JAVIER SÁDABA
En 1977 se publicó la Declaración de la Liga Internacional de los Derechos de los animales. Fue aprobada enseguida por la Unesco y por la ONU. Consta de 14 artículos y en ellos se relata cómo hay que tratar a los animales. No se les debe considerar objetos, como una piedra o un jarrón, sino permitir su desarrollo natural. Y para ello todo un conjunto de recomendaciones para respetar su vida, su libertad y evitar el encarnizamiento o la diversión a su costa. Una Declaración no es un Pacto o un Convenio pero indica una consensuada manera de actuar, es una guía de intereses y una llamada al sentido común. Y en concreto una condena de las corridas de toros en donde se humilla, tortura y mata a un toro previamente adiestrado para ir a una plaza en la que su dolor será parte esencial de lo que, ridículamente, se llama fiesta.
Más allá de la declaración en cuestión, los toros, en su versión de festejo regulado incluso por la autoridad gubernativa, son una inmoralidad. O para ser más exactos, corrompen la base de la moral que suele recibir el nombre de ética. Porque de la misma manera que podemos tener códigos morales diferentes, piénsese en el aborto o en la eutanasia, a todos nos unen ciertas actitudes básicas sin las cuales sería imposible la convivencia. Por ejemplo, la igualdad ante la ley, no discriminar a nadie por ser rubio o moreno o por ser hombre o mujer. En la base de tales actitudes se sitúa el no hacer sufrir a nadie innecesariamente, de forma inútil. Que el dolor forma parte de nuestra vida es harto conocido. Se trata de una alarma o sistema que nos sirve para sobrevivir. Por ejemplo, si no me doliera la mano acercarla al fuego me la destruiría. Pero existe un dolo adicional, propio de nuestra idiotez o maldad y que habría que eliminar como un objetivo prioritario. En caso contrario no sólo somos insensibles sino claramente inmorales o antiéticos y, por tanto, reprobables. Torturar, prolongar el dolor cuando puede evitarse o provocarlo por gusto, placer, juego o puro primitivismo es lo que sitúa a quien lo provoca en la zona cero de la ética. Y es lo que sucede en las corridas de toros.
El toro, aparte de su genealogía animal, de los mitos que nos retrotraen a la imagen de la figura divina en el neolítico o a leyendas como el Toro de Creta del que nacerá el Minotauro, cuerpo de hombre y cara de toro, es un mamífero muy desarrollado. Su sistema nervioso es parecido al nuestro. Sus neuronas producen unos neurotransmisores relacionados con el dolor y con el placer semejantes a los nuestros. Hoy conocemos lo suficiente de neurociencias como para poder afirmar que la divisa, la suerte de varas, las banderillas, el estoque o la puntilla son causa lenta, programada, sangrienta, dolorosa y bárbara acción del hombre contra el toro. Una acción daña, directamente, al animal e indirectamente al hombre que, de esta manera, se rebaja, se alía con el dolor inútil y expande más sufrimiento en vez de minimizar su acumulación. Mas aun, no sufrir es el primer paso para vivir bien, para ser felices.
No es extraño, y más allá del toro, que se hable, contra una herencia religiosa en la que, arbitrariamente, se ha establecido un abismo entre humanos y animales, de los derechos de estos. Es verdad que la noción de derechos aplicada a los animales puede generar confusiones. Efectivamente, el animal no es un titular que esté capacitado para reclamarlos ni, a la inversa, se le puede llevar ante un tribunal por haber actuado mal. Pero si por derechos, o si preferimos hablar así, por intereses, se piensa en la protección de alguien que no pertenece a la comunidad de los que sufren entonces, los animales poseen derecho, o repetimos, intereses. Es verdad que todo es gradual y que no habría que proteger de la misma forma a una sardina que a un chimpancé. La evolución es un árbol y en algunas de sus ramas el dolor es claro mientras que en otros o no existe o sería mínimo. En este punto, como en todo, existen posturas extremas como las de los que creen que un ratón tiene un valor intrínseco y, por eso, debería respetarse. Algunos no llegamos a tanto. Pero sí estamos convencidos de que un toro sufre y que acorralar y jugar con él para divertimento cruel desgarrándole hasta la muerte es pisotear un derecho, aunque entendamos tal derecho en sentido débil.
Los contraargumentos que suelen ofrecerse a favor de la llamada fiesta, ceremonia o ritual no se sostienen en pie. Se basan, más bien, en prejuicios, intereses, negocio, regodeo personal, mal llamada cultura del toreo o una retórica vacía que, en ocasiones, produce una mezcla de risa y de pena. Es el caso de los que sostienen que se trata de la representación de la vida y la muerte. Con ese seudoargumento habría que defender todas las guerras porque análogamente serían la escenificación del vivir y del morir. Y apoyarse en la tradición es apoyarse en la nada. Existen tradiciones que debemos eliminar y filtrar. Tradición era el no voto de las mujeres, la quema de viudas. Y tradición es la ablación del clítoris. Humanizarse consiste, precisamente, en olvidar unas costumbres e introducir otras. Acostumbra a aflorar también una defensa de las corridas de toros que se basa en la cantidad de ilustres personas que han sido y son aficionados a ellas. Desde Hemingway a Bergamín. Se trata de un argumento de autoridad y tales argumentos por sí mismos nada valen. Primero porque podrían ser expertos en literatura y nada más. Segundo porque es posible confeccionar una lista alternativa aún más amplia. Y tercero por que, al margen de autoridades o no, estamos frente a algo objetivo que hay que juzgar con argumentos y no agarrándose a las faldas de unos o de otros.
La fiesta de los toros que algunos llaman nacional es un despropósito. Ni es fiesta ni se sabe qué es lo que se quiere decir con nacional. Es una mala costumbre que refleja cómo algunos de los aspectos más aceptables de la modernidad no han llegado a nuestro suelo. Es la parte más negra de una España que se resiste a ilustrarse, que permanece anclada en la sangre, el sudor y las lágrimas. Se objetará finalmente, que es cínico concentrarse en los toros ante tragedias como la de las pateras o tantas desgracias humanas más. A los que nos importan las tragedias de las pateras y el resto de las desgracias en este mundo nos interesa perseguir cualquier gota de sufrimiento allá en donde sea posible anularlo. Una cosa no quita la otra. Más bien, se apoyan.
Javier Sádaba es sociólogo
Ilustración de Mikel Jaso
JAVIER SÁDABA
Que el lenguaje es la característica humana por excelencia es harto sabido. Los chimpancés, los más cercanos en la escala evolutiva, son muy parecidos a nosotros, pero carecen de lenguaje en sentido estricto. Nuestro cerebro nos ha capacitado para ese intercambio simbólico que nos posibilita no sólo la comunicación sino la creación de ciencia, arte o religión. Lo que sucede es que ese lenguaje, como Babel, se ramifica en muchas lenguas distintas. Unos hablan japonés, otros hablaron arameo, otros sánscrito y otros se rompen la cabeza por dominar el inglés, que, de paso, se impone como lengua franca en un mundo cada vez más interconectado. En algunos Estados conviven varias lenguas. Y en uno de esos Estados, en España, la lengua se ha convertido en los últimos días en objeto de disputa. Convendría hacer alguna distinción si queremos situar el problema en el lugar adecuado.
