere –un prematuro desvalido, pero llamado de un modo singular al desarrollo de sus potencialidades antropológicas, según el biólogo Portmann– no se adquiere la condición propiamente humana. Y la enculturación se inicia con el nacimiento. Con la existencia individualizada. No con la dormida, latente, existencia en el útero materno.
Para el Código Civil español no se adquiere la condición de persona hasta transcurridas 24 horas de vida después del parto. Para la escolástica clásica la persona era rationalis naturae individua substantia. Un sujeto “individualizado” de naturaleza racional. Indudablemente, un recién nacido no posee todavía razón y libertad, pero en el mundo al que se han abierto sus sentidos, inicia –bajo los cuidados maternos y del medio exterior que le rodea– el desarrollo de su humanidad. Los antiabortistas, frecuentemente tan cristianos, han parecido olvidar su misma tradición escolástica. Dentro de ella, Santo Tomás mantenía que la información del cuerpo por el alma no se producía en el momento de la concepción, sino cuando el embrión se encontraba en un estado avanzado de desarrollo.
Podría, con razón, pensarse que este debate básico sobre la falta de sentido que supone atribuir a los embriones la condición de seres humanos, de personas, es algo ya superado, cuando la mayoría de los países avanzados han ido legalizando y despenalizando –que es el objetivo más propio a conseguir– la práctica del aborto voluntario. Pero las viejas convicciones que ven la reproducción, la creación de la vida, como algo sagrado que debe escapar de cualquier intervención que lo controle por parte de las profanas manos humanas, unidas al patriarcal recelo contra la mujer, deben ser ahuyentadas si queremos avanzar en el camino de una sociedad racional.
CARLOS PARÍS es filósofo y escritor
Ilustración de MIKEL JASO
CARLOS PARÍS
No sé, amigo lector, si has visto una película argentina titulada Whisky, Romeo, Zulú. Pero, si has tenido la oportunidad de contemplarla y estremecerte ante ella, no habrás podido dejar de recordarla ante las tremendas imágenes de la catástrofe recientemente ocurrida en el aeropuerto de Barajas. Es una película que recoge una terrible y aleccionadora historia real. Y su extraño, desconcertante, título es el nombre con que había sido bautizada una aeronave que, destinada a trasportar pasajeros, se estrelló y, envuelta en llamas, se convirtió en un inmenso féretro, Ahora bien, el interés singular de la película no se refiere a ofrecer una visión cinematográfica más de catástrofes, sino a dar cuenta de una tragedia “anunciada”.
Anunciada por el protagonista, un sujeto real, piloto de profesión que comprueba con escándalo las condiciones de los vuelos a que la compañía obliga a los pilotos, unas veces en estado de fatiga por sobrecarga de trabajo, otras con aparatos que no ofrecen las garantías de seguridad plena exigibles. Todo se sacrifica al imperativo de cumplir el recorrido impuesto, dar una imagen de puntualidad. Y muchos pilotos se doblegan a las imposiciones, pero el protagonista expresa su rebeldía y, no solo no se somete al dictado de sus superiores, sino que eleva repetidas denuncias. Nunca escuchadas, hasta verse, finalmente, expulsado de la compañía. Como ya he indicado, no se trata de una ficción –aún así, no carecería de interés ilustrativo– sino de la crónica de una historia real. Y su recuerdo no ha dejado de asaltarme al conocer la reciente tragedia ocurrida en nuestro aeropuerto madrileño. Naturalmente, no pretendo a priori que la catástrofe de Barajas sea resultado de una trayectoria como la desarrollada en la película a que me refiero. Sería una irresponsabilidad anticiparse a las investigaciones técnicas abiertas y aplicar a un nuevo acontecimiento una historia ajena. Pero tampoco es recomendable olvidar esta tremenda posibilidad. Son muchos los intereses económicos y políticos que juegan en el mundo de la aviación civil. Y sería escandaloso que estos enterraran, con los muertos, el conocimiento de la realidad. O que se impusiera la conveniencia de evitar la alarma social, el tópico con que se pretende que la ciudadanía se encuentre confiada en el poder y los servicios que se le ofrecen. Durmiendo tranquilamente apaciguada en un mundo feliz. Convencidos como el optimista Pangloss de que vivimos en el mejor de los mundos.
