EVA MINTENIG
“God bless you and your family”. Fue la frase de despedida del taxista que me llevó desde el hotel en el que me alojaba hasta unos grandes almacenes, un día de la semana pasada, a las 5 de la tarde, en Nueva York. Un trayecto de apenas 15 minutos. Yo, en Barcelona, no suelo tomar taxis. Me desplazo en moto desde hace muchos años, y además, no me gusta que los taxistas me impongan su emisora de radio. Ya sé que tengo el derecho de decirles que la quiten, pero, la verdad, no necesito broncas innecesarias. Bastante tenemos con lo que tenemos.
pero en Nueva York, donde viví hace casi tres décadas, mantengo una historia de amor con los taxistas. Ellos no suelen dirigirse a ti, pero a mí me encanta hablar con ellos, y muy directamente. Les entro al trapo, y normalmente se sorprenden, y después se sueltan. Recuerdo a varios taxistas de la ciudad de los rascacielos. Desde el que me dio un gran rodeo, una noche, y me pidió que esperase un minuto mientras él compraba droga en un portal, hasta el recién llegado que no hablaba ni una palabra de inglés ni conocía la ciudad y que, por gestos, me pedía que le fuera indicando el camino que debía seguir para llegar a mi destino. Y el que más me emocionó: un hombre mayor y fornido, de pelo ralo y canoso, que se mantuvo silencioso durante todo el trayecto mientras yo le describía mis penurias económicas a mi acompañante, un amigo turista y con dinero, diciéndole que Nueva York era una ciudad muy dura para los estudiantes pobres, y que lo estaba pasando mal. Era en 1985. Cuando llegamos al lugar al que nos dirigíamos, y mientras mi amigo pagaba la carrera, el taxista se volvió hacia mí y, en perfecto castellano, me dijo que yo tenía toda la razón, que él era ruso, casado con una “niña de Rusia” española; que había sido catedrático de filosofía de la Universidad de Moscú y había escapado de su país hacía dos años, y que el llamado “sueño americano” le había decepcionado profundamente. Pensaba que el sistema político de los Estados Unidos era aún peor que la dictadura comunista de su país: un engaño. Amargado, conducía un taxi en Nueva York y llegaba muy tarde a su casa, en Queens, donde le esperaba su mujer, Pilar. Casi lloré.
Volviendo a la semana pasada. Me planté en medio de la avenida, alcé la mano y el taxi paró. Qué momento sublime, cuando el taxi te escoge y frena a tus pies, mientras te sientes ridícula y te sabes compitiendo con varios posibles usuarios con el brazo en alto en la misma esquina. Me subí y el conductor puso en marcha el taxímetro. Ni me miraba, pero, al cabo de unos minutos, le pregunté de dónde era. “Pakistán”, me dijo. Inmediatamente me pregunté cómo viviría hoy un pakistaní en Nueva York, con el rollo actual de la war on terror y todo lo demás. Y le respondí: “Pues yo soy de Barcelona, España”. Él sonrió, me miró a través del retrovisor y dijo que tenía algunos parientes allí. Pasé olímpicamente de hablarle de las redadas de la policía española en el barrio del Raval, de Al Qaeda y de todo lo demás, no se fuera a liar la cosa. Empezamos a hablar de la familia. Tenía 4 hijos, tres de ellos ya mayores y asentados, y un adolescente que le daba problemas. Yo también tengo un adolescente que me da problemas. Así nos hicimos amigos. Me contó que llevaba en Nueva York 22 años conduciendo un taxi, y que sus hijos mayores estaban todos en la universidad. Y ponderó: “nuestros hijos son nuestro legado, y debemos luchar por ellos”. Totalmente de acuerdo. Me habló de su vida y confesó su sueño de volver en pocos años a Pakistán, aunque su familia se quedara en Nueva York. Charlamos amistosamente en medio del atasco propio de la hora punta en Midtown. Yo también le conté mi vida. No hablamos para nada de la tensión internacional, de terrorismo ni de represión política. Por eso, al final, me dijo: “God bless you and your family”. Y, aunque yo no soy creyente, le respondí: “And yours too”. ¿Fui una ingenua? ¿Podría ser este señor, tan simpático, miembro de una red clandestina? No lo sé, pero lo dudo, y quiero dudar. Al Qaeda existe, claro que sí, pero quizás si nos preocupásemos de saber cómo viven nuestros vecinos, no existiría.
