Publicidad

Dominio público

Opinión a fondo

Educar para la tolerancia

16 nov 2011
Compartir: facebook twitter meneame delicious

ESTEBAN IBARRA
Presidente de Movimiento contra la Intolerancia
Ilustración de Enric Jardí

Instalados mundialmente en el padecimiento de la intolerancia, parece que el refugio en los valores podría ser nuestra esencial línea de defensa frente a esa hidra maligna que amenaza nuestra existencia. La xenofobia, el racismo, la islamofobia, el antisemitismo, la homofobia, los integrismos y neofascismos, junto a otras manifestaciones de intolerancia, emergen en el viejo continente “ilustrado”, bien sea en diferentes versiones lepenizadas o si cabe, en expresiones dramáticas múltiples, de las que Anders Breivick (Oslo) puede ser un anticipado despertar de células durmientes, alimentadas desde internet, que esperan sus momentos críticos sociales ante la voracidad de una crisis económica alentada por ese ultraliberalismo depredador que se nos disfraza de “mercados”.
Decía Jacques Delors, en su Informe Unesco para el siglo XXI, que “la educación encierra un tesoro”, a lo que habría que añadir, a la vista de los acontecimientos, que, además, es en donde descansa el futuro de la humanidad. No se equivocaba este organismo mundial de la educación y la cultura –hoy abandonado por EEUU tras aceptar la presencia de Palestina– cuando instituyó (en 1995) el 16 de noviembre, fecha emblemática de la creación de la Unesco, como Día Internacional para la Tolerancia. Su objetivo era impulsar el compromiso mundial por hacer de este valor superior de nuestro ordenamiento jurídico, como explicita el artículo 2 del Tratado de la Unión Europea y otra normativa internacional, un principio político que deben aplicar los estados democráticos y una exigencia a asumir por sociedades y personas.
Educar para la tolerancia es un deber necesario y urgente, un principio cuyo significado “actual” expresaba la Unesco de manera explícita en una declaración sin precedentes. No se debe confundir con concesión, condescendencia, indulgencia o cualquier otra manifestación relativista frente a la violación de la dignidad de la persona y sus derechos humanos que son universales, es decir, irrenunciablemente para todos. Muy al contrario, la Unesco establece como significado del valor de la tolerancia “el respeto, aceptación y aprecio de la rica diversidad humana, supone armonía en la diferencia y es la responsabilidad que sustenta el pluralismo”. Significa aceptar el hecho de que los seres humanos, naturalmente caracterizados por la diversidad de su aspecto, situación, forma de expresarse, comportamiento y valores, tienen derecho a vivir en paz y a ser como son, siempre sobre la base de la preservación inalienable de la dignidad de la persona y sus derechos humanos.
Es un deber de los estados democráticos promover la tolerancia y corresponde a las instituciones públicas por imperativo legal, a través de la educación principalmente, prevenir la intolerancia, contrarrestar las influencias que conducen al temor y a la exclusión del otro, de los demás, ayudando en especial a los más jóvenes a desarrollar la capacidad de juicio independiente, de pensamiento crítico y un razonamiento ético. En un mundo donde las intolerancias emergen y acompañan a la explotación y a la rapiña depredadora por las riquezas naturales, la discriminación, el odio y la violencia motivadas por negación de la diversidad, por doctrinas de superioridad que impiden la libertad e igualdad de los diferentes, educar para la tolerancia no sólo es un deber moral, jurídico y político, es también un requisito existencial de la humanidad. Sin este valor universal, las violencias y guerras, el todos contra todos en cualquier lugar del planeta, nuestro final colectivo está asegurado.
Por lo que a Europa y a nuestro país se refiere, de manera insólita hemos visto reaparecer la persecución de los gitanos, el odio al inmigrante, la intolerancia frente al musulmán, el antisemitismo sempiterno, la homofobia y la negación de la identidad sexual, el ataque a las minorías religiosas, étnicas y lingüísticas, las agresiones a grupos vulnerables como a personas sin hogar, la violencia e intimidación de las personas que ejercen su derecho de libre opinión y expresión, hemos visto, parafraseando a nuestro querido poeta castellano Victoriano Cremer, “el rebrote de los tiranos, de los envilecidos que aspiran a raer de la faz de la tierra a los diferentes, a los distintos, a los negros, a los amarillos, a los gitanos, a los judíos, a los que aparecen sin la marca de fábrica de sus creencias, a los que no conocen los signos del idioma, a los que cruzan por sus territorios de caza, a los que nos piensan como se establece en las definiciones, a los que dicen. Y muera el que no piense igual que pienso yo”.
Sin embargo, pese a estos mandatos internacionales y alarmas sociales, hay que echar en falta un mayor compromiso público en la educación para la tolerancia. Faltan programas, escasean las iniciativas y el compromiso gubernamental en toda Europa es insuficiente. Sería importante que la misma Unesco, la Unión Europea y otros organismos convocaran una conferencia internacional que impulsara la acción efectiva de los gobiernos con estos principios educativos que han suscrito. También la sociedad tiene su papel en la participación democrática, en el diálogo intercultural e interreligioso, es el momento de enfoques que entierren la violencia en todo tipo de conflicto social y político, de decir basta ya a las guerras, a la violencia, a la inhumanidad de los comportamientos, es el momento de cumplir lo aceptado en la Carta de Naciones Unidas y en la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Resulta más necesario que nunca educar en la tolerancia porque este es el umbral para la paz.

