Publicidad

Dominio público

Opinión a fondo

Gaza y las elecciones israelíes

30 dic 2008
Compartir: facebook twitter meneame delicious

IGNACIO ÁLVAREZ-OSSORIO

dominio-30.jpg

La tregua mantenida durante los últimos seis meses entre Israel y Hamas no ha podido romperse de una manera más abrupta. Las fuerzas aéreas israelíes han lanzado un ataque fulminante contra varios edificios oficiales en la franja de Gaza acabando con la vida de más de 300 personas, en lo que se considera tan sólo el primer paso de una operación destinada a desalojar del poder a Hamas. Esta acción militar ha producido el episodio más violento vivido en la franja desde que fuera ocupada hace ya más de cuatro décadas.
Aunque las autoridades israelíes han tratado de justificar el ataque describiéndolo como una respuesta legítima a los recientes lanzamientos de misiles contra las poblaciones cercanas a la frontera (más de 200 en una sola semana), las razones parecen ser distintas. Debe tenerse en cuenta que estos misiles de fabricación casera apenas tienen un radio de acción de veinte kilómetros y difícilmente pueden considerarse una amenaza vital para la existencia del Estado hebreo (de hecho, no habían provocado una sola víctima). La ofensiva militar pone fin a la relativa calma vivida en los últimos meses y abre la puerta a una escalada bélica de impredecibles consecuencias, ya que los dirigentes islamistas palestinos han llamado a una nueva intifada contra la ocupación israelí.
La decisión del ministro de Defensa, el laborista Ehud Barak, de lanzar un mortífero ataque contra las posiciones de Hamas en Gaza guarda una estrecha relación con la celebración de las elecciones legislativas israelíes el próximo 10 de febrero. Según diversas encuestas, el líder del Likud, Benjamín Netanyahu, tiene todas las papeletas para convertirse en el próximo primer ministro. En las últimas semanas, Netanyahu ha venido calentando el ambiente al recriminar a Kadima y al Partido Laborista el mantenimiento de una línea de contacto con Hamas a través de Egipto. El líder populista había prometido que, de imponerse en las urnas, lanzaría una campaña militar para poner fin al control islamista de la franja de Gaza y acabar de una vez por todas con Hamas.
Para no quedarse atrás en las encuestas, Tzipi Livni, la ministra de Asuntos Exteriores y candidata de Kadima, también se mostró a favor de una ofensiva en Gaza. Livni es partidaria de una paz parcial con los palestinos siempre que estos acepten los planteamientos maximalistas israelíes, lo que le ha convertido en frecuente blanco de ataque de los sectores extremistas que reclaman el completo control judío de la Tierra de Israel, situada entre el Mediterráneo y el Jordán. Al quedar atrapado entre el fuego cruzado de Netanyahu y Livni, Ehud Barak, líder del Partido Laborista, dio luz verde a la intervención. Las encuestas electorales predicen una auténtica debacle de los laboristas que, de confirmarse, cosecharían el peor resultado electoral de toda su historia convirtiéndose en la quinta fuerza política israelí.
Ante esta difícil coyuntura, Barak, un político sin carisma que es cuestionado por doquier –el influyente escritor israelí Amos Oz ha manifestado recientemente que “el Partido Laborista ya ha cumplido su misión histórica”–,
parece poner a su servicio la supremacía militar para mejorar sus expectativas de voto y tratar de convertirse en una fuerza bisagra en el futuro Gobierno, dado que ni el Likud, ni Kadima lograrán el respaldo necesario para gobernar en solitario. Al golpear con dureza a Hamas, Barak, el militar más laureado en la historia israelí, pretende presentarse como el más halcón de los halcones y, al mismo tiempo, hacer olvidar sus ofertas de paz a los palestinos en Camp David y a los sirios en Shepherdstown en 2000.
La maniobra de Barak no carece de riesgos, puesto que podría volverse en su contra. Algo parecido le ocurrió a Simón Peres en 1996, cuando provocó la masacre de Qana, una ciudad del sur libanés, sin que le reportara el respaldo electoral deseado, ni le permitiera superar a su rival, Netanyahu. Difícilmente los sectores ultranacionalistas y ultraortodoxos apostarán el 10 de febrero por la fórmula laborista y tampoco parece que la ofensiva le pueda dar votos entre los sectores progresistas, cada vez más inclinados hacia el izquierdista Meretz, que podría resucitar de sus cenizas como consecuencia de la deriva laborista.
Si en las décadas de los setenta y ochenta, los diferentes Gobiernos israelíes, independientemente de su signo, tacharon a la OLP de organización terrorista para evitar negociar la devolución de los Territorios Ocupados, en la actualidad los dirigentes sionistas hacen lo propio negándose a reconocer a Hamas. Lo sorprendente es que los países occidentales, incluida España, respaldan este posicionamiento y no aceptan a Hamas como interlocutor válido mientras no renuncie a la violencia y muestre su apoyo al nefasto Proceso de Oslo, que ha convertido el territorio palestino en guetos aislados. La incógnita es por qué Washington y Bruselas aceptan un Gobierno libanés en el que toma parte activa Hezbolá, pero rechazan un Gobierno palestino con la presencia de Hamas.
Curiosamente, ni Estados Unidos, ni la UE exigen a Israel que cumpla el derecho internacional y respete los derechos humanos de los palestinos, poniendo fin a su ocupación e interrumpiendo su política de castigos colectivos. Es más: la Unión Europea da un trato de favor a Israel que, a pesar de su reiterado afán colonizador, es premiado con la intensificación de las relaciones. De hecho, el Acuerdo de Asociación que entró en vigor en 2000 fue reforzado por el Plan de Acción de 2004; a comienzos de este mismo año se frenó, gracias a la movilización de la sociedad civil europea, un nuevo intento del Parlamento Europeo de mejorar dichas relaciones bilaterales. Al castigar al ocupado y premiar al ocupante, la comunidad internacional está lanzando un mensaje erróneo que fortalece a los sectores extremistas y debilita a quienes defienden un compromiso con los palestinos.

