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Dominio público

Opinión a fondo

Recortes o reformas

30 nov 2011
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Francisco Michavila
Catedrático de Matemática Aplicada de la Universidad Politécnica de Madrid
Ilustración de Jordi Duró

El bienestar de los europeos está amenazado. Sus pilares, dañados. Las cuentas económicas no cuadran y el mensaje es claro: hay que recortar los gastos públicos. Unos dicen que se gasta más de lo que se puede, otros pretenden distinguir lo sustancial de lo superficial. Separar el grano de la paja. El grano sería la educación o la sanidad, la paja otros dispendios superfluos.

Si nos restringimos a las universidades españolas, cuyo presupuesto rondaba los 11.000 millones de euros el año pasado, los ingresos provenientes de las arcas públicas no fueron suficientes para cubrirlos. En unas comunidades autónomas se vieron afectados por recortes en los ingresos de un 6% aproximadamente, en otras hasta un 16%, y entre ambas magnitudes las restantes. Según las estimaciones de las propias universidades, la crisis económica generó un desfase presupuestario en torno a mil millones de euros.

Ante esa situación, surge la duda de cómo actuar. ¿Ralentizamos la universidad, en espera de tiempos mejores? Esa opción consistiría en esperar a que amainase el viento que sopla en contra. Si no hay suficientes recursos, recortemos los gastos. Cerremos las bibliotecas los días de vacaciones o apaguemos antes la luz de los edificios. Hagamos aquello que sea preciso para conseguir el equilibrio presupuestario. Pero ¿se puede permitir la sociedad esa atonía universitaria?, ¿es una buena decisión? Si se acude al dato, avalado por organismos internacionales, de que la inversión en educación superior produce un retorno de tres a cuatro veces los fondos gastados, sólo una visión cortoplacista puede encontrar razonable que se limiten los medios para la educación.

Ante las dificultades económicas, otros países europeos están reaccionando de modo distinto al que actualmente sigue España. Quizá guiados por el principio de que “en educación se invierte, no se gasta”, o simplemente porque sus políticos tienen las ideas más claras que los nuestros, no dudan en destinar más medios a la educación superior y a la investigación. Ocurre así en Francia, cuyo presupuesto universitario ha tenido este año un incremento de 4.700 millones de euros, a los que hay que añadir un fondo adicional de otros 8.000 millones para la creación de un campus de excelencia internacional. Ocurre de igual modo en Alemania, aunque de una manera más modesta, o incluso en Portugal, donde se ha producido un cambio de tendencia. Tampoco han sufrido recortes los presupuestos de países como Dinamarca, Polonia, Suiza o Suecia.

El alegato anterior no pretende justificar cualquier gasto. La universidad española es una institución eficiente. Su trabajo en los tres últimos decenios ha sido satisfactorio. La universidad ha ayudado decisivamente al avance de la sociedad española en la formación de su capital humano y al destacado incremento que se ha llevado a cabo en la producción científica y la publicación de los resultados de investigación. No obstante, se pueden gestionar mejor los presupuestos universitarios, como los de cualquier otra institución. ¿Qué ahorros serían razonables?

Tomemos como ejemplo los recortes que se proponen en el informe de la Fundación CYD del año 2010. Destaca una propuesta de 2.100 millones de euros de ahorro mediante la adecuación de la oferta de sus titulaciones a la demanda, basada en un tamaño mínimo de los grupos de clase de 50 alumnos. ¿Es aceptable, sin matices? Parece claro que no, salvo que se entienda la universidad como una simple academia de marcado sesgo mercantilista. Destacadas áreas culturales son minoritarias, lo cual no justifica su supresión del ámbito universitario. ¿Han de ser “rentables” todos los estudios de filologías clásicas?

Sin embargo, la falta de coordinación sí que es una ineficiencia, como lo es que no exista un mapa de titulaciones global que coordine las ofertas académicas de las instituciones y los planes de los gobiernos autonómicos responsables. También es inadmisible el elevado número de alumnos que abandona la universidad antes de acabar una carrera determinada: una cifra cercana al 30%. La escasa orientación a la hora de elegir los estudios o el deficiente apoyo académico llevan a muchos jóvenes a tomar esa decisión. La ilusión de los jóvenes es el mayor tesoro que puede tener un país y esta ineficiencia la daña de modo grave. ¿Valen estas ineficiencias, u otras análogas, para descalificar a la universidad? No, la universidad es un valor seguro ante un futuro social tan incierto.

La universidad no necesita recortes, sí que necesita reformas. Ahora puede parecer una paradoja reclamar las reformas que necesitan los campus, debido a que son caras, pero son necesarias. A veces, el viento en contra sirve para reafirmar los valores esenciales en que creemos. Sin reformas profundas, la incorporación al Espacio Europeo de Educación Superior puede quedarse en meros retoques formales: complejos formularios que cumplimentar, numerosos procesos de acreditación, tediosos o alambicados, pueden amargar la vida a muchos profesores, sin que sirvan para casi nada.

Todo eso vale para muy poco si la estructura organizativa de las universidades no cambia, si los procesos de selección de los profesores no se abren a los mejores o si en la toma de decisiones y el gobierno de las instituciones no predomina el beneficio colectivo ante los intereses corporativos. La creación de centros de posgrado que agrupen áreas afines y la implantación de escuelas doctorales, la captación de profesores traídos de los mejores centros internacionales y la separación de la gestión de la estricta actividad académica, son algunas posibles innovaciones.

El presente es complicado y complejo. Lo es para la sociedad y para sus universidades. Pero no son tiempos para que el miedo condicione, cuando no marque, el camino a seguir.

