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Dominio público

Opinión a fondo

La reforma laboral perjudica gravemente la salud

30 abr 2012
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Joan Benach
Profesor de Salud Pública en la Universitat Pompeu Fabra y la Universidad de Toronto. Miembro del Grupo de Investigación en Desigualdades en Salud (Greds-Emconet, UPF)

En las tres últimas décadas, la “globalización” neoliberal ha producido una fuerte “reliberalización” de los mercados financieros, una enorme concentración del poder económico privado, un aumento del control de las corporaciones sobre los Estados y la tendencia a “limitar” democracias muy restringidas. Contrariamente a la retórica conservadora comúnmente utilizada, los Estados han jugado -y siguen jugando- un papel esencial en el desarrollo de las políticas neoliberales tal y como muestran las enormes ayudas económicas destinadas a los rescates financieros, las reducciones del gasto público y prestaciones sociales, las privatizaciones de la sanidad y la educación, o el permanente ataque a las organizaciones y derechos sociales y sindicales. En ese contexto, la reciente reforma laboral impuesta sin debate público ni negociación social por el gobierno del PP representa en España una pieza clave en la profundización de esas políticas.

Aunque el gobierno asegura que es “un proceso necesario e inevitable”, que es una reforma “equilibrada” donde ganan empresarios y trabajadores, o que ayudará a los jóvenes a tener “un horizonte de futuro”. Nada de ello es cierto. En realidad, la reforma laboral es una opción política e ideológica, que representa una agresión sin precedentes históricos a los derechos de la población trabajadora y los jóvenes. El objetivo de la reforma es evidente: reforzar aún más el poder empresarial y debilitar a sindicatos y trabajadores a través de abaratar y facilitar los despidos, prescindir de los convenios colectivos fortaleciendo los “acuerdos” individuales, y precarizar el mercado laboral. El efecto de todo ello será muy profundo y de largo alcance, y no sólo por lo que hace a las condiciones laborales sino también a la salud y calidad de vida. Aunque aún tardaremos en disponer de las investigaciones que permitan medir su impacto, el conocimiento actual permite, plausiblemente, anticipar sus principales consecuencias.

La primera es aumentar el desempleo, lo cual tiene graves consecuencias para la salud pública. Uno de cada 5 parados europeos vive en el Estado español (5,2 millones) y tanto el PP como el PSOE estiman que la reforma empeorará la situación hasta acercarnos a los 6 millones de parados a finales de 2012. El desempleo no sólo paraliza carreras profesionales, crea miedo y reduce la autoestima personal, también aumenta el riesgo de padecer problemas de salud, morir prematuramente o suicidarse. El estrés crónico, por ejemplo, aumenta el riesgo de padecer depresión y enfermedades cardiovasculares, y consumir drogas. Cada problema es mucho peor aún en las familias obreras, los pobres e inmigrantes, y las madres solas con hijos. La segunda consecuencia es aumentar la precariedad laboral y el empleo informal. Los cientos de miles de subempleados, trabajadores sumergidos o informales, y otras múltiples formas de precariedad laboral (vulnerabilidad, salarios y protección escasa, pocos derechos e incapacidad de ejercerlos) sufren un fuerte impacto sobre su salud. Ya en 2005 la precariedad laboral afectaba a casi la mitad de la población asalariada española alcanzando un 90% en las mujeres obreras, inmigrantes y jóvenes.

La precariedad y la informalidad tienen un fuerte impacto negativo sobre la salud y la calidad de vida. La tercera consecuencia es empeorar las condiciones de trabajo. La reforma aumenta la flexibilidad interna de las empresas. Es conocido que la inseguridad laboral crónica empeora la salud física y mental y aumenta el número de visitas médicas. La distribución irregular de la jornada de trabajo, en especial el trabajo a turnos o la prolongación de la jornada, aumentan la fatiga, los accidentes, las enfermedades, los trastornos del sueño y la conciliación de la vida familiar. Todo ello aumentará los riesgos laborales, las enfermedades y accidentes de trabajo y el riesgo de muerte prematura. La cuarta consecuencia es reducir la participación en salud laboral. Numerosos estudios muestran la estrecha relación existente entre una mayor participación de los trabajadores (en sus diversas formas de representación y con los delegados de prevención) y un mayor nivel de salud. Debilitar los convenios colectivos y fortalecer los “acuerdos” individuales en las empresas debilita la participación sindical y la posibilidad de reducir los riesgos laborales y aumentar la salud laboral. La quinta consecuencia es fomentar el “presentismo” laboral, es decir, la presencia de trabajadores en sus puestos de trabajo aún y estando enfermos a causa del miedo al despido y la precariedad. El presentismo, más frecuente en colectivos con dificultades para hacer valer sus derechos, ha aumentado en los últimos años en España, lo que conlleva que muchos trabajadores pasan más horas de las establecidas en sus puestos de trabajo. Dado que faltar al trabajo puede suponer ser despedido con más facilidad, ahora el trabajador casi no tendrá ni el derecho a “ponerse enfermo”. Todo ello aumenta el número de errores y riesgos, deteriora la salud y empeora el bienestar y la vida familiar. La última consecuencia será aumentar la pobreza y la desigualdad. El desempleo, la precariedad y la reducción de salarios aumentan el número de “trabajadores pobres” y la desigualdad social. Además, también empeora la situación de quienes trabajan, en quienes aumenta la inseguridad y la presión para aceptar reducir sus salarios. Tanto la pobreza como la desigualdad social son determinantes sociales fundamentales que influyen negativamente en la salud y el aumento de desigualdades en salud.

En el actual contexto de crisis económica capitalista, la puesta en práctica de la reforma laboral significa un enorme paso atrás que no sólo empeora las condiciones sociales, de empleo y trabajo, sino que tiene graves consecuencias que perjudicarán muy negativamente la salud de las personas y de las familias.