Existe un aspecto estrictamente formal u oficial. Atañe a los textos que, para los que los han votado, configuran el cuadro dentro del cual han de moverse. Siguiendo la Constitución, y apoyándose en el artículo 3, algunos concluyeron que existe una lengua oficial y común a todos los españoles y que es el castellano. Hay otras lenguas que, paralelas a la común, son cooficiales en determinadas autonomías. Interpretando de una manera mecánica lo que la Constitución expone, habría una lengua de primera división que todos han de conocer y otras de segunda división que se pueden utilizar en sus respectivos territorios. Por eso, si alguien osara colocar la segunda a la altura o por encima de la primera cometería un tremendo despropósito que debería erradicarse como la peste. No rotular en castellano o no educar, si se quiere, en esa lengua contravendría la letra intangible que como las Tablas de la Ley a todos nos somete. No sé cuántas veces ni cómo se trasgrede eso que con tanto ahínco defienden algunos que han descubierto la Constitución a modo de conversos, pero me imagino que se trata de casos menores, que raramente alteran la convivencia y que en muchas ocasiones son indiferentes dada la semejanza de las lenguas, a excepción del euskara.
Más interesante es el aspecto que hace referencia a la libertad de elección de la lengua. No habría que imponer a nadie lengua alguna; ésta sería objeto de libre elección, y todo lo que suene a normalización lingüística sería pura imposición.
Añaden los que así opinan que la lengua es de los individuos y no de los territorios y que un nacionalismo perverso invierte los términos de tal manera que los pobres individuos se ven sometidos a una implacable noción de nación. Tal inversión y sus perversas consecuencias acostumbran a ejemplificarlas los defensores de la lengua castellana con casos nada recomendables de Bélgica, Quebec y, naturalmente, Catalunya, Galicia o Euskadi. Y, aceptémoslo, si esto se produce no hay más remedio, nobleza obliga, que reconocer que se está cometiendo el error identificar tierra con lengua. La cuestión estriba en que habría que aplicar en todas las direcciones la obviedad de que son las personas y no las naciones (noción esta, por cierto, oscura donde las haya). Por ejemplo, quien quiera educarse en euskara en Madrid, siendo ésta su lengua materna, que lo haga. No creo que sea posible. Y entonces se quiebra sin más la doctrina de que cada uno habla como le da la gana. Porque la realidad es otra. La realidad es que se establece el castellano, se obliga el castellano, se le coloca en medio como algo inamovible y se le blinda con mil y una leyes. Las otras lenguas, al final, son concesiones que benévolamente permite el poder de un Estado que, ese sí, posee una lengua como si de un individuo se tratara. La contradicción es manifiesta.
Pero es que, más allá de aspectos formales y de los derechos de las personas, esta es la tozuda realidad. Y lo que ella nos dice es que es absurdo hablar del peligro que corre el castellano. Todo lo contrario. Lo único que corre peligro es la permanencia de las lenguas minoritarias. Los hechos cantan por sí mismos. Habría que estar ciego para no reconocer que la mayor parte de los estímulos lingüísticos que se reciben en cualquier rincón de España son en castellano. Su presencia es abrumadora. Radios, televisiones, revistas y periódicos inundan el país en la lengua que -¡quién lo diría!- estaría siendo aniquilada. Una gota no es un océano. Una actitud, que a buen seguro las hay, que exija desproporcionadamente o de modo inadecuado que se domine la lengua periférica para obtener tale so cuales beneficios, no es nada comparado con el océano de la llamada lengua común u oficial, que, casi como Dios, está en todas partes. Por eso, los lamentos suenan a Jeremías. O mejor, los lamentos son el signo externo de una postura ideológica, de una opción política determinada. Se trata del siempre renovado unitarismo español, de la incomodidad de que existan otras realidades, de la visión cuasiimperial de una España inquebrantable. Si la lengua es de los individuos, que lo es, que cada uno escoja lo que le parezca. Y si se trata, cosa de justicia, de ayudar a las más débiles, que no se les favorezca sin dar aun más poder a aquella a la que le sobra. Pero esto no gusta a quienes piensan que nadie ha de salirse de un corral previamente delimitado.
Quienes nacimos y nos criamos en el franquismo sabemos bien qué es eso de que le arranquen a uno la lengua que, en principio, era la materna. Quienes hablamos el castellano lo hacemos con el placer de estar inmersos en una lengua que nos sirve para comunicarnos, escribir, leer o contar chistes. Quienes creemos de verdad que hay que respetar al máximo la opción por hablar de esta o aquella manera, no estamos de acuerdos con imposiciones arbitrarias que se puedan hacer en muchas otras partes del mundo que albergan distintas lenguas. Y seremos autocríticos cuando esto suceda en aquellos lugares que por empatía nos sean más cercanos. Pero esto no quita un ápice a lo antes dicho. La defensa a ultranza del castellano se parecería a una comedia si detrás no estuviera el empeño por meternos a todos en el mismo embudo. Que estén tranquilos, que el castellano no se muere. Pero que nos dejen tranquilos, porque, para bien o para mal, en Babel vivimos. Y seguiremos viviendo.
Javier Sádaba es catedrático de Ética de la Universidad Autónoma de Madrid
Ilustración de Mikel Jaso
JAVIER SÁDABA
Uno empieza a estar harto del tema. Es recurrente como una noria. Y debería ser tan normal hablar de ello como de otros muchos asuntos que ni nos obligan a retorcernos dando razones hasta la extenuación ni forman parte de ese conjunto de tabúes que, como observaba Chomsky, da la impresión de que el Estado no puede vivir sin ellos. Es el caso de la eutanasia. Lo que ahora se propone hacer la Junta de Andalucía ha aparecido en los medios de comunicación como un gran logro, como un paso de gigante. Incluso se ha llegado a afirmar, sin más matizaciones, que se intenta legalizar la largamente estigmatizada e incomprendida eutanasia.
Y no es así. Retirar un respirador cuando las circunstancias lo aconsejan, dadas las nulas posibilidades de supervivencia o la prolongación insensata de la agonía, no es eutanasia. Tiene un nombre técnico que incluso no viene al caso. No colocar un respirador, si circunstancias semejantes tampoco lo aconsejan, sigue sin ser eutanasia. Y el nombre técnico, de tanto repetirlo y porque induce a confusión, está no menos de sobra; especialmente cuando existen las Voluntades Anticipadas, a las que habría que animar a firmarlas a todo el mundo, y leyes que amparan las decisiones en cuestión. No hay que encarnizarse con nadie y hay que respetar la voluntad del paciente en lo que atañe a la medicación u otros medios que se le ofrezcan en torno a su salud. Él es el titular de su bienestar, como lo es de su cuerpo. Por eso, y por loable que sea lo que quiere emprender la Junta de Andalucía poco añade a una seria y sensata regulación de la eutanasia que debería comenzar por retirar del Código Penal su castigo; como lo ha hecho Holanda, Bélgica y, si hubiera un poco más de valentía, otros países y entre ellos España.
