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Dominio público

Opinión a fondo

La ruina nuclear

14 sep 2011
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Manuel Garí

Economista. Investigador del Area de Economía de la Fundación 1º de mayo

También firman este artículoDaniel Albarracín, Nacho Álvarez, Bruno Estrada y Bibiana Medialdea.

Ilustración de Gallardo

El mito de la energía nuclear se edificó sobre seis mentiras. El lobby atómico norteamericano la calificó inicialmente de panacea por ser “abundante, segura y barata”. Luego llegaron los atributos de “autóctona” –la OCDE la considera fuente nacional–, “limpia” porque no emite gases de efecto invernadero e “imprescindible” para el suministro energético actual y futuro.
La “abundancia” queda desmentida por las limitadas reservas de uranio identificadas por la Agencia Internacional de la Energía (AIE), que al ritmo actual de extracción se agotarán en un plazo de entre 50 y 80 años. De confirmarse la apuesta nuclear de China, Rusia e India, el precio del mineral aumentará y el plazo se reducirá. No hay tanto uranio.
La “seguridad”, tras la tragedia de Fukushima –sin contar con actos de guerra o terrorismo– es una creencia mítica sin fundamento. La reciente explosión de un horno de residuos nucleares en Francia ha puesto una vez más en evidencia la inmadurez de la tecnología nuclear frente al riesgo. La inconmensurabilidad monetaria de los riesgos ya se plasmó en las dramáticas cuentas de los efectos sociales y económicos de Chernobyl. Por ello, las aseguradoras excluyen el riesgo nuclear de sus coberturas en las pólizas privadas. En España, la responsabilidad civil de los titulares de las instalaciones es de 1.200 millones de euros (Ley 12/2011), monto insuficiente a la vista de la magnitud de los siniestros.
El atributo “autóctona” decae al constatar la ubicación de los recursos de uranio allende nuestras fronteras (según el informe WNA Market). La “limpieza” desaparece a la vista de la larga vida de los residuos radioactivos. Y de la “prescindibilidad” nuclear da buena cuenta el escaso y decreciente peso que tiene dicha energía en la producción eléctrica mundial y española. El sistema eléctrico español ha funcionando perfectamente con la mitad de los reactores del país parados por causas técnicas.
Antes de Fukushima, la FAES, el PP y el lobby español lanzaron el mensaje de la necesidad del “renacimiento nuclear” con la construcción de nuevas centrales. Entonces, ¿por qué no hay nuevos proyectos privados si no hay impedimento legal alguno? La respuesta es unívoca: los costes de construcción son muy altos, el periodo de obra dilatado, la amortización y el retorno se demoran y los costes financieros se disparan. Los costes de inversión del kilovatio (kW) nuclear suponen entre 3.800 y 5.800 euros (Agencia Moody’s, 2009) y el grupo Areva reconoce que, de momento, la central de Olkiluoto (Finlandia) alcanzará de partida los 4.500 euros por kW instalado. Ni el Banco Mundial ni la banca española fían a las nucleares. El objetivo real del lobby nuclear no es acometer la construcción de nuevas centrales, sino prolongar la vida de las ya existentes para que la industria siga obteniendo superganancias de unas plantas viejas, amortizadas e inseguras.
El sistema eléctrico español protege la energía nuclear y ni siquiera así es competitiva. Las ventajas para las nucleares, cuyos costes variables de funcionamiento son bajos, provienen del tipo de mercado eléctrico mayorista basado en un sistema de retribución marginalista imperfecto que les asegura la compra de toda la producción. Además, durante años, diversas decisiones políticas supusieron un regalo para las compañías eléctricas. El Gobierno socialista, con la moratoria de 1983 –y posterior aceptación de titulación de los activos–, salvó a las empresas nucleares de la quiebra con dinero público –mediante la inversión de más de 4.387 millones de euros– y de los usuarios –a través del recargo del 3,45% del recibo de la luz–. El Gobierno del PP repitió dádiva con la ley de 1997: subvencionó los costes de transición a la competencia.
Los costes de la energía nuclear no cesan de aumentar tras Fukushima, al tener que internalizar mayores gastos de seguridad: construcciones de protección, sistemas de seguridad duplicados, formación y supervisión de operarios y medidas frente a atentados. Y no todos los costes se contemplan. En los informes de rentabilidad, frecuentemente, se obvian gastos muy elevados como los de desmantelamiento de las centrales o los derivados de la gestión actual de los residuos que, sin embargo, se nos repercuten a los usuarios y contribuyentes. Menos aún se tienen en cuenta los costes colectivos legados a futuro en forma de “eternos” residuos peligrosísimos, el cementerio nuclear que se está construyendo en Onkalo (Finlandia) tiene una vida prevista de 100.000 años. En ambos casos se produce una socialización de las pérdidas.
Es una falacia afirmar, como se hace, sin tino, dato o argumento alguno, que la electricidad nuclear es más barata de producir que el resto y, por tanto, más económica para el consumidor final. Al evaluar los costes comparables, el Informe Lazard (2008) estimó –a partir de datos de la Comisión Europea– los costes de producción entre 5 y 9 céntimos de euro por kilovatio por hora (kWh) para la eólica y la biomasa; de 9 a 14, para la solar de concentración; de 7 a 10, para el gas; de 7 a 13, para el carbón; y de 10 a 12, para la nuclear, pese a que la mayoría de las centrales están amortizadas.
España es un país dependiente y vulnerable en casi toda la cadena de valor de la energía nuclear: tiene que importar el mineral, sus centrales funcionan con tecnologías foráneas y paga por la fabricación de concentrados, el enriquecimiento del uranio y el almacenaje de los residuos de alta radiactividad. El declive nuclear es imparable. Si es así, ¿por qué seguir discutiendo? La nuclear, además de peligrosa, es una ruina. Una ruina radiactiva.

