ISAAC ROSA
El sábado pasado los jóvenes del Partido Popular se corrieron una juerga ideológica en el congreso de las Nuevas Generaciones madrileñas. Los chicos jugaron a ser más de derechas que sus mayores, y a la juerga se sumaron dos viejos rockeros, José
María Aznar y Esperanza Aguirre, ue son como esos tíos marchosos que de vez en cuando salen de copas con sus sobrinos. En plena farra, la presidenta de la Comunidad de Madrid se marcó un baile en el centro de la pista que arrancó aplausos: cargó contra Ernesto Che Guevara, al que llamó “canalla”, y cuya figura contrapuso a la de Miguel Ángel Blanco, concejal popular asesinado por ETA hace 11 años, y al que consideró un “héroe”.
El ambiente ya lo había calentado Aznar, que arremetió contra los “progres apolillados y de pacotilla”, ante un público entregado, que reía todas las gracias, incluidas las de su líder juvenil, Pablo Casado, que ya había llamado “asesino” al Che. Pero en el caso de Esperanza Aguirre había algo más, un resentimiento previo.
El día antes, viernes, la presidenta fue al cine. Quería ver una vez más la película que ella misma encargó a José Luis Garci, sobre la lucha de los españoles contra el invasor francés en 1808. “Deme una entrada para la película esa, la de los guerrilleros”, pidió en taquilla, confiada. Como era un multicine, el taquillero se equivocó y la mandó a otra sala. Lo hizo sin mala intención, suponemos. Le dio una entrada para Che, el argentino, la película de Steven Soderbergh sobre la participación de Ernesto Guevara en la revolución cubana. Una película de guerrilleros, como le había pedido la ilustre espectadora.
De forma que nuestra desprevenida presidenta se sentó en su butaca, no para ver la épica lucha de los guerrilleros madrileños, sino la de los guerrilleros cubanos. Por supuesto, Aguirre se dio cuenta pronto del malentendido. Sin embargo, decidió esperar, darle una oportunidad a la inesperada película. Siendo norteamericano el director, pensó que vería un retrato monstruoso de los comunistas cubanos, con un Che sanguinario y errorista. Nada de eso. El comandante interpretado por Benicio del Toro no era despiadado ni criminal, como ella esperaba. Sólo fusilaba a unos pocos desertores delincuentes, y a cambio se mostraba muy preocupado por alfabetizar a sus guerrilleros.
Aquello era inaceptable: ¡un retrato amable del Che! Imaginamos lo cabreada que debió de salir del cine. Al día siguiente, de camino al Congreso, vio desde el coche oficial a unos chavales con camisetas del Che, que terminaron de calentarla. Así que lo de “canalla” fue hasta suave para lo que le pedía el cuerpo ese día.
¿Qué hacemos con el Che?, se pregunta la derecha. ¿Cómo acabar con su leyenda, que aún fascina a la cultura progresista en todo el mundo? ¿Cómo proteger a nuestros hijos de su influjo idealista que perdura? ¿Por qué tuvo que morir joven, en vez de envejecer para convertirse en alguien menos simpático, como Fidel Castro?
El Che es una figura peligrosa. Un icono poderoso que lo aguanta todo. La izquierda, hasta la más templada, lo mira aún con simpatía, frente a otros elementos de su pasado en los que ya no quiere mirarse, acomplejada. Pero sobre todo es una figura que, pese a los excesos iconográficos, sigue perteneciendo a la izquierda, no se ha apropiado de él la derecha, a diferencia de otras figuras y símbolos (pensemos en Azaña leído por Aznar, el lenguaje revolucionario usurpado por la industria publicitaria, la estética soviética como moda, o el pañuelo palestino de boutique que visten las pijas). Como no pueden apropiarse del Che, blanquearlo, despolitizarlo, lo mejor es destruirlo.
Pero el Che resiste los embates de quienes, tras ganar la Guerra Fría, exigen que la izquierda se arrodille, renuncie a su tradición de lucha y pida perdón por los errores del pasado. Pese a sus muchos complejos y su derrotismo, la izquierda aún sostiene al Che en lo alto, aunque en muchos casos sea una bandera más sentimental que política.
Enfrente tiene a esa derecha que, en el discurso de Aznar o Aguirre, se pretende sin complejos, sin pasado, sin pecado original, sin cadáveres en el armario. “Nosotros podemos asomarnos a la historia sin complejos y sin ataduras”, dijo Aguirre el sábado.
