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Dominio público

Opinión a fondo

Política y eufemismo

15 oct 2008
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Javier López Facaldominio15-10.jpg

No crean ustedes que esto de no llamar a las cosas por su nombre, sino por otro que produzca menor rechazo, es un procedimiento característico de estos indolentes tiempos televisivos, tiempos de asesores de imagen y empresas de marketing político. En absoluto. Recuerden, si no, lo que ya decía Plutarco hace unos dos mil años: “Lo que los modernos dicen de los atenienses, de que atenúan los aspectos desagradables, denominándolos con palabras favorables y bonitas, y los disimulan con elegancia, llamando compañeras (hetairas) a las putas (pornas), contribuciones a los impuestos, guardias a los retenes urbanos u hogar a la cárcel, comenzó con Solón”.
Si Plutarco está bien informado, como suele estarlo, el eufemismo de uso político y social habría surgido, pues, al mismo tiempo que los primeros avances democráticos, lo que resulta bastante significativo.
George Orwell, por su parte, analizó el fenómeno del eufemismo político con cierto detenimiento y le dedicó alguna de sus agudas y apasionadas reflexiones: “El lenguaje político –y, con variaciones, ello vale para todos los partidos políticos, desde los conservadores a los anarquistas– está designado para hacer que las mentiras suenen como verdades y que el crimen resulte respetable, dando así apariencia de solidez al mismo viento”.
Esta especie de estafa léxica, que los políticos y otras personas poderosas ponen en circulación para ganar apoyo popular, tiene, sin embargo, una debilidad intrínseca y es su rapidísima devaluación en el mercado de las palabras, lo que obliga a una reposición continua de existencias: una persona sana siempre será una persona sana, pero un enfermo puede ser un paciente (¡y tanto!), un usuario, un cliente y muchas denominaciones más que se van creando a medida que empiezan a cargarse de connotaciones negativas las palabras impostoras y dejan de ser, por lo tanto, útiles.
Un aprobado siempre será un aprobado, pero a un rechazado se le pasa a dejar la nota en suspenso para no traumatizarlo y, cuando esto deja de resultar consolador para alumnos y padres, se le considera insuficiente o, simplemente, no apto.
Hemos puesto dos ejemplos sacados de dos ámbitos (la sanidad, la educación) que no pertenecen a la política, pero en esta última actividad es donde mejor se da el eufemismo y donde alcanza mayores niveles de deshonestidad y de engaño.
A pesar de lo manido del pasaje, es obligado recordar el diálogo de Alicia con Humpty Dumpty: “La cuestión –insistió Alicia– es si se puede hacer que las palabras signifiquen tantas cosas diferentes. La cuestión –zanjó Humpty Dumpty– es saber quién es el que manda…, eso es todo”.
En efecto, la cuestión es quién manda aquí, porque de él dependerá la capacidad de nombrar o renombrar las cosas.
Como de unas décadas para acá los que mandan en el mundo son los Estados Unidos, no es extraño que recibamos oleadas continuas de eufemismos de aquel país.
Por ejemplo, con motivo de la guerra de Irak, aprendimos que un ataque no justificado es un ataque preventivo, que la labor de espionaje es una recogida de información, que la matanza de inocentes son daños colaterales, que una cárcel es un centro de detención o de confinamiento, que no hay cadáveres sino cuerpos, que los bombardeos no son más que apoyo aéreo, que un régimen amigo nunca es totalitario sino autoritario, que los mercenarios son contratistas, y muchos términos y expresiones más que se han instalado entre nosotros sin que nos hayamos dado cuenta.
Comparen ustedes esta deshonesta farfolla con los términos elegidos por Winston Churchill en su célebre discurso ante los Comunes de 1940: “No tengo nada que ofrecer, salvo sangre, esfuerzo, lágrimas y sudor. Ante nosotros tenemos muchos, muchos meses de lucha y sufrimiento”.
Comparen, repito, el estilo, el planteamiento y el respeto parlamentario del premier inglés con lo que hemos oído recientemente con motivo de la guerra de Irak y saquen ustedes mismos las conclusiones sobre el uso honesto del lenguaje en la política.
Si de lo que se trata no es del significado de las palabras sino de quién tiene el poder, como sostenía Humpty Dumpty, también en España se dan casos de eufemismos de intencionalidad política: para el Gobierno, las tropas españolas desplegadas en el extranjero son fuerzas de pacificación en misión de paz; para la oposición, se trata de militares españoles en zonas de guerra; cuando el Gobierno hablaba de una fase económica de desaceleración, la oposición diagnosticaba una crisis sin precedentes; para unos, se están ofreciendo soluciones habitacionales; para otros, infraviviendas; lo que para unos es una ampliación de los derechos de las mujeres, para otros es un asesinato de inocentes; la Educación para la Ciudadanía de unos es, según otros, adoctrinamiento ideológico de otros y así sucesivamente.
Así pues, Gobierno y oposición no confrontan solo personas y programas, sino también terminologías, hasta el punto de que se está creando una especie de diglosia; es decir, del uso simultáneo de dos lenguas diferentes, con valoraciones alternativamente positivas o negativas, según el hablante.
En cualquier caso, y para consolarnos, hay que añadir que todo este rifirrafe terminológico de la España de hoy es un juego de niños comparado con la mayor infamia a que llegó el eufemismo político en toda la historia: denominar solución final a la matanza de millones de judíos y otros ciudadanos indefensos.
Pues aunque solo sea por aquel caso abominable, nunca deberíamos bajar la guardia ante el poder de los políticos para manipular la lengua común que nos pertenece a todos los hablantes.