El discurso del odio

14 ene 2011
Compartir: facebook twitter meneame delicious

 

ESTEBAN IBARRA

La matanza de Arizona ha conmocionado al mundo. El ataque criminal con 6 muertos y 14 heridos, entre ellos la congresista demócrata Gabrielle Giffords –militante contra el racismo y afiliada a la Liga Antidifamación, activa defensora de los derechos humanos frente a la legislación xenófoba en Arizona y de leyes progresistas–, ha puesto en primer plano un debate que ella misma significaba: la relación entre el discurso del odio y la violencia. Señalada en una web de la líder del Tea Party, Sarah Palin, que marcaba 20 mujeres demócratas con una diana como objetivo a abatir (políticamente) por su progresismo, Gifford fue víctima de una matanza indiscriminada. ¿Fue obra de un loco o hay algo más?

Aunque es pronto para saberlo, hay indicios e interpretaciones que se deben considerar. Por la documentación encontrada, Loughner, el criminal de 22 años, parece tener una personalidad racista, antiabortista y filonazi. Algunos tratan de confundir explicando que, junto a Mi lucha, en su domicilio se encontró el Manifiesto Comunista, sin embargo, esto es habitual en una corriente ideológica que se expande, también en Europa, como “nacional bolchevismo”, una de las variantes actuales del neonazismo. No quiere decir nada. Sin embargo, el sheriff demócrata de Tucson señaló que esta decisión criminal estaba tomada con antelación y añadió que el lugar se estaba convirtiendo en la “Meca del odio y la intolerancia”. En esa misma línea explicó el director del FBI la amenaza que supone el “discurso de odio” cuando se producen ataques cometidos por “lobos solitarios”. A
Loughner lo defenderá un abogado que llevó el caso de otro “lobo solitario”, Timoty Mac Veight, autor de la matanza de Oklahoma, en la que murieron 168 personas.

No hay por qué descartar la lógica expresada en la web neonazi stormfront.org por Tom Metzger, líder del White Aryan Resistance, que descansa en la idea de resistencia a la democracia y militancia como “lobo solitario”, referencia nazi hacia aquellos que asumen el combate sin manifestaciones, conciertos, reuniones o líderes. Lo explica perfectamente señalando que sólo pueden decir cinco palabras en un interrogatorio: “No tengo nada que decir”. De momento, el asesino de Tucson cumple el guión. Además, los psicópatas del odio necesitan alimento emocional y lo encuentran en la retórica agresiva de la intolerancia con su tríada maligna de odio, discriminación y violencia. Los “lobos” pistoleros, “solitarios” o acompañados, interiorizan los mensajes-fatuas antes de cometer su ejecución. Es el discurso que precede a la acción. En un contexto fanático contra el adversario y con libre acceso a las armas, como le gusta al Club del Rifle. Un discurso que no sólo alimenta el movimiento ultra del Tea Party, ya que en
Arizona hay16 grupos de odio, como denuncia el Souther Powerty Law Center (SLPC), desde los xenófobos American Bordel Patriol hasta los nazis del poder blanco de Free American, pasando por el KKK y los Hammerskin, Blood & Honour y Voksfront. Estos ultrapatriotas se benefician de la Constitución norteamericana, que interpreta la libertad de expresión sin límites, salvo la acción directa a la violencia, alientan el prejuicio, practican el insulto, siembran odio e incluso señalan objetivos de “guerra”, como hicieron miembros del Tea Party con Giffords en Take Back The 20. A Loughner le encontraron en su domicilio escritos del movimiento Patriot, ideas de la teoría de la conspiración mundial judía y otros que apuntan a algún vínculo con la American Renaissance, según el Departamento de Seguridad Nacional. Puede que esté loco, pero indudablemente es un asesino alimentado por el odio que decide y selecciona su objetivo.

