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Dominio público

Opinión a fondo

Seguridad y juego político

12 oct 2011
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Enrique Vega

Analista de conflictos y su gestión internacional

Ilustración de Gallardo

El pasado 5 de octubre, el presidente del Gobierno anunció que la base naval de Rota acogerá, probablemente a partir de 2013, coincidiendo con el fin de la última prórroga del Convenio de Defensa hispano-estadounidense, ciertos elementos de la última versión (versión Administración Obama) del “escudo antimisiles” programado por Estados Unidos y asumido como “valor propio” por la OTAN en su último Concepto Estratégico de noviembre de 2010. Un anuncio que ha suscitado, como era previsible, comentarios a favor y en contra. Los partidarios centran sus argumentos en la seguridad que el escudo antimisiles proporcionará a Europa frente a ataques con misiles de gran alcance, ya que este es el objetivo del escudo: detectar e identificar la trayectoria de misiles para poder interceptarlos con otro misil antimisil antes de que llegue a su objetivo (supuestamente en Europa).
Pero, analicemos, ¿quién lanzaría esos misiles? Bueno, en primer lugar, podría pensarse en las grandes potencias nucleares que ya disponen de misiles capaces de alcanzar cualquier punto del planeta, Rusia y China, a quienes, sin embargo, se les está asegurando que no se está pensando en ellas. Pero que no por ello dejan de sentirse molestas ante lo que tiene todo el aspecto de ser una incitación a la carrera de armamentos tipo lanza-coraza (misil-misil contramisil en nuestros días).
En quien se dice que se está pensando es en potencias menores de alguna forma enfrentadas a Occidente y con programas nucleares y misilísticos en desarrollo. Irán y Corea del Norte en concreto. Países que, efectivamente, podrían ser capaces de amenazar con misiles, quizás incluso dotados de cabezas nucleares, a Europa. Sí, efectivamente, pero a largo plazo, quizás dentro de 15 o 20 años. Ahora bien, en temas de seguridad, ¿es útil prever a 15 o 20 años? ¿Sirvieron para algo las previsiones a 15 o 20 de los años sesenta y setenta para intuir la caída de la URSS? ¿Sirvieron para algo las previsiones a 15 o 20 años de los años ochenta después de la caída del muro de Berlín? ¿Sirvieron para algo las previsiones a 15 o 20 de los años noventa tras los atentados del 11 de septiembre de 2001? ¿Han servido para algo las previsiones a 15 o 20 años de la primera década del siglo XXI para entender por qué hay que estar retirándose de Irak y Afganistán sin haber alcanzado los objetivos que se pretendían? ¿No estaremos, una vez más, preparando una seguridad que no se va a corresponder con las necesidades del futuro? No, no parece convincente que sea la seguridad la que justifique el escudo. En todo caso, solamente lo racionaliza.
Entonces, si no es por seguridad, ¿en función de qué podemos entenderlo? En función del juego político. Desde el final de la Guerra Fría, Estados Unidos se rige por un principio: que no pueda aparecer en el mundo ninguna potencia o coalición de ellas que pueda retar su hegemonía militar. Y uno de sus instrumentos para conseguirlo es la tecnología, a cuya cabeza ya estaba tras el derrumbamiento de la URSS. Pero no sólo hay que seguir en cabeza, sino además arrastrar a las demás potencias por el camino de la carrera tecnológica (no necesariamente numérica) de armamentos, incitándolos permanentemente (por miedo a la excesiva distancia o en nombre de la alianza mutua) a gastar cada vez más y a resolver cada vez más por medios militares todo tipo de crisis. Un paradigma que le dio muy buen resultado frente a la Unión Soviética, especialmente tras el órdago lanzado por el presidente Reagan con su célebre Guerra de las Galaxias, de la que el escudo antimisiles actual de la Administración Obama no es sino su continuación a través del de la Administración Bush, con formas y presupuestos cada vez más realistas y, por tanto, con escudos cada vez más factibles.
¿Por qué entonces lo ha asumido también la OTAN? Por algo que yo llamaría “el síndrome del primo de Zumosol”, uno de los pilares en los que sigue sustentándose el vínculo o alianza trasatlántica entre Estados Unidos y Europa. Ya que las acciones de Estados Unidos para mantener su hegemonía militar benefician en términos generales a los países europeos, con la ventaja añadida de poder seguir representando el papel de poder blando basado en la influencia y la persuasión, mientras Estados Unidos juega el papel de Marte, más tendente a la acción violenta y al poder duro, dejémoslo que nos arrastre mientras siga llevando el peso principal, siga apareciendo como el gran imperialista y no nos exija por encima de ciertos límites.
Juntemos estos razonamientos y quizás podamos vislumbrar por qué España (podía haber sido otro país europeo cualquiera) se compromete a contribuir a un escudo sobre el que probablemente no va a tener ninguna capacidad de decisión y en el que ni siquiera va a poder participar a pesar de disponer de cuatro fragatas dotadas del sistema antiaéreo antimisiles Aegis. El mismo del que van a estar dotados los cuatro buques estadounidenses que se van a incorporar a Rota a lo largo de 2013 y 2014.

