
GIDEON LEVY
Periodista israelí
Ilustración de Mikel Casal
Hay escándalos que se resisten a morir, ya sea porque nunca fueron suficientemente investigados o porque los responsables de lo ocurrido nunca pagaron el precio que debían. El caso del Bus 300 –consistente en el asesinato por agentes del Shin Bet (servicio de seguridad israelí) de dos secuestradores de un bus que ya estaban detenidos cuando fueron asesinados, y el posterior encubrimiento de la acción– cae en la segunda categoría. Casi todo estaba claro en aquella época, pero el caso se resiste a morir porque la mayoría de sus responsables nunca fueron castigados. Ellos nunca pagaron el precio, ni ante los tribunales ni ante la opinión pública.
Y entonces, en vísperas de Rosh Hashaná (Año Nuevo judío, celebrado la semana pasada), el escándalo fue revivido cuando Gidi Weitz expuso en Haaretz algunas de las transcripciones judiciales del caso. Mucho se sabía ya antes de la publicación de esta exclusiva impresionante, pero uno no puede evitar enfurecerse de nuevo, 30 años después, tras la lectura de la descripción de lo que ocurrió en la noche del 13 de abril de 1984 y en los meses de relatos sin fundamento, encubrimientos, esfuerzos para silenciar testigos, extorsión y mentiras que siguieron.
La rabia se intensifica por el hecho de que prácticamente los únicos que pagaron el precio fueron los agentes del Shin Bet que revelaron el caso. En el otro lado, uno de los más seriamente implicados es nada menos que nuestro muy admirado presiente actual, Shimon Peres. Otro que interfirió en el caso es nada menos que el actual ministro de Justicia, Yaakov Neeman. Esos dos hombres, a los que hoy se confía la aplicación de la ley, demostraron entonces cómo se relacionaban con el imperio de la ley. Además, estaba el comandante de los asesinos de los terroristas, Ehud Yatom, quien incluso fue elegido miembro del Parlamento después de que se revelasen sus fechorías. Ahora, como entonces, el asesinato, las falsedades y los esfuerzos de silenciar en nombre de la seguridad son tolerados en Israel.
Lo que sucedió en los campos de Dir al-Balah de la franja de Gaza, y subsecuentemente en los pasillos del Gobierno y del Ejército israelíes, no podría haber pasado hoy. Después de todo, ¿quién se sobresaltaría hoy por el asesinato de dos terroristas atados? Tras cientos de asesinatos selectivos, el corazón del público se ha endurecido y se ha habituado a esas cosas. No, el caso del Bus 300 no sería hoy un escándalo.
Hoy no habría necesidad de mentiras y encubrimientos. Bastaría con una declaración del portavoz de las Fuerzas Armadas israelíes señalando que dos terroristas habían “intentado atacar a los soldados”, que la mayoría de los corresponsales militares repetirían obedientemente, y ese sería el final del asunto. De todas formas, la conmoción que provocó el caso del Bus 300 siempre se centró en el encubrimiento y las mentiras, y no en los asesinatos.
Este caso debería ser parte de la educación cívica en Israel. Una especie de mezcla de mafia y policía secreta del tipo soviético en el liderazgo del país, no hace muchos años, constituye materia de estudio en el aprendizaje sobre democracia. Mucho antes de que nuestros hijos sean llevados a la Cueva de los Patriarcas en Hebrón o a Auschwitz, nuestro estudiantes deberían ser educados en el verdadero papel de la prensa, como el caso del Bus 300, que saltó a la luz cuando una foto que mostraba a los secuestradores aún vivos se publicó en un diario en desafío de la censura. Los estudiantes deberían aprender sobre las principales razones dadas por quienes intentaron encubrir el asunto, tales como el entonces primer ministro Peres. Ellos amenazaron con que se podría “abrir una caja de Pandora”. Con el fin de evitar la toma en consideración del caso, el Shin Bet incluso preparó una lista de asesinatos adicionales que se habían llevado a cabo antes del caso del Bus 300.
