
Félix Población
Periodista y escritor
Ilustración de Mikel Casal
Con motivo de la entrega del archivo fotográfico del brigadista polaco Emilio Rosenstein al Centro Documental de la Memoria Histórica, resulta oportuno revisar el papel protagonizado por el contingente de voluntarios internacionalistas de esa nacionalidad en la guerra de España. Rosenstein, que se alistó con el seudónimo de Emilio Vedin para evitar que su familia judía sufriera en Varsovia posibles represalias –cumplidas luego fatalmente con la ocupación nazi–, fue capitán médico del batallón Dombrowski de la XI Brigada, adscrito luego a la XII, y también un entusiasta lector del Quijote, como algunos otros de sus compañeros.
Buena parte de los luchadores polacos que viajaron a España se incorporaron al conflicto desde los países en que residían como trabajadores emigrantes. Los que vivían en Polonia debieron viajar antes a Checoslovaquia como turistas, pues desde su patria les estaba prohibido ingresar en las brigadas, algo que sí era factible desde el país vecino por el apoyo de su Gobierno a la República española. También merece ser consignado que el número de polacos reclutados rondó los 5.000, según Piotr Sawicki, historiador de la Universidad de Wroclaw, cifra sólo rebasada por la de los voluntarios franceses y similar a la de los contingentes italiano y austro-germano.
Entre las fotografías realizadas por Rosenstein durante la contienda y que su hija Yvonne ha tenido la amabilidad de mostrarme para documentar este artículo, hay bastantes en las que aparecen los combatientes del batallón Dombrowski. Este batallón fue uno de los primeros en participar junto a su brigada en la defensa de Madrid y estaba compuesto por ciudadanos polacos y húngaros, con mayoría de los primeros. Las imágenes, por lo tanto, captan escenarios propios del frente madrileño, ya sea en las horas de recreo o de refriega, bien con los soldados en formación, sobre las trincheras o bañándose desnudos en los ríos. Las hay que ofrecen también perspectivas de la vida en el interior de la capital, así como detalles de las intervenciones quirúrgicas realizadas por Rosenstein y sus colegas.
Una novela del escritor Stanislaw Ryszard Dobrowolski, cuyo título original en castellano es Esperanza, se basa en los avatares de un brigadista polaco en la guerra de España, al que implica en una aventura quijotesca, término que, en principio, cuando los internacionalistas de ese país lo escucharon por primera vez en un acto oficial que ensalzaba su participación, no les resultó agradable. Sin embargo, a pesar de ser donkiszotowski una expresión asociada a empresa tan vana y poco razonable como la de pelear contra molinos de viento, muchos de aquellos voluntarios acabarían por emplearlo en sus memorias en el sentido que Miguel de Unamuno dio a tal personaje, empeñado en luchar por la libertad frente a la opresión y consciente de que una derrota no era motivo para acallar su fe en la victoria final, habida cuenta lo justo de la causa. Precisamente, una de las fotografías de Rosenstein es la del monumento a Don Quijote en la Plaza de España de Madrid, sobre el que se perfila la silueta de dos brigadistas.
En consonancia acaso con ese ánimo quijotesco y la combatividad y hasta la temeridad de estos combatientes, reconocida por la historiografía, fue muy alto el número de bajas mortales entre los polacos. Sawicki lo cifra en 3.200, frente a las entre 13 y 15.000 registradas en el global de los 35.000 brigadistas en lucha. Hace constar asimismo que los voluntarios polacos (880) fueron de los últimos en retirarse de los frentes, con los austrogermanos. Eso ocurrió a finales del mes de enero de 1939, pero ninguno de ellos pudo regresar a su país, pues la legislación vigente en Polonia penalizaba con la privación de ciudadanía su participación en un conflicto armado junto a un Ejército extranjero. Recluidos en los campos de concentración franceses con los exiliados españoles, iniciaron una larga diáspora a través del norte de África y Oriente Próximo hasta llegar a la Unión Soviética. Desde aquí fueron trasladados a su país para formar parte del Partido Obrero Polaco. Algunos obtuvieron altas graduaciones militares en la nueva República Popular de Polonia, pero otros padecieron las purgas internas, pese a no ser ese país el que más sufrió las depuraciones estalinistas. Un conocido filme de Andrzej Wajda, El hombre de mármol, refleja certeramente alguna de esas penalidades, que no acabaron ahí, pues con Lech Walesa se les privó de su pensión militar –alegando que no habían combatido por Polonia sino por la Internacional Comunista–, algo que luego intentó también el Gobierno conservador del fallecido Lech Kaczinsky.
Más de 3.000 de esos luchadores murieron por defender la II República española del nazi-fascismo que arrasaría después su propio país. Se les llamó “voluntarios de la libertad” y también podrían ser calificados de quijotes, según la acepción de quienes “anteponen sus ideales a su conveniencia y obran desinteresada y comprometidamente en defensa de causas que consideran justa, sin conseguirlo”. Creyeron al pie de la letra en las elocuentes palabras que Cervantes puso en la voz de Alonso Quijano, con cuyo altruista protagonismo literario se identificaron hasta el último aliento: “La libertad es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierran la tierra y el mar: por la libertad, así como por la honra, se puede y debe aventurar la vida”.
Félix Población
Periodista y escritor
Ilustración de Enric Jardí
El Valle de los Caídos es una basílica levantada bajo mandato de Francisco Franco en la que están enterradas más de 30.000 víctimas de la Guerra de España, propiciada por la rebelión del general felón. De esa cifra, más de 12.000 caídos no han podido ser identificados. El desprecio a sus nombres es una consecuencia del desprecio que merecieron sus vidas, segadas por el franquismo al pie de las tapias de los cementerios y las cunetas por haber defendido la legalidad republicana. Como culminación de tal desprecio, los restos de esas víctimas fueron trasladados alevosa y clandestinamente hasta Cuelgamuros entre 1959 y 1983 (hasta 1968, sobre todo), sin que sus familiares tuvieran constancia de tal hecho. ¿Qué democracia se estaba construyendo en este país en los años ochenta si todavía se verificaban entonces esos traslados?
En la vistosa y umbría Sierra de Francia salmantina hay una localidad que se llama Aldeanueva, de la que era natural Valerico Canales Jorge, un modesto segador que se dedicaba a las faenas campesinas durante los veranos y trabajaba en el ferrocarril en el periodo invernal y durante la primavera. Su hijo Fausto cuenta que una camioneta de falangistas se lo llevó de la puerta de su casa el 20 de agosto de 1936, a la hora de la siesta. Fusilado en una cuneta, junto a otros jornaleros de su pueblo, sus restos y los de sus compañeros fueron trasladados en marzo de 1959 al Valle de los Caídos.