En Europa las facilidades son menores. Por estos motivos, la Unión Europea aprobó en 2008 la Declaración Marco de Derecho Penal contra el Racismo y la Xenofobia que obliga a todos los países a armonizar su ordenamiento penal para perseguir por estos motivos la “incitación” al odio y la negación del Holocausto, entre otros temas. España todavía tiene pendiente su cumplimiento riguroso y lo ha olvidado en su última reforma del Código Penal. La Convención Europea de Derechos Humanos y el Tratado de la Unión, entre otras normativas, decidieron poner límites a la libertad de expresión para que no se permita transgredir los derechos fundamentales de las personas, algo que ahora parece normalizarse en internet.

La pregunta que debemos hacernos ante esta realidad es si el ius puniendi del Estado ha de actuar contra estas expresiones del discurso del odio. Desde hace tiempo, en nuestro país, el populismo xenófobo encierra el peligro de alimentar la intolerancia y el odio. No debemos olvidar a Lucrecia Pérez, primera víctima del racismo en nuestra historia reciente, y a las decenas de homicidios que siguieron después. El Estado debe procurar la garantía de los valores democráticos que identifican a una sociedad abierta, entre los que se encuentran la tolerancia y los derechos humanos, y no debe permitir la difusión de ideas contrarias a valores como la dignidad, libertad e igualdad que la Constitución garantiza formalizando su penalización conforme a los acuerdos democráticos de las instituciones europeas. Como afirmaba Glucksmam en su perturbador análisis sobre la inquietante presencia del odio en nuestro siglo, aunque creíamos haberlo superado, existe, y lo vemos a pequeña y a gran escala. Hoy el reto es sobrevivir al odio.

Esteban Ibarra es presidente de Movimiento contra la Intolerancia

Ilustración de Federcico Yankelevich

Elogio de la tolerancia

16 nov 2010
Compartir: facebook twitter meneame delicious

ESTEBAN IBARRA

Alarmados por el crecimiento de la intolerancia y sus manifestaciones de racismo, xenofobia, antisemitismo, islamofobia y otras expresiones de odio y discriminación, diferentes organismos internacionales decidieron pasar a la acción. La ONU proclamó en 1995 el Año Mundial por la Tolerancia, y la UNESCO aprobó una Declaración e instituyó el 16 de noviembre, aniversario de su constitución, como Día Mundial por la Tolerancia. Momentos de movilización general que no continuaron y no se tradujeron en instrumentos políticos y legislativos. En esa Declaración, los jefes de Estado y de Gobierno apostaron por defender el principio de la tolerancia como un valor esencial de la convivencia democrática, reclamando que no se confunda con la noción de permisividad y precisando: “La tolerancia es el respeto, la aceptación y el aprecio de la riqueza infinita de las culturas de nuestro mundo, de nuestras formas de expresión y medios de ser humanos. Fomentan la tolerancia el conocimiento, la apertura de ideas, la comunicación y la libertad de conciencia. La tolerancia es la armonía en la diferencia y no sólo es un deber moral, sino una exigencia política y jurídica”.

La Academia Universal de la Cultura constató el peligroso avance internacional de la intolerancia, ya sea racial, religiosa, sexista o cultural, su penetración y su papel estimulador del odio. En su Forum Internacional analizó a fondo el problema y su dramática expresión en Europa, marcada históricamente por una idea de “intolerancia institucionalizada que explica los campos de concentración, los hornos crematorios, el suplicio del garrote, los osarios, las deportaciones, los gulags y el confinamiento”. La historia nos proporciona un sinnúmero de ejemplos. “La intolerancia individual y colectiva se conjugaron para dar origen a la Inquisición, las guerras de religión, genocidios, purgas totalitarias, fascismo, integrismo, etc.”, afirma la Academia.
Elie Wiesel, superviviente de Auschwitz y premio Nobel de la Paz, en su texto introductorio del Forum, afirma que la intolerancia “no es solamente el vil instrumento del enemigo, sino que ella es el enemigo mismo”. Sostiene que es la antesala del odio y la violencia e insiste en que tanto la intolerancia como el fascismo conducen inevitablemente a la humillación del prójimo y, con ello, a la negación del ser humano y sus posibilidades de desarrollo. Las manifestaciones de intolerancia consagran como valor común, no a la persona con sus propias y diversas identidades, sino a la propia identidad enfrentada a la de los demás a quienes no acepta y niega respeto y aprecio. Es el denominador común y se presenta vinculada a expresiones de odio racial, nacional, sexual, religioso u otros comportamientos que discriminan o agreden a grupos o personas por el hecho de ser, pensar o actuar de modo diferente. Cuando la intolerancia se transforma en un hecho colectivo o institucionalizado, socava la convivencia y los principios democráticos y supone una amenaza para la paz mundial.