Es la ilusión de una derecha virginal, sin tradición, sin referentes molestos. Pero como tal, también es una derecha sin iconos. “En nuestras sedes no hay fotos que nos avergüencen”, dice Aguirre (olvidando la del presidente fundador, ex ministro franquista). Ni que les avergüencen ni que les enorgullezcan, añadimos.
Y es que, si el Che es el héroe de la izquierda, ¿cuáles son los iconos de la derecha? ¿Dónde están sus héroes? Los ideólogos de la FAES se refieren una y otra vez a tres personajes históricos por los que Aguirre, Aznar y sus jóvenes cachorros sienten devoción: Reagan, Thatcher y el Papa Wojtyla. Tal vez les sirvan como referentes ideológicos, pero reconocerán que, como iconos, dan poco juego. Ni el joven neocon más entusiasta se pondría una camiseta con el rostro de Reagan. De ahí a apropiación partidista de las víctimas del terrorismo etarra, una y otra vez. Miguel Ángel Blanco frente al Che Guevara, como una elección excluyente: su héroe frente a nuestro canalla.
Isaac Rosa es escritor. Su último libro es ‘El país del miedo’
ISAAC ROSA
Para retratar a Ruiz-Gallardón, echemos mano de ese viejo juego infantil que caracteriza a alguien mediante comparaciones a partir de la fórmula “Si fuera…”. Ya saben: si fuera un animal sería… Si fuera un instrumento musical… Si fuera un día de la semana… ¿Y si fuera una calle de Madrid? ¿Qué calle sería Alberto Ruiz-Gallardón? ¿Una avenida principal, como la Castellana? ¿Una calle pija del barrio de Salamanca? ¿Una peatonal? Nada de eso: si Gallardón fuera una calle de Madrid, sería la Calle 30.
¿Qué calle es esa?, preguntan los de fuera de Madrid, y no pocos vecinos. Calle 30 es como el Ayuntamiento se empeña en llamar a la M-30, el famoso cinturón de asfalto. Cuando iniciaron su reforma, para evitar el informe de impacto ambiental dijeron que era una vía urbana, una calle como cualquier otra, y para guardar las apariencias la rebautizaron como Calle 30. Sigue siendo una autovía de circunvalación, no tiene aceras, ni árboles ni bancos para sentarse, pero la llaman calle. Pues bien, Gallardón se parece a la Calle 30.
Veamos: se trata de la vía más importante de Madrid, la más señalada, la más funcional, pero también la menos humana, la más antipática. Así también Gallardón, con su perfil de profesional de la política tras 25 años enlazando cargos públicos, con su aspecto de gestor pulcro, prudente, bien valorado y votado, pero incapaz de despertar cariño en los ciudadanos, que lo ven relamido y algo extraterrestre. Se le conocen aficiones artísticas, es hombre cultivado, inteligente, buen lector, melómano, pero pocas veces le hemos oído reír, nadie recuerda haberle visto las rodillas, y sin corbata parece desnudo.
La Calle 30 es circular, no tiene destino ni dirección –su cartel habitual es “Todas direcciones”, y tenerlas todas es como no tener ninguna–. Por el norte o el sur, a derecha o izquierda, siempre llegas al mismo sitio. Así Gallardón, en su afán centrista parece un político circular. Está en el PP como podría estar en el PSOE, tiene un discurso de derechas pero hace muecas de centro-izquierda; es despreciado por los medios afines a su partido y sin embargo es el niño bonito del grupo Prisa, a cuyo fallecido propietario le unía una amistad de origen familiar. En su circularidad es hijo de antifranquista moderado pero está casado con la hija de un ministro franquista.
Igual que la Calle 30 tiene accesos por igual a las zonas obreras y a las colonias de chalets, también Gallardón puede guiñar a la vez un ojo a los votantes de derecha –que le saben católico y en el fondo uno de los suyos–, y el otro a sus adversarios. Tanto en la presidencia regional como en la alcaldía se ha caracterizado por una intensa gestualidad para aparecer como hombre de consenso, integrador, dialogante: alguien que firma acuerdos con los sindicatos, oficia matrimonios homosexuales, deja la cultura en manos de una independiente o hace pregonero a Sabina.
El resultado es un prodigio de equilibrismo: capaz de mantener el voto tradicional, rebañar en el centro-izquierda, y sobre todo desmovilizar al electorado progresista, que no lo ve tan de derechas como para echarlo a toda costa.
