Publicidad

Dominio público

Opinión a fondo

Eluana y el derecho a decidir

10 feb 2009
Compartir: facebook twitter meneame delicious

LUIS MONTES MIEZA Y FERNANDO SOLER GRANDEilustracion-ok.jpg

Cualquiera con algún conocimiento histórico sabe que el curso de la Humanidad fluye con altibajos, pero de un modo inexorable, hacia mayores cotas de libertad individual y menor dominio oligárquico. Siglo tras siglo, el poder de las aristocracias y las iglesias ha ido perdiendo capacidad real de influir, tanto en las leyes como –lo que es más importante– en el modelado de las conciencias. Con todos sus defectos, los sistemas garantistas imperantes en nuestro primer mundo hacen inimaginables horrores comunes apenas hace unos años. De nada han servido las diferentes versiones del ahora no toca; el sentido común, la razón y el progresivo abandono de temores ancestrales a la muerte y al más allá nos van permitiendo tomar las riendas de nuestra propia existencia. Las leyes, incluso en nuestro país, permiten a los ciudadanos tomar decisiones sobre su propia vida que, pese a ser insuficientes, han alcanzado, sin embargo, niveles de reconocimiento de la autonomía personal impensables hace menos de 50 años. Queda mucho camino que recorrer, pero, por más que se empeñen en evitarlo los poderes reaccionarios, la historia camina tozudamente en la misma dirección, sencillamente, porque se puede encarcelar a Galileo, pero no a sus ideas.
Los ciudadanos, cada día más conscientes de nuestra responsabilidad respecto al progreso y de que nada se nos da sin esfuerzo, abrimos continuamente frentes de libertad en diversos sentidos. Entre dichos frentes, la lucha ciudadana por el reconocimiento legal del derecho a la eutanasia resulta crucial para conseguir nuestra autonomía real de ciudadanos libres y responsables. Sólo cuando se pierde el miedo a la muerte se es completamente dueño de la propia vida y se consigue verdaderamente ser libre. Ellos lo saben y, por eso, se resisten y mienten sobre nuestras verdaderas intenciones, achacándonos la de “liquidar ancianos e indefensos”. Pero, a estas alturas de la Historia, les resulta imposible acallar nuestras voces; los tribunales de la Inquisición son imposibles ya, aunque algunos estarían encantados de resucitarlos.
Frente a quienes hacen alarde de la misma Constitución –que rechazaron encendidamente en su momento–, pretendiendo que su artículo 15 supone una especie de defensa berlusconiana de la vida, cada vez más ciudadanos –la mayoría si hacemos caso de las encuestas– entendemos que la defensa de la vida en nuestra ley suprema se refiere a su no disponibilidad a cargo de terceras personas. De hecho, ni siquiera de un modo absoluto, pues en ese mismo artículo 15 se admite la excepción a la abolición de la pena de muerte en tiempo de guerra. La Constitución de 1978 no hurta el control de la vida a uno mismo, sino que la protege frente a terceros.
Valores fundamentales en nuestra Carta Magna son la libertad y la dignidad. La vida, como requisito imprescindible para el ejercicio de esos derechos, aparece como el bien necesario, pero en modo alguno como no prescindible por uno mismo, precisamente en aras de su dignidad y en ejercicio de la propia libertad. Si no fuera así, si la Constitución mantuviera la creencia confesional de la vida como un bien sagrado, recibido de la divinidad y, por lo tanto, inviolable e indisponible para uno mismo, habría que refutar como inconstitucionales no sólo la Ley General de Sanidad, sino también la de Autonomía del Paciente y sus derivadas de Disposiciones Anticipadas o Testamento Vital, que nos reconocen el derecho a rechazar el inicio de un tratamiento o a exigir su retirada una vez iniciado, aunque ello conlleve con certeza nuestra muerte. Incluso el vigente Código Penal de 1995, que suprime la consideración como delito del suicidio libremente decidido y atenúa las penas para el homicidio de carácter eutanásico, debería haber sido recurrido al Constitucional por quienes ahora se empeñan en negarnos el derecho a disponer de la propia vida. Su no cuestionamiento de estas leyes deja patente la inconsistencia de sus pretendidos argumentos.
Espectáculos bochornosos, como el empeño que hubo para impedir el derecho de Eluana Englano -reconocido incluso por la más alta magistratura judicial del Estado italiano-, a terminar una existencia meramente vegetativa que ella rechazó en vida, deben ponernos en máxima alerta. No sólo no estamos a salvo de fundamentalismos a cargo de la jerarquía religiosa –en nuestro caso, la católica, con su máximo Pontífice a la cabeza–, sino incluso de dirigentes democráticamente elegidos, pero dispuestos a ponerse por montera la ley y las decisiones judiciales inapelables en un ejercicio de cinismo que produce náuseas.
O los ciudadanos nos movilizamos y exigimos a nuestros representantes políticos las leyes que verdaderamente garanticen el respeto a nuestras decisiones libres y a nuestra autonomía personal –leyes que impidan la intromisión en ellas de cualquier iluminado autoinvestido de un poder sobre nuestras vidas que nadie le otorgó–, o habremos renunciado a nuestra dignidad de personas.
Es el momento de la movilización ciudadana, toca ya exigir el reconocimiento explícito de nuestro exclusivo derecho a decidir cuándo nuestra vida ha dejado de merecer ser vivida. La protección legal de este derecho aparece hoy como una necesidad de legítima defensa inaplazable a la vista de que, incluso en sociedades democráticas, son posibles actitudes cavalierescas empeñadas en condenarnos a pena de vida perpetua. La lucha de Beppino Englano, en defensa y representación de su malograda hija, debería ser una sacudida a nuestras conciencias ciudadanas demasiado resignadas a dejar en manos de otros las decisiones que sólo a nosotros nos competen. Todos tenemos con el padre de Eluana una deuda de gratitud.
También nosotros, médicos, que sentimos el respeto a las decisiones libres y autónomas de nuestros pacientes, como parte de nuestra obligación ética de ayuda al doliente.