Nuestros hijos deberían aprender (y nosotros deberíamos recordárnoslo) que los responsables de las mentiras y los asesinatos recibieron el perdón presidencial incluso antes de ser investigados, sólo porque pertenecían al Shin Bet. Hay también que recordar que algunos de los implicados en arreglar esos escandalosos perdones están aún entre nosotros, involucrados en el liderazgo del país e interfiriendo en los asuntos públicos.
La Ruta 300 que llegaba hasta las afueras de Dir al-Balah nunca dejó de operar. Aunque es ya costumbre enorgullecernos porque el Shin Bet ha sido desde entonces expuesto al público, no hay evidencias suficientes de que sea así. Los jefes del Shin Bet no volverían a meterse en un libelo de sangre contra un oficial veterano del Ejército, como hicieron entonces cuando implicaron falsamente al brigadier-general Yitzhak Mordejai en los asesinatos. ¿Y lo de matar a terroristas capturados? Las operaciones del Shin Bet no son hoy mucho más transparentes de lo que eran entonces, y debido al secretismo –tanto el que es necesario como el que es innecesario y equivocado–, no existe suficiente supervisión sobre lo que hace la agencia.
Incluso ahora, 30 años después, los nombres de todos los implicados en el caso del Bus 300 no se han divulgado, lo que es indignante en sí mismo. Y todo aquel que tenía entonces la sensación de que pedir al primer ministro la expulsión de los responsables era como aullar a la luna, encontraría hoy la misma respuesta. Todo aquel que pagó entonces un precio por buscar justicia podría pagar un precio similar hoy. El hecho claro es que los agentes del Shin Bet Reuven Hazak, Peleg Radai y Rafi Malka, que desvelaron el caso, nunca recibieron el honor y el reconocimiento que merecían. Y Peres se convirtió en presidente, y Neeman, en ministro de Justicia.

GIDEON LEVY
Es tarde en la noche en Sodra, un suburbio de moda al sur de Estocolmo, y todo es bebida alrededor. Hay queso de Italia y pescado escandinavo en la mesa; y una muchedumbre diversa, extremadamente alerta, está reunida en torno a la mesa. Hay un académico sueco muy conocido cuyo campo de especialización es la Historia de la Religión; un conferenciante en Historia Económica, y también está un joven iraquí que estuvo preso en la era de Sadam Hussein en la prisión de Abu Ghraib y que ahora trabaja en la Corte Suprema sueca.
La casa pertenece a un exisraelí, Dror Freiler, y este encuentro lo celebra el comité sueco de conducción para la próxima Flotilla de Gaza. Es una morada histórica: en el siglo XVIII, la casa fue un salón de cerveza, y con posterioridad funcionó como una institución para personas con enfermedades mentales. Hermann Goering convaleció aquí, por insistencia de su esposa sueca, tras haberse vuelto adicto a la medicación para el dolor cuando resultó herido durante la Primera Guerra Mundial; Vladimir Ilich Lenin también estuvo aquí, en su ruta hacia la revolución rusa (se dice que compró su famosa gorra en una esquina próxima).
Ahora, el músico y artista Freiler vive aquí tras haber sido deportado de Israel en junio pasado como resultado de la controversia sobre la primera Flotilla de Gaza. Ya no se le permite visitar a su anciana madre en el kibutz (comunidad rural) Yad Hanna.
A Freiler le gusta recordar sus días de servicio en el Batallón 50 de Infantería, a finales de los años sesenta. Comparte su memoria con miembros de la Flotilla de Gaza. El profesor Mattias Gardell, que también tomó parte en la primera flotilla, sostiene que las dos primeras víctimas resultaron muertas antes de que los soldados israelíes abordaran el Mavi Marmara el pasado mayo. Ellos se preguntan ahora, en un clima de miedo ingenuo, cómo los tratará Israel esta vez. Junto a una médica sueca-judía, hija de un sobreviviente húngaro del Holocausto que está casada con el editor Dan Israel, el grupo está reunido tarde en la noche para planificar la próxima aventura de la flotilla. Mientras los israelíes están inclinados a describir las flotillas como una iniciativa turca y una amenaza, los miembros de este grupo la describen como un proyecto internacional orientado a la paz.