La propuesta de despenalización continúa enquistada como si de un terrible grano se tratara; cuando es de sentido común, la mayor parte de la gente está de acuerdo y sólo la inercia de la tradición, una sensibilidad mal entendida o los prejuicios religiosos se oponen a ella. Es obvio que a nadie se le invita a que ponga fin a su vida, por muchos que sean sus sufrimientos, nulas las alternativas de curación o poco el tiempo de duración en esta vida. Naturalmente que para eso hay que tener claro cuándo hablamos de eutanasia. Muchos de los problemas que surgen en nuestra comunicación tienen su causa en no haber explicitado los conceptos que utilizamos. Lo que sucede es que a los conceptos se asocian imágenes que, en nuestro caso, son del todo inadecuadas. Porque la eutanasia, en su sentido estricto, nada tiene que ver con prescindir de los mayores, de los que estorban o con aquella criminal política, siempre en la memoria, de los nazis. Todo lo contrario. Pero volvamos a lo que ahora se nos ofrece. En este sentido, lo que proponen los andaluces no creo que hiciera fruncir mucho el ceño al Vaticano. Y en este sentido, por tanto, aquello de lo que hablamos y de lo que pensamos tendría que admitirse con normalidad es la acción que causa la muerte a otro de modo activo, directo y voluntariamente pedida por el paciente. Eso es eutanasia y el resto son medidas loables, pero que no definen, repitámoslo, qué es la eutanasia. Los argumentos a favor de su despenalización a algunos nos parecen tan contundentes que nos resulta difícil entender, a no ser por intereses de pertenencia a algún club, grupo, asociación o institución, en dónde se esconden sus supuestamente profundas razones.
La libertad respecto al propio cuerpo es nuestro primer argumento. Y no se venga con la cantinela de que la libertad tiene sus límites. Los tiene, pero en manera alguna para poner barreras al modo como uno desea vivir y morir. Y la decidida lucha contra el sufrimiento es el segundo. Ambos son más que suficientes, aunque se podrían dramatizar o complementar con otros que les otorguen mayor fuerza. Pero los hechos, en muchas ocasiones, hablan por sí mismos. ¿Qué tipo de corazón hay que tener para oponerse a que la francesa Chantal tuviera que seguir sufriendo, sin posibilidad de recurrir a la eutanasia? Un tumor en la cara la había deformado monstruosamente y los dolores le eran insoportables. Ella y los que la querían estaban de acuerdo, en consecuencia, para que se la dejara morir con dignidad; es decir, bajo su responsabilidad, cuidadosa de su imagen, ajeno a sufrimientos inútiles. Porque los sufrimientos, conviene recordarlo, hay que evitarlos como el mal de males. Sólo la dureza de corazón puede aliarse con el sufrimiento. Sólo una mente incapaz de empatizar con el dolor ajeno puede hacer que todas las Chantales del mundo sufran, aunque sólo sea un minuto más. En este punto habría que ser beligerante, militante de una causa que pone ante los ojos de todo el mundo la necesidad de lograr, dentro de nuestras posibilidades, una vida buena. Y a ésta le es ajena el dolor. Se nos dirá que el dolor el consustancial a la existencia humana. Sin duda. Si yo hubiera creado a los humanos les habría ahorrado el dolor, pero no me ha tocado esa tarea. Y si el dolor llega, que, de una u otra manera, siempre nos llega, lo correcto es sacarle todo el partido posible. Pero no hablamos de ese dolor. Nos referimos al que se puede evitar, al que hacemos lo posible e imposible para que no ataque a nadie, al que, al modo de una mala y perversa propina, se añade a una vida ya por sí bastante llena de sinsabores. Tantos como para no tener que rubricarla con más pesares y cruzarnos de brazos. De esta eutanasia hablamos. Es la que pedimos, creo que la mayoría. Que se acepte como una muestra de realismo, compasión y racionalidad.
Javier Sádaba es catedrático de Ética de la Universidad Autónoma de Madrid
Ilustración de Gallardo
JAVIER SÁDABA
El martes, 29 de Abril, mi amigo Carlos París escribía en este mismo periódico un artículo titulado La hipocresía ante China. En él concluía que, más allá de intereses reales por unos derechos humanos que únicamente importan para ocultar intereses más espurios, de lo que se trataba en la campaña antichina, a propósito de los Juegos Olímpicos, era de una cuestión de rivalidad en el poder. China incomoda no porque sofoque las libertades o imponga duramente la pena de muerte. Incomoda porque es un país que, día a día, come terreno a las potencias occidentales. No puedo estar más de acuerdo. Sólo que a ese acuerdo me gustaría sumar una opinión que no suele ser fácil de mantener. Y es que, en cuanto sostienes que el Tíbet tiene derecho a ser un estado independiente como lo es China, Luxemburgo o Togo, rápidamente te invitan al silencio con argumentos bastante conocidos. Por ejemplo, que China ha logrado hacer pasar al Tíbet de un régimen de atraso feudal a una modernidad que no se puede por menos que alabar. O que un poder espiritual como el del Dalai Lama es un absurdo a la altura de nuestro tiempo. Se podría añadir, desde luego, que a la altura de cualquier tiempo.
Creo que estas afirmaciones son ciertas, pero me gustaría volver a la idea antes apuntada de por qué tiene derecho el Tíbet a ser independiente si los que lo pueblan, lo desean. Mi concepción del mundo, por hablar en términos un tanto rimbombantes, es la eliminación paulatina de todos los Estados, la creación de una autoridad internacional y el respeto a las distintas comunidades que configuran el lienzo de la existencia humana. De momento, sin embargo, existen Estados que imponen sus leyes con una autoridad que casi roza lo divino. Como ejemplo, que se mire al poder omnímodo de las fronteras. Y en cuanto uno los pone en cuestión pasa a engrosar las filas de los insensatos o de los destructivos. Tengo que confesar que me encuentro entre estos últimos y que, al menos como razonamiento ad hominem, sostendré, hasta que no llegue el ansiado momento en el que no haya ni españoles ni franceses ni chinos ni tantos más, que si X puede tener un Estado, también puede tenerlo Y. Y así hasta el infinito.
Volvamos otra vez al Tíbet. Su historia religiosa es complicada y, a los ojos de los que habitamos muy lejos de ese pueblo, todo parece reducirse a unos monjes dirigidos por un buda renacido. Las cosas no son tan sencillas. Quien se aproxime con cierto interés y sin prejuicios al hecho tibetano se encontrará con miles de manifestaciones diversas, muy diferenciadas influencias y una cultura viva que no se limita a lo que cuentan los estereotipos habituales. El Dalai Lama (pocos sabrán que su nombre real es Tenzin Gyatso), un individuo que nació (o si se quiere, renació) en 1935, se exilió en la India en 1959 después de la invasión, sin miramientos, de los chinos y ante una revuelta que ponía en peligro el dominio de la gran potencia. En su exilio, él y los suyos se llevaron los textos fundamentales de su tradición, hicieron florecer el budismo tibetano en la India y han logrado un conocimiento y reconocimiento internacionales nada despreciables. A finales de los ochenta, el Dalai Lama recibió el Premio Nobel. Se me dirá que se trata de pura propaganda. Puede ser. Propaganda la hay por todas partes y además no afecta al núcleo de lo que vengo diciendo. Y lo que digo es que el Tíbet tiene tantas razones como su dominador para ser un Estado libre. No porque le anteceda la religión Bon, se hayan mezclado con el tantrismo o desarrollen lo que se llama la Vía del Rayo. Ni porque su etnia se diferencie de la mayoritaria en China, y que está compuesta por los Han. Ni porque durante mucho tiempo haya sido realmente independiente. Sencillamente porque es lo que (habría que verlo) desean los tibetanos y que se plasma en lo que entendemos por autodeterminación política. Que el pez grande se coma al chico es un hecho. Que el chico pueda vivir como el grande, un derecho.