Porque, además, sobre estas tragedias se extiende una problemática mucho más generalizada y que constituye uno de los pilares de la actual sociedad. La que plantea la actual sumisión a la empresa capitalista que gobierna nuestras vidas. En este caso, las empresas dedicadas al transporte aeronáutico. Y la tan idealizada competencia entre ellas que nos asegura, según el discurso oficial, los mejores servicios. Pero la realidad es que, por más que últimamente se disfracen en su nuevo discurso, como recientemente comentaba Javier Ortiz en estas mismas páginas, de entidades benéficas, filantrópicas y ecológicas, que sólo buscan el mejor servicio del ciudadano, la realidad es que la empresa capitalista sólo busca el beneficio, el enriquecimiento de sus dueños y el reparto de beneficios que llegan en migajas a sus pequeños accionistas. Es tal su propia y natural lógica. Otra cosa sería pedirle peras al olmo. Una empresa capitalista no es una ONG, ni una comunidad religiosa dedicada al ejercicio de la caridad, entidades que pueden ser criticadas si no cumplen tal función. Ni un Estado social que pretende mejorar la vida de los ciudadanos y ciudadanas. Y esta lógica del beneficio es la que se impone a toda la empresa, obligando a marginar los sentimientos humanitarios individuales de sus miembros.
Por tanto, las empresas del ramo de alimentación nos llenarán de comida basura envasada, repleta de colorantes y de conservantes, sin preocuparse de nuestros estómagos y nuestra salud. Las de las nuevas tecnologías nos venderán productos efímeros, que nos obliguen a cambiar de ordenador o de móvil con más frecuencia de la deseable. Y las empresas de aviación civil no se proponen como objetivo propio la felicidad de los viajeros, haciéndoles disfrutar del viejo sueño humano de volar, conduciéndoles al encuentro de entrañables familiares, al lugar en que desarrollen su trabajo, o en que contemplen nuevos paisajes, sino lucrarse ofreciéndoles el servicio del transporte. Y para ello apretarán a los pasajeros en asientos incómodos que producen el síndrome del viajero en clase turista. Y cuando la economía se pone difícil, le venderá una botella de agua al precio de un agua milagrosa. Y lo que es peor, se encontrarán ante las graves tentaciones de economizar costes, reduciendo plantillas, intensificando el trabajo del personal de vuelo y tierra. Y, aún más peligrosamente, se muestra la posibilidad de pasar por alto la minuciosidad de las revisiones y controles. ¿Sucumbirán a esta última tentación? Ciertamente, la seguridad no es sólo una exigencia ética, humanitaria. También es importante desde el punto de vista económico. Una empresa de aviación civil que sufre accidentes se desprestigia. Y quizá esto es lo que preocupa a sus directivos. Por la misma lógica que antes he comentado.
Ante la tragedia que ha conmovido a toda la sociedad, participando en el dolor de los allegados de las víctimas, es necesario el rigor de la investigación y la determinación de responsabilidades posibles. Pero es preciso también elevar la mirada hacia el inaceptable orden de nuestro mundo económico y político.
CARLOS PARÍS es filósofo y escritor
Ilustración de PATRICK THOMAS
CARLOS PARÍS
Pocas cosas en el mundo actual me parecen tan sorprendentes como la contradicción interna que la política abriga. Por una parte el manifiesto fracaso del capitalismo para resolver los graves problemas sociales de la humanidad y, por otra, la creciente ceguera para percibir este fracaso y reaccionar ante él. ¿Es la que denunciaba Saramago en su lúcido Ensayo sobre la ceguera? Y en esta ceguera se mueve a tientas una izquierda que ha perdido el vigor de sus grandes convicciones, aquellas con que se erguía anunciando la posibilidad de un mundo mejor.
Cuando me he referido al fracaso del capitalismo no aludía, ciertamente, a sus beneficiarios. El orden actual, con toda su injusticia, constituye un enorme éxito que corona triunfalmente sus luchas, especialmente virulentas desde los ochenta, bajo la dirección de la trinidad Reagan, Thatcher, Wojtyla. Ni pienso sólo en la actual crisis mundial. Las periódicas crisis forman parte de la dinámica del capitalismo, como ya vió Marx.