En su propio partido lleva años dando vueltas sin apenas moverse del sitio, superviviente de luchas internas y familias enfrentadas. Desde su incorporación juvenil a Alianza Popular no ha abandonado los órganos directivos: secretario general con Fraga, vicepresidente con el efímero Hernández Mancha, presidió la comisión de conflictos con Aznar, y hoy es fiel a Rajoy, a cuya sombra permanece, colocado para la esperada sucesión.
La Calle 30 tiene aspecto de vía moderna, y el viajero que recorre Madrid por sus carriles sólo conocerá la cara amable, próspera: edificios acristalados, laderas arboladas, barrios habitables; pero no verá todo aquello que la autovía deja de lado, ese Madrid que crece desequilibrado, la ciudad segregada donde aumentan las diferencias entre los barrios según su nivel de renta. Así es la acción política de Gallardón, obsesionado por transmitir una imagen de modernidad, de progreso, de futuro, y sin embargo aplica una política urbanística de derechas, donde el espacio público se deteriora y pierde terreno ante el empuje de las constructoras que tanto se benefician de ese frenesí transformador.
Cuando en las municipales de 2003 el PSOE propuso que la M-30 dejase de ser una autovía que fractura la ciudad y se integrase mediante bulevares, Gallardón se mofó de la idea. Tras ser elegido, en vez de humanizar el cinturón de asfalto convirtiéndolo en una calle de verdad, optó por enterrar un tramo, en esos túneles que son metáfora de su forma de actuar: los problemas no se resuelven sino que se esconden, se maquillan. Sigue habiendo atascos pero bajo tierra. Sigue habiendo chabolas, pero no se ven desde las vías rápidas. Y en la superficie, el brillo de las Noches en Blanco, y el sueño olímpico de una ciudad endeudada por muchos años.
La carrera política de Gallardón es ascendente, pero con baches. Como ese conductor que al entrar en la Calle 30 espera dar una vuelta rápida a la ciudad, hasta que choca con el habitual atasco, así también la ambición del hoy alcalde choca una y otra vez con su declarada bestia negra: Esperanza Aguirre. Entre ellos no hay muchas diferencias de gestión,
pero rivalizan y ven Madrid como una plataforma desde la que llegar al liderazgo nacional. Gallardón
se ve como esa Calle 30 que reparte el tráfico hacia las carreteras radiales que llegan a toda la península; pero no olvida que esas mismas radiales nacen en la Puerta del Sol, donde tiene despacho Aguirre. Entre codazos y sonrisas de disimulo, ambos tienen la vista puesta en La Moncloa, que por cierto está al pie de la Calle 30.
Isaac Rosa es escritor. Su último libro es El país del miedo
Ilustración de Javier Olivares
PASCUAL SERRANO, SANTIAGO ALBA RICO, BELÉN GOPEGUI, CARLOS FERNÁNDEZ LIRIA, ROSA REGÁS, ISAAC ROSA, TERESA ARANGUREN Y CONSTANTINO BÉRTOLO
El presidente del Gobierno español recurrió al título de la película Buenas noches y buena suerte para dirigirse a los telespectadores en el debate previo a las elecciones. La película trata de un periodista que, durante el macartismo, comprendió que lo que se presentaba como una actividad para proteger al Estado era en realidad un proceso de destrucción de los derechos civiles. Quizá el presidente quería transmitir la idea de que vivimos en tiempos oscuros pero que existe la voluntad política de afrontarlos con dignidad. Pero quizá solo estaba diciendo buenas noches y allá cada uno con lo que le caiga encima, porque tenemos miedo y es mejor estar callados.
En estos últimos días, las presiones del Gobierno colombiano han llevado en nuestro país a la detención de un ciudadano español y a su linchamiento mediático. Conviene recordar que, según el CINEP, organismo de derechos humanos colombiano dependiente de la Compañía de Jesús, “del total de 1.670 violaciones del Derecho Internacional Humanitario reportadas en 2007, 858 se imputan a organismos oficiales dependientes del estado colombiano (fuerzas armadas y cuerpos policiales), 5 a agentes extranjeros, 39 a combatientes sin identificar, 580 a paramilitares, 176 a las FARC, 8 al ELN y 4 a ‘guerrilla’ sin especificar”. Por lo cual, “se verifica que con mucho el mayor violador del Derecho Internacional Humanitario en Colombia es el propio Estado”. Hay en este momento en Colombia más de 30 senadores y diputados presos o imputados por vínculos con el paramilitarismo.