Es una simple anécdota, pero las anécdotas, a veces, son muy ilustrativas. Después de seis años, he encontrado Nueva York mejor que nunca, sin atisbos de tensiones raciales o religiosas. Ha sido una sorpresa. Hay que viajar y ver las cosas con los propios ojos. Si hablamos con los otros, nos entendemos. No nos dejemos engañar por lo que nos cuentan. Nueva York ha aprendido la lección: sólo vi un par de soldaditos en Grand Central, el meollo de las conexiones ferroviarias de la gran ciudad. La gente va, como siempre, a su bola, esperando el próximo negocio y la oportunidad para llevarlo a cabo. Todo el mundo parece muy ocupado. Y, si se intuye algún atisbo de alerta, es el siguiente: amigos, Nueva York está muy barata.
Eva Mintenig es periodista
Ilustración de Patrick Thomas
EVA MINTENIG

Doy saltos de alegría cuando voy por la calle y la gente me mira mal. Resulta que he salido del limbo de los indecisos y ya sé a quién votar. Ser una indecisa me situaba junto a los No Sabe No Contesta de las encuestas sobre la invasión de Irak, y era horrible. Y lo que más me reconforta es pensar que ningún analista de tendencia de voto puede haber predicho mi decisión, que tomé hace sólo unos días después de leer un breve de cinco líneas en un periódico. Leo varios periódicos cada día, veo la tele, escucho la radio y navego por la Red, me considero una persona informada e intento ser responsable en mis actitudes. Leí ese breve y me dije: “Yo voto a éstos”.
Naturalmente, el PP no entraba en mi quiniela inicial. Votar a unos señores que, en Catalunya, basan parte de su campaña en decir que los niños catalanes no saben castellano me parecía tan surrealista como votar al DAA (Defensor de la Ameba Amarilla) o al BMC (Basta de Martillazos en la Cabeza), caso de que existieran. Tampoco entraba ERC, a quienes he votado en ocasiones anteriores, porque lo han hecho tan mal en el Gobierno catalán que me ha salido la vena Rottenmeier sobre la virtud del castigo. Así que mi indecisión se debatía entre CiU, PSC e IU. Joan Herrera (IU) lo ha hecho realmente bien, pero darle mi voto creo que no frenaría a Rajoy en caso de empate. CiU es el partido al que más he votado, porque siempre ha defendido mis intereses, pero aún no perdono el pacto del Majestic y, sobre todo, no entiendo por qué han elegido a Duran i Lleida como candidato. Valoro el trabajo de este partido, pero no puedo votar a un señor que acude a un acto en favor de la familia rollo religioso. O sea, que sólo me quedaba el PSC, y también me resistía. En el PSC hay muchísimas cosas que no me gustan, y en el PSOE también. La debilidad de Zapatero en el tema del Estatuto catalán me parece penosa, lo del AVE y Cercanías es de escándalo y, además, el partido, en Catalunya, sigue manteniendo a personas totalmente alejadas de mi órbita (Anna Balletbó, por favor, no hables más). Pero leí aquel breve en el periódico.