China, por lo demás y como casi todo el mundo sabe, es un país capitalista con un sistema autoritario y en el que el partido ordena y manda. China, sin duda, ha dado de comer a los muchos millones de chinos mucho mejor que lo habrían hecho otros regímenes más dispuestos a obedecer lo que dicten los que mandan desde nuestra propia orilla. Eso creo que es verdad. Aunque no es menos cierto que de ahí no se sigue doctrina expansionista alguna ni imposición a otros pueblos. El Dalai Lama, que dice profesar un pacifismo propio del budismo, es el jefe espiritual y terrenal de la mayor parte de los tibetanos. Obviamente no me hace la menor gracia un sistema teocrático y ojalá los tibetanos aprendan a vivir según un laicismo que a todos iguale. Pero de ahí lo único que se sigue es que no es de recibo la superstición, se dé donde se dé, ni la fuerza por la fuerza, se dé donde se dé.
No quito nada al artículo antes citado de mi amigo, Carlos París. Pero sí añado algo que, habitualmente, se minimiza por parte de muchos de los que, diciéndose defensores de los individuos y sus derechos, se olvidan de ellos en cuanto huelen algo distinto a lo suyo. O cuando denuncian, seguro que con razón, que las protestas contra China con motivo de los Juegos Olímpicos están manipuladas. Ahora bien, nobleza obliga y a cada cual lo suyo. Me quedo con las reformas introducidas por China, con la parte más atractiva del budismo y con el derecho de los tibetanos a decidir su futuro. Sea éste el que sea. La libertad tiene un precio. Y tiene riesgos. Nadie está obligado a correrlos. Pero nadie está llamado a impedirlos.
Javier Sádaba es catedrático de Ética de la Universidad Autónoma de Madrid
Ilustración de Gallardo
JAVIER SÁDABA
Me piden que dé mi opinión sobre el atentado que ha costado la vida al ex concejal socialista de Mondragón Isaías Carrasco. No es fácil. Porque rápidamente se tergiversan las palabras, haciendo casi imposible la comunicación. Algunos tienen ya un esquema a disposición y dicen siempre lo mismo en este tipo de situaciones. No es mi caso. Otros mirarán más de frente que de reojo a las próximas elecciones para ver a quién favorece este atentado. Tampoco es mi caso.
¿Desde dónde hablar, entonces? Pienso que habría que distinguir dos niveles. Uno es el moral y el otro, el político. Desde un punto de vista moral es totalmente inaceptable un tipo de acción como el que acabamos de padecer. Primero, porque no se debe matar, torturar o humillar a nadie. Sólo en los casos extremos de legítima defensa se puede permitir una
reacción que acabe con la vida de otro. Si tal circunstancia no tiene lugar, entonces estamos ante un acto reprobable, que coloca sobre quien lo ha realizado toda la repulsa de una comunidad que no haya dimitido de sus sentimientos morales.
En segundo lugar, nos encontramos con la forma en cómo se ha hecho. Isaías era socialista y un miembro activo de su partido. Se simpatice o no con su ideología o con la política de su partido, no tiene ningún sentido eliminarle por eso. De esta manera, no sólo se mata a una persona o a unas ideas sino que se genera un miedo circundante que muestra uno de los peores males de los humanos: atemorizar extendiendo el círculo del terror a modo de supremo argumento. En tercer lugar, la muerte de una persona se utiliza como una pieza dentro de un tablero en el que se intenta enviar un mensaje. Sea el que sea dicho mensaje, es absurdo que la vida de una persona se convierta en el peón que se adelanta en la jugada. Y, finalmente, si de lo que se trata es de reaccionar ante unas denunciadas torturas o la ilegalización de ANV, la respuesta es cruelmente desproporcionada, brutalmente ejecutada.
Existe, a otro nivel, el punto de vista político. Muchos pensarán que todo ello es fruto de una insensata negociación con ETA. Creo que en esa negociación, todavía oscura, no se ha actuado con la prudencia, sabiduría y consejo que hubieran sido convenientes. Pero en modo alguno es reprobable la negociación en cuanto tal. Los mismos que se han opuesto y oponen tajantemente a ella no ven mal, por ejemplo, que los que llaman en Colombia “narcoterroristas” puedan negociar con el Gobierno de esa nación. Y a los mismos que se les llena la boca con la afirmación, sin matices, de que un estado de derecho no negocia con violentos desactivan, minimizan, destruyen o son incapaces de poner en pie un estado en el que la participación libre e informada de la gente lo convierta, realmente, en algo digno. Este Gobierno ha podido tener muchos defectos. No ha sido, sin embargo, el de la negociación, en cuanto negociación, uno de ellos.
Es hora de volverse a la izquierda abertzale. Ha habido tímidos gestos de desaprobación, como han sido los de ANV de Mondragón, que ha abandonado el Ayuntamiento por varios días, o la nota de LAB lamentando la muerte de Isaías. Pero eso no basta. Además, no se puede ser solidario con los familiares sin condenar a quien ha disparado. En caso contrario, se cae en una clara contradicción. Es como decir que lamento la ofensa que te han hecho, pero soy indiferente respecto a quien la ha causado. Y, por otro lado, continuar sosteniendo que las condenas a nada llevan es, de nuevo, caer en la contradicción. Porque dicha izquierda abertzale está condenando o pidiendo que se condenen constantemente las violaciones a los derechos de una parte significativa de los vascos.
Ha llegado la hora, una hora que lleva mucho tiempo esperando, de saber conciliar las reivindicaciones que uno considera justas, con los métodos adecuados. El pacifismo ni es un brindis al sol ni una actitud débil. Todo lo contrario. De ahí que, en vez de recurrir al siempre contundente recurso a la violencia, lo que se tendría que hacer es formar gente que sepa argumentar, defender con razones sus ideas y utilizar todos los medios, incluida la desobediencia civil en casos graves, para poner al descubierto sus ideales; y, al mismo tiempo, el deseo de que se cumplan, si es eso lo que la gente quiere. La gente no es, por cierto, una amalgama surgida de nuestra imaginación. La gente es cada uno de los individuos que se manifiestan, en democracia, con sus votos, en un sentido o en otro, o con su abstención. Una reconversión de la incultura de la violencia a la real y cotidiana cultura de la argumentación y movilización ciudadana es una de las asignaturas pendientes en Euskadi.
En otras ocasiones, he protestado contra, por ejemplo y entre otras cosas, la ilegalización de Batasuna o de ANV. No cambiaré de opinión a no ser que se me ofrecieran razones que hasta el momento desconozco. Pero nobleza obliga. Y la moral tiene sus imperativos. Uno de ellos, al margen de decir, a corriente o contracorriente, lo que uno piensa, consiste en ser imparcial. Traducido a nuestro caso, en negar la actitud violenta, pedir que se modifique tal modo de proceder, reeducar todo lo que se pueda e instalar un pacifismo fuerte. Y, concretamente, afirmar que la muerte de Isaías Carrasco es inmoral, irracional y, más aún, cruel.