Fausto Canales puso en marcha la agrupación que reclama la exhumación de los restos de aquellos republicanos enterrados en Cuelgamuros. No está dispuesto a renunciar a ese derecho, a pesar del informe dado a conocer por la comisión de expertos, que considera imposible la devolución de esos restos a los familiares de las víctimas alegando su carácter anónimo y mal estado de conservación. La resolución adoptada por la comisión estipula, en cambio, que sea creado en el Valle de los Caídos un lugar de la memoria que rinda homenaje a todas las víctimas de la Guerra
Civil. También figura entre las propuestas la de crear un centro de interpretación que dé cuenta de ese periodo histórico, sin que se sepa qué tipo de interpretación será la que se ofrezca a los visitantes, aunque muy posiblemente primaría la de la tibia y neutral equidistancia.
Para que eso sea posible, con todo, habrá de salvarse un escollo que desde ahora mismo se me antoja más que problemático y que el Partido Socialista Obrero Español, después de casi ocho años en el Gobierno y con toda su Ley de Memoria Histórica (por la que se reconocen y amplían derechos y se establecen medidas a favor de quienes padecieron persecución o violencia durante la Guerra Civil y la dictadura), ha dejado a expensas de lo que decida el Gobierno del Partido Popular: que los restos de Franco sean desalojados de Cuelgamuros, algo para lo que será fundamental, además, la determinación que tome la Iglesia, dada la inviolabilidad que tiene la basílica por su régimen jurídico. Esto es, que el sepulcro del dictador se quedará en donde está, sin que la muerte separe a Franco de la institución que bendijo su cruzada.
Que Virgilio Zapatero, uno de los presidentes de esa comisión de expertos, haya solicitado a la Iglesia su “colaboración” para “democratizar” ese espacio me parece una demanda tan peregrina como la del ministro Ramón Jáuregui de encomendar al Gobierno de Mariano Rajoy lo que no ha hecho el Ejecutivo de Rodríguez Zapatero. Si el franquismo pervive en muchos votantes y dirigentes del PP que repudian toda reivindicación relacionada con la memoria histórica, cómo va la Iglesia a despachar del suelo de su basílica los restos de quien mereció por parte de esa institución el título de caudillo por la gracia de Dios, sin haber sido capaz –en estos más de 30 años de democracia– de arrepentirse de su colaboración con la maquinaria legal represiva de la dictadura, que convirtió a los curas –según el historiador Julián Casanova– en investigadores del pasado ideológico y político de los ciudadanos. “Con sus informes –afirma Casanova–, aprobaron el exterminio legal organizado por los vencedores en la posguerra y se involucraron hasta la médula en la red de sentimientos de venganza, envidias, odios y enemistades que envolvían la vida cotidiana de la sociedad española”.
Víctima de esos sentimientos cainitas, Valerico Canales fue fusilado una tarde de verano en los alrededores de su pueblo. Quienes acabaron con su vida, vilipendiaron también su muerte y lo inhumaron, como a otros miles de republicanos, en la basílica de Cuelgamuros, levantada con el trabajo en régimen de semiesclavitud de presos antifranquistas, bajo una gran cruz de la fraternidad cristiana que da honores al mausoleo de su verdugo, el único dictador de Europa con esos atributos.
El actual pontífice Benedicto XVI, siendo cardenal prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, tuvo mucho empeño en visitar el Valle de los Caídos en 1989, según confesión de quien es hoy abad de la basílica, Anselmo Álvarez. Lejos de cualquier reflexión similar a la que Benedicto XVI hizo en su visita al campo de concentración de Auschwitz, Ratzinger quedó muy impresionado por la grandeza del recinto, que Álvarez tuvo la ocurrencia de comparar con el valle de Josafat, y oró y se persignó ante la tumba del exjefe del Estado Francisco Franco –cuenta Fernando Olmeda en su libro sobre el Valle–, tal como la Iglesia hizo en pro de la vida del dictador a lo largo de sus muchos años de cruel represión contra los vencidos.

Félix Población
Periodista y escritor
Ilustración de Iker Ayestaran
Los que siguen son los puntos del manifiesto redactado en el año 2000 por el Patronato del Toro de la Vega, de la localidad de Tordesillas
(Valladolid):
1. Es ritual ancestral mediante el cual se expresa el modo de ser de un Pueblo.
2. Es fuente de la que torneantes, lanceros y gentes de nuestra Tierra obtenemos grandes bienes inmateriales a cambio de sufrir grandes trabajos y peligros.
3. Es vía de unión entre las generaciones al permitir disponer de la misma experiencia vital mediante la práctica de un ritual común.
4. Es ocasión anual para reunir a las gentes de la Tierra, facilitando el conocimiento entre ellas y conformar y practicar los usos y costumbres de nuestro Pueblo.
5. Es acto donde forzosamente deben ejercerse nuestras virtudes tradicionales tales como la solidaridad, la ayuda a quien está en peligro, la mesura, la constancia, la imperturbabilidad, la decisión en medio del peligro, la buena crianza y otras muchas tocantes a nuestro concepto de hidalguía, lo que mejora grandemente a quienes tornean.
6. Es libro donde se resume y enseña nuestro modo de estar ante lo trascendente.
7. Es patrimonio común y bien público de los castellanos, correspondiendo su guarda, ortodoxia, organización y celebración al Concejo de la Villa de Tordesillas, quien debe disponer los recursos materiales e intelectivos necesarios para cumplir tan grave encargo a satisfacción de todos los torneantes.
En estas siete máximas, el Patronato del Toro de la Vega fundamenta la razón de su existencia, así como la celebración, año tras año, de la persecución y tortura de un animal acosado por la muchedumbre, al que mozos a pie y a caballo alancean con palos, cuchillos, puyas y estoques hasta la muerte. A eso se sumaba –hasta hace unos años– un estrambote final consistente en el corte de los testículos de la víctima. Ignoro si la eliminación de esta última salvajada se debió a su carácter póstumo –que nada añade al sufrimiento del toro durante el resto del evento– o a la ridiculez de enfatizar como vitola cojonuda de alcanforado machismo la superioridad del hombre sobre la bestia en tan desproporcionada lidia.
De unos años a esta parte, también se desplazan hasta Tordesillas, con objeto de denunciar lo que allí ocurre, algunos colectivos de los que se oponen a este tipo de tradiciones en las que se corren y/o maltratan toros, lances en los que han fallecido hasta ahora –en lo que va de año– siete personas y casi 50 a lo largo de los dos últimos lustros.
Con ocasión de la celebración del Toro de La Vega en 2009, este mismo periódico informó de las dificultades que tuvo la asociación Igualdad Animal para poder filmar –a costa de poner en riesgo la integridad física de quienes lo hicieron– el estrés, agonía y muerte a los que se somete al toro, pues quienes participan jubilosamente en esa tortura deben considerar, en su fuero interno, que tales imágenes no muestran precisamente los valores de los que alardean, sino la verdad cruda y dura de la barbarie. Vídeos así para nada “resumen y enseñan un modo de estar ante lo trascendente”, según reza la propaganda falsaria del manifiesto, pues evidencian sólo la entidad cruel y sangrante del espectáculo.
