Dominio público

Opinión a fondo

Los libros invisibles

22 Abr 2009
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CONSTANTINO BÉRTOLO

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Tranquiliza saber que el libro perfecto es el libro que no existe. Lo saben los críticos que con uñas y dientes pregonan cada semana el arribo de cien nuevas obras maestras. Lo sabe el autor que se disculpa afirmando que su mejor libro será el siguiente. Lo saben los lectores que cierran uno y como Tántalos acercan su sed hacia aquel que a bombo y entrevista anuncia su llegada. Lo saben las 11.000 agentes literarias y los tres agentes literarios que con cariños de celador o madrastra animan a su cuadra a galopar en busca de ganador o colocado. Lo saben los distribuidores (en teoría, si el editor es la cabeza, ellos son los pies y en estos tiempos, para gloria del comercio cultural, las editoriales piensan con los pies) que calibran el producto con ojos de alpinista de montaña: un 5.000 (ejemplares), un 8.000, un 50.000, ¡un 100.000!, y echan cuentas y sueñan con que la cumbre más alta inflame sus ganancias.
Lo sabemos todos porque, aunque todos vamos de platónicos por la vida, buscando cobijo a la sombra de la belleza prometida, luego resulta que hay lo que hay, y lo perfecto, nos decimos aristotélicos, es enemigo de lo bueno y sabemos también (Lara dixit), que ni los libros ni los niños ni los premios literarios vienen de París. Así que salga usted y escoja. Que mañana los libros volarán en busca del lector perdido y hallado en el templo. Día del Libro. Que un libro al año no hace daño.
España es un mercado editorial con más de 80.000 títulos anuales (según las últimas estadísticas). 80.000 títulos que se escriben, editan, se revuelven e incorporan, circulan, se venden, se regalan o se leen. O se mueren, porque muchos son los llamados y pocos los escogidos, y la tendencia de los últimos años refuerza esa dirección: crecen los títulos publicados y mengua la tirada media; es decir, cada vez hay más títulos pero se venden menos títulos. Y lo que parece una contradicción, no lo es: la venta se concentra en algunos pocos de entre todos los publicados, mientras que el resto son claros candidatos al saldo o a la guillotina.

Desde fuera, los profanos no acaban de entender que España, siendo uno de los países europeos donde relativamente se lee menos, sea sin embargo uno de los que más títulos edita. La cosa tiene sus explicaciones. El mercado editorial, como desterrado en desierta playa, lanza cada vez más botellas al océano con la esperanza de que la cantidad amplíe las posibilidades de victoria. Un título que venda 10.000 es salud para una editorial de tamaño discreto; un éxito de 20.000 deja respirar a las medianas y uno de 50.000 es agua de mayo incluso para las grandes. Ya se sabe: a mayor precariedad, mayor gasto en loterías; a menor renta, mayor índice de natalidad.
Alguien dijo que un libro es una isla en espera de un náufrago o un náufrago que espera la llegada de una isla. Sea como sea, los libros serán mañana un archipiélago de papel en medio de la urbe. Y se oirá el canto de las sirenas; es decir, los mil y un reclamos y altavoces de los medios de producción de necesidades: publicidad directa o indirecta, suplementos especiales, noches de libros, firmas de autores y autoras, coloquios, informativos, entrevistas, rosas, performances, lecturas, concursos, obsequios, saltimbanquis de la crítica y tesis doctorales. El reino del marketing. Y al final, lo de siempre: todos atentos para ver si la crisis deja o no su huella sobre el monto económico y el morbo de chequear quiénes han sido los autores más vendidos. Los más vendidos.

España es una librería con más de un millón de obras maestras, según las últimas reseñas. Si leer, como dicen, nos hace más libres y comprar, insisten, nos hace más felices, el libro es la mercancía perfecta. Hay que elegir, claro, y elegir agota, decía Rilke, pero no nos preocupemos tontamente, pues el mercado elige por nosotros. La lista de los libros más vendidos está al alcance de todos los españoles, incluso de los que están hartos de ser españoles. La lista como criterio, el mercado como inteligencia.