Javier Sádaba es catedrático de Ética de la Universidad Autónoma de Madrid
Ilustración de Diego Blanco
JAVIER SÁDABA
Lo público se puede manifestar de varias formas. Una consiste en hacer patente que se está a favor o en contra de una determinada política. Este tipo de manifestaciones son parciales o sectoriales. Defienden una ideología concreta, una reivindicación específica o, por el contrario, proponen políticas alternativas a lo que existe. Más raro es que se dé una manifestación que esté por encima de esta o aquella ideología, de esta o aquella reivindicación, de este o aquel interés. En ese caso el pueblo, superando las divisiones habituales, se une ante un acontecimiento grave que hiere la sensibilidad común y que a todos afecta. En ese caso el pueblo se constituye en cuanto pueblo, como conjunto espontáneo, vivo, de acción soberana e inmediata. Es precisamente lo que ocurrió hace cinco años cuando en varias ciudades del mundo y, concretamente en Madrid, se alzó a una sola voz contra la descarada e infame invasión de Irak. Se había manipulado a las Naciones Unidas, se había engañado con el cuento de las armas de destrucción masiva. Y se había colocado a Sadam Hussein, un dictador, como el paradigma del mal cuando se sostenía a otros tan perversos o más en nombre de no se sabe qué o simplemente callando. Todavía más, la invasión se vendía como liberación del pueblo iraquí, como expansión y desarrollo de la auténtica democracia. La acción, en el fondo, era, vergüenza da decirlo, humanitaria. No hace falta recordar las terribles consecuencias: la consumación del embargo que desde 1990 estaba sufriendo el pueblo iraquí, los millones de desplazados, los cientos de miles de muertos, la implicación, por el arrastre de los EEUU, de la UE en el desastre, cómo se han favorecido las rivalidades internas, cómo se ha suprimido la soberanía de aquellos a los que corresponde decidir qué es lo que quieren ser o, por añadir un último dato, cómo se ha matado a más de 300 profesores universitarios en nombre de la sinrazón.
¿Qué se puede decir una vez que han pasado cinco años? La respuesta fácil es volver a recordar lo anterior o aumentarlo relatando otras atrocidades. Es, desde luego, una respuesta. Pero no es la principal. Porque, incluso si las cosas no hubieran ido tan mal, la invasión habría que condenarla. Se trata de una cuestión de principios, al margen de que también cuenten las consecuencias. Y es desde ahí desde donde hay que dejar claro que lo que se hizo no solo va contra el derecho en cualquiera de sus acepciones sino contra el núcleo de una ética que no se quede en mera palabra. Lo que se hizo fue y continúa siendo inmoral, se lo revista con el ropaje que se quiera. Por eso, el recuerdo de las manifestaciones de entonces no tiene que ser melancólico o de una fecha nefasta. Ha de ser un recuerdo activo que nos sirva para seguir luchando contra las políticas de fuerza actuales y, por supuesto, como acicate hacia un futuro que siempre hay que contemplarlo, por mucho que los hechos vayan en contra de nuestros deseos, mejor de lo que hoy tenemos, padecemos y, pocas veces, gozamos.
En el momento de tener que poner cara a los que se implicaron hasta el cuello en la invasión aparece, destacado, el ya tristemente famoso trío de las Azores. Desde el punto de vista español, Aznar pasará a la historia con el baldón, mezcla de ridículo y crueldad, que supuso su decisión, en contra de la voz casi unánime de los españoles, de sumarse al poderoso norteamericano. Cuál fue la última razón que le movió a ello, a no ser que esperara lograr ese petróleo del que siempre ha carecido este país, es difícil saberlo. Pero tampoco importa mucho. Porque no es cuestión de meterse en las entrañas de su conciencia sino de juzgar sus actos. Está en marcha su enjuiciamiento. No sabemos hasta dónde se llegará. Pero quede al menos como símbolo de reprobación. Es lo que merece. Lo que sucede es que existen, además de Aznar y por supuesto Bush, otros protagonistas que conviene que no se oculten a nuestra vista o se rebaje su responsabilidad. Por ejemplo, el portugués Durao Barroso, que luego se ha paseado por Europa y de capitán, fue la celestina anfitriona que puso al servicio del trío la bella isla. Curiosamente rara vez sale su nombre cuando hablamos de la invasión militar. Moito obrigado, presidente, tendría que salir de nuestros labios acompañado de una risa acusadora. Y sobresale en este papel de muñidor, escondiéndose después como si fuera un buen chico, el británico Blair. Siendo el más presentable externamente, ha dado la cara, ha intentado vender una mercancía podrida, ha sido el latiguillo y correveidile de Bush. Ha actuado, en suma, como el policía bueno. El colmo del cinismo. No sé con seguridad si el laborismo inglés está en la Internacional Socialista. Si así fuera, ¿por qué no se le ha expulsado? Una última palabra para el que fuera en esos momentos Secretario de la OTAN, Javier Solana. Llegó a afirmar que había razones sólidas para pensar que Irak guardaba armas de destrucción masiva. Un manto de silencio cayó sobre él. Y con la protección añadida de aquellos que, autodenominándose de izquierda, hacen luego la política querida de la derecha. Me recuerdan a los que en mi niñez, después de comulgar diariamente, vivían como los que ellos consideraban paganos. A decir verdad, vivían mucho peor. Conviene recordar estas cosas. En caso contrario la memoria queda coja. Y los que salimos perdiendo somos todos los que deseamos, de verdad, que los hechos no se manipulen ante una interesada ideología. Y una cuestión final. Aplaudimos la salida de las tropas españolas de Irak. Pero ¿por qué seguir la política de EEUU en Afganistán y su prolongación en Guantánamo?
Javier Sádaba es catedrático de Ética de la Universidad Autónoma de Madrid
Ilustración de Gallardo
JAVIER SÁDABA

El italoamericano Cavalli-Sforza escribía no hace mucho tiempo en su patria de adopción, California: “Para muchos estadounidenses el mundo fue creado el año 4.004 antes de Cristo”. Para darse cuenta de la insensatez de esta manera de leer un documento, para ellos revelado como es la Biblia, no hace falta sino recordar que la escritura, que con toda probabilidad surgió en Sumeria, lo hizo hace unos 5.000 años. Se trata, sin duda, de una postura extrema del llamado creacionismo y que se opone tajantemente a lo que Darwin, los neodarwinianos y el sentido común nos han ido mostrando desde hace años.
El creacionismo, sin embargo, tiene muchos grados y no todos son tan obtusos como para pensar que hace unos pocos años Dios puso en esta tierra todo lo que existe de una vez para siempre. Descubrimientos de todo tipo en relación y los restos fósiles que acumulamos no permiten este tipo de aventuras intelectuales. Por eso los creacionistas más sofisticados afilan sus armas en dos direcciones. En la primera cargan contra Darwin e intentan demostrar que existen fallos en su teoría evolucionista. En la segunda recurren a lo que se ha dado en llamar Diseño Inteligente y según el cual la vida y, concretamente, el hombre no podrían existir si no es por un directo impulso divino. Fijémonos en los dos cuernos por los que intentan atacar los creacionistas, especialmente los de nuevo cuño, y que tienen entre sus egregios defensores a un cardenal alemán. Porque no todos son, contra lo que suele suponerse, fundamentalistas protestantes amamantados en los EE UU.