El toro a correr y torturar hoy se llama Afligido: pelo negro-mulato, bragado, 608 kilos de peso, nacido en diciembre de 2006, con señal de hoja de higuera en la oreja derecha y rasgada en la izquierda, y divisa verde y plata. Espero y deseo que las últimas horas de su vida, perseguido, azuzado, malherido y finalmente ejecutado por sus torturadores, puedan llegar con toda nitidez al mundo civilizado, pues la libertad de expresión e información consagra ese derecho, que debería estar garantizado en cualquier rincón de España y ante cualquier hecho noticioso. Sería vergonzoso y deplorable que, como ocurriera hace dos años, ciertos grupúsculos afines con la promoción y mantenimiento de esa fiesta bestial pretendiesen vulnerarlo otra vez, conscientes del peligro de extinción que corre su tradición ante una información gráfica que nos la muestra con todo el brutal ensañamiento que la identifica. Esta nunca puede ser “la expresión del modo de ser de un pueblo”, a menos que se trate de un pueblo bárbaro y cruel.
Ojalá algún día el Concejo de la Villa de Tordesillas, a la vera del Duero de los romances, destine los recursos materiales e intelectivos de sus ciudadanos –sobre todo, los intelectivos, que falta hacen– a divertimentos mucho más provechosos y en armonía con un ocio más civilizado. Se habría acabado entonces –como pudimos apreciar en un reportaje ofrecido hace un año por una cadena de televisión– con el miedo confesado por un ciudadano de la localidad vallisoletana, contrario a la celebración del Toro Alanceado de la Vega, que ocultó su rostro a las cámaras por temor a las posibles represalias de sus defensores.
Como las imágenes del evento que algunos pretenden ocultar a la opinión pública, ese temor de quienes no pueden exponer libremente su opinión evidencia el grado de intolerancia y falta de civismo que se da entre sectores proclives a defender el festejo, demostrando así que la hidalguía, mesura y solidaridad con que lo publicitan es una necedad comparable con la de quienes argumentan que el toro no sufre cuando se hace del brío de su estampa y pujante vitalidad un sangriento espectáculo de tortura y muerte, ya sea coreado por berridos racionales o por alegres pasodobles.

Félix Población
Periodista y escritor
Ilustración por Federico Yankelevich
Hasta pocos días antes de su muerte, hace unas fechas, Adolfo Sánchez Vázquez (Algeciras, 1915 – México, 2011), filósofo marxista, escritor y poeta, mantuvo viva su actividad intelectual en México, en cuya Universidad Nacional Autónoma desarrolló una prestigiosa labor como catedrático de la Facultad de Filosofía y Letras. Todavía el pasado mes de junio le dictaba a su hija Aurora, cuando ya se había quedado ciego, un último libro en el que hace memoria de su larga y fructífera existencia, de la que ya teníamos alguna noticia a través de otras obras suyas.
Considerado como el autor más influyente en el pensamiento de la izquierda latinoamericana –según Andrés Martínez Lorca–, aportó un marxismo crítico y antidogmático, basado en el concepto de praxis “entendida como actividad objetiva y subjetiva, teórica y práctica, por la cual el hombre transforma la naturaleza y se transforma a sí mismo”. En esa línea de pensamiento, Sánchez Vázquez se enfrentó con las contradicciones del llamado socialismo real, que le llevaron a una abierta ruptura con el mismo a raíz de la invasión de Checoslovaquia por parte de las tropas del Pacto de Varsovia. Comunista desde su juventud, ya en 1957 se había enfrentado, junto con la organización de México, a los métodos autoritarios y antidemocráticos que, en su criterio, inspiraban al comité central del PCE.
Pero no es de la profusa y valiosa obra filosófica y ensayística de Sánchez Vázquez de lo que me interesa hablar aquí, sino del viajero y el poeta que un 25 de mayo de 1939, junto a más de 1.600 compatriotas, embarcó en el puerto francés de Sète a bordo del Sinaia y dejó constancia literaria de esa primera expedición de españoles exiliados rumbo a México, gracias al generoso ofrecimiento del presidente de aquel país, Lázaro Cárdenas. Acompañaron a Sánchez Vázquez en ese viaje sus amigos los poetas Juan Rejano y Pedro Garfias, que junto a otros escritores e intelectuales mantuvieron día a día, a lo largo de la travesía, la publicación de un periódico diario con el que lograron hacer frente a las dramáticas y tristes circunstancias que presentaba aquella singladura.
Gracias a las múltiples actividades culturales de todo tipo desarrolladas en el barco a lo largo de 18 días, cuenta el escritor que se logró hacer del Sinaia una comunidad bien avenida, por encima de facciones y exclusivismos ideológicos y políticos, de tan nefastas consecuencias durante la Guerra Civil. Para eso era imprescindible, tal como apunta el escritor, no sentirse una comunidad de vencidos o derrotados. Había que sentirse moralmente fuertes y, sobre todo, superiores a sus vencedores en el campo de batalla. Se precisaba, por lo tanto, “elevar el tono de nuestra vida a bordo, como el de nuestra vida en tierra firme, puesto que estamos sirviendo de espectáculo. Estamos representando a España”. No se iba a México a hacer las Américas, sino a trabajar en un país al que llegaban desterrados y debían vincularse con su pueblo, con la esperanza de reconquistar la tierra perdida, y con ella la libertad y la democracia. “México ha de ser la demostración, en el frente de trabajo, de cuanto supimos mantener con honor en los frentes de combate”, se decía en uno de los números del periodiquillo.
De entre los recuerdos más vivos de ese viaje, Adolfo Sánchez Vázquez destaca dos: el día en que desde la cubierta avistaron por última vez las costas de España, al paso por el estrecho de Gibraltar, y el octogenario escritor Antonio Zozaya pronunció unas emotivas palabras de despedida, y la mañana en que Juan Rejano, compañero de camarote en la bodega del buque, le recitó su conocido poema: “Como en otro tiempo por la mar salada / te va un río español de sangre roja /, de generosa sangre desbordada. / Pero eres tú, esta vez, quien nos conquistas / y para siempre, ¡oh vieja y nueva España!”.
El Sinaia llegó al puerto de Veracruz el 13 de junio y fue recibido de modo entusiasta por más de 20.000 obreros y altos representantes del Gobierno y el pueblo mexicanos. Ese puerto sería llamado después Puerto de la Libertad, pues hasta 1942 arribarían a sus muelles un total de 30.000 españoles sin patria. Puede que Sánchez Vázquez fuera el último poeta sobreviviente de esa primera travesía, en la que quizá alumbró dos sonetos clave para identificar el doble sentimiento de nostalgia y dolor que respiraron las víctimas de aquella diáspora. “El alma la modela el sentimiento / y se exaltan las viejas primaveras”, dice el poeta en el primero. “¿En qué región del aire, en qué mares / –¡oh latitud humana del tormento! / tuvo el crimen tan claro yacimiento / y la muerte más vivos hontanares?”, se pregunta en el segundo.