Pensaba en el panorama desolador, que, en medio de un enorme desarrollo científico y técnico, se extiende ante nuestros ojos, cuando contemplamos la sociedad planetaria, con los mil millones de seres humanos que sufren el flagelo del hambre, en el Tercer Mundo, y en las bolsas de miseria del Primero, y con muchos más que llevan una vida inhumana. Y que, cuando tratan de huir de la miseria, se encuentran con los muros levantados por el Primer Mundo. Todo ello mientras no faltan alimentos, sino las medidas que, permitan desarrollar su producción y distribución, obstaculizadas por los intereses de las multinacionales. Hace ya años René Lenoir lo documentaba en su lúcido libro Le Tiers Monde peut se nourrir. Y Susan George explicaba que la raíz del hambre mundial no se encuentra sino en el precio especulativo de los alimentos. Hoy el Primer Mundo, más preocupado por el funcionamiento de sus vehículos que por el hambre, ha descubierto los biocombustibles. Pero, como recientemente explicaba Ziegler, con la cantidad de maíz que es precisa para llenar el depósito de un coche se podría alimentar, durante un año, no a la “niña de Rajoy”, pero si a un niño o niña mejicanos.
Y pensaba en los hirientes contrastes que en el mundo industrial se dan entre las clases sociales. Según el economista Stiglitz, “a finales del siglo XX el número de pobres aumentó en cien millones, al mismo tiempo que la renta mundial total crecía según un promedio del 2,5”. Todo un fracaso del devotamente cantado desarrollo, que obliga a pensar, más allá de los lugares comunes que se han impuesto a las mentes. Porque a la incapacidad para contemplar la realidad se une la asunción de los más viejos tópicos de la derecha, triunfantemente lanzados por los beneficiarios del actual orden, y asimilados por políticos y pensadores que se consideran progresistas y por las resignadas multitudes, incapaces de luchar por una sociedad mejor. Recordando el concepto de hegemonía ideológica de Gramsci hemos de reconocer que la derecha se ha impuesto en este terreno de combate, del cual es preciso desplazarla.
El primero y decisivo de estos victoriosos tópicos es la afirmación de que no existe más manera de organizar la vida económica y social que la representada por el capitalismo. Incluso mentes tan críticas y documentadas como la de Vidal Beneyto mantienen que no cabe otra posibilidad sino escoger entre las diversas formas del capitalismo, representadas por Europa, por EEUU y por China, pronunciándose a favor del modelo europeo. Pero en la realidad de la Unión Europea se acusa un creciente deterioro de los avances con que la socialdemocracia, aun sin tratar de eliminar el capitalismo, pretendía hacerlo algo más habitable mediante medidas sociales de protección a los más desfavorecidos. Un exponente de ello es la propuesta de la jornada de sesenta y cinco horas, en que culmina la agresión a los trabajadores que Lidia Falcón ya exponía lúcidamente en su libro, Proletarios del mundo, ¡rendíos!
Hoy día nuestro presidente del Gobierno Central ha declarado que no piensa tomar ninguna medida que suponga una intervención en el mercado. La idea de que el mercado está gobernado por un mano mágica que produce el universal beneficio es otro de los grandes tópicos difundidos por la derecha que falsean la realidad. Ya hace muchos años Einaudi demostró cómo los oligopolios dominaban el espacio mercantil y, en nuestros días, cada mañana nos sorprende la noticia de una fusión de grandes empresas, llamadas a aumentar a nuestra costa sus beneficios, imponiéndose en el mercado.
La libertad que la Revolución Francesa reclamaba para el ciudadano y Olimpia de Gouges exigía para la ciudadana, la que Marx vindicaba cuando afirmaba que “el libre desarrollo de cada uno es condición del libre desarrollo de los demás”, se ha convertido, hecha caricatura esperpéntica, en libertad de la empresa para incrementar sin límite sus beneficios, falta de control social. Y al mismo tiempo se extiende la mitología de la privatización, que en nuestra Comunidad madrileña bajo la dirección de Esperanza Aguirre, trata de arrollar la sanidad y la enseñanza públicas y arrinconar a la Universidad abierta a toda la población. Y en una práctica ampliamente extendida se convierte en “externalización de servicios” que aumentando costes, sólo benefician a las empresas privadas.