¿De qué acusa la prensa a Remedios García Albert? De haber solicitado visados para los hijos de un miembro destacado de las FARC? ¿Se heredan los delitos? ¿Debe ser abolida, en estos tiempos oscuros, la labor humanitaria? Si un niño o un joven es aplastado por una viga, ¿deberemos asegurarnos de que ni sus padres ni –tal vez– sus abuelos han tenido jamás vínculos con el terrorismo antes de levantar la viga? La prensa ha acusado además a García Albert de haber entregado 6.000 dólares a una persona en Suiza. Ni siquiera se ha preocupado de averiguar a quién se le entregaba el dinero y para qué. No era un “representante de las FARC en Suiza” –dato desmentido por el Gobierno suizo– sino un refugiado gravemente enfermo que debía costear una operación quirúrgica. Dice el abogado de García Albert que ella “actuó como hubiera hecho cualquier persona de bien, esto es, hizo llegar a un enfermo la cantidad necesaria para hacer frente a la intervención sin imaginar que eso podría desencadenar la detención y la puesta a disposición por un presunto delito de colaboración con banda armada”. ¿Queremos construir una sociedad donde nadie se atreva a ayudar a un enfermo por lo que pudiera pasar? ¿Queremos un macartismo a la española?
La prensa no solo ha publicado correos electrónicos atribuidos a García Albert, incurriendo en un delito de violación de correspondencia, sino que también ha rozado la ignominia del amarillismo con artículos en donde se habla de las relaciones afectivas de García Albert, se lanzan insinuaciones insidiosas o se habla despectivamente de que la acusada se habría “pillado” una infección.
Para obtener las pruebas de que Remedios García tramitó visados y trasladó dinero para una intervención médica, el ejército colombiano violó el espacio aéreo y terrestre ecuatoriano en una acción en la que murieron 17 miembros de las FARC, pero también cuatro estudiantes universitarios de México y un ciudadano ecuatoriano. Debe aún investigarse si se produjo violación de los derechos humanos de los prisioneros y ejecución de heridos y prisioneros de manera extrajudicial. Deben investigarse las posibles violaciones del derecho internacional y de las Convenciones de Ginebra llevadas a cabo para incautarse los soportes informáticos donde se encontraban esos correos electrónicos.
Por lo demás, incluso la Interpol ha reconocido que “entre la fecha en que las autoridades colombianas incautaron a las FARC las ocho pruebas instrumentales de carácter informático, y el momento en que dichas pruebas fueron entregadas al Grupo Investigativo de Delitos Informáticos de la Dirección de Investigación Criminal (DIJIN) de Colombia, el acceso a los datos contenidos en las citadas pruebas no se ajustó a los principios reconocidos internacionalmente para el tratamiento de pruebas electrónicas por parte de los organismos encargados de la aplicación de la ley”. Se rompió la cadena de custodia durante más de 48 horas y en ese plazo “las autoridades accedieron a las pruebas sin haber creado y/o utilizado los mecanismos de salvaguarda necesarios para que el mero acceso no las alterase”.
Por otro lado, como explica el abogado de García Albert, si bien las FARC están incluidas en la lista de organizaciones terroristas de la Unión Europea desde 2002, esa consideración no es seguida unánimemente por los distintos países miembros. Así, las FARC no figuran en la lista del Reino Unido, ni en la de las Naciones Unidas. El Gobierno noruego manifestó en 2006 que no asumía la lista de la UE. Poco más de un año antes de su inclusión en dicha lista, los representantes de las FARC fueron recibidos por los gobiernos de España, Noruega, Suiza, Suecia, El Vaticano e Italia. En España, en el año 2000, se reunieron públicamente con representantes de la CEOE, de UGT, de CCOO y con el presidente del Congreso.
¿Por qué está ocurriendo todo esto? ¿Por qué resulta necesario recurrir a artículos de opinión para paliar la falta de información, cuando no la más burda intoxicación, de la prensa llamada seria? ¿Es normal que nuestras instituciones operen a requerimiento de un gobierno extranjero, campeón mundial de todas las violaciones y atropellos? ¿Es normal que nuestros medios de comunicación se limiten a reproducir la información policial y a atizar la criminalización de la detenida sin la más mínima investigación ni el más leve indicio de inquietud? ¿Es normal que una noticia así no provoque la menor “alarma ciudadana”? ¿Quién será el próximo? La compasión, la mediación, la solidaridad, el humanitarismo, ¿los dejaremos a un lado por miedo? En tiempos de oscuridad, solo se conservan los derechos que se defienden.