Bolonia: el día después

03 feb 2009
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FRANCISCO MICHAVILA eldiadespuesok.jpg

Dicen que después de la tormenta viene la calma. Superada la convulsión que sufren los campus universitarios con el llamado Proceso de Bolonia, habrá vida. Apaciguado el ruido de las protestas, subsanadas las deficiencias, dada la explicación necesaria y resueltos los interrogantes, llegará el momento de abordar la política universitaria del día después. Las disputas entre universitarios y el ajuste, más o menos corporativo, de las atribuciones profesionales cederán su lugar a asuntos más trascendentes.
La actual renovación de las titulaciones es el primer paso del cambio en la educación superior, pero no es, ni mucho menos, el último. La Universidad española necesita un cambio cualitativo, que vaya más allá de la cuantificación de su déficit en recursos e inversiones. Se debe elaborar una agenda universitaria de futuro, que incluya problemas concretos, pendientes de solución desde hace años.
La agenda del día después debe contemplar una profunda reorganización del modo de funcionamiento de las universidades, de su paradigma de valores y del papel, y el protagonismo, que corresponde a los profesores y estudiantes en el tiempo futuro.
La actual estructura de centros, facultades y escuelas, y departamentos, cuya coexistencia a menudo se sustenta en la indefinición, no parece la más idónea para la reestructuración propuesta para los estudios universitarios. En particular, la formación de postgrado necesita de mayor interdisciplinaridad, de contenidos de síntesis. Sería muy conveniente que se creasen en todas las universidades españolas escuelas o centros especializados en el postgrado, responsables de este nivel de estudios. Estos centros, pocos en número, deberían dar cabida a los grupos de profesores y científicos que realizan la investigación de excelencia y estar dotados de financiación selectiva, condicionada a sus buenos resultados.
En los campus universitarios debe propiciarse un cambio centrado en las personas, no en las normas. La cuestión no es que haya nuevas leyes, ni tampoco que haya más reglamentos. El cambio profundo no se dará sin los profesores, como tampoco ocurrirá sin los estudiantes.
Si el profesorado es escéptico ante la transformación que se anuncia, puede acabar todo en un simple retoque estético, sin que cale y eche raíces. Así, por debajo de una imagen modernizadora superficial, subsistirían los males tradicionales: educación pasiva, interés por la enseñanza no preocupada por el aprendizaje, separación de los intereses de la investigación y de la docencia, etcétera. El tiempo nuevo para los profesores no debe construirse sobre la contraposición de las actividades docentes e investigadoras. Un ejemplo de ineficiencia bastante extendido que debe evitarse es aquella que pretende premiar la buena docencia de los profesores con una reducción de la misma. Si son buenos, ¿qué sentido tiene perder ese capital humano? Son otros los incentivos necesarios. Los mejores profesores deben ocuparse de la educación de los jóvenes en sus primeros años universitarios. Ellos les abrirán los ojos y suscitarán su interés por los nuevos conocimientos a su alcance.
Tampoco es posible el cambio sin conocer la opinión de los estudiantes. ¿Quién se atreve a defender el despotismo ilustrado en este asunto? Su voz debe ser respetada y escuchada. Por ejemplo, haciendo que tengan consecuencias verdaderas sus opiniones, por medio de encuestas, en procesos de evaluación de la calidad de la docencia y de sus profesores.
También la agenda universitaria de futuro debe tomarse muy en serio el asunto de la internacionalización de la Universidad española. De una forma cruda, pero realista, sólo cabe reconocer que su peso internacional es muy pequeño, casi insignificante. Ello se comprueba cada vez que se publica un ranking de comparación de los campus. Algunos se conforman aduciendo que están mal hechos o que están adaptados a los modelos universitarios sajones. Es verdad, pero sólo en parte. Por mucho sesgo que tengan los indicadores utilizados, es difícil sostener que esta es la única causa de que ninguna universidad española aparezca entre las cien mejores del mundo. En un país que es la octava potencia mundial, algo habrá que decir al respecto. En la Estrategia Universidad 2015 se formula correctamente el problema. Sería muy conveniente que se diseñase un plan de internacionalización del sistema universitario español, que incluyese alianzas estratégicas, promovidas y apoyadas por el Gobierno, con instituciones semejantes de otros países, en especial europeos.
La movilidad de profesores y estudiantes es la solución y el localismo el problema para la internacionalización. Caben en este asunto medidas variadas: el desarrollo de políticas conducentes a que se alcance un porcentaje determinado de estudiantes foráneos en un plazo determinado o que una parte, por ejemplo, el 10%, de las plazas de profesores se oferten en foros y revistas internacionales para que buenos docentes y científicos vengan de otros lares.
Un nuevo contrato con la sociedad es la tercera componente necesaria de la citada agenda. Una nueva forma de atender la formación de capital humano, sensible con las expectativas de los jóvenes como futuros profesionales y ciudadanos, y unos planes eficaces que estimulen la apertura auténtica a la sociedad son capitales para las instituciones de educación superior. La elaboración de modelos educativos, plurales y adaptados al entorno, y la captación de mayores recursos por medio de la creación de redes de oficinas de fundrising son vías alternativas de hacer política en este terreno.
Para todo ello se necesita, además de ideas innovadoras, la sabia combinación de más recursos y menos normas. Y que el uso de los medios de que se disponga sea transparente y las prioridades estén debidamente justificadas.

Francisco Michavila es Catedrático de Matemática Aplicada de la Universidad Politécnica de Madrid