Con un poco de suerte, hasta estarán en los mostradores, del salón en el ángulo oscuro, los libros invisibles. Islas ignotas, lejos de las rutas literarias más frecuentadas. Islas en la niebla, con escasos atractivos para el turista, sin playas fotogénicas ni simetrías narrativas, sin misterio ni descubrimientos del Mediterráneo, sin detectives sabihondos, escépticos o salvajes. Náufragos sin botella en medio del oleaje de la promoción de novedades. Insólitos. Invisibles, casi inexistentes, casi, por tanto, ellos sí, perfectos. Inesperados. Bueno será, propongo, taparse con cera los oídos, sujetarse al mástil y hurgar en esa imprescindible lista de los libros menos vendidos que nunca vemos publicada.

Una lista en la que no deberían faltar títulos como La palabra quebrada, de Martín Cerda (Editorial Veintisiete letras), La fuerza de la gravedad, de Francesc Serés (Alpha Bucay), Mamadú va a morir, de Gabriele de Grande (Ediciones del Oriente y del Mediterráneo), Panfleto para seguir viviendo, de Fernando Díaz (Bruguera), Introducción a la Guerra Civil, del Colectivo Tiqqum (Melusina), Libro de las derrotas, de Antonio Orihuela (La oveja roja), Ropa tendida, de Eva Puyó (Xordica), España, de Manuel Vilas (DVD), Crónica del 6, de David Fernández (Virus), Perdóname, pero te amo, de David González (Baile del sol), Estado de necesidad y legítima defensa, de Günther Anders (Centro de documentanción crítica), Soy apache, de Gerónimo (Mono azul), El hombre risa, de Javier Maqua (KRK), o La presencia de las cosas, de Pablo Sastre ( Hiru). Feliz Sant Jordi. Y el Dragón. No se olviden del Dragón.

Constantino Bértolo es Crítico y editor

¿Buenas noches y buena suerte?

06 Ago 2008
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PASCUAL SERRANO, SANTIAGO ALBA RICO, BELÉN GOPEGUI, CARLOS FERNÁNDEZ LIRIA, ROSA REGÁS, ISAAC ROSA, TERESA ARANGUREN Y CONSTANTINO BÉRTOLO

08-06.jpgEl presidente del Gobierno español recurrió al título de la película Buenas noches y buena suerte para dirigirse a los telespectadores en el debate previo a las elecciones. La película trata de un periodista que, durante el macartismo, comprendió que lo que se presentaba como una actividad para proteger al Estado era en realidad un proceso de destrucción de los derechos civiles. Quizá el presidente quería transmitir la idea de que vivimos en tiempos oscuros pero que existe la voluntad política de afrontarlos con dignidad. Pero quizá solo estaba diciendo buenas noches y allá cada uno con lo que le caiga encima, porque tenemos miedo y es mejor estar callados.

En estos últimos días, las presiones del Gobierno colombiano han llevado en nuestro país a la detención de un ciudadano español y a su linchamiento mediático. Conviene recordar que, según el CINEP, organismo de derechos humanos colombiano dependiente de la Compañía de Jesús, “del total de 1.670 violaciones del Derecho Internacional Humanitario reportadas en 2007, 858 se imputan a organismos oficiales dependientes del estado colombiano (fuerzas armadas y cuerpos policiales), 5 a agentes extranjeros, 39 a combatientes sin identificar, 580 a paramilitares, 176 a las FARC, 8 al ELN y 4 a ‘guerrilla’ sin especificar”. Por lo cual, “se verifica que con mucho el mayor violador del Derecho Internacional Humanitario en Colombia es el propio Estado”. Hay en este momento en Colombia más de 30 senadores y diputados presos o imputados por vínculos con el paramilitarismo.

