JOAQUÍN ROY
A los pocos minutos de paseo por Montevideo se tiene la impresión de no estar en una capital latinoamericana típica. Aunque hay algunas semejanzas (muchas tiendas venden objetos pasados de moda), lo cierto es que la “rambla” (insólita adaptación del torrente mediterráneo) en Pocitos no es como la playa de Copacabana, ni tampoco Punta del Este (por suerte) es como Benidorm o Mar del Plata. Una mezcla impresionante de edificios art decó con los bloques anodinos de los sesenta nos recuerda el deterioro de una urbe que se convirtió a lo largo del siglo XX en un foco de succión del resto del Estado que comenzó como un tapón entre los gigantes Brasil y Argentina.
Aunque los montevideanos se quejan, la capital parece moderadamente limpia, ordenada y con una dimensión humana ausente en el resto del continente. No se detectan ruidos molestos y la excepción son las trompetas y tambores que atraen la atención de los votantes en las inminentes elecciones legislativa y presidencial. Pero hasta en ese ejercicio democrático los uruguayos parecen marcar distancias tanto con latitudes lejanas como con sus vecinos del Río de la Plata, en el polémico escenario presidido por los Kirchner. La brusquedad de la política argentina está significativamente ausente en los comicios uruguayos del domingo próximo. Como la mejor autodefinición de Canadá es no ser Estados Unidos, al otro lado del hemisferio, Uruguay se precia de no ser Argentina. Maradona y sus obscenidades serían insólitas en Montevideo.
De ahí también que los políticos que pujan por capturar un escaño en uno de los palacios legislativos más hermosos del globo y los candidatos a presidente parezcan más bien aspirantes a alcaldes de una municipalidad de provincias, sobre todo el líder del Frente Amplio, el ex tupamaru José (Pepe) Mujica. De melena canosa y bigote de estanciero modesto o tendero del almacén de la esquina, el aspirante a suceder a Tabaré Vázquez pareciera estar más cómodo recibiendo a amigos con su esposa Lucía Topolansky a tomar mate en el patio de su casa semirural. Es la costumbre de todos los montevideanos, que se refugian en el interior o en las playas, huyendo del inexistente estrés capitalino. Pero las expectativas de voto no llegan al 45%, por debajo de la mayoría del 50 más uno que le daría la presidencia en primera vuelta.
Retándolo se presenta el ex presidente (1990-1995) Luis Alberto Lacalle. Dirigente del Partido Nacional (o Blanco), dicharachero veterano de la política uruguaya con buenas conexiones internacionales con sus afines conservadores en las Américas y Europa. Enemigo de la institucionalización de Mercosur con perfil supranacional, Lacalle preferiría un Uruguay en la senda del desarrollo liberal, seguro y abierto. Pero, con una predicción del voto del 30%, no puede de manera alguna capturar la presidencia en primera vuelta.
Moderadamente a la izquierda de los blancos se ubican los colorados, el partido reciclado, heredero de la mística de José Batlle y Ordóñez (artífice del Estado del bienestar “de la cuna a la tumba”). Está liderado hoy por Pedro Bordaberry, hijo del presidente Juan María Bordaberry, elegido en 1971, quien gobernó por decreto entre 1973 y 1976 y fue defenestrado por los militares. El vástago será perdedor (solamente recibiría el 11%), pero paradójicamente puede tener la clave de la elección presidencial en segunda vuelta (ballottage, según el delicioso galicismo local), a celebrarse el 29 de noviembre. Los blancos y los colorados son acusados por el Frente de ser ramas del mismo conservadurismo. Sumando apoyos, las matemáticas le pueden dar la máxima magistratura a Lacalle si consigue convencer a los indecisos y a los colorados resignados, contrarios a que los ex guerrilleros lleguen al poder, y que continúen las políticas progresistas del Gobierno de Vázquez.
De todas maneras, sobre la campaña preside una cierta mejora de la economía y de algunos indicadores sociales que favorecerían la repetición de la izquierda en el poder. En cinco años, la economía habrá crecido un 30%, algo insólito en el subcontinente. Mientras al principio de la década el desempleo era del 20%, en la actualidad se sitúa en el 7%. La inflación es inferior al 10% y el salario real aumentó un 20%, recuperando lo perdido en la anterior crisis. La pobreza, lacra de América Latina, era del orden del 30% hace cinco años, y ahora ha bajado al 20%. La sima de la indigencia total ha disminuido del 3,8% al 1,3%.