Ilustración de Jaime Martínez
ISAAC ROSA
Que decenas de mujeres son asesinadas por sus parejas cada año y miles son maltratadas es algo conocido por todos. Pocos temas hay que en los últimos años hayan merecido más atención informativa y hayan despertado más sensibilidad ciudadana, y no es para menos, pues supone un fracaso social que nos concierne a todos. Lo que no sabíamos es que además existe una gran conspiración contra las mujeres, contra todas por el solo hecho de serlo, pero especialmente contra las maltratadas. Y que en esa conspiración participan no sólo los maltratadores, sino también muchos hombres en calidad de cómplices o encubridores, pero también medios de comunicación machistas, jueces y fiscales prevaricadores, y hasta el Gobierno y el poder legislativo, que con sus reformas dan cobertura legal a esa monstruosa campaña.
Gracias al artículo de Lidia Falcón (Malos tiempos para las mujeres, Público, 26 de abril) conocemos la existencia de ese complot misógino, y podemos señalar a sus ideólogos y ejecutores, y a sus numerosos partícipes. Y para mi sorpresa, y la de muchos hombres y mujeres, me he enterado de que yo mismo soy cómplice de esa conspiración. Según Falcón, quienes cuestionamos determinadas reformas legislativas estamos a favor de que las mujeres sean maltratadas, asesinadas, discriminadas laboralmente o calumniadas. De la misma forma, quienes estamos a favor de la custodia compartida en realidad estamos defendiendo, con la boca pequeña, a los maltratadores de niños y mujeres, y hasta a los pederastas que asesinan niñas, si no he entendido mal el artículo.
Hace años el juez Garzón inventó ese viscoso concepto de el entorno para actuar contra aquellas organizaciones y personas del abertzalismo que no tuvieran participación directa en atentados.
Numerosos juristas se llevaron las manos a la cabeza, pero el concepto hizo fortuna y la persecución se amplió a situaciones en las que no había un acto terrorista claro pero se sospechaba de afinidad. Ahora Falcón ha descubierto la existencia de el entorno de los maltratadores, al que pertenecemos muchos hombres y mujeres, pues con nuestra bienintencionada defensa de la custodia compartida estamos prestando cobertura a quienes quieren seguir golpeando impunemente o dejar de pagar la pensión por alimentos.
Sé que con el párrafo anterior me meto en una ciénaga de la que uno nunca sale limpio: en pocas líneas hablo de dos asuntos, el terrorismo etarra y la violencia doméstica, cuya hipersensibilidad social impide cualquier debate serio, pues los argumentos no logran elevarse sobre el ruido ambiente, y la unanimidad acrítica suele convertirse en acusación. Igual que muchos, aun pensando que determinadas actuaciones judiciales contra el entorno etarra son un disparate, no se atreven a decirlo en público para no ser sospechosos de simpatía por el terrorismo; de la misma forma hay quienes, estando en desacuerdo con el tratamiento político, judicial y mediático que reciben los asesinatos de mujeres, no se atreven a manifestarlo para no ser señalados como cómplices o, cuando menos, de machistas. Tal vez el artículo de Falcón, con su revoltijo de cosas que nada tienen que ver, consiga que el debate sobre la custodia compartida ingrese en ese mismo terreno sospechoso.
Que en España queda mucho por hacer en materia de igualdad de oportunidades, es cierto. Que arrastramos un atraso cultural y educativo de siglos, nadie lo duda. Que los asesinatos de mujeres son inaceptables, es evidente. El daño para nuestra convivencia es muy grande. Pero hay otro daño, menos obvio, que enturbia lo que debería ser un debate abierto y tranquilo: la imposibilidad de la discrepancia, a partir de un discurso simplista que no admite enmiendas, y la extensión de una histeria social, política y mediática que acabará por enmudecernos a todos.
Cualquier suceso, sentencia, noticia u opinión en la que aparece, aunque sea tangencialmente, el maltrato a una mujer, embota nuestra capacidad de entendimiento y nos empuja al cierre de filas. Cada poco tiempo nos desayunamos con una sentencia “escandalosa” por la que un juez quita los hijos a una maltratada y se los entrega al maltratador. Ése suele ser el titular. Al momento se activan las alarmas, todos cargamos contra el despiadado juez, nos solidarizamos con la madre, y no falta la voz política que prometa reformas para evitar casos así. Pero con frecuencia, si leemos la letra pequeña, acabamos por enterarnos de que las cosas no eran tan sencillas, que tal vez no existía condena, o incluso la denuncia había sido desestimada, o cualesquiera otros elementos que desmienten la impresión inicial. Parece que Falcón es consciente de ese carácter embotador, y hace el triple salto mortal: mezclar en un mismo texto malos tratos y custodia compartida, para que en adelante ambas cosas sean asociadas.