Decía simplemente que el Gobierno ha destinado una partida de 55 millones de euros a la investigación de las llamadas enfermedades raras. Son enfermedades sin tratamiento efectivo, que causan la muerte o la invalidez permanente, que afectan a cinco de cada 10.000 personas y en las cuales no se invierte porque a las empresas farmacéuticas no les sale a cuenta. 55 millones de euros son casi 10.000 millones de pesetas. Son enfermedades como la ELA (esclerosis lateral amiotrófica), terrorífica, o como los innumerables síndromes raros que afectan a criaturas. Quien las padece en su entorno sabe del sufrimiento que conllevan. Yo lo he visto de cerca, y por eso me parece que un Gobierno que destina dinero a esto merece la pena. Es una política progresista, y que se quite lo demás. Casualmente (o no), volviendo hace unos días de Alemania en avión, se sentó en el asiento de al lado una persona afectada de ELA, que volvía de hacerse una operación experimental con células madre en una clínica de Colonia. Toda su familia le acompañaba, después de haber desembolsado, pese a su modesta condición, una cantidad considerable para poder llevar a cabo dicha operación. Son residentes en Sant Vicenç dels Horts, y echaban en falta una financiación de la Seguridad Social. Les dije lo que había leído en el periódico, y también que el actual ministro de Sanidad, Bernat Soria, es un investigador en células madre. Puedo parecer frívola a la hora de salir del campo “indecisos”, pero he pasado de los grandes temas por los que se pelean los políticos, y me he centrado en una cuestión, la sanidad pública, que valoro. Para mí esto cuenta, y vale un voto. Sólo pido a cambio, si es posible, que saquen a Maleni de mi vista.
Una amiga íntima, muy nacionalista, me reprocha mi decisión. Le digo que yo no obedezco a ningún partido y que sólo me fijo en lo que hacen los políticos. No votaré a nadie sólo por ser mujer, ni por ser esto o lo otro. Me fijo en lo que hacen, y punto.
Voy dando saltos de alegría por la calle porque he decidido mi voto, y me miran mal. Pero yo sólo pienso en lo contenta que estoy de poder saltar.
Eva Mintenig es periodista
Ilustración de Gallardo
EVA MINTENIG

Por todas partes se ven símbolos navideños. Lucecitas parpadeantes en los comercios, iluminación en las calles y anuncios de juguetes en la tele, que duran y duran y duran. Abres el periódico y ahí están los folletos de los productos informáticos, las grandes estrellas del consumo; vas al cine y te asaltan los tráilers de los estrenos navideños. Ni comer tranquilo puedes: al vaciar las bolsas del supermercado, constatas que la cajera se las ha arreglado para obsequiarte con las separatas de ofertas alimentarias que no osarás desaprovechar.
Pasen y vean, señores: ha llegado la Navidad. En nuestro mundo, claro. En otros mundos, vete tú a saber qué es la Navidad. Para mí, la Navidad sólo tiene un significado: ilusión. Cuando yo era niña pertenecía a una familia… llamémosla “irregular”. Pero en aquella familia había una persona empeñada en que la Navidad tuviera un carácter especial. Mágico. Sí, lo que hacía aquella mujer era pura magia, una magia que nos transformaba, sobre todo a los niños, en hadas fantásticas, duendes y angelitos con alas de algodón, sometidos a extraños fenómenos que convertían en realidades algunos de nuestros deseos. En Navidad sucedían cosas que no pasaban durante el resto del año: había animales que volaban sobre la ciudad hasta alcanzar nuestra terraza arrastrando trineos cargados de juguetes. El chófer era un hombre vestido de rojo y de barba blanca, que previamente había llamado por teléfono para que nos sentáramos en el salón, apagáramos las luces y le recibiéramos repentinamente mudos, tan grande era la expectación y en el fondo, el miedo. Éramos muchos, muchos niños, y había un regalo para cada uno. Después de la visita del hombre vestido de rojo, que sabía un montón de cosas sobre nosotros, cenábamos; a los postres se entonaban los villancicos, alguien tocaba el piano, y otro, más osado, se travestía y cantaba asomando la pantorrilla detrás de la cortina de terciopelo verde. Era maravilloso. Tan embelesados quedábamos todos, que no nos importaba acudir entonces a la misa del Gallo, aunque nos venciera ya el sueño.
Con el paso del tiempo, la rebeldía adolescente y el escepticismo juvenil no lograron, sin embargo, volverme inmune a la ilusión navideña, que se renovó cuando tuve hijos. Reivindico el árbol de Navidad y el personaje dadivoso, diferente en todas las culturas, y la alegría de los críos. Pero hoy, mi Navidad está lejos de todo aquello que yo viví. Odio las compras navideñas, las aglomeraciones en las tiendas y ese afán por conseguir la bola roja más in del momento. Durante años sólo he intentado reproducir en mi entorno el hechizo de mis Nochebuenas infantiles, y cocinar para todos de manera esplendorosa pero, eso sí, respetando la tradición. La tradición de que, para mis antepasados, la Navidad sólo era comerse un gallo bien cebado, disfrutándolo con la familia.