Pero, ¿cómo se puede combatir la intolerancia? Sabemos cómo enfrentar el fascismo, porque constituye un sistema, una estructura, una voluntad de poder: hay que desenmascararlo, rechazarlo, repudiarlo, excluirlo de las sociedades democráticas. Sin embargo, como afirma la Academia, con la intolerancia es más complicado por ser sutil, por ser una disposición común que anida potencialmente en nosotros y porque es difícil de identificar y detectar sus rasgos. La alimenta el prejuicio, del que decía Einstein: “Es más difícil neutralizarlo que dividir un átomo”. Pero lo grave, como señala la Academia, es su ductilidad, porque la intolerancia no forma parte de un sistema, de una religión, ni de una ideología, sino de la propia condición humana. Está presente en cada uno de nosotros, penetrando con una profundidad mayor que cualquier ideología, encontrándose en el origen mismo de fenómenos de índole distinta.
La actual crisis económica esta posibilitando la difusión de prejuicios y tópicos de quienes alimentan la xenofobia. Se difunden discursos muy peligrosos de intolerancia en campañas electorales, que dañan la convivencia democrática, la cohesión social y la integración intercultural. Muchas de esas infamias se propagan abiertamente en Internet. Además, se celebran conciertos racistas, manifestaciones con expresiones y gritos abiertamente xenófobos, campañas de propaganda que violan la dignidad y derechos de inmigrantes, de minorías y del conjunto de la sociedad. Vemos también, sorprendidos, ataques a sedes de partidos de izquierda, asociaciones culturales y organizaciones sociales. A todo ello hay que añadir agresiones a personas, que en algún caso han provocado la muerte del atacado.

La Ley de Igualdad de Trato, compromiso del Gobierno español, constituye una oportunidad para responder de manera integral a la discriminación y al odio, siempre y cuando se recojan medidas concretas de apoyo a las víctimas, se creen Fiscalías de Delitos de Odio y Discriminación en todas las comunidades autónomas y se promueva una reforma del Código Penal que sancione la incitación y no permita espacio alguno de impunidad. Ello nos colocaría bajo los mandatos internacionales relativos a la lucha eficaz contra el racismo, la xenofobia y la intolerancia.

Esteban Ibarra es Presidente de Movimiento contra la Intolerancia.

