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Dominio público

Opinión a fondo

Senado y tribunal Constitucional

23 oct 2008
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JAVIER ROJO

10-23.jpgLa participación de las Comunidades Autónomas en las instituciones del Estado y de la Unión Europea es una vieja aspiración de aquéllas que ha ido concretándose paso a paso, aunque aún queda un largo camino por recorrer, como es el caso, por ejemplo, de la pendiente reforma del Senado. Y no es una aspiración gratuita, sino que forma parte de la lógica del sistema autonómico y debiera formar parte de una estrategia compartida para ir cerrando algunas de las insuficiencias de nuestro sistema territorial, en la línea de los Estados compuestos y complejos.

Esa lógica autonómica bascula entre dos posibilidades: un sistema dual en el que ambos poderes, estatal y autonómico, tienden a ignorarse, a actuar con independencia del otro o a enfrentarse a veces, y un sistema integrado, en el que, desde la autonomía de cada uno, se interrelacionan, cooperan y finalmente actúan en las políticas públicas. El sistema consagrado en nuestra Constitución, el desarrollo del mismo durante estos treinta años y la doctrina reiterada del Tribunal Constitucional en este sentido optan por la segunda posibilidad. Pues bien, habrá que avanzar en esa dirección con determinación y sin reticencias. Administrar la complejidad no es fácil, pero cuando se acierta en la solución y se hace de mutuo acuerdo, el conjunto y las partes se refuerzan.

A esta lógica respondió la modificación de la Ley Orgánica del Tribunal Constitucional para que los cuatro magistrados del Alto Tribunal que deben ser elegidos por el Senado lo fuesen de entre los candidatos presentados por los Parlamentos de las Comunidades Autónomas. No fue tampoco ésta una decisión gratuita. Respondió a una exigencia de lo que representan las Comunidades Autónomas. Y no sólo porque el Tribunal Constitucional dirime los contenciosos entre ambas instituciones y, por tanto, es aconsejable que en su seno convivan ambas sensibilidades. También porque la participación autonómica en la más alta institución judicial otorga a ésta una aún mayor credibilidad, fortalece la misma y, en definitiva, contribuye a una mayor integración del sistema.

Los Parlamentos de las Comunidades Autónomas cumplieron en el plazo previsto el mandato legal y remitieron al Senado un total de 23 propuestas de candidatos. Cabe entender que los Parlamentos seleccionaron a los mismos teniendo en cuenta los requisitos legales exigidos para el cargo, salvo prueba en contrario. De entre ellos, el Senado debe elegir a cuatro.
Cabe destacar que la reforma ha mostrado su eficacia y el procedimiento se ha revelado válido, a pesar de los augurios negativos que algunos expresaron al inicio de la reforma. La cuestión pendiente es la selección por la Comisión de Nombramientos del Senado y, por tanto, de los grupos parlamentarios, de los cuatro candidatos definitivos, propuesta que debe someterse al Pleno y recabar el apoyo de 3/5 de sus miembros. En este punto, merece la pena hacer algunas reflexiones.

Ante todo, manifestar el pleno respeto a las propuestas de los Parlamentos autonómicos. No sólo han cumplido con la legalidad, sino que han hecho sus propuestas ejerciendo democráticamente su función. Deben evitarse, por tanto, actitudes o decisiones que provoquen roces o choques de legitimidades, porque no ha lugar a ello.

La elección de los cuatro candidatos no debe suponer para nadie menoscabo de los méritos, capacidad e idoneidad de los restantes. La selección de los cuatro magistrados es el fruto de una exigencia legal muy concreta: deben concitar el apoyo de la mayoría de los grupos parlamentarios. Y, en todo caso, de los grupos Popular y Socialista. Por tanto, también aquí se deben evitar actuaciones que afecten a la honorabilidad personal y al prestigio de los candidatos. En consecuencia, la propuesta de la Comisión de Nombramientos debiera ser tal que garantice su aprobación en el Pleno por los 3/5 de los senadores, como nos exige la propia Constitución. En esto no hay atajos.

Debe evitarse que las instituciones, y de modo particular el Senado y sus miembros, queden dañadas en este tipo de procesos. La Cámara que presido tiene sus procedimientos de funcionamiento y a ellos debemos atenernos. Pero en el Senado también se hace política y ésta tiene sus propias reglas del juego. La eficacia de la política se mide por la capacidad de conjugar la necesaria discrepancia con la necesidad de llegar a acuerdos en aspectos trascendentales e institucionales. Y éste es el momento de la política.

No debemos escandalizarnos por el resultado de la práctica de consensos en ciertos ámbitos de la vida pública. Es más, es lo que los ciudadanos exigen a los partidos políticos. Apliquémonos por tanto a ello con paciencia y voluntad para el acuerdo. El resultado será positivo para todos.

El objetivo final es que las instituciones afectadas por este tipo de procesos salgan fortalecidas. El Senado tiene ahora la responsabilidad de aportar a su composición cuatro nuevos miembros que contribuyan a dar estabilidad y fortaleza a la institución. Cierto reposo, un diálogo intenso y lucidez para distinguir lo prioritario y esencial de lo accesorio y coyuntural son imprescindibles para llevar el proceso a buen puerto. Y buenas dosis de generosidad. Es decir, política de altura.

Es necesario dejar constancia de que las instituciones siguen funcionando. El Tribunal Constitucional sigue cumpliendo sus funciones con normalidad, incluso en cuestiones de gran trascendencia, en tanto se produce la renovación. No inventemos crisis donde no las hay. Y, en los problemas, actuemos con los instrumentos que nuestra estable democracia tiene acreditados como útiles y eficaces, porque, ante situaciones complicadas, soluciones, aunque puedan parecer imperfectas.