Hace tiempo escribí que la izquierda, tras sus derrotas, estaba presa del síndrome de Estocolmo. Y, sin embargo, nunca sus ideales y su proyecto han sido tan necesarios. Como afirmaba Rosa Luxemburgo, “socialismo o barbarie”. Y hoy nos invade la barbarie.
Carlos París es filósofo y escritor. Su último libro es Memorias sobre medio siglo
Ilustración de Javier Olivares
CARLOS PARÍS
No te parece maravilloso, amigo lector? De repente, se ha levantado una oleada en defensa de los derechos humanos y de la independencia de los pueblos. Un verdadero tsunami, que se extiende de un país al otro. Y alcanza desde los altos mandatarios hasta la protesta callejera. No se podía recordar tan intenso y amplio movimiento desde las manifestaciones que se produjeron contra la declaración de guerra a Irak. ¿Creías que la sociedad actual estaba dominada por el egoísmo y la búsqueda sólo del propio bienestar? Ya ves que no. Ha bastado que la antorcha olímpica se haya puesto en marcha hacia China para que los ánimos se hayan encendido en solidaridad con el Tíbet y con las víctimas de la opresión del régimen chino.
Hay que boicotear los Juegos Olímpicos. Las muchedumbres rodean a los portadores de la simbólica antorcha y tratan de arrebatársela. El Parlamento Europeo se reúne para debatir la conveniencia del boicot. Que no acudan los jefes de Estado a la inauguración. Que perciba el Gobierno chino con vergüenza la recriminación del mundo libre y democrático
Pero ¿ no es demasiado maravilloso todo este movimiento? ¿Por qué se concentra en China, saltando del deporte a la política? ¿ Es que este inmenso país representa una isla de represión y violencia, en medio de un mundo lleno de justicia y paz, de profundo respeto a los derechos de los individuos y de los pueblos?
No parece tal paraíso un mundo en el que cerca de mil millones de niños, mujeres y hombres no pueden satisfacer sus necesidades alimenticias, ni acceder a la cultura, ni a una vida digna, y en que –ante esta terrible situación– la política de los países ricos se concentra en encerrarse en su bienestar y blindar las fronteras.
Sin embargo los escándalos del orden mundial no se agotan en el mantenimiento de esta criminal situación. A ella se añaden recientes hechos muy concretos.
El Parlamente Europeo discute la conveniencia de boicotear los Juegos Olímpicos y muestra su preocupación por el Tíbet. Propicia una negociación del Gobierno chino con la última reencarnación del Dalai Lama. Y, en cambio, permanece indiferente a la gravísima situación del pueblo saharaui, cuyo territorio permanece ocupado por Marruecos desde hace medio siglo y cuya población es perseguida sin que se le conceda el primario derecho de autodeterminación. Con la vergonzosa complicidad de los sucesivos gobiernos democráticos españoles, especialmente responsables como representantes de la antigua potencia colonial. Y es que la monarquía marroquí, con todo su desprecio de los derechos humanos, es fiel aliada de Occidente…
Preguntémonos: ¿de que autoridad ética y jurídica pueden hacer gala el premier Brown –que ya ha anunciado su ausencia en la inauguración de los Juegos– y no digamos el presidente Bush, después de que los ejércitos de sus países hayan invadido Irak en una guerra ilegal, y sean responsables de cientos de miles de víctimas civiles? Responsabilidad que se extiende a los Estados colaboradores en la invasión y masacre. ¿Y qué diremos del infierno de Guatánamo? ¿O de los traslados de prisioneros hacia lugares de tortura con la complicidad de los gobiernos europeos?
Vivimos en un mundo inmerso en la barbarie. Una barbarie fortalecida por el desarrollo tecnológico y científico, que beneficia sólo a una parte –la dominante– de la sociedad. Evidentemente esta denuncia general no puede servir de pretexto para justificar las ejecuciones ni las deficiencias de los derechos humanos en China. Pero sí para preguntarnos: ¿por qué, en medio de esta barbarie, China se ha convertido en blanco preferente de una ofensiva crítica?
¿Por qué los JJOO, desbordando su planteamiento deportivo, están siendo motivo de explotación para levantar esta intensa campaña?
Lo primero que se puede pensar es que la maniobra forma parte del anticomunismo que recorre el mundo. Algún miembro del PP lo ha expresado rotundamente: “Hay que boicotear los Juegos porque China es un país comunista”. En mi opinión, sin embargo, el régimen chino ya no puede ser considerado como propiamente comunista.
