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Dominio público

Opinión a fondo

Pasos perdidos en La Noche de los Libros

23 abr 2008
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INMA CHACÓN

04-24.jpgAlgunos pasos se pierden en los adoquines de las grandes ciudades, y no hay manera de encontrarlos después. Suben y bajan aceras, cruzan calles, recorren avenidas, visitan catedrales y museos, descansan en los bancos de los parques y de las plazas, o irrumpen en los bares y en los restaurantes, donde saborean ese curioso placer que consiste en distraerse del reloj para recrearse en un tiempo que sabe escaparse de la medida de la prisa.
Pasos que inspiran novelas donde cada cual se busca a sí mismo, en un viaje exterior e interior que comienza precisamente en esos pasos; en ese deambular que se dirige a todas partes y a ninguna. Ejemplo entre ellas, Los pasos perdidos, de Alejo Carpentier, cuyos personajes se aventuran hacia el centro de la selva, y hacia las profundidades del alma.
Pasos que prestan su nombre a salones decorados al estilo isabelino, como el Salón de Conferencias del Palacio de Congresos de los Diputados, donde los representantes de distintos partidos se encuentran para buscar sus acuerdos, y cuya mesa central, decorada con incrustaciones de bronce y de nácar, fue donada por Isabel II, después de haberla recibido como regalo del zar Nicolás I.
El mismo nombre de los Pasos Perdidos reciben, en diferentes países del mundo, y con la misma finalidad, algunas salas aledañas a las Cámaras de Representantes, así como las que preceden al conjunto de las cámaras del Senado, de un tribunal, de una estación, o de un ayuntamiento. También se llaman así algunos salones que sirven de paso a otras dependencias, en determinados palacetes y casas señoriales.
Curiosamente, por ese mismo nombre se conoce, en las logias, la antesala que precede al templo masónico, donde los aprendices, compañeros y maestros realizan sus rituales, sus “tenidas”, en las que se inicia ese viaje interior cuyo objetivo final consiste en alcanzar la perfección, la libertad y la sabiduría.
Resulta difícil averiguar la procedencia de este nombre, no hay datos sobre ello, pero quién sabe si la Antesala de los Pasos Perdidos masónica no ha sido en algún momento de la Historia, al menos nominalmente, el origen de esos salones por los que inevitablemente hay que pasar, para encaminarse a determinados lugares.
Pasos perdidos.
Se pierden, sí, como en las grandes ciudades, y a veces resulta difícil encontrarlos. Algunos, incluso, se atreven a trepar por jardines que olvidaron la obligatoriedad de la línea horizontal, y se yerguen hacia lo alto por paredes imposibles. Jardines como los que se alzan en uno de los inmuebles del Paseo del Prado. Jardines que trepan hacia las azoteas, sorprendidas de que el verde consiga mantenerse en el costado de un edificio que no nació para la singularidad, pero que se convirtió en diferente cuando alguien decidió terminar con la costumbre de sembrar los jardines alrededor de las casas.
Pasos que se adentran en las librerías de edificios restaurados para mostrar la armonía entre la innovación y la majestuosidad, entre el arte y la pasión, entre el blanco del mármol y el ladrillo rojizo de una antigua central eléctrica, entre la emoción y la curiosidad, entre el espacio vacío y el deseo, cualquier deseo, cualquier sueño que trate de cumplirse. Pasos que se pierden en pequeñas librerías de la periferia, en pueblos absorbidos por la desproporción de la urbe, pero que conservan el sabor de una cultura en la que la palabra lejos tenía otro significado, cuando aún tenía sentido medir el espacio por el tiempo que se tarda en recorrerlo. Pasos en las librerías de los barrios, las de siempre, entre estanterías y expositores abarrotados de historias que esperan el final que guarda cada lector. En los grandes almacenes, en las macrolibrerías, en los centros culturales, y en los tenderetes al aire libre.
Pasos perdidos entre libros abiertos; entre libreros que aconsejan y que disfrutan cuando se les pide consejo; entre autores que se encuentran con lectores que darán sentido a su obra; entre amigos que comparten la aventura de leer; entre padres e hijos; entre enamorados; entre mujeres y hombres solos, completamente solos, disfrutando de su soledad o huyendo de ella, mientras la noche que se acerca les recuerda, a unos y otros, que el día 23 de abril está a punto de terminar.
Muchos de ellos ni siquiera sabrán que en esa fecha, en la que la UNESCO conmemora desde 1995 el Día Internacional del Libro, fallecieron tres genios de la literatura cuyas obras vivirán para siempre: Cervantes, Shakespeare y el Inca Garcilaso de la Vega. Tres hombres que murieron un 23 de abril, sin imaginar que, siglos después de su muerte, sus obras seguirían transmitiendo emociones con la misma intensidad que el día en que las escribieron.
Quizá ninguno pensó que trascenderían hasta el punto de convertirse en referentes universales y atemporales. Quizá muchos de los grandes escritores que vinieron detrás no habrían escrito obras maestras sin Don Quijote, Macbeth, o La Florida del Inca. Quizá muchos grandes lectores no lo serían si no se hubiesen perdido entre las páginas de estos libros. Quizá sean imprescindibles. Y, sin embargo, otros no los habrán leído. Pero todos vivirán la noche del día 23 entre historias que buscan su final, entre autores que firman sus éxitos, y también entre voces que buscan donde acomodarse, otras muchas voces que, influidas o no por aquellos que nunca pensaron en convertirse en referente, contribuirán a que el 23 de abril termine de una forma distinta. Porque entre todos, autores, lectores y libreros, la convertirán en una noche repleta de Pasos Perdidos entre Libros.