¿De qué acusa la prensa a Remedios García Albert? De haber solicitado visados para los hijos de un miembro destacado de las FARC? ¿Se heredan los delitos? ¿Debe ser abolida, en estos tiempos oscuros, la labor humanitaria? Si un niño o un joven es aplastado por una viga, ¿deberemos asegurarnos de que ni sus padres ni –tal vez– sus abuelos han tenido jamás vínculos con el terrorismo antes de levantar la viga? La prensa ha acusado además a García Albert de haber entregado 6.000 dólares a una persona en Suiza. Ni siquiera se ha preocupado de averiguar a quién se le entregaba el dinero y para qué. No era un “representante de las FARC en Suiza” –dato desmentido por el Gobierno suizo– sino un refugiado gravemente enfermo que debía costear una operación quirúrgica. Dice el abogado de García Albert que ella “actuó como hubiera hecho cualquier persona de bien, esto es, hizo llegar a un enfermo la cantidad necesaria para hacer frente a la intervención sin imaginar que eso podría desencadenar la detención y la puesta a disposición por un presunto delito de colaboración con banda armada”. ¿Queremos construir una sociedad donde nadie se atreva a ayudar a un enfermo por lo que pudiera pasar? ¿Queremos un macartismo a la española?

La prensa no solo ha publicado correos electrónicos atribuidos a García Albert, incurriendo en un delito de violación de correspondencia, sino que también ha rozado la ignominia del amarillismo con artículos en donde se habla de las relaciones afectivas de García Albert, se lanzan insinuaciones insidiosas o se habla despectivamente de que la acusada se habría “pillado” una infección.

Para obtener las pruebas de que Remedios García tramitó visados y trasladó dinero para una intervención médica, el ejército colombiano violó el espacio aéreo y terrestre ecuatoriano en una acción en la que murieron 17 miembros de las FARC, pero también cuatro estudiantes universitarios de México y un ciudadano ecuatoriano. Debe aún investigarse si se produjo violación de los derechos humanos de los prisioneros y ejecución de heridos y prisioneros de manera extrajudicial. Deben investigarse las posibles violaciones del derecho internacional y de las Convenciones de Ginebra llevadas a cabo para incautarse los soportes informáticos donde se encontraban esos correos electrónicos.

Por lo demás, incluso la Interpol ha reconocido que “entre la fecha en que las autoridades colombianas incautaron a las FARC las ocho pruebas instrumentales de carácter informático, y el momento en que dichas pruebas fueron entregadas al Grupo Investigativo de Delitos Informáticos de la Dirección de Investigación Criminal (DIJIN) de Colombia, el acceso a los datos contenidos en las citadas pruebas no se ajustó a los principios reconocidos internacionalmente para el tratamiento de pruebas electrónicas por parte de los organismos encargados de la aplicación de la ley”. Se rompió la cadena de custodia durante más de 48 horas y en ese plazo “las autoridades accedieron a las pruebas sin haber creado y/o utilizado los mecanismos de salvaguarda necesarios para que el mero acceso no las alterase”.

Por otro lado, como explica el abogado de García Albert, si bien las FARC están incluidas en la lista de organizaciones terroristas de la Unión Europea desde 2002, esa consideración no es seguida unánimemente por los distintos países miembros. Así, las FARC no figuran en la lista del Reino Unido, ni en la de las Naciones Unidas. El Gobierno noruego manifestó en 2006 que no asumía la lista de la UE. Poco más de un año antes de su inclusión en dicha lista, los representantes de las FARC fueron recibidos por los gobiernos de España, Noruega, Suiza, Suecia, El Vaticano e Italia. En España, en el año 2000, se reunieron públicamente con representantes de la CEOE, de UGT, de CCOO y con el presidente del Congreso.

¿Por qué está ocurriendo todo esto? ¿Por qué resulta necesario recurrir a artículos de opinión para paliar la falta de información, cuando no la más burda intoxicación, de la prensa llamada seria? ¿Es normal que nuestras instituciones operen a requerimiento de un gobierno extranjero, campeón mundial de todas las violaciones y atropellos? ¿Es normal que nuestros medios de comunicación se limiten a reproducir la información policial y a atizar la criminalización de la detenida sin la más mínima investigación ni el más leve indicio de inquietud? ¿Es normal que una noticia así no provoque la menor “alarma ciudadana”? ¿Quién será el próximo? La compasión, la mediación, la solidaridad, el humanitarismo, ¿los dejaremos a un lado por miedo? En tiempos de oscuridad, solo se conservan los derechos que se defienden.