A la espera de ese último libro de Adolfo Sánchez Vázquez, en cuya publicación trabajará ahora Aurora Sánchez Rebolledo, transcribo otro de los sonetos de su padre, en el que se asienta la razón de la memoria que habrá inspirado esa obra póstuma y que de modo tan directo implica a nuestro país en la necesidad y obligación de rescatar su memoria histórica: “Si para hallar la paz en esta guerra, / he de enterrarlo todo en el olvido, / y arrancarme de cuajo mi sentido / y extirpar la raíz a que se aferra; / si para ver la luz de aquella tierra / y recobrar de pronto lo perdido, / he de olvidar el odio y lo sufrido / y cambiar la verdad por lo que yerra, / prefiero que el recuerdo me alimente, / conservar el sentido con paciencia / y no dar lo que busco por hallado, / que el pasado no pasa enteramente / y el que olvida su paso, su presencia, / desterrado no está, sino enterrado”.

FÉLIX POBLACIÓN
El nuevo Diccionario Biográfico Español de la Real Academia de la Historia, presentado recientemente en Madrid, registra entre sus entradas más polémicas la que se refiere a los maquis como terroristas y bandoleros, tal como la dictadura franquista conceptuó a los guerrilleros republicanos que lucharon contra el franquismo en la posguerra y que fueron perseguidos y exterminados por el viejo régimen. Tal interpretación supone, a estas alturas, según manifestó el historiador José Luis Ledesma a este periódico, un paso atrás en la historiografía, pues la resistencia que se dio en nuestro país fue la misma que hubo en Francia contra la invasión nazi, en opinión de Fernando Hernández, profesor de la Universidad Autónoma de Madrid, y a nadie se le ocurre allí emplear contra esos luchadores ese tipo de calificativos.
En el cementerio de Carabanchel de Madrid hay un columbario que lleva el nombre de Cristino García Granda, cuyas cenizas reposan junto a las de otros dos compañeros de lucha. Los tres, guerrilleros antifranquistas, fueron fusilados por la dictadura en 1946. Unos meses más tarde, por orden del general Olleris, jefe de la IX región militar de Francia, el citado fue distinguido a título póstumo con la Cruz de Guerra con estrella de plata. El texto que ilustra los méritos del homenajeado es así de elocuente: “Cristino García, teniente coronel, resistente de los primeros, dotado de un alto espíritu de organización y combate. Ha tenido bajo su mando las brigadas españolas de los departamentos de Lozère, Ardêche y Gard. Organizador del asalto a la prisión de Nimes, liberó a los detenidos políticos. Bajo sus órdenes se libró el combate al enemigo en La Madeleine y El Escrimet, haciendo en estas operaciones –dirigidas por un jefe excepcional y pese a la desproporción de fuerzas y material– 1.300 prisioneros alemanes, con un total de 600 bajas entre muertos y heridos”.
Presidida por dos ministros, la entrega de la Cruz de Guerra a los compañeros de García Granda se celebró el 25 de marzo de 1947 en el velódromo de invierno de París con la asistencia de 25.000 personas. En esa ciudad y en varios municipios más de Francia, calles, plazas y hasta algún liceo llevan el nombre del combatiente. La enciclopedia ilustrada que se estudia en los colegios y donde figuran todas las glorias militares de Francia, desde Vercigetorix al general Leclerc, pasando por Napoleón y los mariscales
Foch o Joseph Joffre, dedica un libro biográfico a Cristino García Granda. Canciones y poemas de autores franceses recuerdan al luchador, a quien también dedicaron versos Rafael Alberti y Jorge Semprún.
El guerrillero fue detenido en la Plaza Mayor de Madrid el 18 de octubre de 1945, unos meses después de haber cruzado la frontera con 11 compañeros y tras realizar en la capital de España varios atracos. En el consejo de guerra celebrado el 22 de enero de 1946 se definió como patriota antifranquista: “Sé bien lo que me espera
–dijo– pero declaro con orgullo que cien vidas que tuviera las pondría al servicio de la causa de mi pueblo y de mi patria”. También fue muy explícito ante los calificativos que entonces le dirigió el fiscal y ahora repite la Real Academia de la Historia: “El fiscal nos llama bandoleros. No lo somos. Los bandoleros son quienes nos acusan, quienes martirizan y matan de hambre al pueblo. Nosotros somos la vanguardia de la lucha del pueblo por la libertad. Este juicio es una farsa en la que se nos acusa de delitos que no hemos cometido. Pero tenéis prisa por
deshaceros de nosotros. No queréis que el mundo vea nuestros cuerpos martirizados. Queréis ensuciar con este juicio el glorioso movimiento guerrillero”.
La ejecución de García Granda el 21 de febrero de 1946, junto a nueve de sus camaradas de lucha, fue condenada en Francia con ostensibles manifestaciones de indignación y protesta. La más llamativa fue la declaración suscrita por unanimidad por la Asamblea Nacional Constituyente, donde se afirma que los guerrilleros fueron fusilados por el odio a la libertad que habían defendido en Francia, y se invita al Gobierno a romper con el régimen de Franco: “La Asamblea traduce la protesta de la conciencia francesa ante esta nueva aplicación de métodos de represión condenados por el mundo civilizado”.
Cristino García Granda nació en el concejo asturiano de Gozón en 1913. Tanto para él como para José Antonio Alonso Alcalde (el comandante Robert), otro destacado guerrillero antifranquista, viene reclamando la Federación Asturiana Memoria y República la concesión del título de Hijo Adoptivo de Asturias y la Medalla de Oro de la región, según solicitudes cursadas ante la Junta General del Principado y el Gobierno de Asturias. El único homenaje rendido por el Gobierno socialista español a quien es considerado héroe nacional en Francia por su lucha contra el nazi-fascismo, fue la inauguración por el ministro Jesús Caldera, en 2005, de un centro social para emigrantes en la localidad Saint Denis.
Se podría pensar, por la composición del más que probable gobierno regional entrante en Asturias con Álvarez Cascos a la cabeza, que esa demanda va a tener ahora menos posibilidades de éxito que las que tuvo con el Ejecutivo anterior de Álvarez Areces. Lo que parece claro es que tal indiferencia o desconsideración hacia la memoria democrática contrastan con el interés que campea entre quienes, pagados por el Estado, se empecinan en revivir la memoria franquista con calificativos denostadores contra quienes lucharon por la libertad. Honneur à Cristino García, chef de maquis.