Inma Chacón es escritora y preofesora de Documentación en la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid

Ilustración de Álvaro Valiño

José Couso, in memoriam

08 abr 2008
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INMA CHACÓN
ivansolbesdominioblog.jpgNo han pasado cinco años. El dolor no se ha multiplicado inútilmente y George Bush, el presidente de una de las democracias más sólidas del mundo, no continúa justificando una guerra en la que, según un estudio de la Escuela de Salud Pública Bloomberg, de la Universidad Johns Hopkins de Baltimore, una quinta parte de los hogares iraquíes perdieron al menos a un miembro de su familia durante los dos primeros años de la ocupación. No ha pasado el tiempo desde que la prestigiosa revista The Lancet, editada por la Asociación Médica Británica, publicó aquel informe en el que ya se calculaba el número de muertos en más de 650.000. Pero no han pasado dos años desde entonces, los gobiernos británico y norteamericano no se apresuraron a desmentir los datos del informe y la cifra no se eleva hoy hasta el millón, según denuncian algunas asociaciones de Derechos Humanos. No. No han pasado cinco años desde aquel 3 de marzo de 2003, a las 5.30 de la mañana, cuando fuerzas militares de los Estados Unidos y del Reino Unido, junto a otros países aliados, iniciaron sus bombardeos sobre Bagdad, en una campaña que el Pentágono bautizó como Conmoción y espanto.
Conmoción y espanto, sí, todavía hoy, después de cinco años. Pero no ha pasado el tiempo. Los hijos de José Couso no han crecido huérfanos, como otros hijos iraquíes, norteamericanos, italianos, holandeses, o ingleses, y sus hermanos no han dedicado sus vidas a reclamar la justicia que se les niega desde el 8 de abril de 2003, cuando lo mató un proyectil disparado desde un tanque de la compañía de la 3ª División de Infantería del Ejército estadounidense, cuyos ocupantes habían sido informados previamente de que en el hotel Palestina se alojaba la Prensa extranjera. No. La madre de José no ha pasado mil ochocientas veinticinco noches de insomnio y otros tantos días de pesadilla. Y los que apoyaron en las Azores una guerra que calificaron con el irónico apelativo de “justa”, no se pasean dando conferencias por los cuatro continentes, sin el menor signo de arrepentimiento, sin el más mínimo rubor y con idéntico discurso.
A pesar de las heridas por las que se desangra Irak y del millón de desplazados que, según la Oficina Internacional de Migraciones, se sumarán este año a 1,4 millones que ya han abandonado sus casas; a pesar de que nadie pudo probar la existencia de armas de destrucción masiva en territorio iraquí; a pesar de que los argumentos que utilizó la llamada “Coalición” para justificar la invasión, se cayeron antes de comenzar los bombardeos, porque las armas que buscaban se habían destruido en 1991, doce años antes de aquel 3 de marzo; a pesar de los 50.000 detenidos sin cargos que se llegaron a contabilizar tras la invasión, la mitad en cárceles secretas donde, todavía hoy, en nombre de los derechos más elementales del hombre, se pisotean, uno detrás de otro, esos mismos derechos que los carceleros pretenden defender; a pesar de la vergüenza de Guantánamo y de Abu Ghraib, la punta de un iceberg que espanta y conmociona, tal y como se proponía el Pentágono con esta “guerra justa”; a pesar de la escalada de atentados diarios en las principales ciudades iraquíes; a pesar de las matanzas de civiles, y de la falta de alimentos, agua, electricidad, y equipos sanitarios; a pesar de los asesinatos selectivos de profesores universitarios, casi 300 y centenares de desaparecidos, según las últimas informaciones ofrecidas por la ONG Irak Solidaridad, el último, un decano de 75 años; a pesar de que el mundo es hoy un lugar infinitamente más peligroso que antes de que aquellos estadistas reunidos en las islas portuguesas se creyeran en el derecho y en la obligación de tutelar, fuera de sus fronteras y a cualquier precio, los principios democráticos tras los que se escudaron para invadir un enclave estratégico en el negocio de los carburantes, provocando la miseria y la desesperación en el pueblo que pretendían liberar.
No. No han pasado los días y las noches en las casas de cada una de las víctimas de aquella sinrazón, contra la que se movilizaron millones de personas en todo el mundo, de todos los signos políticos del abanico democrático, sin que los supuestos adalides de la libertad atendieran el clamor de sus voces. No han pasado 60 meses sobre el tanque M1 Abrams que disparó contra el piso 15 del hotel Palestina, donde los periodistas hacían su trabajo, tratando de informar sobre aquel despropósito. No han pasado las horas de incertidumbre tras el impacto del proyectil que mató a José y al periodista ucraniano Taras Protsyuk, ni la desolación, después de la certeza de una muerte de la que todavía no se han asumido responsabilidades. No ha pasado el horror, ni la indignación de los que saben que aquel disparo debería haberse evitado y luchan aún por la reparación de las heridas. No. No han pasado los años. Ni para la memoria, ni para el olvido. No han pasado. Por mucho que se empeñen en tratar de silenciar las voces de los que siguen reclamando justicia. Por mucho que la familia se encuentre con un muro que no cede y cada 8 de abril, como cada día 8 de cada mes, se encuentre con idéntico silencio delante de la Embajada de los Estados Unidos, cuando reclama aquello que se le debería haber entregado por derecho. No. No ha pasado el tiempo. Ni para la familia, ni para los que la apoyan en este particular duelo entre David y Goliat, que sólo terminará cuando se desagravie el daño que causó aquel tanque. Porque, a pesar de los muchos intentos de sepultarlo para siempre, no han pasado cinco años. No. No han pasado. Y José Couso no ha muerto.

Inma Chacón es escritora y profesora de Documentación en la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid.

Ilustración de Iván Solbes