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Dominio público

Opinión a fondo

Franco: dictadura y violencia

01 jun 2011
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EVE GIUSTINIANI

El régimen franquista, ¿fue autoritario o totalitario? En esta disyuntiva se ha concentrado buena parte del debate que ha levantado la publicación del Diccionario biográfico de la Real Academia de la Historia (RAH). Es interesante que una de las preguntas centrales en esta polémica concierna no a las andanzas de tal o cual personaje, sino sobre todo a la definición de un concepto histórico-político. Francisco Franco es de los pocos personajes históricos que han dado su nombre a un régimen político, lo que pone justamente de relieve una de sus principales características: el papel central que en él tuvo el líder. La misma denominación de franquismo resulta cómoda, porque permite eludir la cuestión de la naturaleza de este sistema político, aludiendo en una sola palabra tanto a la forma del Estado como a la duración del régimen. sin embargo, Se debe, apuntar con la máxima objetividad posible unas cuantas de las características del franquismo, intentando calificarlo.
El primer punto discutido es la caracterización del franquismo como dictadura. Hay, sobre este particular, un consenso entre los historiadores. Podría darse una definición mínima y formal de la dictadura como aquel régimen político en el que un individuo, o un pequeño grupo de individuos, ostenta un poder ilimitado (esto es, sin limitaciones constitucionales) y lo ejerce de forma discrecional. Franco ostentó en todo momento el poder absoluto (y vitalicio); por lo cual calificar su régimen de dictadura releva de la definición objetiva y no del “juicio de valor” (así se justifica Luis Suárez por no haber empleado este término en su reseña del “Generalísimo”).
Calificar el franquismo de autoritario o totalitario es algo más delicado. Primero porque el régimen atravesó distintas fases y tuvo que adaptarse a lo largo de casi cuatro décadas a las circunstancias que lo rodeaban. Desde 1936 hasta finales de la Segunda Guerra Mundial, Franco dirigió un sistema nacional-sindicalista y falangista indudablemente totalitario; pero a partir de este momento, buscando nuevos apoyos internacionales, redefinió el régimen como esencialmente católico y anticomunista. Y luego porque no existe consenso en la comunidad científica sobre la definición de los términos de totalitarismo y autoritarismo. Para poder definirse como totalitario, al franquismo le faltaría la ambición de englobar todos y cada uno de los aspectos de la vida en un partido único, confundido con el Estado. Una de las peculiaridades del régimen fue su identificación con el líder, la lealtad al Caudillo colocada por encima del acatamiento a la jerarquía del partido.
De lo que no se puede dudar, en cambio, es de que el régimen franquista nunca tuvo una Constitución como tal: el Fuero de los Españoles o la Ley Orgánica del Estado fueron textos cosméticos destinados a mejorar la imagen española de cara a su integración internacional, pero en ningún caso normas constitucionales. El franquismo es lo contrario de un Estado de derecho. En cuanto al término de “democracia orgánica” con el que Franco quiso definir el régimen, no debe hacer olvidar que en él no existía ni separación de poderes, ni libertades individuales y colectivas, ni pluralismo político. Pero su funcionamiento sí fue orgánico, en el sentido de que era jerárquico, centralizado (y centralista) y corporativista; pero en ningún caso fue un sistema representativo, a pesar de lo que pudo pretender. Ya que, como lo apunta Suárez rozando el oxímoron, Franco llegó a configurar “una monarquía social y representativa, sin partidos políticos, en el que la familia, el municipio y el sindicato fuesen los canales para la selección de los procuradores en Cortes”. Peculiar representatividad la que opera por selección (y no con elecciones), para designar a procuradores (y no a diputados), los cuales, como en el antiguo régimen del que sacan su título, encarnan a fuerzas sociales (y no a corrientes de opinión política). Además de este antiliberalismo, subrayemos por fin otro de sus aspectos fundamentales: su carácter confesional, que incide tanto en el orden político (con la presencia de la Iglesia en las más altas esferas del poder) como ideológico (ya que el catolicismo, junto con el nacionalismo, vino a constituir la principal fuente de legitimación del dictador –“Caudillo por la gracia de Dios”– y del régimen –nacido de la “cruzada” contra ateos, “comunistas, judíos y demás ralea”, en palabras de Pío Baroja–).
Así que, para definir esta peculiar forma de dictadura que fue el franquismo, se han propuesto términos diversos, tal como los de fascismo teológico, dictadura fascista, despotismo reaccionario moderno, o, en fórmula bastante sintética de Antonio Elorza, de “dictadura personal, de base militar, con un sistema represivo fascista”.
Porque he aquí una de las principales e inadmisibles carencias del artículo sobre Franco publicado por la RAH: la ausencia de mención a la represión, la depuración, el exilio, los campos de concentración; a la violencia intrínseca al régimen de Franco. Violencia de la que nació, fundamentándose en una “cruzada” contra la “anti-España”; violencia que perpetuó, utilizándola como sucedáneo de legitimidad; violencia que institucionalizó, orquestando desde el Estado la represión sistemática del oponente, al que se le negaba hasta la condición de español. Hasta el final Franco habló de “los enemigos de España y de la civilización cristiana” (en su testamento político), de la “subversión comunista-terrorista” (en su alocución del 1 de octubre de 1975). Nunca varió un ápice su discurso al respecto, anclado en el rechazo paranoico al laicismo, la democracia, el pluralismo. A pesar de las evoluciones que pudo conocer el franquismo, y aunque se hubiera transformado en una “dictadura desarrollista”, su núcleo duro –como ideología y régimen– siempre permaneció. Siempre fue una dictadura. Y su naturaleza fue intrínsecamente violenta.

