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Dominio público

Opinión a fondo

Una agenda para la paz

18 feb 2011
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GERARDO PISARELLO Y JAUME ASENS 
El rechazo explícito de la violencia de ETA por parte de la izquierda abertzale ha abierto un escenario inédito. La reacción del Gobierno ha oscilado entre la satisfacción moderada y la parálisis. Siempre con el ojo puesto en una oposición más preocupada en mantener la baza electoral de la firmeza antiterrorista que en allanar el camino a la paz. Lo cierto es que la nueva toma de posición va mucho más allá de lo esperado. Debería verse, pues, como un movimiento histórico, de mayor trascendencia que cualquier comunicado de ETA, que interpela a toda la sociedad.
¿Se habría llegado antes a este punto de no existir la Ley de Partidos? ¿O sin los instrumentos normativos y judiciales que, de modo más o menos arbitrario, han dejado fuera de juego a todo lo que se ha considerado “entorno de ETA”? Es difícil conjeturarlo. Pero hay algo seguro. Las políticas de excepción aplicadas contra la izquierda abertzale, sumadas a la errática deriva de ETA, habían generado una situación insoportable. Para sus bases, por supuesto. Pero también para muchos actores externos contrarios al recorte de libertades emprendido en nombre de la lucha contra la violencia terrorista.

No se está, pues, ante un acceso súbito de virtuosismo. El alto el fuego “permanente, general y verificable” de ETA no hubiera sido posible sin la Declaración de Bruselas impulsada por Brian Currin. Tampoco la apuesta de la izquierda abertzale puede reducirse a un simple episodio coyuntural. Tiene su origen en Declaraciones y Acuerdos como los de Anoeta (2004), Alsasua (2009) o Guernica (2010). Y es el resultado de un proceso largo, que incluye un profundo debate interno y externo con una pluralidad de organizaciones sociales y sindicales. Desde esta perspectiva, los estatutos de Sortu no deberían sorprender tanto. Reflejan, sí, una revisión radical de la propia cultura política. Pero es una decisión meditada, hija también de la necesidad de dar a una política de excepción una respuesta igualmente excepcional. Sólo así se explican algunos de los pasos dados. Desde el rechazo sin ambages de la violencia de ETA a la alusión al reconocimiento y reparación de todas las víctimas, en consonancia con los principios de Mitchell que inspiraron el proceso de paz irlandés, pasando por previsiones como la expulsión de los afiliados que incumplan la Ley de Partidos.

Algunos, como el exfiscal Mena, han llegado a calificar los nuevos estatutos de más “impecables” que los de cualquier otra formación. Otros, como el PP, han insistido en la falta de sinceridad y en la insuficiencia del gesto. ¿Qué ocurriría, sin embargo, si esta severa política de la sospecha se aplicara a su propio partido, que en un abrir y cerrar de ojos reconvirtió sin pudor a reputados miembros del aparato franquista en “demócratas de toda la vida”? ¿Cómo puede exigir condenas sin paliativos de todo tipo de violencia quien no la censura en el franquismo o la azuza contra los inmigrantes?

En 2007, el Tribunal Supremo estableció que para que un nuevo partido abertzale no fuera considerado “continuación de otros ilegales” debía exhibir “una actitud de condena o rechazo del terrorismo”. El criterio es discutible. Lo innegable es que los estatutos de Sortu se ajustan escrupulosamente a él. Desconocerlo supondría poner en entredicho el alcance del principio democrático y del pluralismo político. Ciertamente, se podría haber ido más allá en el reconocimiento específico de las víctimas de ETA. Pero esto es una exigencia moral, no jurídica, cuya concreción también depende de la existencia de vías políticas que la faciliten.
En rigor, la iniciativa abertzale es lo suficientemente valiente como para emplazar a los poderes públicos a dar sus propios pasos. En una dirección clara: desmontar las medidas de excepcionalidad –muchas de ellas condenadas por la ONU y otras instancias internacionales– que han limitado el ejercicio de derechos de parte de la ciudadanía vasca. Para ello sería imprescindible que se abandonaran interpretaciones judiciales alambicadas utilizadas para evitar la resocialización de los presos, como la llamada doctrina Parot, o para impedir de manera arbitraria la libertad provisional de actores centrales en el proceso de paz como Arnaldo Otegi. En el ámbito penitenciario debería ponerse fin a una política de dispersión de presos que, además de discriminatoria, ha acabado por criminalizar a los propios familiares. En el ámbito legislativo, por fin, sería fundamental preparar una agenda para el diálogo que incluyera la recuperación de la legislación ordinaria en derechos como los de asociación, participación política o libertad de expresión.

Nada de esto puede conseguirse de la noche a la mañana. Sería imperdonable, empero, que los cálculos electorales de corto plazo o la falta de coraje político acabaran por frustrar la oportunidad de dejar atrás una situación de anomalía que se ha vuelto intolerable, no sólo para la izquierda abertzale, sino para muchos ciudadanos del resto del Estado. Y es que con ello no sólo se pondría en riesgo la consecución de la paz en Euskadi. También se daría carta de naturalidad a una excepcionalidad que, a la larga, sólo puede emponzoñar la vida política y social general, socavando los fundamentos sobre los que asegura sostenerse el Estado de derecho.