Fernando Soler Grande y Luis Montes Mieza son médicos del Hospital Severo Ochoa de Leganés

Eutanasia y derechos ciudadanos

11 jul 2008
Compartir: facebook twitter meneame delicious
Etiquetas: ,

LUIS MONTES Y FERNANDO SOLER GRANDE

07-11.jpgEn la pasada campaña electoral, el actual presidente de Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, manifestó públicamente, en varias ocasiones, que “nadie puede impedir, por sus convicciones o creencias religiosas, el derecho de los ciudadanos a vivir y morir dignamente”. Tras haber eludido otras veces el tema, por considerarlo espinoso y alejado del interés del público, el 37º Congreso Federal del PSOE ha planteado el debate sobre el derecho a una muerte digna. Se suma esta iniciativa, que celebramos con prudente optimismo, a la anunciada por el Gobierno andaluz de llevar a su reconocimiento legal completo la eutanasia pasiva y la eutanasia indirecta.

Aparentemente, la realidad se abre camino, y cada vez resulta más evidente para todos que el debate sobre la muerte digna está en la calle. Bien es verdad que, para vergüenza –no sólo ajena– de quienes nos reclamamos progresistas, en demasiadas ocasiones permitimos que la ausencia de una discusión racional, pública y explícita sobre un tema que despierta tantas pasiones sea suplantado por el exabrupto, la descalificación y el insulto directo.

En su momento, tras la insensata divulgación y respaldo del entonces consejero de Sanidad de Madrid, Manuel Lamela, de una denuncia anónima sobre 400 homicidios, asumimos con dignidad y sin ninguna mansedumbre el linchamiento a manos de la derecha más reaccionaria. De poco ha servido para los representantes de la caverna que hayamos sido exculpados por la Justicia de tales acusaciones. Todo parece indicar que nosotros, y quienes nos defiendan, tendremos que seguir sufriendo un plus de infamia por nuestra defensa del derecho a decidir sobre la propia muerte.

A pesar de ello –no se llame nadie a engaño– con la misma energía que defendimos nuestra inocencia, estamos decididos a promover y alentar el debate que propicie más pronto que tarde el ejercicio real del derecho de autonomía personal.
Se aborde desde el punto de vista que se aborde, bajo el debate sobre la eutanasia o el suicidio asistido, subyacen dos cuestiones fundamentales que lo acotan e iluminan y que, tal vez por esa razón, son muchas veces interesadamente olvidadas.

