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Dominio público

Opinión a fondo

Israel, Estado judío

30 dic 2009
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RAPHAEL SCHUTZ

En 1896 Theodor Herzl escribió el libro El Estado de los judíos. En el contexto histórico del auge de los movimientos nacionales en Europa, y considerando al mismo tiempo los numerosos incidentes antisemitas en el continente, llegó a la conclusión de que la única manera de garantizar la supervivencia de los judíos era que tuvieran su propio Estado-nación.

El progresismo español no digiere con facilidad la expresión Estado judío por considerarla exclusivamente religiosa y, por lo tanto, difícilmente reconciliable con el concepto de Estado no confesional. Si hago referencia a este asunto, no es sólo para que se entienda mejor la naturaleza del Estado de Israel en España en general y entre los progresistas en particular. La identidad de Israel es uno de los asuntos primordiales que deben incluirse en el diálogo con el mundo árabe-musulmán. El debate público se centra en general sólo en la perspectiva palestino-israelí y casi exclusivamente en la dimensión territorial. Las fórmulas son de todos conocidas: “Territorios a cambio de paz”, “una solución de dos estados”, etc. Casi no se hace referencia a la identidad. Si la solución es de dos estados, ¿cómo serían estos? Europa tiene muy buena voluntad e interés en ayudar, y en mi opinión tiene la posibilidad de hacerlo. Y España, por su situación geográfica y su historia, tiene ventajas comparativas obvias. Sin embargo, como principio básico, lo primero que un mediador eficiente debe hacer es identificar las cuestiones esenciales para cada una de las partes. Tengo la impresión de que la importancia de la identidad judía para Israel todavía no se entiende.

Si bien hay en Israel círculos ultrarreligiosos para los que el concepto de Estado judío significa que el Estado debe regirse por las leyes del judaísmo, esta es una actitud minoritaria. Para la mayor parte de los israelíes judíos, este concepto significa que Israel es el hogar del pueblo judío. Es el único país de mayoría judía y de ahí se derivan las peculiaridades de su vida cotidiana: el día del descanso es el sábado y no el domingo, como en la Europa de mayoría cristiana, ni el viernes, como en el mundo musulmán. También el resto de los días festivos se derivan de la religión judía y no de la cristiana o la musulmana. La dinámica cultura israelí, que incluye autores como Amos Oz y David Grossman, se expresa en hebreo, la lengua bíblica. Los cinco científicos israelíes que han ganado el premio Nobel en los últimos siete años también trabajan y piensan en hebreo. No hace falta ser religioso practicante para participar de la cultura judía contemporánea. Habrá quien alegue que ha habido cultura judía antes y después de la creación de Israel. Aún siendo cierta, esta alegación no es relevante. La historia ha demostrado que no podemos conformarnos con ser una minoría en manos de la buena voluntad de una mayoría. Tenemos derecho a vivir de forma soberana en nuestro propio Estado. Este argumento está grabado en el ADN israelí colectivo e individual. Yo mismo, que nací en un Israel independiente y soberano, adquirí esta conciencia de mis abuelos y mis padres, que se vieron obligados a huir de la Alemania nazi sólo por el hecho de ser judíos y a luchar por su derecho natural a vivir seguros en su propia tierra. La mayor parte de los israelíes, como yo, reivindican el hecho de que Israel sea un Estado judío, no como acto de fe sino como parte de una identidad nacional consolidada.