Ahora mis hijos ya no son niños; saben que el hombre de rojo era aquel primo que sólo nos visitaba en esas fechas, y hace tiempo que afrontaron la dura realidad de que los Reyes son los padres. Por eso, estos últimos años he puesto en marcha un plan B para huir del feroz acoso navideño, al cual es tan difícil sustraerse. Se trata de marcharse al lugar más lejano, exótico y caluroso que uno pueda costearse, y pasar la Nochebuena, el Fin de Año y los Reyes en bañador. No alcen la ceja con escepticismo. Según la UCE (Unión de Consumidores de España), cada español gastará estas Navidades una media de 912 euros en alimentación, regalos y juguetes, más 110 euros en lotería. Con estos datos en la mano, combinando sabiamente ofertas turísticas y vuelos low cost, poner en marcha el plan B puede incluso salir más barato que quedarse en casa. Y tiene la ventaja, además, de que nadie te regala bufandas, gorros ni guantes; como mucho, un tubo de crema solar. Es lo que tiene ser un poco… “irregular”.
Eva Mintenig es periodista
Ilustración de Iván Solbes
EVA MINTENIG

Hace 15 años, en el momento de hacer la declaración de la renta, decidí poner la cruz en la casilla que destinaba el 0,52% (en el próximo ejercicio ya será el 0,70%) de mis impuestos a la Iglesia católica. No soy creyente ni practicante, y anteriormente siempre había marcado la otra casilla, la de “otras opciones”, que llevaba mis dineros a otro tipo de organizaciones de acción social, las ONG. Tomé la decisión de marcar la otra casilla (por aquel entonces había que optar por una de las dos) por una cuestión personal. Un familiar muy cercano, con una enfermedad estigmatizada que arrastraba desde hacía décadas, tuvo por fin una atención hospitalaria digna y eficaz y nosotros, los familiares, agradecimos enormemente el trato humano, el respeto y la profesionalidad que se nos dispensó. Aquel hospital pertenecía a una orden religiosa católica y, afortunadamente, tenía un convenio con la Seguridad Social.
Ahora he cambiado de opinión, y en mi próxima declaración la casilla “Iglesia católica” quedará en blanco. No es que aquel hospital haya cambiado de orientación. Lo que pasa es que he sabido que, si marco esta casilla, el 0,70% de mis impuestos destinado a la Iglesia se empleará en el mantenimiento de la estructura de esta institución, y no en la obra social que realiza a través de organizaciones católicas. Y el mantenimiento de su estructura incluye la financiación de la emisora radiofónica Cope, la cadena de los obispos españoles cuyos locutores y tertulianos insultan, mienten y siembran el odio y la crispación entre sus oyentes. Cada vez con más descaro, es decir, con menos vergüenza. Como ciudadana nacida en Barcelona, y por tanto catalana, me siento especialmente ofendida por la iracunda campaña de la Cope contra los catalanes, injusta y mentirosa. Yo nunca he escuchado la Cope, y me enfado con los amigos y compañeros que sí lo hacen. “¿Has oído lo que ha dicho la Cope esta mañana?”. Mi respuesta es invariable: “No, no me interesa”. Me niego a enfurecerme cada jornada a primeras horas del día con informaciones tergiversadas o directamente falsas, y con opiniones que parecen salidas del túnel del tiempo, del tiempo nefasto, quiero decir. Ni un euro de mi bolsillo financiará esta operación.