Gerardo Pisarello y Jaume Asens Juristas y miembros del Observatorio de Derechos Económicos, Sociales
y Culturales de Barcelona

Ilustración de Patrick Thomas

Netanyahu tenía razón

04 jun 2010

GIDEON LEVY

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Ha llegado el momento de quitarnos el sombrero ante el primer ministro. Las predicciones de Binyamin Netanyahu han demostrado ser ciertas, y sus profecías se están haciendo realidad ante nuestros mismísimos ojos. Ya podemos decir con la cabeza bien alta que nuestro Gobierno está liderado por un hombre visionario, un estadista que ha predicho el futuro. Ni sus detractores más acérrimos lo pueden negar; los hechos hablan por sí solos.

Netanyahu dijo que el mundo entero estaba en nuestra contra. ¿Es que no tenía razón? También dijo que vivimos sometidos a una amenaza existencial. ¿Es que no empieza a parecer verdad? Esperemos un poco y Turquía también estará en guerra con nosotros. Netanyahu dijo que no había posibilidad alguna de llegar a un acuerdo con los árabes. ¿Es que no dio en el clavo? Nuestro primer ministro, que veía peligros acechando en cada callejón y enemigos apostados en cada esquina, que ha predicado siempre que no hay esperanza, que nos ha repetido hasta la saciedad que viviremos siempre bajo la ley de la espada (tal y como su padre el historiador le había enseñado), sabía lo que se decía.

Desde David Ben-Gurion no hemos tenido a nadie como él. Es un auténtico profeta cuyas predicciones se están convirtiendo en realidad, todas, una tras otra. Puede estar bien orgulloso de sus logros. Basta de mofa y de ridículo. Porque Netanyahu no sólo es un profeta: su liderazgo ha barrido la totalidad del país. Ya no queda nadie capaz de impedirle que haga realidad su visión, y los expertos no tardarán en escribir que Netanyahu estaba en lo cierto.

Este país tiene ahora un capitán ciego en la cabina de mandos que, con precisión ejemplar, conduce a sus pasajeros de ojos vendados hacia el destino que imaginó. Porque si antes de esta semana le hubiese quedado algún elemento de su alarmismo sin materializar, ocurre el vergonzante abordaje de la flotilla y se apunta otro tanto al conseguir este objetivo también.

En caso de que alguien tuviera un atisbo de esperanza y pensase que nuestro piloto no está totalmente ciego, que quizá lo que tiene es algún tipo de artilugio especial para ampliar su visión, Netanyahu va y declara que el bloqueo de Gaza continuará. Que se vayan al cuerno el mundo, la sabiduría, Gaza y, de camino, también Israel (y que se haga añicos ese atisbo de esperanza). Una vez que las sierras y los cuchillos incautados en el Marmara se hayan expuesto públicamente, podremos convencernos de una vez por todas de que realmente existe un peligro acechando en cada callejón, un agente de Al Qaeda en cada barco y armas en cada cubierta (e incluso el Marmara era una amenaza existencial, ni más ni menos, exactamente como nuestro líder había previsto).

Está claro que nadie exigirá ver las armas que los activistas supuestamente dispararon, ni el metraje de vídeo en el que se ve a los soldados israelíes disparando, ni las fotografías tomadas por los periodistas y confiscadas. Para nosotros, basta con las imágenes de las duras palizas hechas públicas por el portavoz de las Fuerzas de Defensa Israelíes (IDF).

Casi 7.000 millones de seres humanos (menos unos cinco millones de judíos israelíes) están equivocados. Al no tener un líder como Netanyahu, siguen pensando que abordar barcos de pasajeros en aguas internacionales es un acto de piratería, una acción idéntica a las cometidas por los piratas de Somalia. Piensan (equivocadamente, faltaría más) que Israel no tiene derecho a detener una flota de barcos; que las víctimas son los habitantes de Gaza y los malditos pasajeros, no los comandos navales que asaltaron el barco y fueron golpeados; y que los agresores fueron las tropas que descendieron sobre el barco desde un helicóptero disparando y matando a nueve civiles e hiriendo a docenas.

El mundo está equivocado y Netanyahu, con nosotros a remolque, está en lo cierto: no levantaremos el bloqueo. Durante cuatro años no ha aportado ni el más leve beneficio, tan sólo perjuicios, ¿pero qué más da? ¡Adelante! Vamos a hacer que se cumpla la visión de Netanyahu. Nos convertiremos en un país todavía más despreciado y no nos quedará ni un solo amigo en el mundo, ni siquiera Estados Unidos. Es cierto que fue el predecesor de Netanyahu, Ehud Olmert, quien comenzó este nefasto declive con la operación Plomo Fundido, tras la cual el mundo se mostró intolerante hacia cualquier comportamiento violento de Israel, pero Netanyahu va por el mismo camino.

Después de todo, su visión aún no se ha hecho completamente realidad. Netanyahu hizo que albergáramos una esperanza: una “paz económica” que traería prosperidad a palestinos e israelíes. Sin embargo, hasta el momento no ha habido otro saboteador de las exportaciones israelíes mayor que él mismo. Dentro de poco, todo lo que produzcamos se tendrá que vender no más allá de Petah Tikva. Incluso los profetas tienen derecho a equivocarse en alguna ocasión,
aunque sería mejor que no nos hiciese albergar más esperanzas.

Según una encuesta publicada el miércoles, aproximadamente la mitad de los israelíes quiere una comisión de investigación. Cabe asumir que es sólo porque nuestros soldados fueron agredidos y humillados. Porque… ¿hay alguna otra cosa que se deba investigar? Al fin y al cabo, tenemos un estadista profético cuyas predicciones se están cumpliendo una tras otra, y el redentor (no) viene a Sión.

Gideon Levy es periodista del diario israelí ‘Haaretz’
Traducción de Elena Sepúlveda
Ilustración de Miguel Ordóñez