Ilustración de Jaime Martínez 

Mayo 68: en busca del tiempo invertido

20 May 2008
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CONSTANTINO BÉRTOLO

05-20.jpgUbíquese donde lo han puesto. Si lo ponen en el lugar del muerto, pues sea el mejor muerto del mundo.

Alejandro Dolina

Hacer leña
Mayo del 68 empezó exactamente la mañana del 24 de febrero de 1965. Enfrente de la Facultad de Medicina de la Universidad Complutense de Madrid, un destacamento de las fuerzas de seguridad del Estado detuvo la marcha de cientos de estudiantes que, encabezados por los profesores Santiago Montero Díaz, José Luis López Aranguren, Aguilar Navarro, Enrique Tierno Galván y Agustín García Calvo, se dirigían agrupados y en silencio hacia el edificio del rectorado ubicado en las cercanías del barrio de Moncloa, para entregar un escrito en el que reclamaban libertades. Los profesores se adelantaron para explicar el objeto de aquella marcha pacífica. La respuesta fue una carga (decir brutal sería una redundancia) y un afanoso despliegue de los coches manguera antidisturbios que en aquel momento y de este modo hacían su entrada en la iconografía de la época.

Mayo del 68 acabó exactamente el 25 de noviembre de 1975. El fallecimiento tuvo lugar en los cuarteles de la ciudad de Lisboa, donde un golpe de fuerza de los militares contrarrevolucionarios desalojaron del poder al coronel Vasco Gonçalvez.
En el entretanto, la creación del clandestino Sindicato Democrático de Estudiantes Universitarios, el Mayo del 68 en París, el asesinato de Martin Luther King, la matanza de estudiantes mejicanos en la plaza de Tatlelolco, la declaración del Estado de Excepción por el gobierno franquista en enero de 1969, el asesinato de Enrique Ruano, el juicio de Burgos, el subidón de Carrero Blanco, el golpe de Estado contra Chávez (perdón, Allende) que el diario El País (perdón, ABC) había venido jaleando con premura, el juicio contra Marcelino Camacho y otros dirigentes de CCOO, el paso de cientos (pero menos) de universitarios y universitarias por los Tribunales de Orden Público, la flebitis de Franco, el acercamiento del PCE hacia la democracia cristiana de Ruiz Jiménez, la resurrección alemana del PSOE de Felipe González, la muerte de Moncho Reboiras en las calles de El Ferrol.

Si alguien confunde Mayo del 68 con las revueltas en París de mayo del 68 es que no sabe mirar o que el árbol quemado no le deja ver el bosque talado y vendido. También puede ser que su cerebro esté programado por el disco duro de un pensamiento (¿) periodístico que sólo obedece a la lógica de premios, aniversarios de cifra redonda, partidos del siglo, funerales, limpiar el culo del amo y espejuelos para repartir los fines de semana.
Del árbol caído
A su sombra y entre sus ramas, muchos se hicieron cabañas, cabañitas, chalets, urbanizaciones, OTAN de entrada no y carteles con obreretes en plan dibujos animados. Que se lo digan a la tropa de psiquiatras que, de no quitarse la antisiquiatría de la boca, pasó a asegurarse nóminas y plazas como jefes de servicio en los viejos y nuevos centros de salud. Que se lo digan a los arquitectos que, crecidos bajo el paraguas de las Asociaciones de Vecinos, entraron a saco y bolsa en los planes de remodelación mientras diseñaban el futuro de sus talleres de urbanismo. Que se lo digan a los abogados laboralistas que, después de apoyar los pactos de la Moncloa, pasaron a perpetrar las reconversiones industriales, desmontaron las empresas públicas y negociaron su venta a las empresas privadas. O a los profesores y penenes que, después de despotricar de los cargos vitalicios, accedieron a cátedras y prebendas por la vía de la famosa idoneidad. A los periodistas que, luego de escribir contra el amo, se pusieron a estrechar con prisa la mano que les daba de comer en los restaurantes de moda. A las decenas de lectores del Libro Rojo de Mao que se fueron a Ferraz para comprar el libro rosa del antes socialista que marxista. A las decenas de cuadros sindicalistas que estrenaron sede, sillón, catadura y primera residencia en algún adosado de Majadahonda. A las decenas de cuadros leninistas de las periferias nacionalistas que descubrieron lo importante que era dejar de tener razón en el momento oportuno. A las decenas de escritores que ganaron amañados planetas, plazas o nadales exhibiendo ante papá Mercado los sufrimientos y horrores padecidos durante sus engañadas militancias comunistas. Novelas de perdedores para disfrutar en el salón de la casa rehabilitada o en el singular caserón rural reconstruido con el sudor de la frente ajena.