Eve Giustiniani es doctora en Estudios Hispánicos y profesora en la Universidad de Aix-en-Provence (Francia)

Ilustración de Patrick Thomas

Destierro y humanismo

14 abr 2009
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 EVE GIUSTINIANI

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Un día como hoy, hace 78 años, se proclamó la Segunda República española. La experiencia tuvo corta vida: fue cortada de tajo por el alzamiento de Franco, que provocó una sangrienta guerra civil y forzó el exilio de medio millón de personas, incluida la flor y nata de la cultura de la Edad de Plata: la España de los científicos, de los artistas, de los filósofos. A duras penas se recuperó la continuidad con esta cultura después de la transición, tras 40 años de ideología nacional-católica, y a pesar de una incomunicabilidad entre los intelectuales españoles de fuera y los de dentro. Entre los intelectuales exiliados y los que se quedaron atrincherados en la resistencia silenciosa de un paradójico exilio interior.

Para describir la vivencia del exiliado, se habla del “desarraigo”, de “vidas truncadas”, como si de plantas, de árboles se tratara: el concepto de des-tierro remite a la metáfora de las raíces. Al exiliado se le cortan las raíces, que serían las coordenadas indispensables para existir. El lamento por la tierra perdida es un rasgo común de las literaturas del exilio; responde a la necesidad de escribir para plasmar lo que se pierde con la distancia. “Remojo la memoria / Con agua del destierro”, escribió José Moreno Villa. La mirada del exiliado se vuelca hacia el interior, en una tentativa para reconstruirse después del trauma. El palestino Edward W. Said, en sus Reflexiones sobre el exilio (Debate, 2005), subraya este “motivo de redención” inherente al exilio, vivido desde la soledad literaria como un purgatorio. Y no sin cierta autoirrisión, Said apunta: “Los artistas en el exilio son desagradables”. Se aferran a su diferencia como si fuese un privilegio.