Aunque la sensación (imperceptible para el visitante) de inseguridad ha sido explotada por la oposición a Vázquez, lo cierto es que no se ha convertido en tema fundamental de la campaña. Tampoco parece que tenga demasiada incidencia la recomendación de la Iglesia de no votar a los partidos que defiendan el derecho al aborto. Finalmente, hay cierta incógnita acerca del resultado del referéndum simultáneo a la elección con referencia a la anulación de la Ley de Caducidad de la Pretensión Punitiva del Estado (mejor conocida como Ley de Amnistía, una especie de punto final, protección de los militares golpistas). Aprobada en 1986, se fracasó al intentar eliminarla en 1989. Esta vez el 47% se ha mostrado inclinado a derogarla, con lo que los crímenes de la dictadura podrían ser revisados y sus culpables condenados.
Este domingo 25, o un mes más tarde, se verá la incidencia de estos datos y detalles. Se ignora el impacto de otro ballottage, la repesca para clasificarse para la Copa del Mundo de fútbol, después de la derrota ante la inconvincente Argentina. Pero, de perder ante Costa Rica, los uruguayos no deberán avergonzarse de las obscenidades de Maradona. Hasta en esa dimensión se distinguen de los argentinos.
Joaqín Roy es catedrático Jean Monnet y director del Centro de la Unión Europea de la Universidad de Miami
Ilustración de Miguel Ordóñez
JOAQUÍN ROY
Las cifras son incuestionables. El voto favorable de este segundo intento irlandés en aprobar por referéndum el Tratado de Reforma, o de Lisboa (llamado así por la capital donde se firmó a finales de 2008, en el cierre de la Presidencia portuguesa) superó las expectativas de los más optimistas: el 67,1%. En 2008 fue de un 32,9%. Entre los factores que posiblemente han contribuido a este ascenso espectacular está el hecho de la alta participación del 59%, o sea, seis puntos más que en 2008. En junio de 2008, el 53,4% votó no.
Más interesantes resultan algunos aspectos del contexto en que se han celebrado estos especiales comicios y cuáles serán sus consecuencias. Pero, sobre todo, conviene meditar sobre qué lecciones conviene derivar para que los errores que se han sucedido desde que se puso en marcha el proceso constitucional al principio de la década no se repitan.
La Unión Europea (UE) tiene una larga historia de aprender de sus propios fallos. Es notoria su insistencia en buscar una solución alternativa. Todo parece haber comenzado cuando en 1954 se descarriló el proyecto de una Comunidad Europea de Defensa (precisamente por rechazo de la Asamblea de Francia, fundadora de la Comunidad Europea del Carbón y el Acero en 1951) y el liderazgo respondió con la puesta en marcha de la Comunidad Económica Europea en 1957. El largo periodo de letargo euroesclerótico amenazaba con enterrar el proceso europeo en marcha, lo que se convertiría en la Unión Europea en los noventa. Jacques Delors, el presidente de la Comisión más influyente desde el fundador Jean Monnet, pisó el acelerador forzando la redacción del Acta Única de 1986, que proporcionó cohesión al entonces caótico mercado común del Tratado de Roma.
El fenecido proyecto de Constitución, después del rechazo de los electorados francés y holandés en 2005, se rescató en su esencia mediante la redacción del Tratado de Lisboa. Pero, al término de todas las ratificaciones parlamentarias (método rápido elegido por 26 de los miembros), los votantes irlandeses amenazaron con mandar a la tumba todo intento de reforma de las instituciones.
La diferencia fundamental de ambos ejercicios es que en 2008 la escueta mayoría de votantes irlandeses (de la mitad que podían hacerlo) emitieron su veredicto sobre un documento que no habían leído y que, de hacerlo, no habrían entendido. Esta vez, dos de cada tres votantes efectivos han apostado en realidad por algo más importante: permanecer en la UE. El recuerdo de que la hasta ahora espléndida prosperidad irlandesa se debía a la pertenencia europea y la sensación incómoda de aislamiento jugaron su influencia. Como dijo muy bien el desaparecido ministro de Asuntos Exteriores de España, Francisco Fernández Ordóñez, “fuera de la Unión Europea hace mucho frío”. El viento gélido del invierno islandés se cernía ominosamente en el horizonte.
Las tres principales lecciones que se derivan de este casi fiasco es que, en primer lugar, no se puede seguir con el sistema de la unanimidad para la reforma de los tratados, que en realidad son unas enmiendas de los textos fundamentales (el de Roma y el de Maastricht). Con una mayoría cualificada de los países y su población bastaría. En segundo término, no se debe jugar con las ampliaciones apresuradas. En tercer lugar, es evidente que la UE está desprotegida por carecer de un procedimiento de castigo con los socios que no se comporten adecuadamente y no se pueda acudir a la solución final de su expulsión. Con el Tratado de Lisboa esa opción de salida está más delineada, pero su aplicación práctica todavía es incierta.