Javier López Facal es profesor de Investigación del CSIC

Ilustración de Miguel Gallardo

Que Macrobio nos ilumine

09 jun 2008
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JAVIER LÓPEZ FACAL

06-091.jpgObama juega al baloncesto, y bastante bien, dicen. El destino ha querido que el desenlace de las primarias demócratas se haya resuelto la misma semana en que se inician los play-offs entre los Lakers y los Celtics, que recobran todo su esplendor y nos recuerdan aquellos duelos épicos e inolvidables de la NBA. En la década de los 80, el mejor jugador de los Lakers era un negro, Magic Johnson, de sonrisa contagiosa. Su virtuosismo con la pelota, su habilidad y creatividad bajo el aro, se enfrentaban al quinteto liderado por un blanco lechoso y un poco patoso, Larry Bird, de muñeca prodigiosa. Un tirador extraordinario, resistente y luchador hasta la extenuación.

Obama sabe que en el baloncesto, y en la política, las alternativas son constantes, que una buena defensa es tan importante como un buen ataque, que una canasta triple (los grandes discursos) suman lo mismo que tres buenos tiros libres (las frases sencillas), que los partidos se juegan y se ganan hasta en el último segundo. Y que no hay enemigo pequeño aunque seas muy hábil con la pelota.

Obama llega, al duelo con McCain, agotado, pero muy curtido. Sin duda más preparado psicológica y políticamente que hace unos meses. Ha aprendido a sufrir, a pelear por cada rebote. Es, hoy, un candidato más humilde todavía, consciente de que la mitad de su victoria hay que atribuírsela a los muchísimos e impropios errores de Hillary. Además, se enfrenta a un auténtico luchador, John McCain, un hombre con una trayectoria personal de película, de héroe de guerra, capaz de soportar las más inimaginables torturas. Un viejo patriota contra un nuevo americano.

McCain ha aprendido mucho de las primarias de sus rivales. Ha ido a remolque en las últimas semanas, incapaz de encontrar un hueco ante la pugna fratricida de los demócratas, pero ha tenido ya dos aciertos. Primero, no caer en la tentación de vender “experiencia” (como hizo Hillary), a pesar de su edad. Él también se presentará como “nuevo” e intentará arrebatar la bandera del “cambio”, la palabra talismán de Obama. Pero su cambio será tranquilo y en la dirección correcta, ha dicho. Y el segundo acierto ha sido retar, con 10 debates temáticos, a su joven oponente para evidenciar que, después del duelo titánico de estilos, egos, razas y sexos…, de lo que se trata ahora no es de quién es más atractivo sino más efectivo para dirigir el destino de los Estados Unidos de América. McCain quiere demostrar que no le tiene miedo a la Obamanía.

Veteranía y juventud. Obama tiene 25 años menos que McCain. Los electores no podrán abstraerse de esta realidad generacional a la hora de preguntarse por la capacidad de su futuro comandante en jefe para superar todas las adversidades. Obama es listo y no caerá: utilizará su juventud como un activo político, pero va a demostrar una energía vital en las próximas semanas que hablará por sí sola.

Tradición y modernidad. McCain no engaña. Se vende solo. Su aspecto es fiel reflejo de su política. Se muestra siempre con mucha naturalidad. Es su única oportunidad. El premio no sólo es la presidencia sino la victoria frente al candidato más moderno y contemporáneo. La épica sería enorme para él y una reivindicación de la tradición y la estabilidad frente al riesgo del cambio. Hay un transfondo rural y urbano en este duelo electoral. La América profunda frente a la cosmopolita. La religiosa y conservadora frente a la del hip hop y las nuevas tecnologías.

Seducción o seguridad. Obama seduce, McCain convence. El joven candidato quiere hablar, negociar, pactar. El viejo soldado, hijo y nieto de famosos almirantes de la armada, prefiere ganar, intimidar e imponer. Todavía cree en la supremacía moral, militar y política donde el destino histórico ha situado a su país. Obama empieza a comprender que la superioridad no es garantía de victoria, como la fuerza no lo es de la paz, y que el liderazgo que se acepta es tan fuerte como el que se toma.

Las elecciones van a suponer un ejercicio de psicoanálisis nacional en directo y difundido a todo el mundo. Los dos candidatos representan, con su propia identidad, las dos Américas que no se reconocen mutuamente y que desconfían, profundamente, la una de la otra. Los norteamericanos se fueron a dormir, tranquilos y satisfechos, pensando en el fin de la historia y en que eran la potencia única. Y las pesadillas de las amenazas globales (del terrorismo a la dependencia energética) les han despertado del sueño –abruptamente– entre sudores y sustos. La lista de retos pendientes es abrumadora. Además, aprender a vivir multilateralmente será tan complicado para los norteamericanos como lo ha sido pretender vivir unilateralmente. El pánico puede apoderarse de los electores, si Obama les enfrenta a su propia realidad. Encontrar la dosis adecuada de cambio necesario será la llave del éxito de su campaña.

Obama es también un buen jugador de billar, como lo ha demostrado con las carambolas consecutivas que ha conseguido. Le gusta el billar americano, bola a bola, siguiendo las reglas del juego y hasta el final. Precisión, habilidad, técnica, concentración y belleza plástica. En el otro lado de la mesa atlántica le espera impaciente Zapatero, que lleva mucho tiempo queriendo jugar, y que también juega al baloncesto en el patio de la Moncloa con sus amigos, aunque no le han faltado carambolas políticas en su vida. El presidente no debería desaprovechar la primera oportunidad que tenga para echar unas canastas con el candidato Obama, ahora que ha anunciado una nueva etapa de las relaciones con España si, finalmente, resulta elegido. No hay nada como uno contra uno bajo el tablero. Aunque éste será otro desafío.

Javier López Facal es profesor de Investigación del CSIC

Ilustración de Mikel Jaso