Los españoles estaban convencidos de que su destierro iba a durar los pocos años que tardarían los aliados en derribar los regímenes fascistas. Muchos se negaron a echar raíces, manteniendo la ilusión de que volverían. Vivían en una comunidad endógama que sólo las segundas y terceras generaciones, tras una fase de esquizofrenia cultural y lingüística, lograron traspasar. Francisco Caudet reconoce que la difícil integración de los intelectuales exiliados en América Latina se debió a su conocimiento erróneo de la realidad americana y su relación ambigua con ella. Los autores republicanos exiliados escribían para un público español, alimentando una imagen de España mitificada. La historia del exilio español es la de la forja de un mundo utópico, entre la nostalgia de los orígenes –la España republicana, idealizada por la distancia geográfica–, la incertidumbre del espacio de acogida –una tierra de salvación abocada a la provisionalidad–
y la mitificación de la tierra prometida –la España del retorno siempre anunciado y nunca efectivo–.

El lectorado de sus países de acogida se mostró poco receptivo a sus letanías sobre la patria perdida. “Es un poco irritante que se lloriquee por la patria ausente cuando los que podían quejarse eran los que estaban allí [en España]”, resumió Francisco Ayala tras la muerte de Franco. Pero resulta ser una constante: el sentimiento de desarraigo forja una conciencia nueva de la tierra de los orígenes que da paso a un resurgir nacionalista. El debate sobre el ser de España, desencadenado desde el exilio por la polémica entre Américo Castro y Claudio Sánchez Albornoz, a finales de los años cuarenta, puede entenderse como un arrebato nacionalista. Los discursos de los exiliados españoles sobre la América hispana, apunta Caudet, se definían como “alegato espiritual”, pero abrigaban la “añagaza nacionalista”: “De ahí que lamentablemente hubiera no pocas coincidencias con el discurso imperialista de los nacionalistas”. Los exiliados reivindicaron la autenticidad de la España verdadera: “Allí quedó el cuerpo físico de España; no trajimos su alma, su espíritu”, escribió Paulino Masip en 1939 en el barco que le llevaba a México. Cada una de las dos Españas tachó a la otra de usurpadora y se otorgó la auténtica españolidad. Si bien los intelectuales exiliados acuñaron una nueva visión de las relaciones entre España y América y su nacionalismo chocó con el mito imperialista de la Hispanidad franquista; si bien estos dos nacionalismos son de signo opuesto, siguen siendo nacionalismos: nostalgias.

El vínculo entre exilio y nacionalismo se esclarece con el concepto de raíces que subyace en la idea de destierro. El exilio es la extirpación de la tierra madre, patria (tierra del padre) o nación (donde se nace). Pero se puede entender como un ensanchamiento de perspectiva, si se concibe como una desterritorialización: un salto afuera de las coordenadas habituales, que obliga al exiliado a liberarse de las certezas adquiridas. El exiliado está condenado, para emplear una metáfora orteguiana, a sentirse como el naúfrago inmerso en el mar de dudas que es la vida. “El espíritu conquista su verdad a la única condición de encontrarse a sí mismo en el absoluto desgarramiento”, escribió Teodoro Adorno en una fórmula de su Minima moralia (Akal, 2004), que recuerda la metafísica del exilio de María Zambrano. “Para quien no tiene patria, ocurre a veces que la escritura viene a ser el lugar que habita”, añadió Adorno.

La desterritorialización es un camino de donde todo retorno es imposible, y cuya destinación es desconocida. El exilio puede revelarse como línea de fuga, la línea que hace salir del cuadro, que permite escapar del tronco rígido de la cultura matricial. No hay vuelta atrás: la antigua patria es demasiado chica. Cruzando fronteras, el exiliado se libera de ataduras y adscripciones, y a veces de estrechos nacionalismos. Fue lo que experimentaron, pasado el tiempo, numerosos exiliados españoles. Ayala advirtió al volver a la España democrática que la Guerra Civil había marcado el final de los nacionalismos intelectuales. Porque el humanismo no tiene patria: consiste en defender la cultura, siempre, contra la barbarie.

Eve Giustiniani  es Doctora en Estudios Hispánicos de la Universidad de Aix-en-Provence.

Ilustración de Javier Olivares