Que se lo digan. No creo que les moleste. La guerra fría la tienen bien guardada en la nevera. Quizá sonrían paternales mientras se preparan a alcanzar, si el colesterol y la crisis inmobiliaria se lo permiten, el paraíso prometido de la jubilación bien planificada: debajo del capitalismo estaba la playa del Inserso. Que se lo digan, pero quién, si los derrotados fueron convencidos de que estaban equivocados, si Xirinachs, como ejemplo, murió solo, triste, acallado y final.

No perdieron el tiempo. Fueron realistas y canjearon lo imposible por los posibles. Gentes con posibles que se decía por antaño. Pronto descubrieron que aquello de la lucha de clases era el mal sueño de una noche de mayo. No, no hicieron leña del árbol caído. Ya antes habían arramplado con todas las ramas, todas las hojas, todas la raíces, y subastado las semillas.

Con aquel capital simbólico, cruzaron las puertas del capitalismo. Si miran para atrás, ven su propio fantasma.
–Había algo que sonaba a broma en su discurso, que parecía el de alguien que se burlaba un poco de su propio pasado.

–Amigo, no te equivoques, se reía de vuestro futuro.
Constantino Bértolo es editor

Ilustración de Patrick Thomas

Cloacas de los premios literarios

01 Oct 2007
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CONSTANTINO BÉRTOLO

america.jpgCorría el año 1997 y las huestes literarias seguían asediando Troya llevadas por sus afanes de gloria, reconocimiento y condumio. En alguna mansión de Buenos Aires se junta un consejo de guerreros reclamados por su pericia, saberes y buen juicio a fin de determinar quien de entre los escritores que batallan enredando historias y enhebrando palabras debe ser distinguido con el premio que el planeta de las novelas otorga anualmente. Hace ya épocas que las justas literarias se fraguan en cenáculo secreto y nada se sabe de lo que allí examinaron, conversaron, midieron y pesaron los nominados miembros de aquel jurado cuyos nombres constan e injusto sería que cayeran en el olvido: Mario Benedetti, María Esther De Miguel, Tomás Eloy Martínez, Augusto Roa Bastos, Guillermo Schavelzon. A su tiempo evacuaron su veredicto y proclamaron ganador del Premio Planeta de Argentina a Don Ricardo Piglia por los merecimientos literarios de su obra Plata quemada. Y vinieron los correspondientes ágapes, celebraciones, publicidades, ruedas de prensa, grandes tiradas. Más he aquí que estalla la cólera y entra en dura batalla el escritor Gustavo Nielsen, prometedor entre los prometedores nuevos escritores argentinos, a quien Atenea, la diosa de los intereses creados, no logra aplacar con los argumentos habituales: pero si ya se sabe, si los premios son una cuestión de marketing y poco tienen que ver con la literatura, al fin y al cabo es su dinero y una editorial privada puede hacer con ellos lo que le venga en gana, los tiempos heroicos ya han pasado, los escritores tienen que ganarse la vida, a todos nos beneficia porque los premios crean lectores y nunca se sabe si algún día las sirenas no cantan en tu oído, vas a parecer un ingenuo o un envidioso. Pero Nielsen, el de la dura batalla, no se deja llevar por las nieblas y lejos de encerrarse en su tienda se niega a que Briseida yazca con engaños en el lecho de Piglia, el de la plata quemada. Reclama justicia y, a falta de dioses, se encamina hasta los jueces; tiene pruebas, sabe que ese libro ya estaba previamente contratado por la editorial privada que, como sus semejantes, al premiar la obra ajena premia su propia alma (el escocés Adam Smith descubrió hacia 1776 que el alma de las empresas reside en su cuenta de resultados).