Ignacio Álvarez-Ossorio es Profesor de Estudios Árabes e Islámicos en la Universidad de Alicante

Ilustración de Mandrake

¿Hacia dónde va Israel?

22 sep 2008
Compartir: facebook twitter meneame delicious

IGNACIO ÁLVAREZ-OSSORIO

Israel afronta estos días su enésima crisis de gobierno como consecuencia de la dimisión de su primer ministro, que se comprometió a materializar este mes de septiembre. Investigado por corrupción, Ehud Olmert abandonará su cargo sin haber llevado a la práctica el programa electoral del Kadima, que contemplaba una desconexión unilateral de Cisjordania similar a la desarrollada en 2005 en la Franja de Gaza. Tampoco dispone ya del tiempo necesario para alcanzar un acuerdo sobre la creación de un Estado palestino, tal y como recogiera la Declaración de Anápolis apadrinada por el presidente George W. Bush.

Aunque el secretismo rodea las negociaciones, las últimas filtraciones a la prensa israelí (que deben tomarse con suma cautela dada la experiencia de Camp David) hablan de una retirada del 93 % de Cisjordania y de un intercambio de territorio del 5,5 %, gracias al cual Israel podría anexar los principales bloques de asentamientos construidos ilegalmente desde la guerra de los Seis Días, dando a cambio territorio desértico del Neguev conlindante con Gaza. El principal escollo, como antaño, sigue siendo el futuro de Jerusalén Este, que, desde su ocupación, ha sufrido una intensiva colonización con el asentamiento de 250.000 judíos y con su separación física de Cisjordania mediante la construcción del muro, diversas carreteras de circunvalación y, ahora, un tranvía metropolitano. Debe tenerse en cuanta que, con toda probabilidad, dicha filtración sea interesada y responda al interés de Olmert de pasar a la historia como una “paloma” que buscó la paz hasta el último momento y no como el primer ministro que debió abandonar su cargo por corrupción.