Félix Población es periodista y escritor
Ilustración de Patrick Thomas
FÉLIX POBLACIÓN
El Gobierno de España va a solicitar a la Unesco que el archivo de la represión franquista, ubicado en el Centro Documental de la Memoria Histórica de Salamanca, sea declarado Memoria de la Humanidad. Conformarían esa memoria los tres millones y medio de fichas policiales que, una vez concluida la Guerra Civil, contribuyeron a generar la dura y masiva represión que caracterizó a la dictadura. Si se tiene en cuenta que la población de nuestro país apenas superaba entonces los 26 millones de habitantes, la magnitud proporcional de ese archivo es ciertamente considerable.
La puesta en marcha de tan exhaustiva, intensa y profusa tarea represora partió de la creación en 1938 de la Delegación del Estado para la Recuperación de Documentos por parte del bando rebelde. Su objeto fue apropiarse de la incautación de todo tipo de material documental, verificada por el ejército franquista a medida que avanzaba militarmente y dominaba aquellos territorios conquistados a la República. En su mayor parte pertenecía a instituciones, asociaciones y demás entidades comprometidas con la defensa del régimen legal y democráticamente constituido. Posteriormente (1944), ese órgano administrativo pasó a llamarse Delegación Nacional de Servicios Documentales, dependiente de la Presidencia del Gobierno, encargada de elaborar esos tres millones y medio de fichas en los que constaban los antecedentes políticos de quienes iban a comparecer en los Tribunales de Responsabilidades Políticas, los Tribunales de Depuración de Funcionarios y el Tribunal Especial para la Represión de la Masonería y el Comunismo.
En ese fichero se encuentran todos aquellos ciudadanos que, con anterioridad al golpe de Estado de 1936 o durante el desarrollo del conflicto armado, estaban afiliados a sindicatos obreros, partidos de izquierda, logias masónicas, asociaciones laicas, ateneos libertarios, casas del pueblo y demás entidades consideradas delictivas a partir de la imposición del régimen franquista. Bastaba una carta, un carné, una fotografía de grupo, una colaboración en un periódico, o hasta la posesión de un boleto en una rifa significada por su carácter ideológico, para ingresar en ese fichero. También se especifica en cada tarjeta el desempeño militar ejercido durante la Guerra Civil.
Tan escrupulosa y concienzuda labor represora contó con el asesoramiento de la Gestapo y las SS, según un acuerdo suscrito en julio de 1938 por el general Martínez Anido y Himmler, algo en lo que Franco estaba muy interesado desde el año anterior. Su objetivo era crear una policía política similar a la impuesta por el nazismo en Alemania, calificada por los Tribunales de Núremberg como “la más perversa y cruel de las conocidas en el siglo XX”. Según cuenta Ros Agudo en su libro La guerra secreta de Franco, Himmler visitó España en 1940 y el Estado franquista reconoció su colaboración con la concesión de la Gran Cruz Imperial del Yugo y las Flechas.
La vida de más de tres millones de españoles y sus respectivas familias quedó marcada en la larga posguerra por la existencia de esas fichas, cuya existencia y significación ignoraron muchos de los afectados. Para no pocos, esa documentación comportó la muerte ante los pelotones de fusilamiento, epílogo funesto que siguió a la resentida y cruel paz proclamada por los vencedores, mientras que para una gran mayoría supuso años de cárcel, destierro e inhabilitación profesional. Bien está, por lo tanto, que un material que tantísimo sufrimiento amordazado gestó en los hogares de los vencidos ocupe por fin el lugar que merece en la Memoria de la Humanidad, pues sólo la memoria de quienes se opusieron a la privación de la democracia y la libertad debe ser reconocida como honroso patrimonio del ser humano.
Sucede, sin embargo, que la declaración del archivo de la represión franquista como Memoria de la Humanidad tendría que soportar una insólita paradoja por su lugar de emplazamiento. Ciertamente, Salamanca y su Centro Documental de la Memoria Histórica son la ciudad y entidad más idóneas para que dicho archivo esté localizado y sea motivo de recordación y difusión. Pero la capital del Tormes es hasta el día de hoy una de las pocas en España que dispensa a Francisco Franco el título de alcalde de honor y medalla de oro de la ciudad, gracias a la resistencia del Partido Popular que la gobierna y que por cuatro veces se opuso con su voto a la propuesta del Partido Socialista para que se le retirara al dictador tal título y concesión, según se acaba de hacer en Ávila con la abstención del PP. Asimismo, la efigie de Franco tallada en piedra figura entre los medallones de reyes y otras figuras eminentes de la historia que caracterizan las arcadas de la Plaza Mayor, sin que el alcalde de la ciudad parezca dispuesto a cumplir con lo estipulado en la Ley de Memoria Histórica, aprobada en 2007. (Cada 20-N, el medallón es preservado con un plástico a modo de envase al vacío, para evitar los potenciales botes de pintura/protesta que pueda originar su permanencia).
Estamos, por lo tanto, ante la inconcebible y esperpéntica paradoja de que el archivo de la represión, sito en una ciudad que es Patrimonio de la Humanidad, pueda ser declarado Memoria de la Humanidad por la Unesco y que el Ayuntamiento del Partido Popular de Salamanca siga dispensando honras al represor, artífice máximo de ese archivo con la colaboración de las agencias de represión “más perversas y crueles del siglo XX”.
Félix Población es Escritor y periodista
Ilustración de Mikel Casal
FÉLIX POBLACIÓN
La ermita de la localidad de El Mazucu, en el concejo de Llanes (Asturias), tiene por campana la ojiva de una bomba lanzada por la Legión Cóndor durante la Guerra Civil. No hace mucho, en las estribaciones del monte que lleva el nombre del mismo pueblo, se encontraron restos de obuses de la batalla que tuvo lugar en la Sierra del Cuera y sobre la que historiadores tan renombrados como Gabriel Jackson pasaron por alto, sin significar la muy combativa entidad de la lucha librada en esos escarpados parajes. La llamada Batalla del Oriente de Asturias, que terminó con la caída de Gijón el 21 de octubre de 1937, se resolvió a favor del ejército faccioso gracias a la derrota de la milicia republicana en esa sierra entre el 5 y el 15 de septiembre de ese año.
Según explican Luis Aurelio G. Prieto e Ignacio Quintana en un documentado estudio que analiza esa batalla, el Consejo Soberano de Asturias y León decidió
reorganizar, tras la caída de Santander en manos de Franco, una línea defensiva apoyada en los Picos de Europa y en su primer escalón litoral, la Sierra del Cuera. Se juntaron allí 5.000 milicianos pertenecientes a las tropas cántabras, batallones vascos no nacionalistas y batallones asturianos. Enfrente, 33.000 soldados componían las Brigadas Navarras, tropas de élite del bando sublevado, apoyadas por la Legión Condor nazi y el crucero Almirante Cervera, que desde el mar no dejó de cañonear las posiciones republicanas.