El talón del premio (40.000$) arribó a las cuentas del de la plata quemada pero ningún troyano hirió mortalmente en el talón los empeños justicieros de Gustavo, el de la dura batalla. En 2005 un tribunal sentencia a su favor y en el fallo señala que “Piglia, o más específicamente su obra, no debió postularse para la obtención del premio”, pues “se encontraba vinculado contractualmente con la editora Espasa Calpe Argentina, desde junio de 1994”, menciona además la “menguada intervención del jurado” y afirma que “el concurso transgredió principios de decisiva importancia como los de buena fe y otros que debieron determinar la transparencia de la decisión final, luego de una irregular tramitación”.

En la madre patria, mater amorosa, virgo potens, turris ebúrnea, no pasan estas cosas “tan desagradables”. Aquí nadie va los tribunales ni presenta querellas. La vox populi columbra que los premios literarios se cuecen en la trastienda y que el menú con el primer y segundo plato se adelanta con tiempo y nocturnidad, comenta la catadura moral de los escritores y escritoras que entran en el tejemaneje, se pregunta cómo los honorables miembros de los jurados se adaptan tan cándidos al papel de palanganeros, el cómo es posible que cada año caigan en las redes tantos y tantos pretendientes, el por qué los medios de comunicación entran al trapo del engaño con tanto entusiasmo, y apenas se asombra al ver a miembros de la Casa Real legitimando con su presencia algunos de estos saraos. Pero nadie monta en cólera sino en costumbre, que la cosa ya viene del franquismo y en la transición muchos transitaron y, bueno, como diría Felipe, las cloacas son inevitables, forman parte del estado de las cosas. Como mucho algún escandalillo para abrir boca cuando algún jurado parece caer del guindo y descubre, alma tierna, por qué le pagan su presencia.

En esta geografia literaria nuestra en la que el aparato editorial publica más títulos que nadie y el porcentaje de lectores de al menos un libro al año apenas rebasa el 50%, los premios ocupan un lugar central en el paisaje literario, algo insólito en las culturas de nuestro entorno, y su sobreabundancia es síntoma de una rémora lectora que se remonta a Trento y causa, en lo que atañe sobre todo a la narrativa, de que nuestra cultura literaria se haya entregado, con gusto, a los códigos propios de las crónicas de sucesos: o se es noticia o no se es nada. Y ahí reside y no tanto en el escándalo moral la perversión profunda que el sistema de premios inocula en nuestra narrativa: lo noticiable como poética. Los premios producen el demérito de lo no premiado y provocan que la venta de libros se concentre cada vez más en unos pocos títulos, mientras la venta media de lo no premiado desciende peligrosamente para la salud de obras o autores que no entran en la rueda, lastrada, de esa fortuna. Como el eucalipto las novelas premiadas arrasan el suelo donde crece el bosque y con la complicidad de los medios y el miedo de la crítica a no participar en la fiesta, construyen el canon editorial, el calibre de la criba y a más largo plazo inciden en las expectativas y acomodamientos de los lectores. Lo malo de las listas de libros más vendidos no es que sean los más vendidos sino que, por desgracia, son también los más leídos y, no seamos optimistas, los que crean el gusto dominante. Y si el olfato se estraga, ¿quién dirá que algo huele a podrido en Dinamarca?

Constantino Bértolo es crítico y editor.