Una posguerra difícil

27 ago 2011
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Enrique Vega
Analista de conflictos y de su gestión internacional
Ilustración por Mikel Casal

Parece que está a punto de terminar, con la entrada en Trípoli de las heterogéneas milicias del Consejo Nacional Transitorio (CNT) libio, la tercera guerra llevada a cabo por la OTAN con lo que podríamos denominar la “estrategia de la doble asimetría”. ¿Por qué doble? Se puede considerar que ya está firmemente consensuada la denominación de guerra asimétrica para designar a aquellas en las que los bandos enfrentados son significativamente disímiles en sus capacidades de combate, en su estatus internacional y en su percepción del tiempo. Las aún inacabadas guerras de Afganistán e Irak son, no sólo los mejores ejemplos, sino las que han propiciado la necesidad de esta denominación de guerra asimétrica. De doble asimetría son las de Bosnia-Herzegovina, Afganistán (esta se puede denominar de las dos formas) y la que está a punto de finalizar en Libia –en las que la OTAN, lógicamente, ha jugado siempre el papel de bando fuerte–. Las tres se iniciaron para resolver (en cada caso por diferentes razones) otra guerra interna, también asimétrica, en favor del considerado bando débil.
La República de Bosnia-Herzegovina frente a la República Serbobosnia, en el primer caso. La Alianza del Norte frente al régimen talibán, en el segundo. Y el CNT libio frente al Ejército de la Yamahiriya, en el tercero. En los tres casos, la estrategia seguida ha sido similar. Al contar ya sobre el terreno con las fuerzas del bando más débil, la actuación de Estados Unidos y la OTAN se ha volcado en apoyarlas con su enorme potencia desde el aire, neutralizando la capacidad de combate del bando más fuerte y facilitando la victoria de sus protegidos: los musulmanes, la Alianza del Norte o, en estos días, las milicias del CNT.
Pero aquí parecen acabarse las similitudes. Si las guerras pueden unificarse conceptualmente, las posguerras de los dos antecedentes del caso libio difieren significativamente. En Bosnia-Herzegovina, las operaciones alcanzaron plenamente su objetivo militar de crear y mantener unas condiciones en las que la reanudación de la guerra resultase impensable a estas alturas. No obstante, sólo alcanzaron parcialmente el objetivo político de que las tres comunidades constitutivas de la República (musulmanes, croatas y serbios), se sientan miembros de una misma nación. En cambio, en Afganistán no parece haberse alcanzado en absoluto el objetivo militar (la insurgencia talibán pervive más fuerte que nunca), ni siquiera relativamente el político, ya que nadie es capaz de predecir qué pasará a finales de 2014, una vez que el grueso de las tropas internacionales abandone el país.
Podemos sacar una conclusión: en las guerras de doble asimetría no sólo hay que tener una estrategia de guerra, sino también una visión realista de la posguerra. Y me temo que no haya sido demasiado realista dejarse llevar por las prisas electoralistas basadas en encuestas, como han hecho los principales dirigentes occidentales, haciendo como que se creen la fe democrática –que puede ser cierta o no– y el sentido nacional (que no tribal o regional) de una serie de dirigentes del CNT, salidos, más o menos recientemente, de las filas de la propia Yamahiriya. Han actuado, una vez más, como si, a pesar de sus grandilocuentes declaraciones en sentido contrario, sólo fueran capaces de encontrar soluciones militares a cualquier problema político con visos de poder afectar a la economía (con oleadas de refugiados, por ejemplo) o a valores insistentemente repetidos, aunque selectivamente defendidos (como los derechos humanos, por ejemplo).
Han tratado de apoyarse, para no parecer colonialistas, en el supuesto respaldo de los propios países árabes (muchos de ellos de acrisolada trayectoria democrática y de protección de los derechos humanos, como todos sabemos), mientras la realidad es que el Comité de Asuntos Exteriores y Políticos de la Liga Árabe, en el comunicado final de su reunión del pasado 21 de agosto, rechazaba de forma bastante clara –además de instar a Gadafi a entregar el poder– “las operaciones de la OTAN”, calificándolas de injerencia extranjera. Unos países árabes ya previamente enemistados en su mayoría con el régimen de Gadafi, sin necesidad de que este resistiera con la fuerza de las armas la sublevación, popular y regionalista (tribal) al mismo tiempo, de su propio pueblo. E ignorando la posible mediación de la Unión Africana, en la que la Yamahiriya estaba mucho más inserta y con la que, probablemente, tenía muchos más compromisos mutuos.
Una Unión Africana que podía haber encontrado (¿quién sabe?) una solución africana que hubiese parado los combates sin vencedores ni vencidos (los africanos pueden parecernos muchas veces más feroces que nosotros, pero son, sin duda, mucho más flexibles a la hora de negociar), que hubiese mantenido el país unido o debidamente dividido (¿no acabamos de verlo en Sudán?) y que, sin demonizarlo, quizás podría haber sacado a Gadafi del poder, aunque fuera para ocupar un alto cargo en su propia organización. El objetivo militar, detener los combates con escasa probabilidad de reanudarse, se habría conseguido. El objetivo político, acabar con el ya insostenible por más tiempo régimen de la Yamahiriya, también. El objetivo final, una posguerra sostenible, a lo mejor también. Esto es lo que a lo mejor no hemos conseguido.