Desde hace años Internet se ha convertido en campo de batalla para partidarios y detractores de la custodia compartida. Una guerra atroz en la que vale todo, y en la que abundan piruetas retóricas como la que hace Falcón. En el exceso verbal, los hombres son tildados de feminicidas, y las mujeres son acusadas de inventar malos tratos para conseguir sus objetivos. Es sólo el eco del drama que viven los juzgados de familia a diario, donde hombres y mujeres en proceso de divorcio rompen todos los puentes y se destrozan mutuamente, dañando de paso a sus hijos en una guerra sucia que suele tener motivaciones económicas.
Deberíamos tener la madurez suficiente para hablar de este tipo de cosas sin perder los papeles. La violencia doméstica merece un enfoque riguroso. No vale con negar las denuncias falsas y relacionarlas con una campaña machista. De la misma forma, la custodia compartida necesita un debate serio. No es cierto que sólo la defiendan los padres para no pagar pensiones. Ni las denunciantes falsas hacen sospechosas a todas las mujeres, ni los maltratadores disfrazados de padres ejemplares pueden extender la sombra sobre todos los padres.
Isaac Rosa es autor de “El vano ayer” y “¡Otra maldita novela de la guerra civil!”
Ilustración de Iker Ayestarán
ISAAC ROSA
Tal vez Manuel Pizarro, el fichaje estrella del PP, dedique la Semana Santa a meditar sobre su futuro político, desencantado por una derrota que mancha su triunfante biografía. Esperemos que sus compañeros de partido no le dejen marchar, pues su experiencia empresarial podría ser muy útil en momentos como éstos, cuando el partido necesita salir del bache con un nuevo impulso. Bastaría hacer una sencilla operación de reciclaje con Pizarro: si le habían fichado para que, como ministro, gobernase la economía nacional como se gestiona una gran compañía, ahora puede aplicar sus habilidades para salvar al PP, a la manera en que los buenos gestores salvan las empresas en crisis. Sería además una buena oportunidad para que los partidarios de la privatización urbi et orbe probasen su propia medicina. Se trataría de reorganizar el Partido Popular a la manera en que lo haría, no un partido que quiere ganar las elecciones, sino una empresa que quiere conquistar el mercado.
Para empezar, Pizarro debería tranquilizar a los accionistas: hacen falta medidas drásticas, pero no dramáticas. Nada de declararse en quiebra ni liquidar el negocio. Estamos ante una empresa que, si bien no es la primera de su sector, ha conseguido mantener sus resultados, e incluso aumentarlos ligeramente, demostrando además una fidelización de su clientela envidiable: contra viento y marea, sus diez millones de consumidores no cambian de producto por muchos descuentos que les ofrezca la competencia. En este sentido, tampoco deben cambiar la marca, que está más que consolidada en el mercado.
De entrada, el cirujano Pizarro propondría un buen recorte de plantilla, que es lo primero que hace cualquier empresa cuando sus beneficios menguan o no aumentan bastante: un expediente de regulación de empleo brutal, sin compasión, que ponga en la calle a todo el que sea una carga para la empresa. Quien no salte voluntariamente por la borda, a la manera de Zaplana, será invitado a una jubilación anticipada y, en caso de negarse, será acosado laboralmente hasta que se vaya, o despedido sin miramientos: imagínense a Acebes llegando una mañana a su despacho y encontrándose que le han cambiado la cerradura y han desalojado su mesa, sin aviso previo.
El siguiente paso sería hacer un inventario a fondo del almacén, para revisar la mercancía existente. Hay que apartar los productos defectuosos y caducados, sobre todo los que tienen más de 30 años de antigüedad, que alguno queda todavía, y
de vez en cuando llega por descuido a las tiendas y da muy mala imagen. Los productos de importación que funcionan en otros países pero que no seducen todavía al consumidor español, como el rechazo a la inmigración o el alarmismo con la inseguridad ciudadana, sean igualmente arrumbados. En cuanto a la mercancía pasada de moda, si no puede reciclarse y actualizarse, véndase barata en la primera oportunidad que tengan, en una de esas elecciones inofensivas que funcionan a manera de outlet, por ejemplo unas europeas.