De secuestradores y rescates

13 may 2011
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DANIEL ALBARRACÍN, BIBIANA MEDIALDEA, BRUNO ESTRADA, MANUEL GARÍ Y NACHO ÁLVAREZ

El Pacto del Euro es la vía elegida por los jefes de Gobierno de la UE para ejecutar su Plan de Gobernanza Económica. Este implica, entre otras cosas, recortar los salarios y el gasto social, erosionar los modelos de protección social e introducir mayor precariedad laboral. Consagrando constitucionalmente el corsé del Pacto de Estabilidad, el del euro impone un control del déficit (3% del PIB) y de la deuda pública (60%) y, con ello, el carácter procíclico de la política económica. Con él se aplicará una mayor regresión fiscal y una jibarización del sector público. Así, los países miembros ven reducidos los márgenes de su soberanía popular y de las políticas económica, social y laboral, al tener que adaptarlas a unos criterios institucionalizados que, de no haber fuertes conmociones políticas y sociales, serán prácticamente irreversibles.

Con el Pacto del Euro, los rescates financieros de Grecia, Irlanda y ahora Portugal conllevan un mayor proceso, si cabe, de socialización de deudas. Especialmente de la deuda privada, que representaba en España, con datos de 2010 del Banco de España, el 87% del total. Este endeudamiento que lastra a la economía, con las bajadas de impuestos y rescates a la banca, ha hecho elevarse la deuda pública. También entraña una transferencia de rentas: los acreedores –especialmente los grandes bancos centroeuropeos– verían devueltos sus préstamos –oxigenando su solvencia–; mientras, las nuevas deudas contraídas por los estados rescatados por la UE serán pagadas por el conjunto de la ciudadanía –a costa de menores servicios públicos y derechos sociales– y la población asalariada –en forma de más paro, contrarreformas laborales, y de menores ingresos y derechos laborales–.

Esas recetas abocan a la depresión económica y nos someten a la dictadura de los acreedores; y quienes habían sido responsables de la crisis, serán beneficiarios. No se corregirán, sino al contrario, las mismas políticas que han profundizado la divergencia y desarrollo desigual en Europa. Y las deudas públicas aumentarán. ¿Quién salva entonces a quién? Las gallinas quedan encerradas con el zorro.

No hay alternativa fácil. Nos presentan dos opciones: rescate y medidas de ajuste, o ataque de los mercados sobre la deuda pública. ¿Cómo romper este trágico dilema? La pequeña Islandia desobedeció: rechazó las medidas de ajuste social, no ha devuelto la deuda a los acreedores, ha encausado a los responsables de la crisis, ha nacionalizado la banca, ha rechazado los “rescates” planteados por sus acreedores, ¡y está saliendo de la recesión! Además, mientras que los tipos de interés de la deuda pública emitida por Grecia e Irlanda han subido después de sus respectivos rescates, los de Islandia han experimentado un significativo descenso.

La Confederación Europea de Sindicatos, en contra del Pacto del Euro, propone una emisión de Eurobonos que alivie los abusivos diferenciales de primas de riesgo. También plantea que el Banco Central Europeo apueste por una política monetaria sensible a la creación de empleo, y por que se desarrolle una mayor cooperación entre los estados miembros.

Los sindicatos del sur de Europa van más allá, exigiendo una mayor regulación de los mercados financieros, un impuesto sobre las transacciones financieras, la creación de una agencia europea de la deuda –embrión de un tesoro público europeo– y un mayor presupuesto público para la UE. Estas medidas serían eficaces para cortar la sangría recesiva, dado que desbloquearían el cortocircuito financiero existente; permitirían además sentar algunas bases para una reforma progresista más ambiciosa.

Pero atajar la crisis en beneficio de la mayoría exigiría incluso medidas de mayor calado y audacia: rechazo a las medidas de ajuste y a la socialización de la deuda privada; auditoría pública sobre las partidas de gasto financiadas con deuda pública y de las condiciones en que se emitió y adquirió esta; reestructuración y quitas de la deuda contraída de modo socialmente rechazable –de forma que los acreedores carguen con el peso principal de la crisis–; recuperación de la banca pública; y refiscalización de las rentas del capital, invirtiendo los nuevos ingresos públicos en iniciativas de utilidad social y de transición energética sostenible, con efectos de reactivación económica y generación de empleo.

Es preciso un cambio profundo en la política europea que impulse, no sólo una firme regulación de los mercados financieros, sino también la armonización fiscal internacional basada en impuestos directos y progresivos, así como una equiparación de derechos sociales y salariales al alza. La gestión del déficit y la deuda debería prefigurarse con un criterio que garantice políticas de inversión contracíclicas en la recesión que vivimos, algo que impide el Pacto del Euro.

Hay que encontrar un camino hacia una alianza supranacional que tense a la UE, que se oponga y desobedezca el Pacto del Euro y que se apoye y coordine políticamente para empezar a construir otra Europa. De lo que se trata, en suma, es de presionar con base y criterios firmes para conducir las políticas de la UE a favor de la mayoría social que representa a la clase trabajadora, en una orientación diametralmente opuesta a lo que es cada vez más una Europa al servicio de las grandes oligarquías financieras.

Daniel Albarracín es investigador del Área de Economía Fundación 1º de Mayo

Ilustración de Diego Mir