La teoría darwiniana de la evolución por selección natural, en la que sobreviven los más aptos, ha tenido seguidores y otras teorías alternativas. El neodarwinismo combina Darwin con los desarrollos, espectaculares sin duda, de la genética. Y teorías alternativas son las que se conocen, por ejemplo, como los neutralistas y el equilibrio punteado. Necio sería que entrara ahora en las entrañas de tales teorías. Ni soy especialista en la materia ni viene a cuento. Sirva, sencillamente, como ejemplo de que una teoría, en este caso la evolución, es disecada después, en manos de los científicos, de forma que algunas piezas iniciales se mantienen y otras se modifican. Pero de ahí nada se sigue contra lo más decisivo del darwinismo: somos producto de la evolución y en ésta intervienen factores internos a la misma. De ahí a llevarse las manos a la cabeza porque no queremos parecernos a los simios o rastrear en la vida de Darwin para decirnos que fue un mal estudiante o se casó por dinero, hay un abismo. Un abismo de ignorancia.
Volvamos al Diseño Inteligente y veamos cómo razona. El paso a la vida y sobre todo a la inteligencia humana no podría darse sin la intervención de la divinidad. La vida, por otra parte, es un acontecimiento de una improbabilidad extraordinaria. Si hacemos caso de dos importantes físicos, uno de los cuales, Tipler, se ha convertido en predicador a favor de la resurrección, se aproxima a cero. Y la inteligencia humana, por otro lado, es la que contempla la maravilla de la creación. ¿Cómo no pensar que ha sido puesta aquí precisamente para el deleite de tal contemplación? Más aún, este mundo en el que resplandece nuestra mente si fuera mínimamente distinto no posibilitaría que estuviéramos, como reyes de la creación, en su cúspide. Desde los años setenta y de la mano de B. Carter dicha argumentación recibe el nombre de Principio Antrópico. En realidad, lo que subyace detrás de esta manera de ver el mundo y vernos a nosotros es la idea de que existe un Ordenador Inteligente.
El concepto de orden, sin embargo, contiene dos errores. Porque el orden se presenta como una noción clara que pediría un Ordenador. Y, en segundo lugar, se le hace equivalente a un bien, a una finalidad y, por tanto, a un valor. Ambas afirmaciones son falaces. Que haya orden exigiendo un Ordenador es dar por supuesto lo que hay que probar. Lo que hay es lo que hay y si le llamamos orden es porque, subrepticiamente, pensamos que a su vez existe alguien que lo ha ordenado. Echemos, además, un vistazo al universo. Veremos desastres por todas partes. Echemos un vistazo a la evolución. Y veremos que hemos llegado, algunos, a donde hemos llegado como se podría haber llegado a otro sitio; y por medio sufrimientos y penurias. Más que de Diseño Inteligente se debería hablar de Inteligencia Perversa o de Impotente Diseño. No seamos tan orgullosos: somos el pico de la evolución. Nada más. Por eso, el valor, y es el segundo error, no reside en nosotros como fruto de la evolución. Valemos, según ésta, lo que vale cualquiera de las otras criaturas que pueblan el universo. El valor supondría, de nuevo, un autor que ha mimado al ser humano para que éste venga a la existencia. Pura imaginación y puros deseos. ¿No valemos, entonces, nada? ¿Somos como una piedra? En absoluto.
Desde el momento en que somos autoconscientes, podemos, en interacción con los demás humanos, crear valores. Eso sí está en nuestras manos. No valores como tópicos que se recitan a modo de letanía. No se trata de ficciones. Se trata de ser valientes para aceptar lo que creemos que es verdad y hacer lo que creemos que debemos hacer. Para basarnos en nosotros mismos y no en las mentiras y propaganda que nos rodea. Para no dejarnos llevar por los cantos de sirena, de las mentiras envueltas en celofán. Y vivir libremente. Y solidariamente. Ésa es la verdadera evolución humana y que tiene un fin: vivir todos mejor.
Javier Sádaba es Catedrático de Ética de la Universidad Autónoma de Madrid
Ilustración de José Luis Merino
JAVIER SÁDABA
Acaba de hacerse pública la sentencia de un juicio que ha durado años y que se ha gestado a la sombra de los distintos vaivenes e intereses políticos. Ha sido conocido como el macroproceso 18/98. Lo comenzó el juez Baltasar Garzón y se supone que, una vez finalizado, ha quedado descabezado lo que sería el entorno de la punta más violenta del independentismo vasco. En el juicio se condena a más de 500 años a 47 personas, todas vascas, acusadas de pertenecer, de una u otra manera, a ETA. No he leído la fundamentación de la sentencia ni pertenezco al gremio de expertos en la materia.
Los doctores, por tanto, tienen la interpretación jurídica y para ellos es, por tanto, la tarea. Lo que me ha sorprendido, o mejor, lo que no me ha sorprendido es el saludo alborozado de tanto difundidor de consignas, denominando a dicha sentencia “histórica”. Es de suponer que si en vez de 500 años hubieran sido 5.000, la sentencia se consideraría aún más histórica, y así hasta el infinito. Bonita forma de acoger con imparcialidad y neutral honestidad un juicio. Un juicio, como indiqué, lleno de trancas y barrancas. Lo normal, algo en nuestros días ideal, es que se hubieran ofrecido argumentos y contraargumentos, de modo desapasionado. En vez de ello, todo un huracán de loas condenando al silencio a quien se atreva a poner una coma.
Todavía me ha sorprendido, o no me ha sorprendido, que personas obligadas a cuidar con mimo y celo el lenguaje hablen de “entramado” y de “entrañas” (al final va a parecer un asado argentino). Este lenguaje metafórico, en vez de aclarar, confunde. Porque diluye los conceptos y posibilita que se haga pasar el gato de una determinada ideología por la liebre de la violencia. Yo conozco a alguna de las personas condenadas y, estoy convencido, tienen que ver con la violencia lo que tendría que ver un padre franciscano o, si se quiere apurar más, un padre capuchino.
Y por acabar con las sorpresas, me sorprende que alguien piense que con este tipo de escarmientos se resuelva un problema o se cierren las heridas. La violencia es reprobable, sin duda, y los errores que haya podido cometer el campo, numéricamente nada despreciable, del independentismo es probable que no sea pequeño. Pero el asunto no es ése. O, al menos, no es sólo ése. El asunto es que por muchos mazazos que se den existe un subsuelo de reivindicaciones. Y tales reivindicaciones han de ser atendidas con todo el espíritu y la paciencia que la democracia, que no sea sólo se palabra, exige. Todo lo demás es echar leña al fuego. Entiéndase bien, en modo alguno se trata de justificar actitudes del todo improcedentes en una sociedad que, por imperfecta que sea y lo es, tiene cauces e incluso laberintos para que las cosas puedan cambiar. De lo que se trata es de saber ser demócratas. Y lo que hay que conseguir es radicalismo, y no fundamentalismo, democrático.