Después, siguiendo el exitoso know-how de Pizarro, habría que revisar la relación con los proveedores de materias primas, sobre todo aquéllos que llevan años entregando materiales caros y obsoletos que, si bien gustan a una parte de los consumidores, son rechazados por la mayoría: entre los proveedores con los que la empresa debería romper relaciones, están por supuesto la FAES, la Conferencia Episcopal o la AVT.
Una vez despejados los anteriores puntos, cualquier empresa en crisis se concentraría en estudiar bien su estrategia de ventas: observar qué tipo de productos funcionan y cuáles no, atendiendo además a las diferencias de aceptación en los mercados locales. Por ejemplo, el discurso españolista se vende bastante bien en la meseta, pero fracasa en Catalunya y otras comunidades periféricas. En el caso catalán, además, el producto “defensa del castellano”, que se intentó poner de moda la pasada temporada, ha demostrado ser una mala inversión, por lo que sería aconsejable su retirada inmediata, a la manera de esos juguetes defectuosos que los fabricantes recogen, para lo que sería aconsejable no sólo el reembolso, sino incluso una indemnización por los daños causados. Pasa lo mismo con la publicidad agresiva: puede ser un buen gancho para una parte de los consumidores, pero espanta a muchos otros. Así que convendría abandonar el discurso apocalíptico, pues con el tiempo acabará por cansar hasta al cliente más fidelizado.
En relación con lo anterior, las enseñanzas de gestión empresarial de Pizarro aconsejarían revisar el funcionamiento de la red de ventas. Habría que eliminar aquellos equipos comerciales que no sólo no han conseguido incrementar sus ventas en el último ejercicio, sino que además perjudican la imagen de marca. Los primeros en ser despedidos deberían ser todos esos periodistas y tertulianos belicosos, los Jiménez Losantos, César Vidal, Pedro Jota y compañía, que podrían merecer incluso un despido disciplinario, acusados de favorecer a la competencia. El mismo camino deberían seguir los portavoces parlamentarios bocazas, los chistosos y los metepatas, así como los presidentes de diputación acusados de corrupción, y los diversos cargos municipales y autonómicos que con sus palabras y obras han asustado a muchos de los electores. Puestos a revisar la red comercial, habría que relevar al jefe de ventas, Mariano Rajoy, pues en ninguna empresa conceden segundas oportunidades. Si uno fracasa, se va a la calle sin más.
Éstas y otras medidas –reforzar, por ejemplo, la obra social y cultural, muy descuidada hasta ahora y que siempre ayuda a mejorar la imagen– podrían ser recetadas por Manuel Pizarro. Está en la mano de los populares que sepan aprovechar las enseñanzas del gran hombre.
Isaac Rosa es escritor. Su último libro es ¡Otra maldita novela sobre la guerra civil!
Ilustración de Javier Olivares
ISAAC ROSA
En las próximas elecciones generales el voto joven será decisivo, sobre todo el de quienes están en torno a la treintena, por su peso demográfico y su influencia en la creación de opinión pública. De ahí que los dos grandes partidos nacionales rivalicen por mostrarse atractivos a los ojos de ese electorado al que se cree desideologizado y, por tanto, abducible con no demasiado esfuerzo.
El último episodio en ese esfuerzo por atraerse el voto joven está siendo la pugna de ambos partidos por incorporar a sus equipos de campaña a uno de los cerebros más cotizados de este país: el creativo publicitario que puso en marcha hace cinco o seis años esa campaña comercial que podríamos denominar ‘operación nostalgia’, y que ha convertido la vida de mi generación (nacidos en los 70) en un continuo revival. Se rumorea que finalmente puede ser el PSOE quien logre fichar a este tipo, del que sabemos poco, tan sólo su trabajo y sus resultados. Su historia es de sobra conocida en el mundillo publicitario, pero como habrá lectores que la ignoren, la resumiré.