Resulta imposible no impresionarse con la determinación de este grupo. Ellos transportarán 500 toneladas de cemento, un hospital móvil y una ambulancia en su barco, uno de los 10 que conformarán la flotilla. Saben que existen otros caminos para llevar estos materiales a Gaza, pero quieren recordarle al mundo la suerte de este territorio. Es su derecho y, tal vez, incluso, su deber.
Si Israel no se hubiera comportado con tal estupidez gratuita y hubiese permitido a la anterior flotilla alcanzar la costa de Gaza, en vez de haberla atacado, es posible que esta nueva flotilla no se hubiese movilizado. En todo caso, los ojos del mundo no estarían abiertos como lo están hoy, observando de cerca a la flotilla.
Yo les dije a los miembros del grupo que Israel está decidido a atacar. Uno de ellos ha comprado ya un chaleco antibalas. Israel sabe muy bien que esta gente no supone una amenaza, y que en los barcos no van camufladas armas. Sin embargo, Israel lanza amenazas, y los comandos navales de las Fuerzas de Defensa se entrenan para la llegada de la flotilla. El resultado: las peticiones para embarcar en la flotilla se multiplican y los barcos se llenarán de gente.
Cuando tú te reúnes con gente así, comprendes el terrible daño que Israel se inflige a sí mismo en el ámbito internacional como resultado de su conducta violenta. Qué simple (y qué justo) sería que se permitiese a esa gente bienintencionada alcanzar su objetivo; por el contrario, qué idiota, violento e innecesario sería soltar a los comandos, una vez más, para que vayan a por ellos.
“Un brindis a la oscuridad que cayó en picado sobre los barcos… Albricias para los pequeños botes de madera”, escribió el poeta Nathan Alterman en su En alabanza a un capitán italiano, un elogio a los barcos que rompieron el bloqueo británico y llevaron a inmigrantes judíos a Nahariya en 1945. Y debemos brindar por el capitán sueco (o turco), y por los botes con rumbo a Gaza, en una misión no menos justa: esperemos que Israel cambie su curso y, en ese cambio, sorprenda al mundo dando el paso sabio y permitiendo que los pasajeros de los barcos lleguen a su destino.
Israel no puede resultar lesionado por ningún peligro imaginario que plantean los barcos. Aquí, desde Suecia, en un momento en que el sol no se pone por la noche, va una apelación final a aquellos que querrían bloquear la flotilla: por favor, sólo por una vez, actúen con prudencia y acaten la ley internacional y la simple justicia. Esta gente tiene derecho de llegar a Gaza; Israel carece del derecho de frenarlos.
Gideon Levy es periodista israelí
Ilustración de Miguel Ordóñez

GIDEON LEVY
De golpe, las últimas dudas han desaparecido y los signos de interrogación se han transformado en signos de exclamación. El médico Ezzeldeen Abu Al-Aish escribió un breve libro en el que se inventó el asesinato de sus tres hijas. Los 29 muertos de la familia Al-Simoni están ahora de vacaciones en el Caribe. El fósforo blanco era sólo la pirotecnia de un filme de guerra. Los portadores de banderas blancas que fueron abatidos eran un espejismo en el desierto, como lo eran las informaciones sobre el asesinato de cientos de civiles, incluso mujeres y niños. Plomo Fundido ha vuelto a ser una frase en una canción infantil.
Un sorprendente e inexplicado artículo en The Washington Post de Richard Goldstone ha causado regocijo aquí en Israel, una fiesta Goldstone, del tipo que no veíamos desde hace mucho tiempo. De hecho, los relaciones públicas de Israel cosecharon una victoria, y por ello las felicitaciones están a la orden del día. Pero las preguntas permanecen tan opresivas como siempre, y el artículo de Goldstone no las responde; si al menos hubiera borrado todos los temores y las sospechas…
Cualquiera que haya honrado al primer Goldstone tiene también que honrarlo ahora, pero aun así debe preguntarle: ¿qué ha sucedido? ¿Qué sabes exactamente hoy que no supieras entonces? ¿Acaso te has enterado hoy de que criticar a Israel conduce a una campaña de presión y calumnias que no puedes enfrentar, tú, “judío que se autoodia”? Esto lo podrías haber sabido antes.