Los partidos políticos estatales, en su mayoría, se han alegrado de la condena. No lo han hecho los vascos. Todo lo contrario. Piensan, más bien, que estamos ante una injusta penalización de ideas. Y es que tales partidos, con sus virtudes y sus defectos, pertenecen, de una u otra manera, al subsuelo antes citado. Naturalmente que en esta finta a favor de los condenados habrá mucho de oportunismo. Por desgracia, este vicio parece consustancial a cualquier partido político. Aun así, han comprometido, al menos, su palabra. Me gustaría saber qué es lo que van a decir partidos, grupos o movimientos de la izquierda clásica y que podríamos considerar más real. Y es que no se ve por qué partidos como IU no deberían estar de acuerdo con las protestas y críticas procedentes de Euskadi. Desgraciadamente los partidos, me gustaría equivocarme, pronto pasan de ser de izquierda a colgarse del brazo de los que se autotitulan de izquierda. Cuando los problemas pueden quemar, hay que dar la cara, saber estar a la contra o romper la corrección política, corren a hacer la ola con los que mandan. Es una pena. Cuando las elecciones aprietan, se suele ser ciego a las propias convicciones y quedarse bizcos de tanto mirar a una y otra parte para conseguir votos. Y es que los votos son la materia de la que se nutre la conservación del poder. De ahí que se pongan todos, o casi todos, en fila. En fila hacia lo que otorga poder. Y no hacia la verdad, y las necesidades de la gente. Una labor imprescindible de cualquier movimiento emancipatorio consistiría en mostrar sinceramente al ciudadano que muchas veces hay que desnudarse y confesar que no sabemos por lo que optar o que es mejor no votar.
A Sabino Ormazabal le han caído 9 años de cárcel, no mucho menos de las penas a las que acostumbra a condenarse a asesinos o violadores confesos. A Iñaki O’Shea le han premiado con uno más. Me precio de ser amigo de ambos, aunque en los últimos tiempos he tenido más contacto con Sabino. Jamás vi en él concesión alguna a esa violencia que la sentencia dice condenar y que el ojo del juez, corregido y aumentado por los bienpensantes obedientes a lo que en el momento convenga, ha escudriñado. Me imagino que lo que acabo de escribir no servirá de excusa para que se me acuse de formar parte de ningún entramado. A no ser que a alguien se le ocurra, y candidatos a tales ocurrencias hay muchos, crear un nuevo concepto jurídico: la existencia del entramado del entramado.
Javier Sádaba es catedrático de Ética de la Universidad Autónoma de Madrid
Ilustración de Enric Jardí
JAVIER SÁDABA
Finlandia es un país poco habitado, rico, ejemplar en su política contra el fracaso escolar, con buenos atletas y al que nos imaginamos en un claroscuro compuesto de hielo y noche. Es el país de los mil lagos que, según la leyenda, nacieron de las lágrimas de los ángeles. Y su lengua, impuesta a los primeros pobladores, que fueron los lapones, se pensó que estaba, como el húngaro, unida a un tronco común al que pertenecería también el euskera. Un pequeño pueblo de este extenso Estado nórdico nos suena a un remanso de paz que rozaría el aburrimiento. En uno de esos pueblos, un joven de 18 años, y previo anuncio en la Red, mató a ocho personas en un instituto. Entrar a tiro limpio allí donde se encuentran unos muchachos estudiando pacíficamente y en un lugar del mundo que hasta ahora no se había distinguido nunca por escándalos con una repercusión mediática tan acentuada hace que se disparen, esta vez sólo las preguntas, sobre cuáles son las causas de tal anómala conducta.
La psicología y la psiquiatría nos han ido descubriendo, desde hace años, las disfunciones de la personalidad, los desequilibrios psicológicos que llevan a un individuo a comportarse fuera de los cánones habituales de conducta. Y las ciencias del cerebro, en su desarrollo espectacular, nos señalan cómo alteraciones en las distintas partes y funciones cerebrales pueden dar lugar a acciones como la descrita. Son los llamados perturbados o, más concretamente, psicópatas. Por causas genéticas, ambientales o por una mezcla de ambas, los individuos en cuestión actúan sin ser responsables de sus actos. Serían los que jurídicamente se llegó a llamar mens rea; es decir, una mente que no es libre y, por lo tanto, que no es capaz de dar cabal razón de lo que hace. No se trataría, en fin, de una violencia culpable; o, lo que es lo mismo, las acciones no surgen de un sujeto que es plenamente dueño de su comportamiento.
Pero las cosas no son tan sencillas. Y es que, ¿por qué las disfunciones cognitivas o de conducta se manifiestan tan violentamente? Por otro lado, el finlandés que mató a compañeros y profesores, y posteriormente se quitó la vida, expuso su doctrina, una pobre doctrina, como justificación de la brutalidad que cometió. En concreto y en una disparatada interpretación pseudodarwiniana, creía que la selección natural, mecanismo indispensable en la evolución, no era lo suficientemente sabia como para eliminar a todos los débiles y, en consecuencia, se veía obligado a ayudarla. Como se ve, todo un ejercicio de amor a los demás. Dicho más llanamente, que se mueran los feos y, si no, les matamos. La violencia, recordémoslo, no es agresividad. Agresivos son los animales que, según sus instintos, agreden a otros animales. La violencia se inscribe en el mundo de la cultura, es una hipertrofia de ésta, y, por lo tanto, en el mundo de la libertad. Es un paso más, algo que se nos imputa y de lo que tenemos que dar cuenta. Por eso y aunque tal vez el pobre finlandés estuviera sumido en las brumas de alguna enfermedad, un resquicio de cultura se introduce en sus acciones. La violencia, así, se convierte en una mezcla de causas naturales que no nacen de un sujeto libre y de un componente violento que ha penetrado en el individuo desde un ambiente, es obvio, también violento.
Y es que podríamos distinguir tres grados de violencia. Uno sería totalmente natural, debido a impulsos fuera de control de quien la ejerce. Si éste es el caso del finlandés poco más habría que añadir, a no ser lo antes expuesto y que remite a los expertos en psicopatologías. En un segundo estadio se coloca esa violencia voluntariamente programada, que se pone en práctica muchas a veces a favor de una causa noble. Un guerrillero es un ejemplo típico de este tipo de violencia. Es claro que si existen otros medios o instrumentos a disposición, si la acción violenta acrecienta aún más la violencia, mimetiza lo peor de aquello contra lo que se lucha y no tiene en cuenta que la autonomía de los demás no es una ficha en el tablero político, es moralmente reprochable. Finalmente existe una violencia legítima en la que se combate al tirano, se defiende al débil frente al poder absoluto y no hay más alternativa que el recurso a poner en marcha actos violentos. Tal violencia, por dolorosa que sea, está justificada. Se trata de la legítima defensa y que, trasladada al campo social, legitima la guerra justa. Uno no cree que haya muchas guerras justas, pero quede al menos como concepto válido, en circunstancias extremas. Esta violencia tiene, entre sus defensores, lo digo para no llevarnos a engaño, a bastantes teólogos cristianos y hasta al mismísimo Tomás de Aquino.