Con el nuevo siglo se combinaron el entusiasmo europeísta y la necesidad de ejercer un acto de justicia política en admitir de golpe a ocho países que se habían pasado cuatro décadas bajo yugo soviético y dos pequeñas islas mediterráneas (una con graves problemas, Chipre). Pero no se reparó en que la casa que los debía cobijar no estaba preparada. Sin tocar los cimientos, se decidió proceder a las reformas de la morada, añadir nuevas habitaciones, cambiar la instalación eléctrica y agregar líneas telefónicas y de Internet, una vez los nuevos inquilinos ya habían invadido la propiedad. La lección es clara: no debiera darse luz verde a ninguna ampliación sin reformas previas. Esta advertencia incluye los casos de Croacia e Islandia, de los que Suecia fuerza ahora su entrada antes de que fenezca su Presidencia de la UE a fin de año. De momento, se aconseja que ni hablar de Turquía.
La gran ampliación de 2004 se convirtió en presa fácil de los inconfesables egoísmos nacionales. La UE vive bajo la cimitarra del chantaje nacionalista. Pero no hay todavía reglas para la exclusión de un socio desleal o carente de voluntad de compromiso. El resultado es la parálisis, una euroesclerosis del siglo XXI.
La Presidencia española en el primer semestre de 2010, cuando pueda entrar en vigor el Tratado de Lisboa, debiera pedir al Parlamento que exija al nuevo presidente de la UE que proponga unas precisas cláusulas de salida o suspensión de derechos de los socios impresentables. Es injusto que el bloqueo gratuito (como el del presidente checo) no tenga un coste como en las demandas judiciales consideradas frívolas.
La experiencia también debiera generar una advertencia al posible futuro Gobierno británico que, antes de cumplir con sus amenazas de referéndum que frenara a Lisboa, debiera considerar la salida elegante por el foro. En este escenario de desfachatez, desdeñando el euro y fuera del acuerdo de Schengen, solamente falta la campaña para convertir a Tony Blair en primer presidente permanente del Consejo. Se le debiera indicar que la mansión de la UE no es como Downing Street y que no está preparada para tan insólito huésped.
Joaquín Roy es catedrático Jean Monnet y director del Centro de la Unión Europea de la Universidad de Miami
Ilustración de Mikel Casal
JOAQUÍN ROY
Si las primarias en curso y la elección presidencial de Estados Unidos se abrieran al electorado de todo el mundo, el resultado ya sería conocido: el ganador sería el senador de Illinois Barack Obama. De momento, sin embargo, el atractivo candidato (de impecable dicción con tonalidades de barítono) deberá disputar cada voto a Hillary Clinton, para ser coronado en la convención y enfrentarse directamente a John McCain. ¿Por qué este relativamente joven (46 años) que en Estados Unidos es considerado negro y que en el Caribe sería etiquetado como mulato, está a unos pasos de capturar la presidencia del país más poderoso de la tierra y de toda la historia?
La fascinación por Obama en el extranjero se basa en dos detalles, complementarios. En primer lugar, porque el cansancio generalizado en el resto del planeta por George W. Bush convierte cualquier alternativa en bienvenida. En segundo lugar, con el cambio como prioridad, se espera un grado superior de radicalidad en esa ansiada transición de lo que se ha convertido en un régimen a otro diferente.
De ahí que la candidatura de Hillary Clinton no represente un cambio suficiente, más allá de ser demócrata y mujer. Curiosamente, el ser consorte de un ex presidente (y no malo, según el balance general) le ha representado más un obstáculo a vencer, para despojarse de la acusación de endogamia del sistema y nepotismo en la herencia del cargo (aunque sea con el interregno de Bush).
Obama, por lo tanto, se presenta como genuino innovador en la política norteamericana, destinado a devolver a la Casa Blanca el aura de la época de Kennedy que se vio malograda por los deslices de Bill Clinton. Obama se inserta en este escenario también como doble castigo respaldado por el exterior que se quiere cobrar en la herencia de Bush un segundo impacto: Obama es negro. Este sentimiento es paralelo a la catarsis con que borrar el complejo de culpa que todavía atenaza a millones de votantes por las injusticias del pasado.