La lucha fue de una dureza extraordinaria, de la que dan constancia los relatos que todavía hoy cuentan los lugareños, algunos de ellos marcados en su niñez por la memoria de aquel trágico episodio. El olor a metralla, a fronda y a carne quemada sustituyó el fresco y dulce aroma de la hierba al término del verano. De las cumbres bajaban todos los días camiones llenos de cadáveres. Escribe en sus Memorias Adolf Galland, uno de los jefes de las escuadrillas de la aviación alemana, que en la Sierra del Cuera se ensayó un nuevo sistema de ataque aéreo conocido por la noria y que sus mecánicos inventaron una especie de bomba de napalm rudimentaria. Racimos de bombas incendiarias y ametrallamientos a baja altura se cebaron en el enemigo.
El olvidado y magnífico escritor y periodista asturiano Juan Antonio Cabezas, autor de un libro sobre la Guerra Civil en Asturias, comparó la heroica resistencia ofrecida por la milicia republicana con la Batalla de las Termópilas, pues como en la Grecia del año 480 antes de Cristo frente el acoso del ejército persa de Jerjes I, la defensa de la Sierra del Cuera era determinante para frenar el avance del ejército fascista. No lo consiguió Leónidas, el líder espartano, ni tampoco Higinio Carrocera, el dirigente anarquista que, al frente de las tropas republicanas, pretendió una defensa imposible de la que sólo sobrevivieron 1.500 hombres.
El 15 de septiembre, Carrocera emprende la retirada desde el Alto de la Tornería y El Mazucu para resistir hasta el 22 en Peñas Blancas, donde todo acaba con una encarnizada lucha cuerpo a cuerpo, un mes antes de la definitiva caída del frente norte con la llegada a Gijón del ejército sublevado. Los mandos de ese ejército le ofrecieron a Higinio Carroceda sustituir su fusilamiento por su integración en las tropas franquistas, pero no quiso: “Muero con la mayor tranquilidad que en estos momentos se puede tener –cuentan que dejó escrito en una carta a una tía suya–, puesto que la conciencia de nada me acusa, no teniendo más pesar que el estado en que quedan mi madre y hermanas”.
Todavía hoy, 73 años después, hay alguien que puede detallar en vivo aquella lucha. Se llama Felipe Matarranz Lobo y ha dejado escrito su pormenorizado testimonio como combatiente antifascista en el frente norte, desde Irún a la Batalla de la Sierra del Cuera. Matarranz no se conformó con una activísima campaña en la Guerra Civil que le costó una pena de muerte, sino que una vez terminada la contienda, y después de cumplir condena en varias cárceles, se incorporó a la resistencia antifranquista como enlace de la VI Brigada Guerrillera del Norte, también conocida como Brigada Machado, de cuya historia Matarranz dio cuenta en su libro ¡Camaradas, viva la República!, una minuciosa narración que suple la elementalidad de su escritura con el conocimiento personal de quienes integraron aquella lucha y el vívido relato de sus penalidades, que muchas veces acabaron con un espeluznante y trágico final, y en el caso de Lobo con más años de cárcel.
La salud y memoria de Felipe Matarranz Lobo, de 95 años, siguen siendo excelentes, quizá porque no deja de avistar y revistar con los ojos sus muchas vivencias, ancladas en las escarpadas y neblinosas montañas donde combatió al franquismo más allá de la derrota en la Guerra Civil, cuando se daba por “cautivo y desarmado al ejército rojo”. Sin embargo, allá arriba, en las faldas del Mazucu donde la República tuvo sus Termópilas, sigue erigido un monolito –insólito en Europa– en memoria de cuatro pilotos alemanes de la Legión Cóndor, la misma a la que Matarranz combatió y que sembró de muerte las ciudades de España. Por ley, y por delicadeza también hacia Felipe Matarranz, ¿no sería hora ya de que los ojos del anciano luchador, al levantar la mirada hacia el encumbrado territorio de su lucha por la libertad, no se toparan más con ese homenaje al fascismo, culpable de querer acabar con la de todo un continente?
Félix Población es escritor y periodista
Ilustración de Alberto Aragón
FÉLIX POBLACIÓN 
El pasado 20 de junio, los Amigos y Familias de la Brigada Abraham Lincoln, que combatió con los Voluntarios Internacionales en la Guerra de España contra el fascismo, adoptó como resolución promover y apoyar la solicitud de que una calle de Madrid –capital de la República defendida por los brigadistas internacionales en 1936– lleve el nombre de Oliver Law, personificando en él a todos sus compañeros, que lucharon por la democracia en España. De los casi 60.000 brigadistas de más de 50 países que participaron en la contienda, perdieron la vida algo más de 15.000. Oliver Law fue uno de ellos.
Fue el primer afroamericano en la historia de Estados Unidos en dirigir una fuerza militar blanca. Había nacido en el oeste de Texas en 1900 y muy joven ingresó en el ejército estadounidense, donde sirvió como soldado de infantería en la Primera Guerra Mundial. Tras abandonar las fuerzas armadas se trasladó a Bluffton, Indiana, para trabajar en una fábrica de cemento, y más tarde a Chicago, donde fue taxista y estibador. Se afilió al Partido Comunista en 1932 y poco antes de viajar a España había sido arrestado cuando lideraba una manifestación en contra de la invasión italiana de Etiopía.
Oliver Law fue uno de los primeros voluntarios de Estados Unidos en alistarse como combatiente en defensa de la República española. Su experiencia militar y sus cualidades de liderazgo le avalaron primero como jefe de sección en una compañía de ametralladoras. Cuando el batallón Lincoln fue reorganizado, después de la batalla del Jarama, Law fue ascendido a capitán, tras ser transferido el comandante Martin Hourihan al Estado Mayor del regimiento. Oliver Law sólo estuvo al mando del batallón Abraham Lincoln durante los primeros días de la ofensiva de Brunete. El 10 de julio de 1937, en la cuarta jornada de aquella campaña, resultó mortalmente herido mientras comandaba un asalto al llamado Cerro del Mosquito, área geográfica correspondiente al municipio madrileño de Villaviciosa de Odón. En la ladera de ese cerro que desciende hacia el río Guadarrama perdió la vida, junto a una decena de sus compañeros, el primer ciudadano estadounidense negro que alcanzó el grado de capitán en combate sobre tropas blancas.
Contaba hace unos años Harry Randall, camarógrafo y fotógrafo de la Brigada Abraham Lincoln
–integrada por 2.800 voluntarios norteamericanos–, que la Lincoln fue la primera unidad del ejército norteamericano compuesta por soldados de todas las razas. Jamás había ocurrido antes ni ocurriría después, en la II Guerra Mundial, donde las tropas de Estados Unidos seguían siendo segregacionistas. Es conocida la anécdota de un coronel estadounidense durante su visita a España en 1937, cuando a la vista del capitán Oliver Law le preguntó si no le daba vergüenza lucir un uniforme con galones, a lo que Law respondió: “En España los galones se obtienen por lo que merecemos, no por nuestro color”. En ese sentido se cita también la frase que dejó escrita el último de los afromericanos fallecidos de la Brigada Lincoln,
Jimmy Yates: “En España fue donde por primera vez, siendo negro, me sentí libre”.