En primer lugar hay que preguntarse sobre si es admisible en un Estado de Derecho y laico, que los criterios morales de una parte de la población, la que se declara confesional católica, y las obligaciones y restricciones legales que de esos criterios se derivan, sigan imponiéndose al conjunto de los ciudadanos.

En segundo lugar, será preciso que cada quién explique qué alcance y contenido tiene para él el derecho de autonomía personal. Este derecho, que se invoca con los mismos términos tanto desde la derecha como desde la izquierda, debe esconder sin embargo contenidos muy diferentes en según qué boca a la vista de los hechos a que da lugar.

Nuestra convicción sobre la primera de estas cuestiones se resume diciendo que, a nuestro juicio, un Estado laico debe garantizar tanto la libertad de conciencia como la de los actos a que esa conciencia conduce. Sin más limitación que la no invasión en el derecho de los demás o el perjuicio ajeno. Pero, cuidado, las leyes deben evitar que las conductas de unos perjudiquen a los demás en términos objetivos, no subjetivos. El que un grupo de ciudadanos, por numeroso o poderoso que sea, se sienta agredido porque se permita el matrimonio entre personas del mismo sexo, e intente obstaculizar el ejercicio de ese derecho reconocido por la ley, tiene evidentemente una exclusiva dimensión subjetiva, pues en nada perjudica al tipo –que no modelo– de familia tradicional su coexistencia con otras formas de relación, igualmente basadas en el amor y la ayuda mutua. El crispado rechazo de este derecho que mantienen tanto el PP como la jerarquía católica no tiene el laudable objetivo de evitar que se les impongan a ellos unos principios o una conducta, sino, claramente, el menos confesable de imponer al resto de la sociedad su visión del mundo, que cada vez más ciudadanos no compartimos.

De la misma manera hipócrita, cuando, en el plano teórico nosotros, o en el dolorosamente práctico personas como Ramón Sanpedro o Inmaculada Echevarría, reclamamos el derecho de poner fin voluntariamente a una vida que, a juicio de quien la padece, no merezca ser vivida, las fuerzas de la reacción se apresuran a achacarnos el oculto deseo de liquidar ancianos a nosotros o, rizando el rizo de la indecencia, falta de coraje a quienes suplicaron que se les librase de una condena inmerecida e insoportable.

Hay que decirlo una vez más con absoluta claridad: pretendemos que a nadie se le imponga el momento y el modo de enfrentar el proceso de morir. A nadie; tampoco a quienes no consideramos la vida un don divino irrenunciable. A nosotros, a quienes así pensamos, sí se nos impone ese modo y momento de morir, aplicándonos unas leyes que sólo reflejan la dominación de una moral sobre las restantes, igualmente legítimas.

Respecto al contenido del derecho de autonomía, denunciamos el concepto tutelado de la autonomía personal que demuestra su subordinación a la conciencia moral del médico establecida en la ley 3/2005, de Instrucciones Previas o Testamento Vital de la Comunidad de Madrid, aprobada por el PP. Ésta es una muestra más de cómo la derecha política considera que su posición moral, encarnada en este caso por un médico objetor, tiene derecho a imponerse sobre la voluntad, libre y fehacientemente expresada, de un paciente que no quiere ser sometido a un alargamiento inútil de su existencia.

La medicina, que se ha venido ejerciendo entre el paternalismo y la imposición de un criterio basado en la superioridad, ha cambiado en los últimos años, al ritmo que han crecido los derechos individuales. Los pacientes han conquistado el reconocimiento por las leyes de su derecho a ser informado de las opciones disponibles y decidir sobre la aplicación o no de un método diagnóstico o una terapéutica, a ser en fin, dueños de su existencia. Nada se opone, desde una ética civil, laica, que debe ser la del Estado, a que se reconozca legalmente lo que muchos defendemos: que la obligación médica de ayudar al doliente, la única irrenunciable de nuestra profesión, incluye la de ayudar a bien morir a quien malvive y no quiere seguir haciéndolo.

Luis Montes y Fernando Soler Grande son médicos del hospital Severo Ochoa de Leganés (Madrid)

Ilustración de Javier Olivares