Para otros países, la candidatura de Obama y su posible triunfo es un recuerdo más de la necesidad de penitencia que Estados Unidos debe encajar para volver a ser el faro salvador que el resto de la humanidad en el fondo reconoce como necesario. Mediante esa rara combinación de amor y odio hacia Estados Unidos (por el contraste entre la fascinación por su cultura popular y su errática política exterior), en el mundo se prefiere un inquilino en la Casa Blanca que inspire confianza y que dirija responsablemente la parcela de liderazgo que a Estados Unidos corresponde.
De corta experiencia (una legislatura) en el Senado, Obama se enfrenta a la losa que hasta el momento Hillary ha explotado más, rozando el juego sucio. El anuncio televisivo basado en una hipotética pregunta (¿quién preferiría usted que contestara el teléfono en la Casa Blanca a las tres de la mañana?) ha sido un navajazo a la yugular de Obama.
Sin embargo, el senador de Illinois puede superar en experiencia exterior personal a la senadora de Nueva York, debido no solamente a las raíces kenianas de su padre (tema al que ya había dedicado un libro), sino a la residencia en Indonesia de la mano de su madre divorciada y casada de nuevo. Ese detalle se ve resaltado en el segundo libro de Obama, The Audacity of Hope (La audacia de la esperanza), en el que destacan los capítulos dedicados al tema racial y a su visión del mundo.
Sin que pretenda enterrar las injusticias del pasado, Obama (de forma que parecerá demasiado positiva) reconoce que el camino recorrido por los negros en Estados Unidos desde los tiempos de la discriminación codificada es notable. De ahí que su decisión de perseguir la candidatura presidencial se haya convertido simplemente en un eslabón más de la difícil e incompleta integración de la sociedad norteamericana.
Pero donde brilla su actitud personal y su ideología en política exterior es en el capítulo dedicado al mundo “más allá de nuestras fronteras”. Su visión de la evolución de la actividad de Estados Unidos en el exterior es un compendio del mejor liberalismo que se remonta a Washington y Jefferson, sin abandonar el realismo de Adams y Reagan, sin conceder méritos a los diversos practicantes del intervencionismo necesario (como en las dos guerras mundiales), sin refugiarse en el aislacionismo.
Obama refleja la corriente de opinión que lamenta la endémica recaída de Estados Unidos en el apoyo de regímenes de fuerza o totalmente dictatoriales que respaldaran el ideario anticomunista desde el triunfo de la Segunda Guerra Mundial.
Desde Sujarto en la Indonesia de parte de la niñez de Obama hasta el Sha de Irán, desde la Doctrina Monroe hasta la invasión de Irak, una errática política exterior le ha propinado a Estados Unidos el odio notable de buena parte de la humanidad.
Especialmente a Obama le duele la dilapidación que Bush hizo del impresionante respaldo mundial (“Nosotros también somos americanos”, tituló Le Monde la tarde del 11 de septiembre) y la generación de un discurso político de plena Guerra Fría. De ahí que su política exterior debiera ser más en la línea de Wilson, F. D. Roosevelt y Kennedy (aunque reconoce las carencias de ellos, sin soslayar los aspectos positivos de la defensa de los derechos humanos en la administración de Carter.
En línea paralela, Obama se siente no solamente dolorido por la discriminación racial del pasado, sino avergonzado por la captura de los centros de decisión en la era del anticomunismo macarthista y el maniqueísmo actual. De ahí que su hipotética política exterior debiera reflejar su visión interior, cimentada en los valores democráticos de una sociedad abierta, plena de oportunidades disponibles para todos.
Joaquín Roy es catedrático ‘Jean Monnet’ y director del Centro de la Unión Europea de la Universidad de Miami
Ilustración de Patrick Thomas
JOAQUÍN ROY
Si las primarias en curso y la elección presidencial de Estados Unidos se abrieran al electorado de todo el mundo, el resultado ya sería conocido: el ganador sería el senador de Illinois Barack Obama. De momento, sin embargo, el atractivo candidato (de impecable dicción con tonalidades de barítono) deberá disputar cada voto a Hillary Clinton, para ser coronado en la convención y enfrentarse directamente a John McCain. ¿Por qué este relativamente joven (46 años) que en Estados Unidos es considerado negro y que en el Caribe sería etiquetado como mulato, está a unos pasos de capturar la presidencia del país más poderoso de la tierra y de toda la historia?
La fascinación por Obama en el extranjero se basa en dos detalles, complementarios. En primer lugar, porque el cansancio generalizado en el resto del planeta por George W. Bush convierte cualquier alternativa en bienvenida. En segundo lugar, con el cambio como prioridad, se espera un grado superior de radicalidad en esa ansiada transición de lo que se ha convertido en un régimen a otro diferente.