Esto viene a cuento porque el otro día leí que en el último ejercicio de la declaración de la renta el número de contribuyentes catalanes que sólo marcaron la casilla de las ONG creció un 6% respecto al año anterior, y ya constituye el 38,59% de la población que paga impuestos en Catalunya, frente al 17,11% que marcó sólo la casilla de la Iglesia. Quiero aclarar dos cosas: que desde hace dos años se pueden marcar las dos casillas a la vez (con lo cual no destinaremos el 0,70% de nuestros impuestos a estos fines sino que será el 1,40%), y que escoger sólo la opción ONG no quiere decir que estos recursos no lleguen a organizaciones de inspiración católica como Cáritas, que me merece un profundo respeto. Por eso las ONG están haciendo campaña para que los católicos solidarios marquen las dos casillas y no solamente una. Si marcan únicamente la de la Iglesia, el otro 0,70% de sus impuestos irá a parar directamente a las arcas del Estado. Y francamente, creo que el Estado va sobrado.
Por lo que a mí respecta, lo tengo clarísimo: sólo pondré la cruz en la casilla “otras opciones”. Y, aparte, daré el dinero que me dé la gana a aquel maravilloso hospital y a otras entidades o personas vinculadas a la Iglesia que me merezcan respeto y confianza. Les hablo, por ejemplo, del sacerdote Manuel Pousa (paremanel.org), del barrio de Verdún de Barcelona, con años y años de dedicación a los presos y a otros colectivos excluidos; de Enrique de Castro (San Carlos de Borromeo, en Madrid); de tantos hombres y mujeres religiosos que alivian penas y resuelven problemas cotidianos de muchas personas y que, seguramente, no deben de escuchar la radio a menudo. Lo que no quiero es que ni un céntimo mío alimente lenguas viperinas impregnadas de odio y de ira y que sólo aspiran a recuperar el poder que perdieron un día. Si estas voces dejaran de contaminar las ondas, quizás volvería, una vez más, a cambiar de opinión y volvería a marcar con una cruz la dichosa casilla de la declaración de la renta. Ya lo dicen: rectificar es de sabios.
Eva Mintenig es periodista
EVA MINTENIG

No me quito de la cabeza esas imágenes. Me refiero a las de supuestos trabajadores humanitarios disfrazando con vendas y tintura de yodo a niños africanos en aparente buen estado de salud para poderlos sacar más fácilmente de su país, rumbo al paraíso. El caso Arca de Zoé es, desde luego, escandaloso desde muchos puntos de vista. La organización fleta un avión para ir a Chad, engaña a trabajadores locales y a familiares de 103 niños con promesas de escuelas y atenciones sanitarias cercanas a sus domicilios, secuestra y disfraza sin escrúpulos a esos niños y, saltándose a la torera todo tipo de
reglamentaciones, controles y leyes nacionales e internacionales, programa un vuelo feliz a Francia. Allí, numerosas familias aguardan en el aeropuerto.
No dudo de las buenas intenciones de la mayoría de las familias de acogida. También las engañaron. Creyeron que, con su dinero y sus atenciones, lograrían que los niños, vendidos como huérfanos del conflicto de Darfur, disfrutasen de mejores vidas y oportunidades.
Pero saltó el escándalo. La policía impidió la salida del avión y detuvo a los cooperantes, a la tripulación y a tres periodistas. Precisamente uno de ellos, Marc Garmirian, de la agencia Capa, sospechaba ya de los extraños métodos de Arca de Zoé. Repasen los vídeos, accesibles en Internet, de las entrevistas que Garmirian grabó mientras la operación estaba en pleno desarrollo. Preguntaba a los responsables de la ONG: “¿Por qué hacen esto de esta manera, saltándose las reglas que rigen para todos los demás?”. Los que responden le miran con cara de hastío, como diciendo: “Y éste, ¿de qué va?”. Y contestan: “Porque lo otro no funciona”.
Rápidamente se descubrió que la mayoría de los niños no eran huérfanos y que gozaban de buena salud. Hubo manifestaciones y gritos contra los pedófilos occidentales. Y entonces apareció Sarkozy, el presidente francés. ¡Cuánta testosterona en tan poco cuerpo! ¡Cuánta grandeur! Sarko, en un par de horas, se llevó a las azafatas españolas y a los periodistas. Revisen otra vez, por favor, las imágenes de Sarkozy llegando a Chad, entrevistándose con el presidente del país y marchándose con su tesoro. Observen el lenguaje no verbal: lo dice todo. El rescate de Sarkozy se llevó a cabo en virtud de un acuerdo firmado con Chad en 1976, según el cual, todo cooperante que haya cometido un delito en uno de los dos países sería juzgado en su país de origen. Me pregunto cuántos cooperantes de Chad habrán delinquido en Francia en estos 30 años. El acuerdo es claramente colonialista, vamos. Pero resulta que el mundo, en estos 30 años, ha cambiado, poco o mucho.