Javier Rojo es presidente del Senado

Ilustración de Iván Solbes

El valor de la palabra frente a la indignidad

12 may 2008
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JAVIER ROJO

05-12.jpgDecía el escritor israelí Slomo Ben Ami que ante “situaciones complicadas, soluciones imperfectas, pero soluciones”. Esta máxima bien podría aplicarse a lo que está aconteciendo estos días en diversos pueblos de Euskadi, en los que alcaldes indignos que no merecen representar a un pueblo se niegan a condenar el asesinato de un vecino, a quien segaron la vida por el mero hecho de pensar de una determinada manera, o los atentados contra varias sedes de partidos. Estas actitudes indignas se han producido también gracias a formaciones políticas que con sus posiciones han hecho imposible que prosperasen varias mociones éticas para desalojar de los ayuntamientos a aquellos que son incapaces de soltarse las cadenas de la violencia.

Sabemos bien que el terrorismo persigue la destrucción de la democracia, del progreso y de la convivencia. Pero, sobre todo, sabemos que el terrorismo persigue la negación de la palabra, esto es, de aquello que nos hace fuertes, de lo que nos identifica como una sociedad democrática, tolerante, moderna y abierta. Con nuestra voz, con nuestra palabra, combatiremos siempre el miedo y la desmemoria. Haremos frente a la impunidad de los crímenes y la indignidad de quienes apoyan la violencia o de quienes quiebran la confianza del pueblo y dividen a la sociedad. La palabra, hoy más que nunca, nos ha de servir para fortalecer la unidad de los demócratas y para alcanzar acuerdos que apuntalen la convivencia.

Mientras todo esto acontece, el presidente que debiera de ser de todos los vascos, el lehendakari, sigue instalado en una apelación constante al derecho de la sociedad vasca a decidir su futuro. No alcanzo a comprender qué quiere decir con ello ya que los vascos llevamos años decidiendo sobre nuestro futuro. Sin embargo, sigue empeñado en llevar adelante su propuesta para no se sabe muy bien qué, en una perfecta escenificación de un fracaso político y de un empecinamiento personal en contra de la realidad social vasca.

No le bastó con sacar adelante su Plan en el Parlamento Vasco con el apoyo de los que respaldan la quiebra de la convivencia. Parece ser que tampoco le sirvió el “no” rotundo y sereno que le dieron las Cortes Generales y, consecuencia de esta negativa, adelantó las elecciones autonómicas y las quiso transformar en un plebiscito sobre su propuesta. Los vascos le restaron más de 140.000 votos. Pero el lehendakari, pensando que a lo mejor la sociedad vasca no le había entendido bien, volvió a presentarse con su plan debajo del brazo a los comicios municipales y forales en Euskadi. Y volvió a perder 80.000 votos. En las elecciones generales del pasado mes de marzo perdió otros 120.000 votos.

El lehendakari parece no querer escuchar lo que ya empieza a ser un clamor en la sociedad vasca: que no se puede aceptar su propuesta porque está queriendo justificar un soberanismo caduco que no tiene ningún futuro. Más aún cuando los propios nacionalistas cuestionan y devalúan el principio de soberanía para los Estados. Es un viaje hacia atrás, un viaje en el tiempo hacia otro siglo, un regreso al pasado. Una propuesta que no da solución a los problemas que tiene la sociedad. Una propuesta contra la convivencia. Ya se lo ha dicho bien claro el Presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero: “Diálogo sí, aventuras, no”. Es decir, poner en valor la palabra frente a propuestas que quiebran la convivencia.

Resulta un tanto incomprensible que la política en Euskadi no se rija por los mismos parámetros por los que se rigen las relaciones personales. No se entiende el hecho de que se lleve a cabo una estrategia política que va contra el  más elemental sentido común y que busque la confrontación permanente mientras los problemas de los ciudadanos siguen sin resolverse después de casi 30 años de gobierno nacionalista en el País Vasco. Y el más grave de esos problemas, el de la convivencia, continúa vigente.

La sociedad vasca es transversal. Nuestras familias son transversales y no por ello dejamos de convivir, ni dejamos de querernos ni abdicamos de compartir un proyecto de vida. Esto que está en el día a día de la sociedad vasca y que es tan aparentemente normal se torna en una quimera en la escena política vasca, donde el valor de la palabra pierde enteros a marchas forzadas por la insistencia de situar al conjunto de la ciudadanía de Euskadi en el disparadero de los problemas internos de un partido que se muestra incapaz de conjugar modernidad y tradición en pleno Siglo XXI.

Además, este año celebraremos el trigésimo aniversario de nuestra Constitución o, lo que es lo mismo, del respeto a la pluralidad y la tolerancia desde el reconocimiento del otro. Treinta años de convivencia en torno a la palabra y a la voluntad democrática de la ciudadanía.

Se hace pues indispensable reclamar el valor de la palabra entre los representantes públicos. Debemos hacer oír una voz que sea representativa de un país que trabaje por la libertad, por la paz, por la justicia y por la democracia frente al silencio de aquellos que justifican o amparan la violencia. Es necesario favorecer la expresión mediante la palabra para alcanzar la configuración de una cultura abierta, defensora de la dignidad y de la pluralidad en la convivencia. Esta tarea es una necesidad que nos reclama la sociedad vasca para ganar el futuro.

Javier Rojo es presidente del Senado

Ilustración de Enric Jardí