De ahí que la candidatura de Hillary Clinton no represente un cambio suficiente, más allá de ser demócrata y mujer. Curiosamente, el ser consorte de un ex presidente (y no malo, según el balance general) le ha representado más un obstáculo a vencer, para despojarse de la acusación de endogamia del sistema y nepotismo en la herencia del cargo (aunque sea con el interregno de Bush). Obama, por lo tanto, se presenta como genuino innovador en la política norteamericana, destinado a devolver a la Casa Blanca el aura de la época de Kennedy que se vio malograda por los deslices de Bill Clinton.
Obama se inserta en este escenario también como doble castigo respaldado por el exterior que se quiere cobrar en la herencia de Bush un segundo impacto: Obama es negro. Este sentimiento es paralelo a la catarsis con que borrar el complejo de culpa que todavía atenaza a millones de votantes por las injusticias del pasado.
Para otros países, la candidatura de Obama y su posible triunfo es un recuerdo más de la necesidad de penitencia que Estados Unidos debe encajar para volver a ser el faro salvador que el resto de la humanidad en el fondo reconoce como necesario. Mediante esa rara combinación de amor y odio hacia Estados Unidos (por el contraste entre la fascinación por su cultura popular y su errática política exterior), en el mundo se prefiere un inquilino en la Casa Blanca que inspire confianza y que dirija responsablemente la parcela de liderazgo que a Estados Unidos corresponde.
De corta experiencia (una legislatura) en el Senado, Obama se enfrenta a la losa que hasta el momento Hillary ha explotado más, rozando el juego sucio. El anuncio televisivo basado en una hipotética pregunta (¿quién preferiría usted que contestara el teléfono en la Casa Blanca a las tres de la mañana?) ha sido un navajazo a la yugular de Obama. Sin embargo, el senador de Illinois puede superar en experiencia exterior personal a la senadora de Nueva York, debido no solamente a las raíces kenianas de su padre (tema al que ya había dedicado un libro), sino a la residencia en Indonesia de la mano de su madre divorciada y casada de nuevo. Ese detalle se ve resaltado en el segundo libro de Obama, The Audacity of Hope (La audacia de la esperanza), en el que destacan los capítulos dedicados al tema racial y a su visión del mundo.
Sin que pretenda enterrar las injusticias del pasado, Obama (de forma que parecerá demasiado positiva) reconoce que el camino recorrido por los negros en Estados Unidos desde los tiempos de la discriminación codificada es notable. De ahí que su decisión de perseguir la candidatura presidencial se haya convertido simplemente en un eslabón más de la difícil e incompleta integración de la sociedad norteamericana.
Pero donde brilla su actitud personal y su ideología en política exterior es en el capítulo dedicado al mundo “más allá de nuestras fronteras”. Su visión de la evolución de la actividad de Estados Unidos en el exterior es un compendio del mejor liberalismo que se remonta a Washington y Jefferson, sin abandonar el realismo de Adams y Reagan, sin conceder méritos a los diversos practicantes del intervencionismo necesario (como en las dos guerras mundiales), sin refugiarse en el aislacionismo. Obama refleja la corriente de opinión que lamenta la endémica recaída de Estados Unidos en el apoyo de regímenes de fuerza o totalmente dictatoriales que respaldaran el ideario anticomunista desde el triunfo de la Segunda Guerra Mundial.
Desde Sujarto en la Indonesia de parte de la niñez de Obama hasta el Sha de Irán, desde la Doctrina Monroe hasta la invasión de Irak, una errática política exterior le ha propinado a Estados Unidos el odio notable de buena parte de la humanidad. Especialmente a Obama le duele la dilapidación que Bush hizo del impresionante respaldo mundial (“Nosotros también somos americanos”, tituló Le Monde la tarde del 11 de septiembre) y la generación de un discurso político de plena Guerra Fría. De ahí que su política exterior debiera ser más en la línea de Wilson, F. D. Roosevelt y Kennedy (aunque reconoce las carencias de ellos, sin soslayar los aspectos positivos de la defensa de los derechos humanos en la administración de Carter.
En línea paralela, Obama se siente no solamente dolorido por la discriminación racial del pasado, sino avergonzado por la captura de los centros de decisión en la era del anticomunismo macarthista y el maniqueísmo actual. De ahí que su hipotética política exterior debiera reflejar su visión interior, cimentada en los valores democráticos de una sociedad abierta, plena de oportunidades disponibles para todos.
Joaquín Roy es catedrático ‘Jean Monet’ y director del Centro de la Unión Europea de la Universidad de Miami
Ilustración de Patrick Thomas