El comunismo chino se acabó con Mao y luego ha ido evolucionando hasta terminar hoy en un capitalismo –ciertamente no liberal– dirigido por un poderoso Estado. Y que no sigue los dictados de los grandes poderes que dirigen la economía mundial. Lo cual, como ha subrayado el importante economista Stiglitz, le ha permitido el espectacular desarrollo que inquieta al capitalismo occidental. Y aquí, podemos adivinar alguna de las claves de la ofensiva antichina.
China camina hacia su elevación a primera potencia mundial. La deuda de los EEUU con China es de tal orden que, según se ha dicho gráficamente, cada ciudadano estadounidense debe 4.000 dólares a cada chino.
Ciertamente China ofrece un gran mercado para la venta de los productos occidentales: una mano de obra óptima para trasladar las industrias de los países avanzados, por su capacidad de trabajo y baratura. Y es en estos aspectos en los que se fijan quienes piensan que la negativa a boicotear los Juegos se asienta en intereses económicos.
Al mismo tiempo, la emergencia de China rompe el orden y la hegemonía de los EEUU y de Europa. Su política internacional se enfrenta en el Consejo de Seguridad (junto a Rusia) a los dictados de los gobiernos de EEUU. Es un peligro para la sumisión que Occidente aspira a imponer. Y aquí se insinúa la mano que puede mover los hilos de toda esta farsa que moviliza a los ingenuos. No son los derechos humanos lo que está en cuestión, sino la rivalidad en el poder.
Carlos París es filósofo y escritor. Su último libro es ‘Memorias sobre medio siglo’
Ilustración de Iván Solbes
CARLOS PARÍS

A lo largo de la legislatura que se extingue, una constante típica del PP ha sido la terca firmeza con que, frecuentemente, se ha mantenido, encerrado en sus opiniones, sin que le importare quedarse aislado, frente al resto del Parlamento, o contrariar las opiniones mayoritarias recogidas en las encuestas. Es la actitud que hemos podido apreciar, en diversos momentos cruciales, así en el radical rechazo, no a los detalles, sino a la idea misma de una ley de conciencia histórica, que replanteara nuestro inmediato pasado, o en su repulsa de la “educación para la ciudadanía”, o en la versión largamente mantenida del 11-M. Una actitud que nos recuerda la del torero, cuando clama: “Dejarme zolo que voy a lidiar la fiera”.
Pero no se ha quedado tan solo, porque semejante desplante encuentra su parangón en la conducta de los obispos, cuando adoctrinan a una población que mayoritariamente se ha alejado del redil, pensando únicamente en su propia clientela. Podría sorprender este desprecio por las opiniones ajenas. La verdad es que a mí no me asombra en modo alguno. Responde a una lógica muy clara.
En efecto, la profunda convicción de la jerarquía eclesiástica es que posee el poder exclusivo de fijar las reglas de la moral, y la de la derecha política es que sólo a ella le corresponde gobernar. Por derecho divino para los más religiosos, por derecho natural –aquella arcaica asignatura que la dictadura introdujo en el plan de estudios de las facultades jurídicas– de acuerdo a los que poseen una comunicación menos directa con la Divinidad. Una sociedad para que funcione debidamente debe estar regida jerárquicamente: es decir, por los mejores. Y éstos, aunque han venido siendo clásicamente los aristócratas de sangre azul, hoy día están representados por los miembros de buenas familias. No tienen las manos encallecidas, sino que han recibido adecuada instrucción en los colegios religiosos, sin renegar de ella, como hemos hecho bastantes descarriados que pasamos por aulas dirigidas por frailes y monjas, para convertirnos en descreídos. En los últimos tiempos han podido hacer un costoso máster o pasar por las nuevas universidades privadas, que no son ciertamente mejores que las públicas, pero se hallan más a tono con la privatización, que está salvando al mundo de las intervenciones perturbadoras del Estado, las cuales tienden a crear, aunque sea muy modestamente en las políticas socialdemócratas, una sociedad algo más igualitaria, y en que peligran las naturales diferencias jerárquicas propias de un orden social fructífero
para todos.