¿Fueron los dos informes de la juez Mary McGowan los que provocaron tu cambio de ánimo? Si es así, deberías leerlos con atención. En su segundo informe, publicado hace cerca de un mes y que por alguna razón no ha recibido ninguna mención en Israel, la jueza de Nueva York escribió que nada indica que Israel emprendiera una investigación sobre las personas que diseñaron, planearon, comandaron y supervisaron la operación Plomo Fundido. Entonces, ¿cómo sabes tú qué política subyace en los casos que tú investigaste? ¿Y a qué viene este entusiasmo que se ha apoderado de ti con respecto a las investigaciones realizadas por las Fuerzas de Defensa de Israel después de que se divulgara tu informe?
Tú debes ser un amante particularmente fiel de Israel, como aseguras ser, para creer que las Fuerzas de Defensa, como cualquier otra organización, son capaces de investigarse a sí mismas. Tú debes ser un amante ciego de Israel para darte por satisfecho con investigaciones que no condujeron a ninguna aceptación de responsabilidad y a virtualmente ningún juicio. Sólo un soldado está siendo procesado por asesinato.
Pero dejemos de lado los tormentos y la indecisión del ya no joven Goldstone. Dejemos también al margen los informes de las organizaciones de derechos humanos. Examinemos los hallazgos de las propias Fuerzas de Defensa de Israel. De acuerdo con la inteligencia militar, 1.166 palestinos resultaron muertos en la operación: 709 de ellos terroristas, 162 que podían o no estar armados y 295 viandantes (80 menores de 16 años y 46 mujeres).
Otras averiguaciones describen un cuadro más grave. Pero creamos a las Fuerzas de Defensa de Israel. ¿Es que el asesinato de alrededor de 300 civiles, incluyendo docenas de mujeres y niños, no constituye un motivo para penetrar en la búsqueda del alma de una nación? ¿Fueron todos ellos asesinados por error? De ser así, ¿300 errores diferentes no requerirían alguna conclusión? ¿Es este el comportamiento del Ejército más moral del mundo? Si no lo es, ¿quién asume la responsabilidad?
La operación Plomo Fundido no fue una guerra. Las diferencias de poder entre los dos bandos
–el ejército de ciencia ficción contra los lanzadores descalzos de cohetes Qassam– no justifica las cosas cuando el golpe es tan desproporcionado. Fue un ataque severo contra una muchedumbre civil sin esperanzas, entre la cual se escondían terroristas. Podríamos creer que el Ejército israelí no mató deliberadamente civiles, que no tenemos soldados asesinos como en otros ejércitos, pero el Ejército tampoco hizo lo suficiente para evitar que fueran asesinados. Nuestra doctrina de cero víctimas tiene un precio.
Goldstone ha triunfado de nuevo. Primero forzó a las Fuerzas de Defensa de Israel a investigarse a sí mismas y a conformar un nuevo código ético; ahora, sin buen juicio, ha dado luz verde a la operación Plomo Fundido 2. Pero dejadlo a él tranquilo. Estamos hablando de nuestra imagen, no de la suya. ¿Estamos satisfechos de lo que ha pasado? ¿Estamos realmente orgullosos de la operación Plomo Fundido?
© Haaretz
Gideon Levy es periodista israelí
Ilustración de Federico Yankelevich
GUIDEON LEVY
Hace algunos días, Egipto estaba en nuestras manos. El ejército de expertos, incluido nuestro mayor especialista en Egipto, Benyamín Ben Eliezer, dijo que todo estaba “bajo control”, que El Cairo no es Túnez y que Mubarak es fuerte. Ben Eliezar dijo que había hablado por teléfono con un funcionario egipcio de alto rango y este le había asegurado que no había nada de qué preocuparse. Puedes contar con Fuad y Hosni, ambos están a punto de convertirse en pasado.