Es importante enfatizar que el hecho de que Israel sea un Estado judío no impide que sus habitantes no judíos ejerzan plenos derechos civiles incluidos los derechos a votar, a ser votado y a ocupar cualquier cargo, y por supuesto tampoco impide que disfruten de las libertades individuales y de la libertad de culto. Al mismo tiempo, no se pueden admitir las reivindicaciones nacionalistas de las minorías no judías de Israel.
Estas cuestiones no son meramente teóricas. Están en el trasfondo del continuo debate sobre las relaciones de Israel con el mundo árabe-musulmán que le rodea. Es importante para nosotros que ese mundo reconozca nuestro derecho a vivir como judíos en nuestro Estado, que los líderes lo declaren públicamente ante sus pueblos para que el mensaje penetre en la opinión pública árabe-musulmana. Se trata de un proceso educativo además de político. Muchos acusan a Israel de militarismo, y no voy a ocultar mi opinión de que a veces, en el sistema israelí de toma de decisiones, las consideraciones en materia de seguridad pesan más de lo que deberían. Sin embargo es vital entender que esto no se debe a una ideología que pretende convertir a Israel en una Esparta, sino a nuestras singulares condiciones existenciales. No hay otro país en el mundo que esté expuesto a amenazas de aniquilación expresas y recurrentes por parte del presidente de otro Estado (Irán) respaldadas por una carrera nuclear. Me irrita que algunos se apresuren a ponernos la etiqueta del militarismo sin conocer estas amenazas o, peor aún, haciendo caso omiso de ellas. No podemos permitirnos el lujo de ser pacifistas, una idea ya expresada por el presidente Obama en su discurso de aceptación del premio Nobel de la Paz. El reconocimiento de la naturaleza judía de Israel en el mundo musulmán reviste una importancia decisiva como paso para cimentar la confianza y disipar nuestros temores existenciales, lo cual haría posible que las posturas militaristas perdieran peso en la sociedad y en la toma de decisiones.

El carácter judío de Israel es también esencial al abordar la cuestión palestino-israelí. Cuando se habla de la solución de dos estados debe quedar claro que el Estado palestino es la respuesta a –y la culminación de– las aspiraciones nacionales de los palestinos, e Israel, a las de los judíos. Si no, esta solución carecería de lógica.

La contribución de Europa a una solución en nuestra región puede y debe pasar por el reconocimiento de que no se trata de un mero conflicto territorial. Para Israel, la legitimidad de la identidad judía de Israel en el mundo árabe-musulmán es vital. España, por su peculiar historia, puede aportar un valor añadido a este respecto, especialmente durante su presidencia de la UE.

Raphael Schutz es embajador de Israel

 

La teología islámica de la liberación

29 dic 2009
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NAZANÍN AMIRIAN

Con el fallecimiento del ayatolá Hosein Alí Montazeri desaparece la máxima autoridad religiosa de la utópica “democracia islámica”. Se ha apagado la voz de quien fundó, junto al también ayatolá Ruholá Jomeini, la primera teocracia islámica en Irán. Pasó de ser de un clérigo conservador a ser la figura religiosa más progresista del chiísmo. Quedaba lejos aquel hombre que en los sesenta junto con Jomeini protagonizó una protesta contra el sufragio universal y la tímida reforma agraria emprendidos por el monarca Reza Pahlevi.

Fue durante su cautiverio en las cárceles del sha (1974-77), y el encontrarse allí con cientos de opositores de izquierda, religiosa y atea, cuando forjó un cambio en su relación y visión personal y política con otros grupos: superó la prohibición religiosa de no comer en la misma mesa que un ateo  –los marxistas– y quedó impresionado ante la resistencia de aquellos presos comunistas, entre quienes se contaban los más veteranos del mundo, con dos decenios a sus espaldas entre barrotes; también fue allí donde conoció los planteamientos socialistas de redistribuir la riqueza. Los comunistas dejaron de ser “quienes comparten a sus cónyuges en la comuna”, según difamaban los aparatos propagandísticos, tanto de los religiosos como del sha.

Después de la Revolución de 1979 el clero chií asumió el poder político en Irán por primera vez en la historia, aprovechando el desconocimiento popular de los preceptos islámicos y la debilidad de otras opciones políticas, a causa de la dura represión del régimen monárquico. Una oportunidad para Montazeri, quien, pese a la revisión de sus ideas y las protestas populares, pedía incluir en la Constitución el concepto velayat-e faqih (gobierno del jurista islámico). Este otorgaba el poder absoluto a un hombre, cuya elección no emanaba del pueblo, poniendo así el cimiento de un Estado totalitario, inaudito, que desde la ideología que lo avalaba partía de la desigualdad de las personas ante la ley. Si tiempo después confesó sentirse avergonzado por ello, no era por la naturaleza antidemocrática de la idea, sino porque “quienes ostentaron el cargo se alejaron de Dios y del pueblo”.