Salud y justicia social

14 may 2010

JOAN BENACH Y CARLES MUNTANER

05-14.jpgJunto a la crisis socioecológica, la desigualdad social es probablemente el tema más importante de nuestra época. Un dato lo ilustra: el 1% más rico de la población mundial acumula tanta riqueza como la mitad de la población más pobre. Esa desigualdad afecta dramáticamente a la salud y el bienestar de niños y adultos, ya que la mayor parte de los individuos no posee el bienestar material y social adecuado para disfrutar de una vida digna y sana. La gran mayoría de los nueve millones de niñas y niños que mueren al año lo hacen en unos países pobres cuya mortalidad infantil es 30 veces mayor a la de los estados ricos por causas evitables como la falta de agua potable y alimentos. La esperanza de vida global es de 68 años, pero alcanza los 80 en los países ricos, mientras que es de 50 de media en África y no llega a 40 en Zambia o Zimbawe. Una niña recién nacida de Sierra Leona vivirá 43 años menos que una niña sueca.
Pero la desigualdad en la salud es un fenómeno que no sólo afecta a los países pobres, sino a toda la sociedad: cuanto peor es la situación socioeconómica, peor es también la salud. En el barrio pobre de Calton, en Glasgow, la esperanza de vida promedio es de 54 años, ocho menos que en India. Doce kilómetros al norte, en la zona rica de Lenzie, la esperanza de vida sube a 82 años.
Contrariamente a lo que sostiene un pensamiento biomédico hoy hegemónico, la causa fundamental de estas desigualdades en la salud no radica en la genética, en los mal llamados estilos de vida o en los servicios sanitarios, por importantes que esos factores sean. Las enfermedades exclusivamente genéticas son sólo una proporción muy pequeña de los problemas de salud pública, y una predisposición genética casi siempre puede ser contrarrestada con intervenciones sociales apropiadas. Por su parte, los estilos de vida y la atención sanitaria se relacionan con factores sociales, como muestra el hecho de que las clases sociales más pobres tienen una mayor probabilidad de alimentarse peor, fumar, beber alcohol en exceso y tener peores servicios sanitarios. En realidad, la salud no la elige quien quiere sino quien puede, y hoy tres cuartas partes de la humanidad no pueden elegir libremente vivir en un medio ambiente o unas condiciones laborales sin riesgos para la salud. Un informe de la Comisión de Determinantes Sociales de la Organización Mundial de la Salud (OMS) lo confirma al señalar que la acumulación tóxica de factores sociales injustos y evitables, como la desigualdad económica, la precariedad laboral, la contaminación ambiental, la inseguridad alimentaria, no tener una vivienda digna, o la falta de participación y democracia producen una mayor inequidad en la salud. La comisión llama a esos determinantes sociales las “causas de las causas” de la desigualdad en la salud.
Si las causas que subyacen a la desigualdad en la salud son sobre todo sociales, también deben serlo las soluciones. Por ello, las políticas sociales para mejorar la equidad debieran ser una prioridad de gobiernos, partidos, sindicatos y la sociedad en general. Y ello, no sólo porque las políticas pueden reducir la desigualdad en la salud, sino porque analizar su evolución permite valorar el grado de justicia social de un país. Ilustrémoslo con el caso del desempleo. En 2009, más de 210 millones de personas estaban desempleadas (más de 21 millones en la UE, un tercio de los cuales con más de un año en paro, y ya más de cuatro millones en España) y con la actual crisis económica pueden aumentar este año en varias decenas de miles más. Estar desempleado aumenta la probabilidad de padecer enfermedades crónicas, ser fumador o alcohólico, estar deprimido o con ansiedad y morir prematuramente. Por ejemplo, se estima que la mortalidad de los parados de más de dos años de antigüedad es 3,5 veces mayor a la de las personas empleadas. En España, un desempleado tiene un riesgo tres veces mayor de padecer mala salud mental en comparación con quienes trabajan. Sin embargo, ese riesgo se reduce a dos cuando las personas tienen seguro de desempleo y aumenta hasta más de cinco veces cuando se acaba.
Sin embargo, las administraciones públicas no sólo deben desarrollar políticas sociales, sino también evaluar sus efectos. Para ello, es clave disponer de sistemas de vigilancia de los determinantes sociales y la equidad en la salud que permitan conocer la evolución del desempleo en los grupos sociales (por clase social, género, situación migratoria, etc.), y evaluar el impacto de las políticas de empleo sobre la desigualdad. Desgraciadamente, esos sistemas de vigilancia son aún muy incipientes y apenas si se analiza la equidad en salud y los determinantes sociales relacionados con ella.
La equidad en la salud es un tema muy poco conocido sobre el que no existe debate público. Nuestra mayor epidemia no son las enfermedades cardiovasculares, el cáncer, o las enfermedades infecciosas, sino los determinantes sociales que las originan y producen desigualdad en la salud. En la actualidad, cuando economistas como Stiglitz o políticos como Sarkozy han cuestionado la utilidad de indicadores economicistas como el PIB –tan poco útiles para medir el impacto ambiental y el bienestar social producido por el crecimiento económico–, es fundamental conocer los determinantes sociales para diseñar políticas sociales que reduzcan las inequidades de la salud. Disponer de esos indicadores permitirá no sólo evaluar los logros y fracasos de las políticas sociales de los gobiernos, sino también medir el bienestar, calidad de vida y justicia social de cada país.

Joan Benach es profesor de Salud Pública en la Universidad Pompeu Fabra

Carles Muntaner es profesor de Salud Pública en la Universidad de Toronto

Ilustración de Mikel Casal