Estas sanas diferencias, más aún que en la educación, se traducen en la potencia económica, en la riqueza. A los pobres los tendréis siempre con vosotros, decía el Evangelio. Y los propietarios del capital son los grandes benefactores de la sociedad, cuya filantrópica acción, hoy, se extiende a todo el planeta, gracias a la globalización. Y si se cierran empresas, para trasladarlas a nuevas latitudes, es por ayudar al proletariado más pobre. Ya no hay que conocerlos como “empresarios”, sino con el laudatorio término de emprendedores. Darles todas las facilidades posibles, aunque sea a base de la contención de salarios y la precariedad en el empleo, es la misión de un buen gobierno. Supone racionalizar la economía.
Claro que semejante política, propia de la derecha, desgraciadamente no ha dejado de ser asumida por una claudicante socialdemocracia en gran parte del mundo. En nuestro país, durante la etapa de gobierno de Felipe González, pudimos oírle gloriarse de lo bien que se llevaba con los empresarios, mientras tenía que afrontar huelgas laborales. O tuvimos ocasión de escuchar a Solchaga, como insólita alabanza, que España era el país en que resultaba más fácil hacerse rico.
Pero, por más esfuerzos que haga una pretendida izquierda, intentando congraciarse con los grandes poderes económicos, semejante oportunismo no la convierte en apta para gobernar, cuando enfrente está una derecha mucho más coherente y carente de veleidades que pueden romper el orden tradicional. Si tal derecha es desplazada, ello se debe a turbias maniobras que han extraviado el voto del electorado. Es lo que ocurrió el 11 de marzo, montando un atentado dirigido a arrebatarles el poder. O, en más lejanas fechas, llevó el caos a España en el 36, con las elecciones que ganó el Frente Popular.
¿Cómo van a gobernar los trabajadores “impreparados”, según un divertido poema de Rafael Alberti? Necesitan por su propio bien ser dirigidos. Hace siglos con su clarividente inspiración anticipó la crítica de semejante convicción de la derecha el gran Cervantes. No otra cosa, hoy leída, se nos antoja su parábola de la Ínsula Barataria. ¿Qué burla más divertida para duques que hacer de un labriego, como Sancho, un gobernador? ¿Qué mayor disparate? Concedámosle un territorio que regir, por supuesto imaginario. Y los resultados no podrán ser más regocijantes.
La realidad es que, sin embargo, el bueno de Sancho resulta un hábil juez y regidor. Pero el absurdo de su gobierno habrá de ser además de ficticio, efímero. Y aquí preludia el texto quijotesco las sucesivas ofensivas que contra gobiernos populares se producirán en la historia. Primero el hambre, el bloqueo alimenticio a que Don Pedro Recio de Tirteafuera somete a Sancho. Después los rumores de la conspiración exterior. Y, finalmente, la ofensiva militar, si aquí burlesca, bien real en el ataque bélico, que han tenido que afrontar todos los gobiernos que, con impulso revolucionario, han roto el viejo orden y elevado el pueblo trabajador al poder.
Carlos París es filósofo y escritor. Su último libro es ‘Memorias sobre medio siglo’
Ilustración de Gallardo
CARLOS PARÍS

Aunque más de uno opine lo contrario, la dictadura franquista dejó profundas huellas en nuestra sociedad, que penosamente aún permanecen. Al afirmar semejante perduración, no me refiero a los entusiastas de aquella execrable época, que, brazo en alto, se oponen a que las estatuas del Caudillo sean retiradas de calles y plazas. Tampoco aludo a las increíbles resistencias –sólo comprensibles desde un criptofranquismo– con que tropieza la elemental necesidad de hacer justicia a la historia de la II República, su derribo violento y la siguiente y larguísima represión, pretextando que ello puede “abrir heridas”. Lo que pretendo sacar a luz es el modo en que muchas actitudes anímicas e importantes equívocos conceptuales lastran nuestra sociedad, arrastrando la rémora de la dictadura.