Ilustración de Federico Yankelevich

Crisis económica y xenofobia

14 ene 2009
Compartir: facebook twitter meneame delicious

ESTEBAN IBARRA

crisis-y-xenofobiaok.jpg

A medida que nos adentramos en el siglo XXI, la globalización ha contribuido a intensificar los flujos migratorios en respuesta a la demanda de los mercados laborales. Sin embargo, con la irrupción de la crisis neoliberal de acumulación de capital, la debilidad del Estado del bienestar y el agotamiento de los actuales proyectos democráticos, se configura un escenario donde anidan cómodamente quienes explotan todo tipo de contradicciones y conflictos sociales para alimentar el odio y la intolerancia xenófoba.
Los inmigrantes van a ser el chivo expiatorio en esta obscena crisis, como revelan los últimos datos del CIS, en los que la mayoría de los españoles dirigen su mirada reprobatoria a quienes vinieron a buscar una oportunidad para encontrar una vida digna en su huida de la miseria. En momentos de incertidumbre para millones de personas, se aprecian peligrosas las proclamas xenófobas de los involucionistas que afectan a la cohesión y al desarrollo de la convivencia. Una xenofobia que nunca será democrática, aunque la votase la mayoría de la sociedad.
Es la incertidumbre de una sociedad desmemoriada con su pasado migratorio, de corta empatía con el nuevo vecino al que ve de forma utilitaria y con escasa sensibilidad ante situaciones espantosas, como las expulsiones forzadas, los episodios de abusos y malos tratos racistas o la tragedia de quienes encuentran la muerte en la soledad de un cayuco. Una sociedad que, paradójicamente, mantiene miles de españoles inmigrantes que, a buen seguro, no aceptan ser estigmatizados de conflictivos, problemáticos o delincuentes, adjetivos que habitualmente sufre en España la inmigración no comunitaria.
Desprecio de igualdad
El mensaje de los líderes políticos europeos no puede ser más nefasto: la recién aprobada Directiva Europea de Retorno, la ausencia de compromiso con la Convención Internacional de Protección de Derechos de los Trabajadores Migratorios, las políticas y reformas en Italia, Francia, España y, en general, en toda Europa, proyectan un escenario que pone en cuestión el avance de los Derechos Humanos.
En este escenario de crisis, el aumento del prejuicio xenófobo y del hostigamiento a la inmigración está servido. El rechazo latente a compartir igualdad de trato en materia de empleo, sanidad, educación y otro tipo de atención asistencial se viene constatando no sólo en las encuestas oficiales, sino que también se evidencia en situaciones discriminatorias de la vida cotidiana. Si se añade la agitación y hostigamiento a los inmigrantes que impulsan grupos de ultraderecha, en las calles o en Internet, para azuzar conflictos con consignas tipo “Stop invasión” y “Los españoles primero” en línea con el populismo neofascista europeo, la perspectiva es inquietante.
Una acción xenófoba que en los últimos años ha recibido fuertes estímulos con los resultados electorales obtenidos por formaciones ultras –recogiendo una cosecha de votos estimable en Austria, Italia, Francia, Alemania y Suiza, entre otros– en esta Europa desnortada. Estos grupos políticos vinculan la crisis económica con la crisis del sistema, especialmente con los valores democráticos que resultaron vencedores de la contienda mundial frente al nazi-fascismo.
Es una xenofobia acompañada de intolerancia religiosa y cultural que hace de la diversidad su enemigo y del diferente, del inmigrante, un potencial objetivo de agresión, postreramente ejecutada por grupos racistas o neonazis nacidos del odio y de la recluta fanática de santuarios de intolerancia, como las gradas ultras del fútbol.
Indolencia institucional
Mientras tanto, la acción política e institucional para impedir el crecimiento de la xenofobia es indolente en toda Europa. En España, el Defensor del Pueblo advertía recientemente del crecimiento del racismo y el Observatorio de la Convivencia Escolar constataba un aumento de la intolerancia adolescente hacia inmigrantes, gitanos y judíos. También el Centro de Estudios para Asuntos religiosos en Washington señalaba a España como el país europeo donde más habían crecido la islamofobia y el antisemitismo en el último año.
El discurso político prevalente es muy incorrecto. Obvian el aporte integral de la inmigración, a la que debemos la mitad del crecimiento del PIB de los últimos cinco años de “esplendor”, y que ha asumido los trabajos más duros y peor remunerados, contribuyendo al superávit de las cuentas públicas; obvian su aporte sociocultural; y ocultan que les necesitamos tanto como ellos a nosotros. El discurso de algunos líderes resulta bochornoso, ya que afirman que los autóctonos tienen prioridad en materia de derechos o vinculan la delincuencia al inmigrante como sempiterno recurso para tapar ineficacias en seguridad ciudadana.
En el debe de las actuaciones institucionales para atajar la emergencia xenófoba hay que destacar el déficit de sensibilización preventiva, la escasa ayuda a las víctimas de crímenes de odio, la nula aplicación de la legislación de igualdad de trato, la ausencia de una Fiscalía especial contra el racismo y delitos de intolerancia, la nula erradicación en Internet de las webs, blogs y foros que difunden la xenofobia, la permisividad ultra y racista en las gradas de los estadios de fútbol o la aceptación de facto de presencia de grupos que promueven el nazismo y la violencia.
Hay todo un programa pendiente contra la xenofobia que afirme la igualdad de trato y la democracia inclusiva e intercultural mientras, al calor de la crisis, crece una intolerancia extrema que causa sufrimiento a los más débiles, a los inmigrantes y a otros colectivos estigmatizados. Trabajemos la solidaridad ciudadana que reduzca su impacto y en este año electoral conjurémonos a que no vaya ni un solo voto a la xenofobia. Quizás nuestra determinación obligue a quienes tienen responsabilidad de representación y gobierno a actuar humanizando su compromiso.

Esteban Ibarra es Presidente de Movimiento contra la Intolerancia