Se pasa por alto que un acuerdo de esas características difícilmente sería aprobado por una Knesset profundamente atomizada que está, en la práctica, en manos de partidos bisagra que disponen de capacidad de veto. Al margen de los escaños obtenidos por la fórmula Kadima en las pasadas elecciones (que no volverán a repetirse debido a que no contará con el efecto Sharon y, además, pagará un alto precio por el desgaste sufrido por Olmert en los dos últimos años), sorprende ver cómo los dos partidos sionistas tradicionales –el Laborista y el Likud– apenas suman 31 escaños de los 120 escaños en la actual Cámara, frente a los 32 del triángulo formado por el ortodoxo Shas, el radical Yisrael Beitenu y el nacionalista Mafdal, ninguno de ellos favorable a un Estado palestino, aunque sea Israel el que delimite unilateralmente cuáles han de ser sus fronteras al margen de la legalidad internacional.

Tras buscar infructuosamente un acuerdo de paz durante 15 años, las palomas han pasado a otras formaciones minoritarias (como Yossi Beilin, otrora ingeniero del proceso de Oslo y ahora al frente del Meretz), han abandonado la política activa (caso del laborista Shlomo Ben-Ami) o, simplemente, han declinado participar en las negociaciones. Con las palomas recluidas en sus cuarteles de invierno, son los halcones los que marcan la agenda política. Conscientes de que el proceso negociador es cada vez más asimétrico y de que la comunidad internacional parece haber arrojado la toalla, abrazando la tesis israelí de que la cuestión palestina, hoy en día, debe contemplarse bajo el prisma de lo humanitario (como muestra su tratamiento de la crisis de Gaza), los herederos de Jabotinsky y Ben Gurion han unido sus fuerzas para profundizar la colonización siguiendo la máxima de Sharon: “Toda colina que tomemos será nuestra”.

Ante este desalentador panorama no debe extrañarnos que algo comience a moverse en la escena palestina. Como certeramente me resumiera Muhammad Shtayyeh, director del Consejo Económico para el Desarrollo y la Reconstrucción y uno de los prohombres de la Autoridad Palestina, en un reciente encuentro mantenido en Ramala: “Estamos construyendo una casa con tres pisos. En el tercer piso están los americanos, en el segundo los israelíes y en el primero nosotros. La casa no tiene todavía ni ascensor ni escaleras que comuniquen los pisos; no hay ninguna comunicación entre los tres niveles. La Administración de Bush ha planteado solamente una visión sobre el Estado palestino. El Gobierno israelí, por su parte, se contenta con impulsar una nueva declaración de principios. Nosotros buscamos poner fin a la ocupación”.

Ante la imposibilidad de construir un Estado sin continuidad territorial, algunos de los principales estrategas comienzan a pronunciarse a favor de la disolución de la Autoridad Palestina y la creación de un Estado binacional. Mustafa Barguzi, secretario general de la Iniciativa Nacional y uno de los miembros más destacados de la sociedad civil palestina, resumía la situación de la siguiente manera: “El movimiento nacionalista ha venido luchando desde décadas por un Estado en las fronteras de 1967, de acuerdo con las resoluciones de las Naciones Unidas, pero Israel pretende imponer uno formado por bantustanes y cantones basado en un sistema de apartheid. Estamos en una situación similar a la de Sudáfrica en los años setenta”.

También Sari Nuseibeh, rector de la Universidad del Quds y uno de los negociadores que tomaron parte en la Conferencia de Madrid, se ha sumado al debate. En una reciente entrevista al diario israelí Haaretz, el dirigente ha lanzado todo un órdago: “La ocupación es terrible y el asedio está en todas partes… Los europeos están financiando la ocupación y, además, están contentos porque consideran que están haciendo algo que limpia su mala conciencia… Deberíamos comenzar un debate y retomar la idea de un solo Estado. Luchar por la igualdad y por el derecho a la existencia, el retorno y la igualdad. Es un proceso lento que tomará años y deberá ser un movimiento pacífico, tal y como aconteció en Sudáfrica”. No hay duda que soplan nuevos vientos en la escena palestina.

IGNACIO ÁLVAREZ-OSSORIO es profesor titular de Historia Contemporánea del Islam en la Universidad de Alicante

Ilustración de PATRICK THOMAS