Lo que sucede es que las tres violencias se inscriben en una sociedad violenta. La violencia, que debería servir para controlarnos a nosotros mismos, se desborda y pasa a utilizar al resto de los humanos como si fueran meros objetos. Y en esto estamos siendo campeones. Unos, desde luego, más que otros. El poder por el poder, el dinero, las armas, el orgullo insensato, el querer tener más, la incapacidad para reconocernos por lo que somos y no por lo que tenemos, da como resultado un planeta humano violento. Tan violento que se expolia la naturaleza, se explota al que sirve como fuerza de trabajo y se somete a los ciudadanos. Los Estados, las instituciones, la vida en general, dividida entre los que dominan y los dominados, genera, cómo no, un ambiente pleno de violencia. Si éste es el mundo que habitamos, ¿cómo sorprendernos de que existan las violencias antes mentadas y, en concreto, la de la evangélica Finlandia.
Javier Sádaba es Catedrático de Ética de la Universidad Autónoma de Madrid
Ilustración de Mikel Jaso
JAVIER SÁDABA

No son pocos los que opinan que los problemas del País Vasco no tienen solución. Para que la tenga se deberían ir poniendo los medios más adecuados de forma que lográramos, si no el paraíso, una vida política sin la tensión y los sufrimientos que actualmente padecemos. Tales problemas tienen una dimensión relacionada con la violencia y otra, con la política. Ambas están, sin duda, unidas e insensato sería negarlo. Hace pocos meses ha finalizado en fracaso la negociación que se entabló, previo acuerdo parlamentario, entre el Gobierno y ETA. El fracaso puede contemplarse desde perspectivas distintas y, como ocurre habitualmente, las culpas habría que repartirlas entre todos los participantes.
Me gustaría, en este punto, ya que es casi unánime la opinión que carga todos los males en una parte, fijarme en lo que al Gobierno corresponde. La negociación estaba en su punto. No ha habido conflicto de características semejantes que no haya necesitado, de una u otra manera, de un final en el que las partes se han sentado ante una mesa. Pero una cosa es aprobar la negociación y otra tener muchas dudas sobre la forma en la que se ha negociado. Me refiero a dos puntos que considero claves. En primer lugar, no sabemos qué es lo que el Gobierno negociaba. Sabemos lo que opinan ETA, Batasuna, el PNV, el PP y todas las siglas que deseemos añadir. Seguimos sin saber qué es lo que propone el Gobierno español. Sólo hemos oído generalidades o repetir que el límite es la Constitución y el Estado de Derecho. Pero la Constitución admite modificaciones, luego es vacío hablar de ella sin añadir nada más. Y el Estado de Derecho no es tanto el conjunto de las instituciones, muchas veces inerte, sino el conjunto de los ciudadanos que se mueven, cambian y, sobre todo, deciden. Y, en segundo lugar, de una ingenuidad supina sería pensar que ETA va a limitarse a negociar sólo la salida de la cárcel de sus presos. Cualquiera que conozca mínimamente sus escritos sabrá que no dice que es ella la que va a determinar qué tipo de país ha de ser el de los vascos, pero sí que quiere que se les consulte. Y a ello, supongo, no va a renunciar fácilmente. Si se tratara exclusivamente de los presos, no habría casi necesidad de negociación. Se me dirá que ETA no es nadie para tutelar la vida política de los vascos. Sin duda. Y vaya por delante que sin ETA, al margen de la maldad moral de la acción violenta, es muy probable que los vascos estuvieran más cerca de obtener lo que reclaman que bajo la sombra de las armas. Por eso, y valga este inciso, no creo que tengan razón los que piensan que el anuncio con fecha de una consulta ayude a ETA. Todo lo contrario. Como es bien sabido, a mayor acción política suele suceder menor uso de recursos extremos y marginales. Esto nos lleva a otro intento de solución que tiene que ver con la última iniciativa del Presidente del Gobierno Vasco.
Efectivamente, Ibarretxe ha propuesto una consulta que, en principio, está diseñada para favorecer un referéndum de autodeterminación. Las protestas no se han hecho esperar. Se le ha llamado alucinado, se ha dicho que es una aventura y un desvarío. Y estas lindezas han salido de la boca de partidos de todos los colores, lo cual demuestra cuánto se asemejan cuando se pasa de cuestiones accidentales a las más sustanciales. Detrás de esta actitud de rechazo hay dos aspectos que convendría estudiar por separado. Uno es legal y es innegable que la legalidad es discutible. Y, por lo tanto, no es de extrañar que se le exija al lehendakari, una vez que participa de la legalidad española, que justifique su propuesta. Pero más importante aún es la postura de fondo que anida en el rechazo frontal a que los vascos puedan expresar sus preferencias a la hora de determinar cuál quiere ser su relación con el Estado español. En esta postura lo que existe es una primitiva y profundamente nacionalista sensación de desgarro si los vascos quisieran reivindicar algún tipo de soberanía. Tal postura lo único que manifiesta es apego emocional a signos del pasado y poca flexibilidad. Como escribió un conocido filósofo, los estados en un tiempo no existieron, actualmente existen y en un futuro podrían volver a no existir. No se entiende, por tanto, cómo algunos se aferran a un concepto de unidad que suena más a viejo organicismo que a una concepción libre de prejuicios respecto a cómo los distintos pueblos puedan formar parte de un lienzo que, al final, ha de ser internacional. Es cierto que la violencia lo embadurna todo, pero uno tiene la sospecha de que sin violencia también saldrían a la escena los fantasmas de la escisión traumática de una parte de España como si ésta fuera un cuerpo orgánico. Todavía más, algunos reprochan al lehendakari que de esta manera está dando bazas al PP. Este tipo de pseudoargumentación es bastante penoso. Se mira con lupa a una posible consecuencia para denigrar un acto. Y, lo que es más importante, la hipotética autodeterminación, al margen de que sea un derecho, fluye de las exigencias democráticas. Es la democracia, expresada a través de los individuos, la que sustenta las normas y no al revés.
El problema es, obviamente, complicado. Pero es necesario reabrirlo con todas las dificultades que presenta y no reducirlo a tiras y aflojas al servicio de los intereses de los grupos políticos. En este sentido, ¿se ha puesto en marcha algún foro que debata con claridad lo que está pasando? ¿Se ha propuesto alguna conferencia o reunión, pública y amplia, en las que se expresen con toda libertad las posturas al respecto? Parece que no. Y es esencial si se quieren ir poniendo las piedras que construyan un edificio en paz. Se objetará que todo lo dicho quedaría sepultado mientras exista la violencia. Habría que pedir a la izquierda abertzale que articule con detalle su proyecto político. De esta manera sería un movimiento autónomo y no un simple eco. Y de esta manera se iría haciendo inútil la violencia. Y a ETA habría que recordarle que los fines, por excelsos que sean, se juegan en los medios. Un medio malo destruye un fin bueno. Matar o intentar matar a un concejal o a un escolta, y es un ejemplo lamentablemente reciente, no sólo muestra lo malos que pueden ser los medios, sino cómo la misma noción de medio se ha pervertido de tal manera que todo vale. Cuando sólo vale lo que es bueno, en los fines y en los medios.
Javier Sádaba es catedrático de Ética de la Universidad Autónoma de Madrid