Inmediatamente después de despedir a su homólogo francés, el presidente de Chad se dio cuenta de la pifia y sus ministros se apresuraron a declarar que los culpables del atropello, por llamarlo de alguna manera, serían juzgados en los tribunales del país y cumplirían las condenas en sus cárceles. Sarko lo complicó todo diciendo que él mismo volvería a Chad para repatriar a los encausados. Afortunadamente, mientras todo esto sucedía, el Ministerio de Asuntos Exteriores español, con Moratinos al frente, se empleaba a fondo en realizar las gestiones pertinentes para lograr la liberación de los tres tripulantes españoles, que habían sido exculpados en la última declaración del responsable de la ONG, Éric Bréteau. Los tripulantes llegaron anoche a la base militar de Torrejón de Ardoz. No hay nada más enigmático que la diplomacia, un arte que siempre ha huido de los titulares. Sin embargo, el de ayer era inevitable: poco después de la salida de los españoles de Chad, Moratinos anunció que España financiará la educación de los 103 menores envueltos en el caso. Como en todos los secuestros resueltos favorablemente, ahora hablaremos del rescate.
Paso por alto otras cuestiones, como la discusión política, en Francia y en España, sobre qué líder es más fuerte o más débil; la preocupación de la ONU y de la Comunidad Europea sobre cómo afectará el asunto a futuros despliegues militares de pacificación en países africanos; y lo peor: se pone en entredicho el inestimable esfuerzo de muchas ONG para aliviar de verdad la miseria en que vive gran parte de la población mundial, privada de cosas tan elementales como el acceso al agua potable, la sanidad o la educación.
A mí lo que me interesa es el destino de otros miles de niños y niñas que viven en condiciones precarias, que son huérfanos de verdad, que necesitan ayuda. En el mundo desarrollado, muchas parejas quieren adoptar o acoger a estos niños. En España, y en la comunidad europea, las leyes de adopción nacional son muy estrictas porque priman ante todo los derechos de las familias biológicas y, si éstas tienen problemas, se intenta paliarlos.
Estamos orgullosos de vivir en países donde prevalece el Estado de derecho, pero éste conlleva ciertos peajes. Uno de ellos es el sacrificio de las necesidades y los sentimientos de parejas con dificultades para tener hijos, en beneficio de gente poco privilegiada y de sus descendientes.
En la Comunidad de Madrid, más de 4.500 menores están tutelados por la Administración autónoma, bien sea en centros o en familias de acogida. En Catalunya se adopta cada año una media de 120 menores abandonados o acogidos en centros. Las leyes para adoptar niños de aquí son restrictivas, y muchas parejas acuden a la adopción internacional. Cualquier acción que sirva para mejorar el futuro de un niño me parece encomiable, excepto el comercio. Los países donde hemos adoptado los últimos años han endurecido progresivamente sus leyes, buscando el beneficio de los menores e intentando impedir el tráfico. No nos lamentemos por ello, aunque haya casos particulares muy dolorosos.