El pasado viernes todo había cambiado. Resultó que las estimaciones de la inteligencia israelí, lo que era recitado hasta la saciedad por los analistas de la corte, no era, de nuevo, el epítome de la exactitud. La población egipcia mantuvo su propia voz y tuvo el valor de no alinearse con los deseos de Israel. Antes de que el destino de Mubarak esté sellado, ha llegado el momento de explicar algunas de las conclusiones de Israel.
No era una plaga de oscuridad en Egipto sino la luz del Nilo: el final de un régimen sostenido por bayonetas está pronosticado. Este podrá durar años y la caída, a menudo, tiene lugar en el momento menos esperado, pero finalmente ocurre. No sólo Damasco y Amán, Trípoli y Rabat, Teherán y Pyongyang: Ramala y Gaza están también destinadas a que haya
agitaciones.
La hipócrita y moralista división de países llevada a cabo por Estados Unidos y Occidente entre el llamado “Eje del mal”, por un lado, y los “moderados”, por otro, se ha colapsado. Si hay algún “Eje del mal”, este incluye a los regímenes no democráticos, incluyendo a los “moderados”, “estables” y “prooccidentales”. Hoy Egipto, mañana Palestina. Ayer Túnez, mañana Gaza.
No sólo los gobiernos de Fatah en Ramala y de Hamás en Gaza están predestinados a caer, sino también quizá, algún día, la ocupación israelí, que cumple todos los requisitos de una tiranía criminal y un régimen perverso. Este se sostiene también exclusivamente con las armas y es odiado a todos los niveles por los gobernados, incluso enfrentados, indefensos, no organizados e inequipados, a un gran ejército. La primera conclusión: mejor terminar esto bien, con acuerdos basados en la justicia y no en el poder, antes de que las masas se tomen la justicia por su mano y tengan éxito en desterrar la oscuridad.
Una segunda conclusión, pero no menos importante: las alianzas con regímenes impopulares pueden romperse repentinamente en pedazos. Siempre que las masas en Egipto y en todo el mundo árabe continúen viendo las imágenes de la tiranía y la violencia en los territorios ocupados, Israel no podrá ser aceptado, incluso si es aceptable para unos cuantos regímenes.
El régimen de Egipto se convirtió en un aliado de la ocupación israelí. El asedio conjunto a Gaza es una prueba irrefutable de ello. A la población egipcia no le gustó, al igual que nunca les gustó el acuerdo de paz con Israel , en el cual este país se comprometió a “respetar los legítimos derechos del pueblo palestino” pero nunca cumplió su palabra. Al contrario, el pueblo egipcio contempló las escenas de la operación Plomo Fundido.
No es suficiente con tener un puñado de embajadas para ser aceptado en la región. Ha de haber también embajadas de buena voluntad, una imagen de justicia y un Estado que no sea ocupante. Israel tiene que buscar la forma de llegar a los corazones de los pueblos árabes, que nunca aceptarán la continua represión de sus hermanos, incluso si sus responsables de inteligencia siguen cooperando con Israel.
Si hay algo que comparten todas las facciones de la oposición egipcia es su hirviente odio a Israel. Ahora sus representantes alcanzarán el poder e Israel se encontrará en una situación difícil. Tampoco quedará nada del virtual logro del que Netanyahu se vanagloria: la alianza con los regímenes árabes “moderados” contra Irán. Una alianza real con Egipto y sus estados asociados sólo puede estar basada en el fin de la ocupación, como desea el pueblo egipcio, y no en un enemigo común, como le interesa al régimen.
El pueblo egipcio –a todos los niveles– tiene su destino en sus manos. Hay algo impresionante y esperanzador es esto. Ningún poder, incluido el de Mubarak, que le gustaba tanto a Ben Eliezer, puede vencerlo. En Washington se ha entendido la gravedad del momento y se han desligado rápidamente de Mubarak e intentado llegar a la población. Esto debería ocurrir en algún momento en Jerusalén.
Guideon Levy es periodista y escritor israelí
Ilustración de Patrick Thomas