Aunque la identidad del profesional en cuestión permanece en secreto, se le supone la misma edad de su target: un treintañero. Tras varios años de trabajo gris y contratos precarios en una multinacional publicitaria, la genial idea se le ocurrió una noche, tomando copas. Nuestro hombre advirtió cómo sus coetáneos, a poco que se pasaban de cubatas, se liaban a cantar a coro por las calles a la hora en que cierran los pubs. Nada extraordinario hasta ahí, claro. Lo llamativo es que no entonaban, como sus padres, el clásico Asturias, patria querida, sino que se desgañitaban cantando, con verdadero sentimiento, las sintonías de viejas series televisivas de 20 años atrás. El repertorio no era muy amplio: Dartacán, La abeja maya, En un puerto italiano…
Nuestro hombre quedó impresionado con la manera en que sus pares se abrazaban y cerraban los ojos al cantar, y comprendió que ese sarpullido de nostalgia era sólo el grano que exteriorizaba un interior sacudido por los recuerdos de la infancia. Allí había un filón por explotar. Lo propuso en su agencia, pero los anunciantes no lo veían claro. Nuestro creativo encajó los rechazos y probó por otras vías. Habló con un amigo programador televisivo, al que insistió para que sacase del armario viejas series que llevaban lustros cogiendo humedad. Su amigo no lo tomó en serio pero le hizo caso, programándolas de madrugada, entre espacios de televenta. Para su sorpresa, los borrachos que llenaban de melodías infantiles la noche permanecían despiertos ante el televisor al llegar a casa para reencontrarse con sus héroes.
Para reforzar sus teorías y calentar más el ambiente, nuestro brillante creativo hizo circular por Internet pavlovianos archivos en PowerPoint que los nostálgicos internautas se reenvían unos a otros todavía hoy. Espantosos montajes fotográficos y musicales que lograban sin embargo la explosión sentimental de toda una generación que creía reconocer sus señas de identidad en aquellos monigotes y personajes acartonados. Para no dar tregua, y golpear donde más duele, nuestro visionario convenció a un viejo payaso devenido en empresario para que reeditase sus grandes éxitos musicales, especialmente dedicados a sus ‘niños de 30 años’. A partir de ahí, sus jefes y clientes reconocieron su clarividencia. Lo sucedido desde entonces es de sobra conocido: campañas publicitarias que rescatan la imagen de aquella ‘edad de oro’ que los hoy treintañeros debemos añorar cual paraíso perdido, grupos musicales que se reúnen tras años echando barriga, emisoras de radio que no programan más que oldies, colecciones infantiles de quiosco que apuntan al corazón de los padres… Incluso un banco ha lanzado una hipoteca joven bajo el lema ¡Puños fuera!, con folletos informativos que citan a Chema el panadero, Kit o los Fraggles.
Y no crean que es una mera cuestión de cultura popular y consumo. También la alta cultura se ha visto infectada por la enfermedad infantil (o juvenil) de la nostalgia. Ahí está esa última camada de escritores bautizada como generación Nocilla, a partir de una aclamada novela cuyo autor supo ver el potencial comercial de la nostalgia. Uno recuerda, por asociación lejana, a la maltratada generación de la berza, los novelistas social-realistas de los años 50 y 60, y observa la distancia que va de aquella berza a esta nocilla, resumen de los cambios políticos, sociales, literarios y nutricionales de España en medio siglo.
No piensen que la operación nostalgia está a punto de morir de éxito. Hagan la prueba: coloquen en el mercado cualquier producto que, convenientemente sentimentalizado, ablande a los consumidores tocándonos esa tecla del cerebro que nos hace recordar los veranos de la infancia, cuando éramos inocentes y todo estaba por hacer. De acuerdo, dicen los fabricantes, son mileuristas, viven en precario, pero los 1.000 euros se los gastan hasta el último céntimo cada mes. Eso no hay mercader que lo desprecie, y muchos han visto la oportunidad de sacar del almacén género que pensaban destruir o enviar al Tercer Mundo.
No falta quien, desde presupuestos conspiranoides, relaciona el revival con una operación política para desactivar ciertos discursos críticos con la transición y con la democracia que parecían estar calando entre parte de los jóvenes, de manera que los años 80, duros y desencantados como fueron (el paro y la heroína arrasaron barrios enteros), queden dulcificados. O incluso con una maniobra para ocultar un presente lleno de nubarrones y hacernos sentir como “gente con una inmensa capacidad para ser felices”, según nos describe una marca de refrescos que también ha recurrido a la magdalena proustiana en sus anuncios.
De ser ciertos los rumores, el PSOE haría su gran fichaje, incorporando a su equipo electoral a ese genio publicitario que puede revolucionar la campaña con nuevos recursos para seducir treintañeros. Para empezar ya tenemos una ministra nocilla, que promete pisos baratos para que los jóvenes tengamos más paredes donde colgar los recortes que alimentan nuestra nostalgia.
Isaac Rosa es escritor. Su último libro es ¡Otra maldita novela sobre la guerra civil!