Tras la retirada de Afganistán

15 jul 2011
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ENRIQUE VEGA

Analista de conflctos y su gestión internacional

Ilustración de Miguel Ordóñez

Estamos a la espera de que se dé la orden del inicio de la retirada de las fuerzas internacionales de Afganistán
–las de la Fuerza Internacional de Asistencia a la Seguridad (ISAF) de la OTAN y no sabemos si también las de las fuerzas estadounidenses (Usfor-A) de la operación Libertad duradera–, prevista para este mes, y cuyo final, si no hay cambio de planes, deberíamos ver a finales de 2014.
Desgraciadamente, lo que deja esta retirada es un país empobrecido (por lo menos tanto como antes de la invasión), corrupto (al menos tanto, si no más, que antes de la invasión), inseguro (el pasado mes de mayo fue el más letal de los últimos cuatro años, según la propia OTAN), y es más que dudoso que quede en condiciones de poder desarrollarse. También deja una ambigua –y por ambigua, peligrosa– relación entre Pakistán y Estados Unidos, en gran parte causa y consecuencia de la inestable situación interna de Pakistán, un país musulmán muy islamizado, poseedor de armamento nuclear e históricamente tendente a intentar salvaguardar su cohesión nacional en momentos delicados proyectando sus problemas internos hacia el exterior.
Como es bien sabido, la entrada en el país se produjo en el último trimestre de 2001 como consecuencia de los atentados terroristas del 11 de septiembre de ese mismo año en Washington y Nueva York. Una entrada que se llevó a cabo con cuatro objetivos básicos, cuya secuencia de exposición no es baladí: acabar con el régimen talibán; eliminar o capturar y enjuiciar a las cúpulas talibanes y de Al Qaeda; neutralizar la capacidad de combate y resistencia de estas dos organizaciones; y crear un nuevo Estado afgano.
La secuencia de objetivos no es baladí porque sólo alcanzándolos en este orden era posible conseguir el teórico gran objetivo político de crear un nuevo Estado afgano, teledirigible desde Washington a través de sus aliados regionales –la wahabí Arabia Saudí o el vecino Pakistán– y que acabase con lo que se creía era el último refugio y santuario posible de Al Qaeda. Un nuevo Estado afgano aliado, geográficamente situado en una auténtica encrucijada de líneas geoestratégicas de intereses y rivalidades: paso natural de los oleoductos que pueden llevar el petróleo y el gas de los países de Asia Central al océano Índico, a Pakistán y a India; cerco al Irán de los ayatolás por el Este, que se debería haber completado por el Oeste con la invasión de Irak en 2003; o frontera con China, próxima a la potencialmente revoltosa provincia de los uigures, Xinjiang.