Eva Mintenig es periodista
EVA MINTENIG 
Si no lo digo, reviento. Condeno enérgicamente la violencia extrema y racista de Sergi Xavier, pero quiero que alguien le ayude. Este chico necesita ayuda. Me sentí personalmente agredida cuando vi las imágenes grabadas en el metro de Barcelona, hará cosa de una semana, y no dudaba de que Sergi pasaría una buena temporada a la sombra. A todos nos ha violentado la desfachatez con la que el chico afrontaba el asunto los primeros días, y hemos cuestionado el auto del juez que le dejó en libertad provisional con cargos, aunque los juristas dicen que es ajustado a ley. La agresión, la reacción del chico, la resolución judicial, todo es, o parece, desmesurado. Y, a mi entender, también lo son la exhaustiva cobertura mediática y las barbaridades que se han visto y oído estos días en decenas de televisiones y emisoras de radio del país. El sábado por la noche estaba sola en casa, y se me ocurrió poner la tele. Me enganché, cómo no, a la simpatía del presidente de Cantabria, Miguel Ángel Revilla, explicando sus cuitas con el Rey. A continuación, anunciaban los rótulos, hablarían de la agresión de Sergi Xavier. Me quedé. Y lo que vi y escuché me dejó de piedra. “Vamos a por él”, decían los SMS. “Sabemos dónde vive. ¿No tiene una abuela? Pues vayamos allá”. Los presentadores, con semblante circunspecto, insistían en que se estaba fraguando una venganza de los grupos latinos violentos. Sólo faltó que precisaran la dirección del individuo. Me asusté tanto por la posibilidad de asistir en directo a un linchamiento público, que apagué el televisor. Sí, Sergi Xavier tiene una abuela. Tiene más de ochenta años, y cuida del chico desde que era pequeño, porque su madre le abandonó. El padre es alcohólico, y nunca se ha ocupado de él. “¿Y qué?”, se dirán ustedes. “Hay miles de niños abandonados que no van por ahí pegando brutalmente a las chicas inmigrantes que viajan en metro”. Cierto. No es una justificación. Pero yo me empeño en ponerme en la piel de cada uno, y en no juzgar de manera generalizada. Repito: la agresión a esta chica es deleznable y condenable. Pero ¿dónde se ha originado? En la falta de afecto, de educación y de atención, seguramente. ¿Cuándo ha obtenido Sergi Xavier atención? Cuando ha pateado de forma obscena y pública a una menor ecuatoriana en un vagón de metro y las imágenes han salido a la luz. Fotógrafos y cámaras de televisión, a puñados, le han seguido todo el día. Se ha convertido en el protagonista de la actualidad nacional, ¿quién lo iba a decir? “Es un macarra, a la cárcel con él”. Es lo que pensé en un primer momento. Ahora, ya no. Ahora pienso que vivimos, afortunadamente, en un país rico que dispone de recursos (pagados por todos nosotros) para afrontar estos casos. Quiero que con mi dinero, que sufraga el tráfico de armas y el ejército, la sanidad y la educación públicas, se trate a este individuo. Que la asistencia social se haga cargo de él y de su abuela y que si, como parece, este chico padece un trastorno psiquiátrico grave, se le interne y se le recupere, si es posible. ¿Qué ganamos con recluirle, sin más, en un centro penitenciario? Que su odio y su violencia se acrecienten a medida que crece su miedo, nada más. Miedo a naufragar más todavía, a la condena de depender para siempre de la bebida y de la droga. Miedo a la agresividad que le lleva a insultar y a agredir al débil y al diferente. Cuanto más débil y diferente, mejor. Mujer, inmigrante, menor, indefensa. Lo que él ha vivido es que sus padres no han querido hacerse cargo de él: debe de ser que él es muy malo. El sábado lo decían en la tele: “El padre, sus razones tendrá para beber, y la madre, para abandonarle”. Éste es el mensaje que se transmitió en un programa de máxima audiencia. Y no: “Si tienes un hijo, debes responsabilizarte de él”. ¿Por qué hablo de Sergi Xavier? Porque creo que está muy desprotegido. A la víctima de su agresión la compadezco sinceramente y pienso que es totalmente injusto lo que le ha ocurrido. Está conmocionada y muy asustada, pero por suerte cuenta con una red familiar y de amigos que sin duda la ayudarán a superar el trauma. Y también, con la solidaridad y los recursos de nuestra sociedad. No quiero zanjar el tema sin hablar del testigo que presenció la agresión simulando que no se enteraba de nada. No es un cobarde. Es un chico superado por un miedo atroz. Quien no sea inmigrante, sometido a constantes violencias sutiles pero abrumadoras, que se halle de repente en una situación como ésta, que tire la primera piedra. Animo a sus vecinos a que dejen de humillarle e insultarle, y que hablen con él. La información es poder y sabiduría, y la ignorancia, un peligro para todos. Eva Mintenig es periodista