En el espinoso camino de elaborar la nueva teología, el ayatolá seguía ajeno al concepto de república y ciudadano, y hasta el final pensaba en términos de califato y súbditos.

El nuevo régimen se nutrió al comienzo de ideas que cambiaron de rumbo una vez conquistado el poder. Fue así como, al principio de su mandato, el propio Jomeini se dirigió a los campesinos que habían ocupado las tierras y los apoyó con estas palabras: “El único documento válido para apropiarse de un terreno es el callo de las manos”. La izquierda iraní, confundida, le prestó su apoyo creyendo ver en él una suerte de teología de liberación a la islámica. Tras la fuerte presión ejercida por clérigos vinculados a los latifundistas, Jomeini se retractó meses después proclamando que “la propiedad es sagrada en el islam”. Cientos de campesinos fueron encarcelados y ejecutados. Aun así, los desheredados mantenían la esperanza en aquellos hombres de Dios. En 1989, Montazeri calificó a la República Islámica como un sistema peor que la monarquía y al propio Jomeini como “más déspota” que el sha. Dio la espalda al poder, como no lo había hecho ningún otro clérigo, al ver la firma de Jomeini estampada en la carta al Tribunal Islámico que sancionaba la matanza de presos políticos. “No quise ser cómplice del asesinato de inocentes”, escribió. Montazeri recordaba en sus memorias que ya habían ejecutado a unos 4.700 presos políticos en unos días y “tenían pensado matar a otros 6.000”. Su intermediación ante los tribunales fue decisiva para paralizar la ejecución de presas políticas a partir de 1984. Fue capaz de hacer otro gesto sin precedentes entre el clero chií: defender los derechos de la minoría religiosa Baha’i, considerada una herejía en el islam y cuyos fieles pueden ser condenados a muerte.

Definitivamente, no era esta la República Islámica con la que Montazeri había soñado. En sus últimos meses abrazó el Movimiento Verde ciudadano y tachó de fraudulentos los resultados de las elecciones presidenciales de junio de 2009. Fue histórico su edicto contra el “Gobierno policial y militar” que hoy controla Irán.
La teología islámica de liberación, en versión chií, comparte con sus homólogos cristianos el ser un pensamiento crítico con la jerarquía clerical conservadora, en cuestionar los dogmas de fe, desacralizar los mensajes religiosos y asumir la defensa de los desposeídos.

Escuela de breve historia, si bien pone el énfasis en los derechos civiles, carece aún de visiones alternativas al liberalismo que no sean la caridad y la limosna. Lo más interesante en esta teología es el no ocultar, ni negar, ni justificar los puntos más polémicos del islam, como la discriminación de las minorías étnicas y religiosas y de la mujer o cuestiones como la yihad y la esclavitud. Preceptos coyunturales –afirman–, nacidos en circunstancias concretas, y que hoy deben de ser revisadas. El clérigo Mohsen Kadivar, discípulo de Montazeri, planteó incluso la necesidad de la separación entre la religión y el Estado, premisa para construir una sociedad justa.

La teología islámica de liberación todavía está gestándose. Hoy la sociedad iraní, desde el Movimiento Verde, y tras experimentar diversas fórmulas del islam en el poder, reivindica el regreso de la religión al espacio privado y la construcción de una República Iraní basada en las tradiciones y en los valores de su propia civilización milenaria. Es innegable, en este proceso de democratización de Irán, la contribución del ayatolá Montazeri, icono de la honestidad incorruptible ante las tentaciones satánicas del poder.

Nazanín Amirian es profesora de Ciencias Políticas en la UNED