Decía que no es baladí porque, aunque Estados Unidos ya le había declarado la guerra al “terrorismo” (que es un concepto y, por lo tanto, imposible de eliminar), tras los atentados se materializó en la Al Qaeda que se refugiaba en el Afganistán de los talibanes, de modo que había que empezar por ellos.
Pero, de los cuatro objetivos, sólo se consiguió el primero –acabar con el régimen talibán–, y Estados Unidos, arrastrando una vez más a sus aliados, en vez de aceptar esta victoria suficiente –o medio fracaso, si se prefiere–, decidió quedarse en el país y construir, contra viento y marea –Acuerdo de Bonn y subsiguientes acuerdos y pactos internacionales–, ese nuevo Estado afgano para el que no había (ni hay) materiales de construcción adecuados ni suficientes. Si esta falta de condiciones objetivas realistas es el viento, la marea la constituye esa polifacética insurgencia producto de la reestructuración y reorganización para la lucha insurgente de guerrillas (y acciones terroristas) de los talibanes y de Al Qaeda en la clandestinidad y en el santuario del Pakistán pastún. A estas se han ido uniendo progresivamente otras insurgencias (o grupos armados rebeldes, como se les llama ahora) procedentes del mercado del opio, de los señores territoriales (llamados “de la guerra”) y del bandolerismo común.
No habrá un nuevo Estado afgano pero sí país, el viejo, el de toda la vida: con su sistema feudal de poder y compromiso, con sus mujeres ocultas bajo el agobiante burka –una tradición pastún, que no islamista– y con sus cultivos de opio como única posibilidad de subsistencia para muchos campesinos ante la inoperancia de los pretendidamente sofisticados procedimientos capitalistas para sustituirlos.
Pero esto, si bien es lamentable, no es lo preocupante. Lo preocupante es que queda algo que sí que no había antes, en 2001: un Estado paquistaní probablemente mucho más débil que el de 2001. Con unas resistencias/insurgencias internas, especialmente en su flanco noroccidental pastún, muy encolerizadas y cada vez más acostumbradas a campar por sus respetos por la fuerza de las armas. Creo que digo bien cuando digo “internas”, porque parece que es cierto, como dicen las autoridades estadounidenses, que Al Qaeda está cada vez más debilitada (su apoyo en Pakistán ha caído del 46% en 2003 al 18% en 2010 y su apoyo en el mundo árabe en general cayó del 37,3% en 2003 al 11% en 2008). A pesar de esto, Estados Unidos seguirá atacando a Al Qaeda en territorio paquistaní (drones, fuerzas especiales, comandos paramilitares de la CIA, compañías paramilitares privadas) y probablemente (también) desde Afganistán, donde, como en Irak, alguna fuerza “residual” quedará.
Si ya no sabemos cómo catalogar a las guerras de Afganistán e Irak, ¿qué eufemismo vamos a utilizar para la guerra en Pakistán?