Hace unos meses, el colectivo castellano Yesca, integrado por jóvenes antifascistas, promovió una campaña bajo el nombre de Placa-placa, cuyo objetivo era denunciar la presencia de la numerosa simbología franquista en las calles y plazas de diversas localidades del centro peninsular, entre las que no podía faltar Madrid. Estimaba el citado colectivo, dado que la permanencia de esos nombres y símbolos constituye una ofensa para todo aquel que aspire a una sociedad libre y democrática, que no era preciso esperar por más tiempo a que se aplicase la Ley de Memoria Histórica en vigor. Puesta en marcha su campaña entre el mes de octubre del año pasado y febrero del actual, el balance de su recolección arrojó un total de 216 símbolos franquistas retirados en los municipios de Madrid, Pozuelo, Fuenlabrada, Segovia, Toledo y Cuenca.
Que esto esté ocurriendo a las alturas de nuestro vigente periodo democrático y que hasta el momento ni una sola de las calles y plazas de Madrid lleve el nombre de uno de aquellos luchadores, componentes de las Brigadas Internacionales, que durante el otoño de 1936 contribuyeron decisivamente a que la capital de la República no fuera conquistada por el ejército franquista, denota hasta qué punto la Transición primero, y los sucesivos gobiernos socialistas después, han dejado sin la justa reparación y el oportuno y diligente homenaje debidos en vida a quienes se jugaron la vida viniendo a combatir desde sus respectivos países en defensa de la libertad.
El 23 de noviembre de 1936,
reunidos en Leganés los cabecillas golpistas con Franco, optaron por suspender el brutal ataque que había sufrido la capital, después de los cruentos combates de la Ciudad Universitaria. Si el general felón Mola hubo de desistir de tomar café en la Puerta del Sol, tal como se había propuesto a guisa de marcial baladronada, en buena medida se debió al activo concurso de las Brigadas Internacionales en la Batalla de Madrid. Las primeras unidades desfilaron por la ciudad cuando Franco pretendía abrirse paso a través de la Casa de Campo, sin poder franquear a la postre el Cerro Garabitas.
Hay una fecha anual desde 1987 dedicada a Oliver Law y a la Brigada Lincoln por el Ayuntamiento de Chicago. Tarde, pero a tiempo para la historia, el de Madrid debería también honrar el nombre de Law.
Félix Población es escritor y periodista.
Ilustración de José Luis Merino
FÉLIX POBLACIÓN
El pasado 10 de mayo falleció en Viena Ferdinand Hackl, uno de los 1.400 brigadistas austriacos que vinieron a España para defender a la República del fascismo. En cuanto supe la noticia a través de Gerhard Hoffmann, su amigo y compañero en aquella lucha, recordé las palabras que la vicepresidenta primera Fernández de la Vega pronunció en ese mismo país, unos días antes, con ocasión de su visita al campo de exterminio de Mauthaussen –65 años después de su liberación– para rendir homenaje a los 5.000 republicanos españoles que perdieron allí la vida. Dijo ante aquel escenario de barbarie: “Las víctimas del nazismo, del fascismo y del franquismo no han sido ni serán víctimas del olvido”.
Hijo de una familia obrera muy modesta, Hackl nació en Viena en 1918, año de la caída del viejo imperio austro-húngaro. A los 12 años empezó a trabajar y a los 14 se compró una mandolina para tocar en las agrupaciones musicales de las Juventudes Comunistas. Su militancia política le costó la cárcel durante el régimen fascista del canciller Dollfuss. Liberado tras protagonizar una huelga de hambre, viajó a España en 1937 para unirse a los 1.400 brigadistas de su país que se enfrentaron al fascismo en la Guerra Civil. Se incorporó en principio al Batallón
nº 20 de la Brigada Internacional bajo el mando del coronel Aldo Morandi para pasar después a la Brigada nº 11, integrada por alemanes y austriacos, y más tarde a la Batería Thaelmann. Una vez dictó el Gobierno de la República la orden de retirada de las Brigadas Internacionales en octubre de 1938, todavía participó a finales de ese año, junto a 400 brigadistas de su país, en el vano intento de frenar el avance franquista hacia Barcelona. El 9 de febrero de 1939 cruzó la frontera de Francia siguiendo el camino del exilio entre medio millón de españoles, con los que compartió la humillante y dura reclusión en los campos de concentración de Saint Cyprien, Argelès y Gurs. Tras la ocupación de Francia por el Ejército nazi, Hackl fue internado en el de Dachau hasta su liberación en 1945.
Hace cuatro años, Karin Helml y Hermann Paseckas realizaron un documental titulado España, última esperanza, en el que Ferdinand Hackl, junto a Hoffmann, Ernst Kuntschik, Hans Landauer y los republicanos españoles Matías Arranz y Manuel García Barredo hacían memoria de sus vivencias durante la Guerra Civil, así como de su tránsito por los campos de concentración de Europa durante la dominación fascista. El filme, escasamente difundido en nuestro país, aporta documentación muy valiosa –en su mayor parte perteneciente a fondos privados– que debería estar a disposición de cuantos pretendan conocer esas páginas de nuestra historia.
Hans Landauer tenía 16 años cuando se entrevistó con su enlace en un café de París y hubo de aumentar su edad verdadera ante la recriminación de su contacto: “No mandamos niños a España”, le dijo. Una fotografía de Agustí Centelles, con Landauer desfilando por las calles de Barcelona el día de la despedida de las Brigadas Internacionales, refleja en efecto a un adolescente cuyo risueño aspecto no parece propio de un combatiente después de haber luchado en los frentes de Brunete y Teruel. Como Hackl, Landauer pasó por el campo de Gurs en Francia, para ser deportado después a Dachau. A diferencia de su compañero, sin embargo, que mantuvo hasta el final su militancia comunista, Landauer la abandonó en 1948.
Me cuenta Gerhard Hoffmann que Hackl se dedicó hasta el final a trabajar en el Centro Documental de la Resistencia Austriaca. Ahí están, probablemente, las últimas páginas de una historia en la que ciudadanos de distintos países, ajenos al conflicto, se jugaron la vida por una idea en una guerra abierta y declarada. Landauer dio a un hijo suyo el nombre de Prisciliano en recuerdo a un asturiano de Mieres que compartió con él su reclusión en Dachau. De España no olvidó nunca el olor de las olivas y un gran cartel que mostraba los cadáveres de unos niños alineados sobre la acera de una ciudad republicana bombardeada.