Tal ocurre con la autoritaria tendencia al abuso del poder, ejercido en los más distintos ámbitos por sujetos que actúan como herederos de los viejos impunes ‘jerarcas’, y con la amplitud de la corrupción, que cubre tantos campos. Asimismo es significativa la prepotencia con que la ‘jerarquía’ eclesiástica –ahora este término abusado pintorescamente en el lenguaje falangista es usado en su religioso sentido exacto– se dirige a la ciudadanía y a los gobiernos. Todo ello forma parte de lo que se ha designado, a veces, como el “franquismo sociológico”. Pero, en estos momentos, aquello que querría examinar es un equívoco, hoy lleno de consecuencias: el modo en que el franquismo se apropió de la idea de España, arrancándola a su verdadera realidad. Aquella que podemos observar en los partes de guerra de la República. En ellos, las fuerzas que la defienden son designadas como “fuerzas españolas” y el ejército franquista es calificado de fuerzas “invasoras”. Quizá ello pueda parecer exagerado, pero resulta mucho más justo que considerar como ‘nacionales’ a los sublevados, apoyados por los fascistas italianos, la Legión Cóndor y los soldados marroquíes, y globalmente como ‘rojos’ a quienes luchaban a favor del Gobierno legítimamente elegido por el pueblo español, y se encontraban apoyados sólo por el contingente, mucho más reducido y, sin duda, espontáneo, de las Brigadas Internacionales. Gernika no fue arrasada por la aviación de la República española, sino por la Legión Cóndor; y si hay que pedir perdón por este crimen sería al Gobierno alemán a quien tendrían que urgírselo. De una parte, estaban los trabajadores, el proletariado industrial y agrícola junto a las clases medias progresistas y los militares leales, pugnando por una España más justa y creadora; de otra, los militares traidores, los pequeños y grandes propietarios rurales, las clases medias aferradas al miedo a la innovación y los capitalistas que financiaban la sublevación. ¿Quién representaba más fielmente la realidad de España?
Aquellos que precisamente fueron denostados como la Anti-España, un mito que se utilizó como un ariete en la posguerra y que curiosamente comprendía a la mayoría de la población española. Desde los pacíficos representantes de la Institución Libre de la Enseñanza, pintorescamente motejados de “afeminados y rusófilos” en textos de la época, a las masas obreras, que, como alguien dijo, no se podían exterminar porque sus brazos mantenían las industrias y laboraban las tierras. Desde los maestros a los profesores que estaban levantando una nueva universidad. Desde los descreídos a los cristianos ‘progres’. Desde los soñadores de una España crítica y actualizada y las combatientes por los derechos de la mujer frente al papel subordinado que la Sección Femenina les asignaba, a los defensores de las culturas vasca, catalana, gallega, que hablaban lenguas, según la terminología de la época, no “cristianas”, ni “españolas”. Resultaba que tal multitud de nacidos y habitantes de la piel de toro no eran españoles sino extraterrestres disfrazados de hispanos. Aunque se confiaba en que las nuevas generaciones gracias a la ‘Formación del Espíritu Nacional’ llenarían nuestro suelo de verdaderas legiones de auténticos españoles. Una asignatura que nunca condenó la Iglesia, a diferencia de la Educación para la Ciudadanía. No era el mítico rapto de Europa por Zeus, sino el de España por Francisco Franco. España arrebatada a la colectividad de los españoles. Operación que se prolonga en las actitudes de los líderes del PP. España es una propiedad, cuyos límites se fijan en encogidos términos. Y quien quiera mirar más allá de ellos pone en peligro su unidad y realidad.
La consecuencia ha sido el desprestigio del concepto de España, falsamente identificado con el franquismo y con el centralismo, hasta el punto de rehuir su concepto por parte de muchos que se consideran progres o sienten marginada su cultura y personalidad histórica, para sustituirlo ridículamente por el término de “Estado Español”. Hay que rescatar España y devolverla a su ciudadanía. Sustituir la entelequia forjada desde los intereses de las clases dominantes por la realidad formada por los hombres y mujeres que debemos decidir nuestro destino.
Porque, definitivamente, si queremos hablar de la pluralidad de España no podemos pensar sólo en su composición integrada por diversas nacionalidades o naciones –no hay que escandalizarse por el uso de este término– y prescindir del protagonismo de las clases sociales. No es la misma la España de los grandes beneficiarios del capital y la de los trabajadores de la industria, del campo y de la cultura. Y es ésta la que nos puede conducir a la Patria, más auténtica y universal, la de la justicia. Aquella con cuya invocación cierra Bloch su gran libro El principio esperanza.
Carlos París es filósofo y escritor. Su último libro se titula ‘Memorias sobre medio siglo’