Más de 200 de los 1.400 brigadistas austriacos perdieron la vida en España luchando por la República. Casi 500, siguiendo el mismo camino que los republicanos españoles en su lucha contra el fascismo, fueron internados en los campos de concentración nazis: Dachau, Mauthausen, Gross-Rosen… Entre ellos estaba Ferdinand Hackl, cuya vida se apagó casi el mismo día en que Fernández de la Vega afirmaba lo antedicho en uno de esos ámbitos de aniquilación. Me comentó el excelente escritor Erich Hackl, narrador de la desventurada niñez de su amigo Ferdinand –de quien recibió algunos libros de su magnífica biblioteca–, que el anciano brigadista fue un hombre tierno, generoso y modesto, solidario siempre con sus viejos camaradas, “a los que visitaba y atendía en asilos y hospitales”. Quizá por eso nadie mejor que Ferdinand Hackl para testimoniar el olvido en que fueron muriendo muchos de ellos sin que el Estado democrático español los recordase.
Sólo viven actualmente tres brigadistas austriacos y ninguno de los tres –Gerhard Hoffmann, Hans Landauer y Josef Eisebauer–, junto al fallecido Hackl, tiene nuestra nacionalidad. La Ley de Memoria Histórica sólo la concede a quienes juran fidelidad al rey, obviando que esos hombres, como antifascistas sobre los que nunca debió pesar el olvido, combatieron contra el dictador que impuso al monarca.
Félix Población es escritor y periodista
Ilustración de Mikel Casal
FÉLIX POBLACIÓN
Se presenta ahora en Valencia la exposición Arte Salvado que rememora y difunde, siguiendo la misma ruta que dispuso el Gobierno de la Segunda República, el azaroso tránsito hasta Ginebra del patrimonio artístico español durante la Guerra Civil, amenazado por el brutal asedio franquista sobre la capital del Estado. Las octavillas de la aviación fascista en agosto de 1936 lo dejaban muy claro: “Si los madrileños no obligan al Gobierno y a los jefes marxistas a rendir la capital sin condiciones, declinamos toda responsabilidad por los grandes daños que nos veremos obligados a hacer para dominar por la fuerza esa resistencia suicida. Sabed, madrileños, que cuanto mayor sea el obstáculo más duro será, por nuestra parte, el castigo”. El historiador Hugh Thomas es muy explícito al comparar los efectos de los bombardeos tres meses después: “Las terribles llamas hacían que la capital semejase algún primitivo lugar de tortura”. César Falcón, periodista y escritor peruano, tuvo la lucidez de advertir que aquel primer ataque aéreo del fascismo sobre la población civil era el destino que aguardaba a otras capitales europeas.
El 16 de noviembre, los aviones nazis dejaron caer sobre el Museo del Prado hasta 12 bombas que, si no causaron más daños que la rotura de un bajorrelieve italiano, fue porque la dirección de la pinacoteca había preservado semanas antes los fondos en los sótanos y había cubierto la cúpula del edificio con sacos terreros. Una vez creada la Junta de Defensa del Tesoro Artístico, presidida por el pintor extremeño Timoteo Pérez Rubio, el Gobierno republicano tomó la determinación de trasladar los fondos del museo a Valencia. El 10 de diciembre salió el convoy que, junto a otras obras, transportó Las Meninas a una velocidad de marcha de 20 kilómetros por hora. La excesiva altura de la extraordinaria obra de Velázquez deparará una de las anécdotas más ilustrativas de la meritoria custodia del arte español por los caminos de un país en guerra, ejemplo del celo, meticulosidad y pundonor puestos en el empeño por el Gobierno de la República. Como la estructura metálica superior del puente de Arganda no permitía el paso del camión que transportaba la obra, hubo de ser trasladada por la noche, a brazo y sobre rodillos, en medio de un frente de combate.
La recreación de esas imágenes, así como la ingeniosa instalación con la que el arquitecto Joselino Vaamonde habilitó las Torres de Serrano en Valencia para proteger las pinturas allí almacenadas, consta en un magnífico documental de Alberto Porlan, realizado en 2004: Las cajas españolas. En Figueras, última etapa del traslado por la península, el Comité Internacional para el Salvamento del Tesoro Artístico Español garantizó la conducción de las cajas hasta su depósito en el Palacio de la Sociedad de Naciones de Ginebra. Para que tal destino fuera posible, el ministro de Estado y el propio presidente de la República tuvieron que apostarse en las carreteras de la diáspora con objeto de requisar los camiones, desalojándolos de armamento y demás vituallas, e incluso de heridos. La avería de algún vehículo obligó otra vez a recurrir al brazo para transportar los cuadros por los pasos fronterizos.
El tesoro artístico español salió de Perpignan el 12 de marzo de 1939. Nunca antes en la historia un patrimonio de tal valor y magnitud había sido transportado, mucho menos en tan adversas circunstancias. Fue tan masiva la afluencia de visitantes que acudió a la gran exposición montada en Ginebra que se consideró el evento como el hecho artístico más importante del siglo. La Segunda Guerra Mundial interrumpió la exhibición de la muestra. El muralista catalán José María Sert logró que el ministro francés Monzie habilitase un tren especial para verificar el traslado a España. El trayecto durante la noche del 6 de septiembre se hizo sin luces para evitar el riesgo que por segunda vez podían correr las obras del Prado bajo la aviación fascista. Tres días después, las 1.868 cajas españolas llegaron a Madrid sin más rasguño que una pequeña desgarradura en el cuadro de Goya Los fusilamientos del 3 de mayo de 1808 tras un ataque de la artillería franquista en Benicarló.
Deliberadamente tergiversada y difamada durante el franquismo, la salvación de tesoro artístico español debería ser hoy una lección básica de cultura cívica a impartir entre las jóvenes generaciones. A cuantos colaboraron en aquel empeño sólo les llegó un primer y tardío reconocimiento en 2003 con la colocación de una placa en su recuerdo en el Museo del Prado. Otro homenaje simbólico, todavía con más retardo, tuvo lugar a primeros de este año con la imposición de una serie de medallas por parte del presidente del Gobierno.
Azaña antepuso la salvación del arte a la del régimen que presidía, pues el primero es irrepetible y el segundo no. Franco estuvo dispuesto a conquistar Madrid e imponer su dictadura aunque fuera a costa de bombardear una de las primeras pinacotecas del mundo. Después, cuando todo ese gran patrimonio protegido por la República volvió a nuestro país íntegro, sano y salvo, aún tuvieron los españoles que soportar que se lo debían “a la fina sagacidad del caudillo”, según la consigna de la prensa a su servicio. Que durante casi 40 años se haya impuesto tan sarcástica soflama y que hayan tenido que pasar más de 30 años en democracia para empezar a saber la verdad de los hechos, debería ser otro motivo más de reflexión y preocupación sobre las menguas y flaqueza de nuestra memoria histórica.
Félix Población es escritor y periodista
Ilustración de Gallardo